revista de cultura # 38 - fortaleza, são paulo - abril de 2004






 

Víctor Manuel Cárdenas: viajero de la poesía
(entrevista)

Ricardo Venegas

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Víctor Manuel CárdenasHistoriador, pero ante todo, poeta. Víctor Manuel Cárdenas es voz  ineludible de la generación de los 50. En 1981 obtuvo el Premio Nacional de Poesía Joven de México y desde 1982 es miembro del consejo editorial de la revista Tierra Adentro (actualmente director de la misma); autor de libros como Después del blues (Punto de Partida, UNAM, 1983), Primer libro de las crónicas (Katún, 1983)  Peces y otras cicatrices (Colección Laberinto, UAM, 1984), Zona de tolerancia (Universidad de Colima, 1989), Ahora llegan aviones (Colección Los cincuenta, Conaculta,1995), Fiel a la tierra (Instituto Colimense de Cultura, 1995), Crónicas de Caxitlán (Toque de Poesía, 1996) y Poemas para no dejar el cigarro (Colección El ala del tigre, UNAM, 1999), entre otros, nos habla del nacimiento del poema como palabra primigenia que canta y forja el destino del hombre. [RV]

RV - ¿Qué te ha dado la poesía?

VMC - Me ha dado muchas satisfacciones, muchos amigos, la oportunidad de viajar por el interior del país, de conocer prácticamente toda la República. Si bien dinero nunca ha dado la poesía, sí ofrece la enorme satisfacción de meterse de pronto a un mundo que nunca imaginé, porque en realidad mi formación es de historiador, yo estudié la carrera de Historia, la misma realidad y las cosas que me han sucedido me llevaron a la poesía, lugar donde me siento como pez en el agua.

RV - Hace poco en una conversación con Eduardo Casar nos comentaba que a ti te gustaba y que en ocasiones tenías la capacidad para poder hacer esos libros pero con una temática de lleno, por ejemplo dejar de fumar, etc. que era lo que nos comentaba Casar ¿Cómo haces este trabajo?

VMC - Yo creo que ahí se delata la vocación de historiador, de hecho el primer libro que escribí y se publicó, el Primer libro de las Crónicas, en su primera parte, son una suerte de relatos de  sucesos que pasaron en Chiapas en los años setentas; la segunda parte es el regreso a Colima, a mi natal Colima.  Creo que me preocupan no los poemas aislados, de hecho casi no publico poemas sueltos, me piden poemas para revistas pero no los entrego, no porque no me gusten sino porque creo que los poemas son parte de un todo, yo los manejo como cuadernos, son cuadernos temáticos, de hecho cada uno de mis libros son como capítulos, ya que tengo cinco capítulos con una temática diferenciada pues ya sale un nuevo libro. Eso además fue una cosa curiosa porque yo no me lo propuse, sino que así fue como sucedió, primero con unos textos sobre el blues, un poemario pequeño que se llama “Después del blues”, que publicó Punto de partida, que es un homenaje a cantantes del blues y que fue jugando, escuchando, descubriendo el blues y comparándolo con los cantos indígenas; llega un momento en que recreo la vida de las cantantes del blues, luego de algunos músicos y después de los cantos indígenas; utilizo las formas del blues, utilizo las formas de las lenguas indígenas y las llevo al texto, en ese momento yo no sabía qué era la poesía, yo escribía porque me gustaba y me daba la gana y los azares del destino me llevaron a conocer a Juan Bañuelos, él me invitó a su taller en San Cristóbal de las Casas y ahí fue donde yo empecé a trabajar. Lo primero que trabajé de hecho fueron esos textos sobre el blues y enseguida, paralelamente a esto, estuvieron  los hechos trágicos, bastante desgarradores, como fueron las matanzas de Naquém en 1976 y la de Wololchán en 1980,en Chiapas; estas matanzas que fueron terribles y que fueron un parteaguas, no en la selva lacandona sino en otra parte de la zona indígena de Chiapas, la zona norte, fueron muy impactantes, recabamos muchos testimonios de lo que había sucedido y esos textos los fui trabajando primero como crónicas y después los trasladé a la poesía; entonces traté de construir, hacer un  intento, sobre todo en el poema “A la hora del fuego”, que son monólogos de personajes que murieron o que sobrevivieron a la matanza de Naquém. Hice una serie de relatos en primera persona donde cada uno va dando su testimonio. En el caso de la matanza de Wololchán es un poema de amor (“Árbol de ceniza”) que se desgarra cuando entra la matanza y son las voces de los indígenas que empiezan a dar testimonios de qué fue lo que pasó, de la doble matanza de Wololchán. En ese momento yo no tenía claro lo que era la poesía, escribía casi como  para dar  testimonio, dar fe del asunto y ya fue con el taller de Bañuelos que empecé a trabajarlos con un sentido más poético y empecé a conocer por dentro lo que es la poesía. De hecho, cuando llegué al taller, yo ya tenía material, digamos, para mis tres primeros libros y estaban trabajados así, con una temática cada uno; era el del blues, el de los sucesos de Chiapas y el del regreso a Colima; de hecho son los tres primeros libros que se publicaron. Después ya lo seguí como una cosa natural y ya incluso trabajo por temporadas, en vacaciones, es cuando me pongo a escribir, escribo muchísimo pero siempre lo voy dejando y a un determinado tiempo saco los materiales que tengo y veo por dónde se pueden ir tejiendo, a partir de eso es que organizo los cuadernos y  voy trabajando cada uno de los cuadernos y  cuando creo que ya están  los uno, veo que no estén en contradicción uno con otro o si es contradicción que sea una contradicción que produzca algo. Así es como he trabajado hasta lo último.

