revista de cultura # 38 - fortaleza, são paulo - abril de 2004






 

Josep Guinovart: la transfiguración de la pintura

Miguel Ángel Muñoz

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Josep GuinovartLa pintura tiene múltiples interrogantes: desafío, admiración, sentido, forma. Se mide y se configura desde varios ángulos, como la poesía que gira en círculos lingüísticos cómplices. La respuesta se disuelve si observo el arte como una aventura interminable. Experiencia más que lección o, mejor dicho, invención de un camino que se repite en silencio.

Desde hace algún he transitado junto a la obra de Josep Guinovart (Barcelona, 1927). Pertenece a la generación que se reveló en los primeros salones de octubre, celebrados en las ya históricas galerías Leyetanas de Barcelona, y en otros espacios europeas, como lo demuestra su participación en 1952, 1962 y 1982 en la Bienal de Venecia; en 1957 en la Bienal de Sao Paulo, y a partir de 1953 en múltiples bienales internacionales. En 1955 funda con Antoni Tàpies, Modest Cuixart y Tharrast el grupo Taüll. Pintura, instalación, cerámica y escultura inéditas, pues en cada forma se distinguen dos direcciones concretas del artista: reflexión sobre la materia y la divagación por los sentidos. La pintura de Guinovart asombra, emerge de la materialidad, noción exacta para explicarla. No representa ideas, sino que manifiesta el sentido mismo del arte. Quizá esta vibración rítmica se rige por la sensibilidad y no por la norma. En Guinovart el arte es ritmo. La materia es equilibrio. Espacio vivo. El artista ha evolucionado de conformidad con los cambios fundamentales de la estética de la segunda mitad del siglo XX; pero no sólo eso, sino que ha logrado consolidar internacionalmente un mundo propio.

Tensiones, volúmenes, configuraciones, sería interminable definir y delimitar las propiedades pictóricas de Guinovart. Juego incesante que brota de visiones dinámicas, signos que mueven el mundo. El arte de Guinovart es, por decirlo así, una posibilidad interminable. El arte vive en perpetuo movimiento y gira continuamente. Cada movimiento tiene un equilibrio único, una estructura inédita, y dichos cambios nos llevan a otros caminos. Bien decía Octavio Paz cada cambio es una catástrofe y cada catástrofe una resurrección. Picasso, Matisse, Morandi, Tàpies, Chillida, Burri, Fontana son universales, modernos. Rotación y gravitación de sensaciones. Guinovart evoca: abstracción pura y ritmo geométrico que se configura en espacios intemporales. Universo que converge entre fuerzas gemelas: la pintura y la escultura, lo pleno y lo vacío. Cada pieza ( escultórica o plástica) del artista busca equilibrio entre gravitación y espacio. Estética crítica: reducción del objeto a su elemento pictórico esencial. Une y descompone la materia, observa el objeto no como representación sino como forma. El cuadro o escultura se convierte en sistema de líneas y colores: las obras se transforman en significados independientes.

Los primeros trabajos de Guinovart fueron sobre madera o cartón, dibujos, gouaches y collages, casi en su mayoría ejecutados en técnicas mixtas (látex, esmalte, óleo y adiciones de cemento). Aparecen ya en ellas grandes superposiciones del espacio que caracteriza a muchas de sus obras posteriores e incluso a algunos de sus murales. Esta monumentalidad no tiene relación con el tamaño, sino con el sentido de la materia: proporciones que definen formas suspendidas.

Josep GuinovartEl espacio no es entidad metafísica, sino que hay que percibir con los sentidos. En esto cosiste lo que he llamado su monumentalidad. Sensibilidad más que desproporción de límites, donde encuentra un cómplice: Picasso. En Guinovart, claro está, hay ferocidad y equilibrio. La pintura no como investigación sino como construcción de una operación plástica, como su propia metamorfosis.

El primer proceso creativo de Guinovart ( entre 1950 y 1955) revela ya cierta pureza abstracta. La pincelada respira, animada por oscuras voluntades artísticas. Es precisamente en estos años donde el artista consolida su lenguaje estético, una abstracción matérica, intensificando el uso del collage y el ensamblaje, utilizando materiales pobres, procedentes de su ámbito personal, como ventanas, platos y maderas. De estos años son importantes los cuadros Composición, Fuga, La ventana y L’ abre, en las cuales se anuncia, si bien de forma incipiente, la tendencia de Guinovart a unir formas abstractas y elementos naturales. En estas obras, que incorporan objetos al lienzo, ponen de manifiesto cierta proximidad a la obra de Joan Miró y de Robert Rauschenberg. Al final de este periodo, Guinovart pinta varios cuadros que apuntan hacia un cambio, sin embargo, éste se dará hasta 1956-1975. Este proceso creativo lo dejó ver primero, en su exposición Matèria-Suport-Escultura, en la Fundación Joan Miró de Barcelona en 1979, ese mismo año en la Galería Martha Jackson de Nueva York, y años después en su muestra retrospectiva en el Fine Arts Museum of Long Island, en Nueva York, en 1987.

