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revista de cultura # 40 - fortaleza, são paulo - agosto de 2004 |
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Humberto Gesinger: antítesis y oxímoron desde la cultura posmoderna Martín Palacio Gamboa
I
Es importante cuando se atiende a una época dada,
buscar ese rey oculto y descubrir también el proceso por el cual es
destronado, el proceso por el cual se produce una mutación en aquello en
lo cual se concentra el interés filosófico de un momento histórico. Piénsese
ya en la manida cuestión de lo que se considera la crisis de la
modernidad ante su resultante epigonal: la posmodernidad se plantea como
instancia crítica de los metarrelatos (véase “Toda
forma de poder”, por ejemplo, en que el escepticismo del compositor
ante cualquier bloque ideológico se transforma en una manifestación de
rechazo visceral), tales como el elogio del progreso infinito, el
consecuente cambio de paradigmas que va surgiendo con la instauración de
las discusiones científicas sobre lo que es verdadero o falso, la creación
de metodologías analíticas que estructuran los discursos y
representaciones del mundo moderno. Ante ese panorama, surge como herencia
la potencialización de lo novedoso y original en el que se difunde una
canalización de todos los deseos y acciones, una pérdida de la
legitimidad y credibilidad de las ideologías religiosas y políticas, una
caída de las instituciones otrora pilares. La obsesión de la modernidad
por lo nuevo aceleró esa “obsolescência
programada” hasta el vacío, hasta el sinsentido. Según Octavio
Paz, la modernidad declinó al perder su poder de negación, al convertir
la rebeldía en procedimiento, la crítica en retórica, la transgresión
en ceremonia. En los textos de Gesinger, la evidencia de ese
desmoronamiento se da como tal cuando empezamos a vivir “o
suprasumo da contradiçâo”: la inversión pesadillesca de una “esquerda
light”, una “overdose homeopática”
y que, en medio de un “céu abaixo do nível do mar”, se
deja al individuo inmerso en una “fanática
indecisâo” atomizante.
El oxímoron, utilizado de forma casi exhaustiva en
la poética de Gesinger, no responde a un juego meramente verbal sino a
una experiencia escritural heterogénea y dispersa que atestigua una
peculiar mirada sobre esta “realidade
virtual” o “deserto
freezer”, vivencialidad de la nada o el vacío que, por esencia, es
a-racional, a-conceptual, a-lingüística. Para transmitir al receptor
estas cualidades a través de un instrumento a todas luces incompatibles
con tal empresa, Gesinger tiene que desconceptualizar el lenguaje y
desmentir su natural capacidad de alusión. Según la estilística, la íntima
unión sintáctica de dos conceptos o enunciados contradictorios podría
significar un deseo de totalidad, de complementariedad, una racionalidad más
profunda en la que se abarca la completud de lo existente. Sin embargo, no
es esto lo que sucede en nuestro caso: en la realidad planteada por
Gesinger no existe una dialéctica de la completud. Los opuestos conviven
en el mismo instante y representan, no un nirvana, sino una aberración
semejante al Minotauro. Aunque dos naturalezas contradictorias se
conjuguen, el resultado no es el de una síntesis acabada, sino la anulación
de sentido de ambas: no se busca la imbricación sino “para hacer sentir
mejor que hay algo que es impresentable”, al decir de Baudrillard. Esta anulación de sentido, por lo tanto, no es una
nada ya que los opuestos no se destruyen al encontrarse, sino que generan
un vacío presente, concreto en tanto vivido por una sociedad (“Todo dia/ a gente inventa uma alegria/ a gente esquenta água fria/
e ignora a bola fora/ Toda hora/ a gente dá um desconto/ a gente faz de
conta/ mas chega a um ponto/ que ninguém mais quer saber”). El
manejo de las antítesis que realiza Gesinger muestra la derrota de las
palabras: al querer desocultar por medio de ellas la realidad, pero una
realidad tan “desestabilizada que no ofrece materia para la experiencia,
sino para el tanteo y la experimentación”, en el fondo terminan por no
significar nada. Al ensanchar la lengua y capacitarla para la traducción
de ese estado ateológico, Gesinger termina por destruirla. Su lengua
deconceptualizada (su antilenguaje), inútil en el fondo para toda tarea
racional, no afirma conceptualmente nada, no traduce nada: equivale al
silenciamiento del mundo “quando a frase acaba”, ya que “a