RV - ¿Cómo has logrado conciliar o entrelazar el trabajo del historiador y el del poeta?

VMC - Yo me pregunto muy poco sobre mi trabajo. Eduardo Casar es muy preguntón y siempre está preguntando ¿y cómo le haces para...?  Es que no sé, así sale, así se da pero ¿qué técnica es la que usas para tomar datos de la realidad, luego meterlos con otros que son de ficción y que se produzca la sensación que estás buscando? La verdad, incluso él, ha tratado de escribir algunos poemas con lo que él dice que es mi método, pero mi método es tan  bruto que yo ni siquiera sé cómo es, sino que de pronto la idea se me viene como fue, por ejemplo,  el caso de los poemas sobre del cigarro, que fue de los últimos; empecé haciendo poemas para pitorrearme del cigarro y fue creciendo y creciendo y creciendo, de hecho primero comenzó siendo  un  “Poemas para dejar el cigarro”, porque por razones de salud debí de haberlo dejado, pero de pronto una noche se transformó el asunto y me pasé un fin de semana escribiendo una serie de poemas, después mi mujer se daba de topes contra la pared cuando descubrió que más bien había cambiado completamente el rumbo del poemario y que pues ya con una mejor salud me permití seguir fiel a mis principios.  También junto a ese poemario escribí otro sobre la historia de Colima; se han escrito  muchas fábulas sobre la historia de Colima (como en todas las regiones del país), entonces yo me permití crear las mías a partir de algunos elementos históricos que hay y que los historiadores locales han publicado en muchos estudios  que en ocasiones no tienen sustento histórico, yo los retomo y los llevo al extremo, y resulta que despierto en la época prehispánica, y de pronto en la época de la Colonia y más tarde estoy en la batalla de no se dónde… Me divertí mucho escribiendo esas crónicas de Caxitlán, que es uno de los lugares míticos donde se funda Colima, y escribí toda una hipótesis de la historia; obviamente los historiadores tradicionales pusieron un grito en el cielo por todas las infamias que se decían ahí y obviamente  los historiadores y los escritores gozaron muchísimo un texto que es realmente festivo, o sea, no pretende ser un documento histórico sobre la  historia de Colima sino pitorrearse un poco de lo que se ha dicho pero haciéndolo a través de la poesía. Mirta KupfermincEl último poemario, el que estoy trabajando ahora, son cinco capítulos, que ya están prácticamente terminados; en el primero hubo un momento de salud muy delicado que tuve hace tres años y llegó el momento en que yo creí que incluso la muerte era inminente; entonces escribí un poema-testimonio, tratando de unir las dos realidades que a mí me impactan más: que son la realidad Colima y la realidad Chiapas; trato de ubicar un lugar en el cual dejaba mi testamento, mi testamento obviamente poético, porque bienes económicos, como comprenderás,  no hay muchos. Escribí este cuaderno, son aproximadamente 15 poemas, tratando de presentar más o menos lo  que yo creo que es el futuro de la poesía; otra vez retomo muchas  cosas  indígenas, retomo muchas cosas de Colima y trato de nutrir ese espacio ideal que prácticamente se une a una población en Chiapas que se llama Sabanilla, y particularmente un poblado indígena que se llama El Calvario, y un pueblito de Colima que se llama Suchitlán, que es donde tenemos una casa de campo junto con todos mis hermanos, una modesta casa de campo; traté de unir esos dos puntos y desde ahí dejar un testimonio de qué creía que era la poesía; después viene un poema muy terrible, un poema al padre; mi padre murió cuando yo tenía 11 años, fue un hombre con muchas contradicciones, con muchos reclamos, hijo de una familia muy rica, descuidó mucho su vida. Entonces es como un reclamo del hijo para tratar de cerrar cuentas con él y casi como decirle: ya pronto nos vamos a ver en la muerte, entonces más vale que saldemos las cuentas desde ahora. Imaginé un recorrido con él, y todo esto viene a partir de que sacamos sus restos de la cripta para limpiarlas, como es la costumbre normal, y el impacto de ver lo que quedaban de sus restos fue muy impresionante, entonces a partir de ahí surgió este poema, agarro los restos de mi padre, me subo al volcán de Colima y me bajo para hacer una especie de peregrinación e ir platicando con él durante cuatro o cinco días y llegar hasta el mar y arrojar lo que queda de él y con eso cerrar cuentas. Después vienen los poemas de Caxitlán, luego vienen unos poemas a mi hija, que desde su preconcepción, porque empieza justamente cuando nos vino el gusto de tener un hijo, después su nacimiento y cómo va creciendo, las etapas que ha tenido hasta ahora en la juventud, son 8 o 9 poemas escritos para ella, incluso han sido sus regalos de cumpleaños; me di cuenta que eran un testimonio de su crecimiento, son poemas que en realidad he escrito desde el año 82 pero que hasta ahora uní en un cuaderno.  Y la parte final de este poemario que presumiblemente se va a llamar “Grandeza de los destellos”, es un diálogo con pinturas, sobre todo de Joan Miró; tuvimos la oportunidad de estar en Europa hace dos años; en el Reina Sofía la colección de Joan Miró me impresionó, me gustó muchísimo y a partir de ahí surgieron muchos poemas, entonces invité a Joan Miró a que nos acompañara en su recorrido por Europa y nos fuimos mi esposa, Joan Miró y yo gozando todo lo que pudimos ver y comprenderás, es un poemario muy festivo, muy loco, muy gozoso por tratar de conquistar Europa sin siquiera hablar con los europeos, sino a partir más bien de las obras artísticas. Eso es  lo que estoy trabajando en este momento, ya  prácticamente está  terminado, yo esperaba Semana Santa y Pascua para dar la última revisión y aventarlo en  una botella al mar a ver a dónde cae.

RV - Dicen que la infancia es destino

VMC - La infancia es una escalera, digo yo en un poema, pero no sé si sube o baja.

RV - Me gustaría que nos contaras algo de esa historia personal.

