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revista de cultura # 38 - fortaleza, são paulo - abril de 2004 |
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De cerca y de memoria con Jorge Enrique Adoum Edwin Madrid
Tenía una conversación
pendiente con el poeta Jorge Enrique Adoum, quería preguntarle algunas
cosas pero, sobre todo, una, que me moría por conocer de su propia boca.
Hace ya muchos años tuve en mis manos un par de libros firmados por un
tal Jorge E. Adoum; al hojearlos me percaté de que no se trataba de
poemas, ni de novelas, ni de crónicas ni de nada que tuviera que ver con
el poeta. Sin embargo, no sé por qué, intuía que eran libros escritos
por su padre. Nunca leí ni le escuché a él, tampoco a nadie hablar de
su padre. Así que agarré el teléfono y, aprovechándome del
aparecimiento de su libro De cerca y
de memoria como también de la simpatía
y de la amistad que el poeta guarda para mi esposa y para mí, le invité
a nuestra casa. Esto es lo que conversamos: EM - Quisiera que empezáramos
por sus inicios. ¿Cómo surge Jorge Enrique Adoum a la literatura? Usted
nace en Ambato, ¿están allí esos gérmenes, o sea, en dónde comienza
la maldición? JEA - Acaba de aparecer De
cerca y de memoria, un libro de 750 páginas, de recuerdos de gente
que conocí, acerca de la vida cultural y literaria de los últimos
setenta años, y por eso me resulta reciente cuanto se refiere a mi
pasado. Allí evoco a un profesor de Historia Sagrada, que era un
verdadero novelista oral: describía a los personajes, su ropa, cómo se
reflejaba la luz en ella, cómo resbalaba por los pliegues, y hasta
imitaba el caminar de los camellos. Los libros de historia patria y de
historia sagrada me los leía de corrido y no según el ritmo de las
clases. Creo que allí me descubrí el primer síntoma de una vocación
para la lectura. Cuando ya estuve en el colegio, vino a vivir con nosotros
un medio hermano, hijo de un primer matrimonio de mi madre, que solía
comprar cada semana una revista para ella, y otra, Leoplán,
para él, una revista argentina que traía en cada número una novela. EM - ¿Todo esto ocurre en
Ambato, su lugar natal? JEA - No, en Quito, donde
vivía desde los nueve años de edad… Para nosotros, los chicos, mi
hermano compraba El Peneca, de
Chile. Pero nunca agarré un número de esa revista de historietas, sino
que leía las novelas de Leoplán:
durante el año escolar, una por semana; durante las vacaciones -como
siempre fuimos pobres, no teníamos hacienda, ni amigos con hacienda, ni
era aún costumbre ir a la playa, ni habríamos podido pagar el viaje- las
pasaba en casa y leía por lo general una novela al día. De nuestra casa a mi Colegio
habrá habido, tal vez, cuatro o cinco kilómetros. Regresaba a pie, dos
veces al día, con lo cual ahorraba diariamente 30 centavos y, a la vuelta
de 10 o 15 días, podía comprar un volumen de la Biblioteca Sopena. Tales
fueron los primeros síntomas de bibliofagia. Para entonces, haciendo yo
de padre de familia de mis hermanos (mis padres jamás conocieron una
escuela o colegio de ninguno de sus cinco hijos), el director de su
escuela me prestó Cumandá, de
Juan León Mera. Se la devolví dos días después, y pese a que le hice
un resumen del argumento, no creyó que la había leído y nunca volvió a
prestarme libro alguno. Así comenzó mi interés por la literatura
ecuatoriana. La lectura de los narradores
ecuatorianos de los años 30 me creó la falsa impresión de que escribir
era fácil: tal vez porque eran ambientes de ciudades que conocía, sus
personajes eran los que encontraba en mi barrio, en la esquina. Y comencé
a escribir. En el colegio San Gabriel, de los jesuitas, había cada año
un concurso de poesía, con tema establecido; de ahí que las primeras
cosas que escribí fueran un "Canto a la Dolorosa del Colegio" y
un "Canto al río Amazonas". Por lo general ganaba esos
concursos y allí empezó la maldición. EM - Como usted sabe yo soy
