revista de cultura # 40 - fortaleza, são paulo - agosto de 2004






 

La intensidad interior de Giorgio Morandi

Albert Ràfols-Casamada

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I

Giorgio MorandiLo más característico, lo más personal, de la pintura de Morandi son los grupos de objetos que constituyen, una y otra vez, el tema de sus cuadros, el motivo de sus naturalezas muertas. Se trata de un mundo de objetos neutros: botellas, jarros, tazas, misteriosas cajitas de enigmático contenido, alguna tetera… Bañados siempre en una luz monocorde, sin  estridencias, una luz que a veces no sabemos de dónde viene, pero que está presente en el cuadro, que está allí para que los objetos respiren en su opacidad temblorosa. Porque hay siempre un cierto temblor, una vibración en los contornos, un huir del límite recortado, de la dureza, de cualquier contraste violento.

Estos  objetos, que aparecen en las fotografías de Morandi en su estudio, son el punto de partida y, debidamente absorbidos por la pintura, el punto de llegada  de sus obras, ya que parece que estos objetos sirvan únicamente para construir unas determinadas arquitecturas plásticas, tema real de tales pinturas.

Pero hay otro sector importante de su obra: los paisajes – que serán asimismo tema primordial de sus grabados y acuarelas -, y algún florero que aparecerá de vez en cuando a lo largo de su trayectoria. Podríamos decir que los paisajes tienen el mismo carácter neutro de los objetos. Son paisajes cualesquiera, sin nada llamativo ni especial, receptáculos de la luz que le permiten construir un espacio habitado por unas manchas de color, donde siempre aparecen  de manera patente el juego del pincel, el gesto de la mano. Y los floreros:  masas de flores carnosas, siempre delicadas en  el matiz, pero densas en la materia. Flores como pretexto para llegar a una casi abstracción de formas inconcretas, un  juego de valores que centra el cuadro.

Este acercamiento a la abstracción lo encontramos en muchas de sus obras, casi en la mayoría, a partir de un cierto momento de su evolución. Un acercamiento desde la figuración, sin rehuirla nunca, valiéndose de ella para destacar lo que hay de abstracto en la realidad.

II

Giorgio MorandiAusteridad y sutileza en los cuadros de Morandi. Austeridad casi monacal: la austeridad que respira su estudio. Simplicidad, pureza, alejamiento de todo artificio, de cualquier retórica destinada a embellecer algo  que no busca el tipo de belleza que puede proporcionar el  ornamento, el afeite, el relucir de la superficie. Una belleza en profundidad; la belleza de lo sutil, de lo secreto, del intervalo de silencio entre nota y nota, entre palabra y palabra. Es seguramente, esta sutileza y austeridad de color lo que da belleza a estas pinturas. En ellas hay indudablemente una gran riqueza de matices, pero  al  mismo tiempo una sabia contundencia en la definición de los cuerpos y los espacios. Masas de color que definen las formas, sin interferir, sin perder nunca su identidad. En  algunos casos las tonalidades son próximas, en otros casos distantes, pero nunca  contradictorias. Son presencias que determinan formas.

Hay siempre armonía, incluso cuando aparece alguna asonancia, alguna tonalidad a primera vista discrepante, como algunos rojos en cierta naturalezas muertas del año 1938; por ejemplo. Pero pronto nos damos cuenta de que no hay  tal discrepancia, sino que esta nota más intensa es el acento que da fuerza a toda la armonía. Sin embargo es un recurso que no utiliza con frecuencia. La fuerza de sus composiciones se centra en la justeza de tonos y valores, en el poder de los grises, en la luminosidad de los blancos,  nunca estridentes, y en la densidad de los sienas y los rojizos, tan característicos de la ciudad de Bolonia, su ciudad natal.

III

Giorgio MorandiEl factor tiempo juega un papel importante en esta pintura. Son pinturas donde  el tiempo tiene una presencia. Es como si el tiempo se hubiese  acumulado  en estos objetos, dejando su huella en forma de polvo, matizando la luz,  dando a veces un toque de cansancio a las pinceladas. Incluso en los paisajes de los últimos años,  los de aspecto más abocetado, no aparece la prisa. El tiempo se deja reposar, la respiración es profunda, pausada, incluso cuando el gesto es nervioso en apariencia, como en ciertas ramas de los árboles. Seguramente algunos de estos cuadros fueron de realización rápida, pero en cada mancha, en cada pincelada, el tiempo se detenía para dejar esta impresión de quietud, de perennidad, de tiempo detenido.