VMC - Sí, yo tuve dos infancias, una, la natural, en Colima, era un pueblote. Mi madre es de Comala, que era más pueblito todavía, y tuve la dicha de pasar los fines de semana en ese pueblito que se llama Comala; yo no lo conocí por Juan Rulfo pero afortunadamente ese Comala es el de Susana San Juan y no el de Pedro Páramo, es verde, es fresco, es lluvia, etcétera. Mi familia por parte de mi madre, que es supernumerosa y muy generosa, muy vital, muy festiva; fue una infancia realmente dichosa porque fueron muy generosos con todos nosotros porque, aunque mi padre no estaba en casa, la familia de mi madre estaba muy atenta a la problemática que había en nuestra casa. La fiesta era de viernes a domingo todos los fines de semana y todavía le agregamos unas vacaciones en Zapotlán el Grande o Ciudad Guzmán, como se le conoce, donde también es parte de la familia de mi madre, íbamos de vacaciones a este Zapotlán bellísimo que es todavía el que registró Juan José Arreola y que me tocó conocer.  Entonces esa parte del mundo de mi infancia fue muy bello, muy intenso, muy festivo, no hubo libros, nunca hubo libros en mi casa pero lo que sí hubo fue mucha generosidad, mucho cariño, en Comala ni sabíamos en dónde nos quedábamos a dormir ni donde andábamos ni donde comíamos, nadie se preocupaba porque el pueblo era nuestro, si acaso en la noche había gritos de corral a corral: ¡allá está fulano!, ¡allá está mengano!, ¡allá está perengano! Entonces nos íbamos al cine que era de  otra tía,  cosas bellísimas, todavía la película se suspendía a la hora de la bendición con del Santísimo: daban las tres campanadas y paraban la película, todo mundo se ponía de pie, se santiguaba y continuaba la película.  Son cosas muy bellas, muy recordables, de ese mundo tan festivo y cariñoso. Mi abuelo era el boticario del pueblo pero a mí ya no me tocó conocerlo, pero como dice mi abuela: “fuiste su última sangre conocida”, pues él murió unos meses después de que yo nací y como que algo dejó ahí; el abuelo murió de cáncer en los huesos, entonces se deformó mucho razón por la cual el único nieto que entraba a saludarlo y que el abrazaba era a mí, mi abuela platica historias bellísimas de cómo mi abuelo se ponía a platicar conmigo de toda su vida y yo creo que algo cayó ahí, porque además este abuelo era el único que era lector en toda mi innumerable familia, era el único que seguía las noticias de la Segunda Guerra Mundial, fue el primero que tuvo radio en Comala, entonces era el centro de reunión para informarse de qué pasaba de la Guerra Mundial, todo eso yo lo gozo muchísimo y lo gocé muchísimo. Después entré a un coro de niños cantores, a partir de este coro de niños cantores conocí la biblioteca del Seminario de Colima que para mí fue impresionante, nunca había visto tantos libros en mi vida, y entré al Seminario para leer esa biblioteca y casi desde el principio me nombraron encargado de la biblioteca, lo cual fue algo muy bueno para mí porque significó que tenía acceso a los libros prohibidos. Entre los libros prohibidos estaba Jean Paul Sartre, estaba Camus, estaba García