bibliotecario, y en mis estancias en la Biblioteca Nacional cayeron en mis
manos, al menos dos libros de Jorge E. Adoum. Recuerdo que uno de aquellos
trataba de algunas cosas místicas y que en la tapa se referían al doctor
Jorge E. Adoum. Me llamó la atención ver su nombre. Nunca supe, si
exactamente, se trataba de su padre. Hoy se lo pregunto ¿su padre escribió
esos libros? JEA - Mi padre llegó a ser,
después de una búsqueda dramática de su destino, Gran Maestro Rosacruz
y Gran Maestro Masón. Los primeros trabajos de editing
que hice en mi vida fueron sus libros. Dada la costumbre de que el primogénito
lleve el nombre del padre, me llamo como él, lo cual ha dado origen a una
serie de anécdotas cuando voy al Brasil, a México o Venezuela, donde,
antes de comenzar una charla o una lectura, debo aclarar que yo no soy mi
padre, para que no se sientan decepcionados quienes han ido creyendo
encontrarlo a él. Y cuando, pese a todo, me piden que les firme alguna de
sus obras, tengo una dedicatoria modelo: "A fulano de tal, de parte
del autor de este libro y de mis días". Y son muchos los discípulos
del Mago Jefa: cuando llegó a Río de Janeiro, por ejemplo, hubo tanta
gente a recibirlo en el hotel que llegó la policía creyendo que se
trataba de una manifestación contra la dictadura. EM - A eso es a lo que me
refería; es decir, ese mundo de su padre, ¿cómo influyó en su visión
literaria? JEA - Un día, en París,
recibí un libro, y reconocí la escritura de la dedicatoria: era de Julio
Cortázar y decía: «¡Oh sorpresa y maravilla! ¡Oh Doctor Jekyll de
Mister Hyde, o viceversa! ¿Cómo no doblar la cerviz ante el Mago-Jefa,
que desde su modesto refugio de la Place de Fontenoy [se refiere a la sede
de la Unesco] difunde semejante mensaje himperecedero e hinmortal? Un
admirador hanónimo y hestupefacto». Por si no fuera suficiente, reconocí
su manera de desacralizar ciertas cosas o personas escribiéndolas con H,
por ejemplo: "Hasta tiene hestatua". Comencé a escribirle una
carta para contarle que se trataba de mi padre, y cómo yo tenía, en las
noches, que pasar a máquina lo que él escribía a mano durante el día.
Pero revisando aquel libro, un libro que tiene una oración para cada día
del año, me encontré con una que decía, más o menos: Que Dios guarde a
nuestros gobernantes; porque si han llegado a donde están es porque lo
merecen. Julio no podía volver a la Argentina y tuvo que dar cita a su
madre en Río de Janeiro para verla; un día, cuando volvió del
aeropuerto despidiéndola, la policía lo esperaba en el hotel. Entonces
me dio vergüenza, y dejé que creyera que se trataba de un homónimo, lo
que en el universo Cortázar era más real que la realidad que yo le habría
contado. EM - Entonces se podría
decir que usted empezó leyendo los libros de su padre y escribiendo
cantos a la Dolorosa del Colegio y otros temas de los concursos del
colegio San Gabriel.
EM - Bueno, y en ese
sentido, después, cuando deja de ser un adolescente y ya la vocación o
la pasión de los inicios se convierte en una manera de vivir, en una
forma de estar con los pies sobre la tierra, ¿cómo es esa instancia en
nuestro medio? JEA - No sé cómo suceda
con los demás; conmigo hubo un período, que puede prolongarse hasta los
16 años, de una suerte de escritura instintiva, actividad sentimental más
que intelectual: no había aún conciencia de que todo debe pasar por la
criba del pensamiento. Incluso ahora, los adolescentes, a la primera
decepción amorosa nos entregan un folleto o un libro de versos; a la
segunda decepción parecen darse cuenta de que la poesía les fue tan
esquiva como la muchacha y, por suerte, no tenemos un segundo libro. Creo
que ese fue también mi comienzo. Me avergonzarían si los hubiera
publicado: mi padre dirigía la revista Oasis y yo comencé allí con trabajos de crítica, y muy rara vez
algo que con la insolencia y la audacia de la adolescencia llamaba poemas.