Únicamente se apartan de esta idea los  bodegones cubistas del año 14, donde el tiempo se muestra fugaz. Quizá por esto, en la época de madurez, Morandi los rechazaba.

Pintura ensimismada, silenciosa, mejor dicho, susurrante, que habla en voz bajo, como si hablase para sí. Quizá este es el gran secreto de su pintura: un diálogo consigo mismo a media voz, pero afirmando verdades incontrovertibles, verdades que se pueden decir con pocas palabras, resonantes como voces lejanas, en el silencio que las envuelve.

Así, en un determinado momento sabrá mirar sus botellas  o cajas  con la mirada cubista, captando las energías dispersas  de los objetos que llenan todo el espacio de la pintura, sabiendo  jugar con el dinamismo de un claroscuro  vigoroso que da volumen al espacio. Más tarde tarde la mirada se impregnará de la poética metafísica y la pintura ser volverá más precisa, de límites recortados y  sus objetos habituales aparecerán más raramente. El claroscuro será acentuado como en la  Natura morta  de 1919, con un frutero  y una  servilleta bajo  una luz violenta, de un tratamiento próximo a Casorati. 

IV

Giorgio MorandiVeamos ahora qué nos dice el color en sí en las pinturas de Morandi. Su gama de colore  va del blanco – casi blanco, porque resulta blanco por contraste – al casi negro o gris oscuro que le sirve para delimitar ciertas formas – el bajo de algunos objetos- o que es el color de algunos elementos en sí mismos. Entre estos dos polos, máxima claridad y máxima oscuridad, se sitúan el resto de los colores, predominando los grises, los ocres, los siena, algún rojo y algún azul, y, en los paisajes, el verde apagado, algún amarillo, algún rosado…Dicho  así,  parece un espectro muy limitado, pobre, apagado, monótono. Pero no es así. Su paleta es rica en matices:  hay una enorme cantidad de ocres, de cremas, de grises, de verdosos, de pajizos, de azulados, de rosados, de blancos y negros. En general son colores bastante apagados, pero llenos de una intensidad interior  que se impone a la mirada. Ciertamente,  el repertorio de su  temático  es pobre, voluntariamente pobre, sin brillantes. Pero su presencia es fuerte, contundente, inconfundible. Es, cierto, el anti-Picasso, el pintor que no varía, que no siente la necesidad de cambiar, porque su avance es en profundidad.

Para que su obra nos  hable no necesita de grandes formatos ni composiciones complicadas. Su complicidad estriba en la sencillez, en la justeza, en el ir más allá  sin moverse de sitio. Porque esta es la realidad: Morandi parece que no viajó nunca al extranjero – por lo menos no tuvo pasaporte  hasta el año 1956-, viajó algo por Italia, pero casi siempre se quedó en su ciudad, en su estudio, un estudio bastante pobre y poco acogedor, a juzgar por las fotografías. Pero seguramente en ese limitarse está su fuerza: supo sacar partido de sus limitaciones. Este conocer los propios límites y profundizar en ellos es una enorma cualidad que evita la dispersión y malgastar las fuerzas.  Naturalmente, no es el único camino a seguir, pero sin duda el que correspondía a su temperamento.

En último término creo que la lección de Morandi es ésta. Es decir: aquí está la pintura con toda su fuerza y su delicadeza, su misterio y su simplicidad, su riqueza y su pobreza, su  espíritu y su materia.

Esta es la verdad que Morandi nos comunica a través de su obra, la profunda verdad del arte, un arte como el suyo que no necesita grandes gestos para ser elocuente, para emocionarnos. Porque su pintura está llena de emoción, tiene el temblor de  las cosas vivas, las cosas que tienen alma. El suyo es un mundo de formas que respiran verdad. 

Albert Ràfols-Casamada (España, 1923). Considerado uno de los grandes pintores abstractos de la segunda mitad del siglo XX, un teórico del arte y uno de los mayores poetas catalanes. Autor de libros como Dietario (1975-1984), y Signo del aire. Obra poética (1939-1999). Página ilustrada com obras de Giorgio Morandi.

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