Lorca, estaba Neruda, Mirta Kupfermincautores que yo leí con muchísimo interés, pero sin saber quiénes eran, me llenaron de muchas inquietudes pero ni sabía quiénes eran ni me interesaba, lo que me interesaba era lo que decían estas personas, recuerdo la noche que leí por primera vez “Sucede que me canso de ser hombre”, yo decía: ¿pero cómo te vas a cansar?, ¿cómo es posible que te canses si la vida es bella?, y claro, yo crezco y después del seminario me voy a la UNAM y ya el mundo es otro, la realidad es otra, en la familia se espantan de que me venga a la UNAM porque “es un nido de comunistas y qué va a pasar”, y “ten mucho cuidado”, y “no vayas con reloj” y las recomendaciones de los tíos, y “te vas a perder el DF”, “es el demonio” y en fin, y yo llegué y no encontré el demonio nunca, cuando menos en persona, sino que sí me empecé a dar cuenta que la realidad del país era otra y más todavía cuando termino la carrera y tengo la oportunidad de ir a Chiapas, que eso para mí fue definitivo. Ahí fue mi segundo nacimiento porque me di cuenta de que el mundo ideal de la infancia que yo había vivido era ideal precisamente, que no era común, y que la realidad del país era muchísimo más difícil y compleja de lo que yo me imaginaba, incluso más compleja  de lo que me había enseñado la academia y la historia ¿por qué?, porque llegar a Chiapas para mí fue llegar otra vez  al siglo XVI. Realmente  fue de gran impacto el hecho de ver que había todavía haciendas o fincas (como dicen allá) con acasillados, el ver la miseria de los indígenas, al mismo tiempo su gran riqueza cultural, para mí eso fue un impacto, yo fui por quince días invitado por unos amigos y me quedé prácticamente seis años por ahí, dos viviendo prácticamente en la selva y viviendo de lo que la gente me daba, tratando de dar dizque cursos de historia, haciendo traducciones de la ley de Reforma Agraria al ch’ol y, curiosamente, ahí conocí a un amigo que le gustaba mucho la literatura y allá en la selva tenía una muy buena selección sobre todo de poetas, entonces yo me encontré por primera vez en la selva a Ezra Pound, a Elliot, a Rimbaud, entonces era alucinante leer en la selva a esos autores y más alucinante todavía cuando los indígenas me veían que leía y querían empezar a platicar de estos autores, entonces querían conocerlos  y me animé a hacer traducciones al ch’ol de estos autores, imagina la locura que es eso, para mí fue extraordinario, esto sin ninguna idea de que me iba a dedicar a la literatura, sin ninguna idea, fue una experiencia vital muy intensa, muy fuerte, después tuve que salir de la selva  y viví en San Cristóbal un año prácticamente encerrado, escondido, porque comprenderán que traducir la ley de Reforma Agraria al ch’ol era un delito, los finqueros francamente se encabronaron, entonces me andaban buscando para venadearme, entonces tuve que esconderme un buen rato, bajo la protección de don Samuel Ruiz y a través de don Samuel fue que conocí a Juan Bañuelos, a Oscar Oliva y don Samuel fue el primero que empezó a ver mis textos, te digo: para mí eran crónicas, eran otra cosa.