última palavra é a mâe de todo o silêncio”. Ahora bien, esa veloz sucesión de realidades cuya
actualidad se extingue apenas empiezan y que, de hecho, Jean Lyotard
(parafraseando a Barthes) lo define como “el grado cero de la cultura
contemporánea”, es reflejada en “Nunca
mais poder”: “todo o mundo
é moderno/ todo o mundo é eterno/ como um relógio antigo/... como um
calendário do ano pasado”. No sería de extrañar: el élan vital
del historicismo, la gran ambición de concluir la “prehistoria” y de
superarla a favor de una “historia genuina”, se ha desvanecido de los
imaginarios sociopolíticos concebidos en y desde la modernidad (o como se
diría en O
exército de um homen só,
“a nossa trajetória nâo precisa explicaçâo/ e nâo tem explicaçâo”).
De hecho, Gesinger nos revela que el “rey escondido” dominante de la
percepción política posmoderna es el recelo frente al historicismo y el
rechazo del proyecto revolucionario, el intento de declararlo terminado.
Incluso estaría de acuerdo con Merleau-Ponty al extraer, este último, de
las aventuras de la dialéctica el hecho de que “la razón en la
historia”, representada en la arrogancia del bolchevismo, era otra
“astucia de la razón” en la que la “Historia” quedaba como una
entidad extraña y amenazadora para las vidas corrientes de los individuos
corrientes. Era un proyecto que los sojuzgaba, en vez de liberarlos; la
Razón en manos de los “agentes de la Historia” se transformó en
sinrazón, esto es, en el imperio de la violencia desnuda, una “violência
travestida (que) faz seu trottoir”. II
Por su lado, Hugo Verani afirma que “la sociedad
capitalista fortalece su control sobre la experiencia estética mediante
el poder económico de sus instituciones y los instrumentos de su
industria publicitaria; tiende a convertir las artes en productos
utilitarios susceptibles de ser programados para la especulación
financiera”. A todo esto se le suma el hecho de que los planteamientos
críticos de las concepciones herederas de la vanguardia -propias de la
modernidad- “claudican ante la burocratización e institucionalización
de la cultura: sus iniciativas contestatarias son asimiladas por el arte
de la sociedad de consumo posindustrial”. Claro está que el rock y el
pop, como productos culturales que son, rara vez escapan de estas
premisas. Si antes se promovía el carácter singular, inédito e
irrepetible de cualquier manifestación artística, ahora nos encontramos
con que tales exigencias que funcionaban como criterio de valor dejan paso
a la reescritura, a la parodia, al rescate de lo viejo y a la
carnavalización de la idea moderna de originalidad: la recuperación o
revaloración de lo que ya fue no constituye un regreso nostálgico o
inocente, sino un diálogo irónico con el arte -una forma de llevar a
cabo su impugnación- y la historia de la modernidad, pero problematizado
por una instancia reflexiva y la parodia intertextual. Bajo esta forma de
desdibujar el pasado, la historia se resquebraja. El mundo deja de ser una
diacronía para centrarse en lo sincrónico. Es decir, en la sucesión de
instantes, de fragmentos, que no consiguen urdir su totalidad. Ahora bien, Gesinger trabaja con una visión
fragmentarista que comporta una representación idónea del derrumbamiento
-cuando no de arruinamiento- del mundo (Eduardo Milán agregaría que
incluso “es la representación cabal, en términos estéticos, de la
relatividad einsteniana, una respuesta formal a la sustitución del
concepto de tiempo por el de espacio / tiempo”). Desde el momento mismo
que la historia soporta un vaciamiento de significado, descubrimos que ya
no se la hace: hay hechos y, luego, versión de los hechos. Con la voz en off, Gesinger aclara
bajo los versos cantados en O
sonho é popular que hay “uma
página arrancada/ um segredo mantido/ em passagems subterráneas/ sob a
praça da Matriz/ uma stória mal contada/ uma mentira repetida/ até
virar verdade”. En
lo que a estética se refiere, la política de la posmodernidad absorbe la
conciencia de que los lazos con el tiempo transcurrido y en el que el yo lírico
se inserta están rotos definitivamente y, por eso, se recurre muchas
veces a una secuencia de imágenes aparentemente conexas gracias al
ejercicio paronomástico y antitético de la palabra: “críticos
de arte, arte pela arte/ Pink Floyd sem Roger Waters (forma sem funçâo)/
fascistas de direita, fascistas de esquerda/ empresas sem fins lucrativos,
empresas que lucram demais”.