Pero así encontré amigos,
poetas realmente importantes como César Dávila Andrade y Efraín Jara
Idrovo. Nos reconocíamos como parientes, miembros todos de una familia:
al descubrir un poema era necesario convocar a los amigos del grupo
"Madrugada" para comunicarles el "Relato de Sergio
Stepansky", de León de Greiff, y leerlo entre todos, o algún poema
de Miguel Hernández o de Maiakowski, en una avidez, una devoración de
poesía. A los 18 años me fui a Chile y gracias a una amiga di con un
grupo de poetas chilenos, la Alianza de Intelectuales de Chile. En mi habitación no tenía
sino botellas, generalmente vacías, y libros que llevé de Ecuador.
Cuando me puse a leer lo que estaban haciendo en esa época los chilenos,
no mostré uno solo de los libros de poesía ecuatoriana que había
llevado. Aquí no habíamos tenido prácticamente surrealistas, y aquellos
estaban superando ya el surrealismo. Y aprendí mucho, no solo de la
lectura sino del contacto personal con Juvencio Valle, que llegó a ser un
gran amigo hasta su muerte; con Angel Cruchaga Santamaría que era el gran
poeta que todos respetábamos: el primer Premio Nacional de Literatura
Chilena se lo dieron a Neruda y se decía que lo cedió a Cruchaga
Santamaría porque se lo merecía más. Yo creo que lo necesitaba más.
Coincidentemente, Angel se había casado con una de las inspiradoras o la
que más inspiró los 20 poemas de amor de Neruda. Creo que su gesto era
de una hermosa solidaridad y fraternidad. Luego, a la salida de una
conferencia de Pablo, "Viaje al norte de Chile" (había
publicado ya "Viaje al corazón de Quevedo" y otros viajes),
cuando me acerqué a abrazarlo, me preguntó si quería hacerle de
secretario y, claro, al día siguiente era su secretario y viví durante
dos años en el universo Neruda. Eran casi 24 horas al día
en su universo, en su casa, con sus cosas recogidas por el mundo entero,
con sus libros. Y con su poesía: debía pasar a máquina sus poemas,
hacer copias para revistas a las que debía colaboraciones o entrevistas,
corregir pruebas de libros. Esa labor me fue muy útil, pero también me
hizo daño: me costó mucho sacudirme de encima su influencia, que era
como la sombra de un pájaro de inmensas alas que cubría toda la América.
Lo de nerudiano parecía ser el segundo apellido mío, el de mi madre,
Jorge Enrique Adoum Nerudiano. EM - ¿A sus cuantos años
aparece su primer libro de poesía? JEA - Fue en 1949, Ecuador
amargo, cuando tenía 23 años. EM - Pero entonces, usted,
quiera que no, empieza por el ensayo, haciendo prosa, pero este contacto
vital con el grupo de poetas ecuatorianos contemporáneos suyos del grupo
"Madrugada", y después con los chilenos es lo que le motiva a
elegir la poesía. ¿Por qué la poesía y no otra cosa? ¿Por qué no
continuar con los estudios de Derecho, por ejemplo? JEA - Terminé los estudios
de Derecho, pero me negué a ser abogado. En aquella época, estamos
hablando de fines de los años 40, para vivir de la profesión de abogado
había que defender las causas patronales, o a las empresas extranjeras.