RV - Fuiste muy afortunado, conociste a toda la Espiga Amontinada, ¿no?

VMC - Sí, ahí me tocó conocer a  toda la Espiga Amontinada, eran muy amigos y gente muy vital y muy creativa y muy crítica; empecé a trabajar con Juan y ya Juan fue el que dijo: es que tú tienes que ponerte a estudiar en forma todo esto porque tú tienes madera. Ese fue mi segundo nacimiento, y a partir de ahí ya me tocó la poesía y dejé la historia, ya he hecho muy poca investigación histórica, más bien cuando algún amigo muy querido me dice: oye investígame tal cosa (si no le puedo decir que no), entonces ya voy a los archivos, pero más bien me muevo en el mundo de la poesía, de la literatura, de la novela, del cuento, que es en el mundo en el que estoy ahora.

RV - ¿Qué es para ti la poesía?

VMC - La poesía, lo dice Cardoza y Aragón: “es la única prueba concreta de la existencia del hombre”, es lo que incluso nos diferencia de los demás hombres, de los que son insensibles. Creo que leer  poesía, gozar la poesía, es requisito indispensable para declararse como ser humano, todo lo demás no tiene poesía, el único ser que puede gozar la poesía y que puede crearla y que puede recrearla es el hombre, para mí eso es la fundamental en la vida, es el requisito de que existimos, eso es todo, la poesía es lo más vital, es lo más libre, lo más amargo, lo más dulce, lo más todo, lo más bello y lo más espantoso, ahí es donde está la poesía.

RV - Hay una diversidad de voces en tu generación con propuestas estéticas tan disímiles, ¿cómo la concibes, cómo convives con ella?