El cambio hacia la no-figuración se manifiesta en estos años de tres maneras: geometría concebida en dimensiones diversas bajo un enfoque claramente estructural; desintegración formal a través de la descomposición de la figura, y una tercera en la que, además de la valoración de las texturas, se sirve del collage y de otros elementos, aunque siempre intente, en pleno informalismo, construir cualquier pieza. Guinovart va descubriendo la metamorfosis del color y la forma, el lenguaje de la pintura. El cuadro se transforma en imagen poética. No la traducción o delimitación del poema, sino configuración plástica – algo cercano a Joan Miró y a Joan Brossa. Proceso continuo de asimilación, cambio y metamorfosis, donde el artista transfigura la pintura. Punto de partida hacia sí mismo. Encuentro y desencuentro que no se contrapone, sino que se recrea constantemente. En obras como Agramunt, Tierra y rastrojo, Fugaz, El eclipse y El entierro del Guernica II, Gunovart ha invertido los términos expresivos; es decir, sus materiales son como las disonancias del compositor, constituyen la vía común de manifestación y recreación no sólo pictórica, sino también poética.

Su visión del universo es una asamblea de formas. Rito y mito: prolongación de núcleos estéticos que convergen en un mismo sentido: la pintura. Dicha depuración del espacio es instintiva; antes de proponerlo, lo siente. El espacio es materia inerte. Es el límite que se desvanece ante la mirada del espectador, la otra mirada que está más allá, al otro lado, de donde está el artista. Observar es delimitar la imagen, por ello, Guinovart indaga sobre las texturas y sus vibraciones, la densidad del material enuncia riqueza de posibilidades; es decir, en toda su obra hay una investigación natural que rige la relación entre color y material. Pero más que un dominio excelente de la materia, se trata de una agresión contra ella, lo cual le da un sentido inédito e irrepetible a las obras de este artista. Para Baudelaire esa operación alquímica era complementaria para lograr un excelente resultado pictórico.

Josep GuinovartLa limitación se vuelve intensidad. La paleta de Guinovart se pule,. Se asombra tras cada trazo, y de esa forma no busca, encuentra sus propios sentidos. La textura domina ya sobre el efecto cromático, pues la variedad de empastes y superficies se enriquecen en la misma medida que el color altera su intensidad. El color es poesía, ciertas construcciones de Guinovart me hacen pensar en Paul Valéry, como Paul Klee en Stéphane Mallarmé.

Sé que en la intensidad de esta noche la Tierra
arroja un resplandor de misterio que yerra
a través de los siglos, cuál, fúlgido remedio.
El idéntico espacio anulado o crecido,
a los testigos fuegos muestra desde su tedio
que en un astro, entre fiestas, un genio se ha encendido.

En estas líneas de Valéry descubro cuadros de Guinovart. El espacio que es testigo   – como dice Valéry- se convierte en fidelidad a un elemento que es emblema estética. La materia es una forma inerte y el culto que le profesa Guinovart es igualmente austera. Pero esta afirmación no lo limita, al contrario: divaga en su complejidad. En los años 60 reencuentra la naturaleza, la arquitectura y los objetos populares. La madera quemada, los trapos, los materiales de desecho, puertas, ventanas, conforman la composición, y dan a su obra una configuración muy personal. Aparece el óvalo, elemento que desde entonces reitera en sus composiciones. A partir de este momento el espacio pictórico es la libertad. Ordenar los elementos y los colores es un campo de batalla; cada signo lucha contra sí mismo para después unirse. En ese juego radical todo cambia. El color edifica, la forma sostiene el espacio y, al mismo tiempo, es una manifestación más sensible, más abstracta y filosófica. Si Guinovart fuera alquimista otro sería su sentido, pero es pintor y aspira a expresar esa dualidad cósmica del arte: el sentido universal del arte.

A partir de 1980 y 1990 recurre al color y deja atrás la época sorda y apagada de las maderas quemadas, utiliza el fibrocemento y produce obras de denuncia, de evidente preocupación social y política, testimonios de rebeldía ante lo inadmisible, en las que se sirve de elementos del Guernica de Picasso o de diversos hechos históricos. Pasa del plano, el color a la forma y al volumen en un tono armónico que muestra cierta voluntad a estructurar y componer en una orientación vertical. Aquí el elemento reflexivo es una parte múltiple de Guinovart; quizás otra sea la desgarrada elocuencia lo que lo rodea. Y recuerdo las palabras del gran Juan Eduardo Cirlot sobre Gunivart en 1964, “La base experimental de la obra conviene a las premisas mayores de la arquitectura de hoy, pero, sobre todo, su docta rudeza y su modo de asociar la forma y el color se avienen a las aspiraciones del nuevo brutalismo”.

Josep GuinovartNo es inexacto decir que la obra de Guinovart es una metáfora. La pintura se ha vuelto imagen. Una de sus obras mayores – oscilante entre la poesía y la pintura – viene de la oscilación entre sentido y forma: Constelación: la osa de ceniza y cabezas. Esta oscilación es la música del espacio que resuena en otras obras.

Cada una de las obras de Josep Guinovart es la culminación de un largo proceso, un signo poético. Todo gira al mismo tiempo, como ya dije, en un eje que Guinovart va construyendo con su propia existencia. El arte existe por consagración de la memoria, y al transfigurarlo, lo recreamos como posesión individual. Por ello, Josep Guinovart es desde hace más de cincuenta años un profeta de la imaginación y la renovación constante.

Miguel Ángel Muñoz (México, 1972). Poeta, historiador y crítico de arte. Es autor de los libros de ensayos: Yunque de sueños. Doce artistas contemporáneos; La imaginación del instante. Signos de José Luis Cuevas; Ricardo Martínez: una poética de la figura. Es director de la revista Tinta Seca. Contato: miguelangelmunoz@prodigy.net.mx. Página ilustrada com obras do artista Josep Guinovart (Espanha).

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