Volvemos a reencontrarnos entonces con el hilo de
Ariadna, aunque no con la espada de Teseo: las antítesis y el oxímoron,
en un sociocontexto inconcluso (llámese Brasil, Latinoamérica o Tercer
Mundo) que funciona a modo de obra abierta, reflejan paradójicamente
aquello que Hegel denominó como el pensamiento según el entendimiento,
la no asunción de la totalidad, porque estamos sumergidos no en un
proceso dialéctico de negación y afirmación, sino de deconstrucción.
Si “tudo se resume a vícios de
linguagem”, dado que no hay “fuera de texto” según Derrida, la
realidad es texto, ya sea desde una óptica distorsionada como
distorsionante; y si se acepta que la realidad “fuera de texto”
existe, da lo mismo porque se vuelve inabarcable cuando no incognoscible
por la multiplicidad de sus lecturas. El eje de ese proceso deconstructivo
que rige parte del marco referencial de las canciones de Gesinger es la
exacerbación de la crítica de la posición: si teorías tales como el
marxismo habían señalado que la posición denuncia a quien habla, lo
deconstructivo explica que no hay posición, o lo que es lo mismo, todo lo
es. En consecuencia, no hay un punto que ordene una lectura privilegiada. “Tudo se resume, se presume, se reduz/ e o principal
fica fora do resumo”. Pero
eso que está “fora do resumo”
lleva a una indagación sobre lo que no aparece en ningún horizonte de
expectativas. Se pide una reinterpretación del mundo, pues “nos
interessa o que nâo foi impresso/ e continua sendo escrito a mâo/
escrito á luz de velas/ quase na escuridâo/ longe da multidâo”. Lo planteado hasta aquí es que, en medio de las rupturas de la racionalidad hegemónica y universalista, los resultados de la misma deben estudiarse y verse como un proceso contradictorio donde algunas de sus propuestas funcionan en torno a lograr miradas nuevas o marginadas por siglos de racionalismos excluyentes y despóticos. En nuestro caso, la hermenéutica de lo paraliterario ofrece ese conjunto de respuestas necesarias, aunque relativas y, obviamente, provisorias: en el momento mismo que se considere al rock “como un fenómeno en el que las barreras entre el arte culto y el arte popular, entre la experiencia artística mediada y el acontecimiento vital público, se hacen difusas logrando una representatividad inmediata en varios campos a la vez”, tales respuestas (debidas a la movilidad semántica de las letras) se vuelven plausibles de generar una visión crítica y desencantada ante la penumbra de la fagocitosis, ante ese dejarse canibalizar por el sistema. |
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Martín
Palacio Gamboa (Uruguai, 1977). Professor de literatura no ensino secundário.
Contato: amadis@adinet.com.uy. Página ilustrada com obras do artista Francisco
Quintanar (México). |