VMC - Yo creo que es parte de la riqueza de la explosión que hubo  (y eso se lo tenemos que agradecer a Díaz Ordaz y a sus huestes) a partir del 68. Antes del 68 en provincia no había nada de interés por la literatura, era rarísimo, eran muy pocas las cosas que había y eran muy aisladas, a partir de ahí como que uno empieza a buscar otras cosas, no nada más la calle para gritar, sino que empiezas a crear mundos, a crear mundos interiores. Esa explosión que hay de poetas en toda la República, se da uno cuenta, poco a poco, que el tomar las calles no es la única forma de cambiar el mundo, porque nosotros ya sentíamos que íbamos a cambiar el mundo, nosotros sí lo creímos, parece que las nuevas generaciones no lo creen, pero nosotros sí tuvimos esa ambición y esa ambición además muy bella, muy bella porque sí creíamos que íbamos a cambiar la economía, la política, todo, todo lo íbamos a cambiar. Cuando yo descubro la poesía, y cuando por azares del destino gano el Premio Nacional de Poesía Joven (que fue además una cosa muy curiosa, porque yo nunca mandé el libro al concurso, yo le mandé a tres amigos lectores el libro ese para que me hicieran críticas, y uno de ellos lo mandó, entonces, cuando a mí me llamaron para decirme que había ganado yo les dije: Mirta Kupfermincyo no mandé nada, yo nunca he mandado libros a concurso ni nada, no, pues se llama “Visión de asas o Libro de las crónicas” ¡Ah caray!, pues yo sí lo escribí, “nada más viene su teléfono”, no pues no sé qué pasó; a los dos días me habla Eduardo Casar y me dice: “ya viste que ganamos el Premio de Poesía Joven”, él lo había mandado). Eso dio pie a que me invitaran al petulantemente llamado Primer Encuentro Nacional de Escritores Jóvenes, que fue aquí en la Ciudad de México, éramos treinta escritores ,veintinueve del DF y yo, yo era el que le daba el carácter de nacional, lo cual fue un orgullo. Ahí sí me di cuenta de la gran diversidad que hay entre quienes estaban escribiendo poesía, así hay que seguir, creo que es muy benéfico, creo que eso ha servido mucho a las siguientes generaciones porque ha abierto las posibilidades de conocer infinitas gamas en el campo de la poesía, hay desde la más obscura hasta la más abierta, desde la más política hasta la más abstracta, eso es muy bueno y eso ha dado pie a que las nuevas generaciones estén realmente descubriendo cosas maravillosas.  Tuve la oportunidad de estar en Ciudad Juárez el año pasado, en octubre si mal no recuerdo, en el Encuentro Nacional de Escritores Jóvenes y fue realmente sorprendente la calidad de la poesía que están escribiendo los jóvenes, es realmente extraordinaria, a mí eso me da muchísimo gusto; incluso en el propio Colima, donde yo vivo, que conozco muy bien, hay una decena de escritores que se que van a ofrecer propuestas muy importantes, y en los lugares que he visitado con la revista “Tierra Adentro” me he encontrado con que existen grupos de bastante consistencia que están trabajando. Eso a mí  me da mucha alegría, me da mucha alegría porque creo que el hecho de que en primer lugar en mi generación se haya abierto la creación del DF hacia toda la provincia, ha propiciado que desde todos los puntos del país se ofrezcan obras de gran importancia Con los amigos que más convivo son Marco Antonio Campos, Eduardo Casar, Vicente Quirarte, Jorge Esquinca, cada uno está en su onda, nos vemos y nos comentamos y nos criticamos y nos apoyamos muy bien, entonces creo que eso nos da la ventaja de que se abran más puertas, yo creo que eso es importante para la amistad y para la poesía.

RV - ¿Cómo siendo poeta y estando al frente de una revista percibes y recibes la creación literaria de los jóvenes?

VMC - Con mucha riqueza, y lo puedo decir ahora sí con los pelos en la mano, porque una de las cosas más gratas que me ha dado la revista es la oportunidad de volver a viajar por todo el país; el año pasado fue impresionante, estuve prácticamente en toda la república y conocí sobre todo a muchos poetas y narradores jóvenes y con excelentes grados de calidad; recientemente me invitaron a ser parte del jurado de ensayo literario y en todas las ciudades a donde había ido el año pasado había hecho un llamado a todos los jóvenes para que escribieran ensayo, acepté ser jurado del Premio Nacional de Ensayo Joven porque creí que no iban a llegar materiales, y mi gran  sorpresa es que de los treinta y tres libros que llegaron, la mayoría son libros muy bien escritos, había unos diez, que con pequeñas correcciones pueden ser publicables, había 5 que definitivamente pueden ser ya publicados, de hecho el libro que ganó es muy bueno (sobre Julio Cortázar), dos finalistas, uno con variedad de ensayos y otro sobre Francisco Toledo, esto además nos habla que no nada más están haciendo ensayo literario, sino que también están haciendo ensayo filosófico, ensayo sobre artes plásticas, ensayo sobre cine, hay un libro sobre Passolini muy interesante, este concurso me hizo cambiar radicalmente la idea de que los jóvenes en México no están practicando el ensayo, de esos treinta y tantos libros que llegaron quince estarían en la antesala de la publicación y eso, para un concurso que es la primera vez que se convoca, es realmente un éxito. Creo que la variedad de lo que están haciendo los jóvenes en México a mí me hace afirmar: ya para que escribo, hay muchas cosas que se están haciendo y bastante bien, ya no me preocupa tanto escribir (risas). 

Ricardo Venegas (México, 1973. Poeta. Dirige la revista literaria Mala Vida, Mester de Junglaría. Es autor de libros de poesía El silencio está solo (1994), Destierros de la voz (1995), y Escribir para seguir viviendo (2000), éste último de entrevistas con Ricardo Garibay. Esta entrevista pertenece al volumen Con-versaciones, de próxima aparición en México. Contato: ricardovenegas_2000@yahoo.com. Página ilustrada com obras da artista Mirta Kupferminc (Argentina).

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