Mi padre, que no entendía mi actitud, insistía en que el título de
abogado iba a abrirme muchas puertas, pero yo aspiraba a otro título. No
me entendió nunca, y creo que se sintió defraudado por mí: en lugar de
seguir su orientación esotérica, me fui sin querer al otro extremo. No
creo que haya sido la consabida rebelión contra el padre, pero, siendo él
místico, masón, rosacruz, no sé, me fui hacia el otro extremo, el del
materialismo dialéctico e histórico. Sí, la poesía fue mi gran
tentación, y ojalá algún día la alcance. Pero he estado
permanentemente escribiendo prosa: hice periodismo desde los 18 años, ya
en Chile con comentarios de cine, por ejemplo, y cuando volví al Ecuador,
en 1948; luego hubo los diarios que fundaron Benjamín Carrión y Alfredo
Pareja, en los que hacía la crónica cultural. Después, escribí mucha
crítica literaria en Letras del
Ecuador. Creo tener también una gran pasión por la prosa. EM - Y por eso están las
novelas y sus libros de ensayo.
EM - Usted decía que al
convertirse en materialista, de alguna manera, fue a colocarse al otro
extremo de su padre. Pero parece que la poesía con lo que más tiene que
ver es con lo visionario y hasta con la magia. Entonces desde ese punto de
vista, finalmente creo que ambos se movieron en las mismas aguas aunque en
diferentes niveles, ¿no cree? JEA - Creo que coincidió en
esa época -estamos hablando de cuando tengo 15 o 16 años-, cuando
descubro simultáneamente la literatura, el marxismo y el psicoanálisis.
Fue como tener las tres llaves del mundo, aunque después hayan cambiado
las cerraduras. Entonces ese gran descubrimiento, cuando me sentí con la
capacidad de entender y comprender el mundo, me apartó de mi padre,
aunque nunca estuve muy cerca de él. Su soledad era dolorosa y terrible.
Nos obligaba a ir, a mi hermana mayor y a mí, y a veces también a mi
medio hermano, a unas reuniones o sesiones semanales en su consultorio.
Había unos pupitres triangulares con una vela pequeña cada uno, vestíamos
túnicas blancas, con una cruz de bronce y en ella la rosa crucificada, al
cuello. Se suponía que mi hermana era la representación de Isis, y mi
padre leía textos en un castellano pedregoso y dificultoso, sin que
entendiéramos nada de lo que leía, lo cual, unido a la penumbra de las
velas, nos daba sueño. Eso terminaba a las once y media de la noche y había
que esperar, con el frío de Quito, el último autobús que nos llevara de
regreso a casa y yo debía levantarme a las seis de la mañana, para ir al
colegio. Cuando comenzó sus prácticas
de hipnotismo, me hacía sentar al revés en una silla y pedalear como si
fuera una bicicleta, o me daba a comer una papa cruda inculcándome,
dormido, que era una manzana. Y cuando despertaba veía a mi madre y a mis
hermanos riéndose de mí, puesto en ridículo. Era tal vez una actitud
instintiva de rechazo, que no fue consciente, no fue una decisión,
tampoco la voluntad de actuar de determinada manera: fue la coincidencia
temporal, con mi descubrimiento de la maravilla de la poesía, el sicoanálisis
y el marxismo. EM - ¿Y en el
descubrimiento de esas tres maravillas se puede encontrar el título de Ecuador amargo? JEA - La mayor parte de Ecuador
amargo la escribí en Chile. Se me ocurre que lo de "ecuador
amargo", se refiere más que al país a una especie de horizonte,
como el "horizonte de perros" (que "ladra muy cerca del río")
de García Lorca. Ahora compruebo, aunque tampoco ha sido voluntario, que
mi primer libro es Ecuador amargo, y el último (antes de De cerca y de memoria), es Ecuador:
señas particulares. Como si cerrara un ciclo. Quizás porque siempre
llevé al país adentro y a todas partes. Un poco maldiciéndolo, otro
mucho queriéndolo, no sé. Ahora quisiera que De
cerca y de memoria fuera algo como la conclusión de una vida: dejar,
al final de ella, un testimonio sobre la gente que conocí, la literatura
y el mundo en los últimos 70 años. EM - Sí, pero, además, sería
como los gringos llaman work in
progress, una producción en marcha, porque usted todavía tiene
cuerda para largo ¿no? JEA - Bueno, entre la edición
cubana de De cerca y de memoria,
que apareció en febrero, y la ecuatoriana impresa en agosto, he tenido
que incluir la muerte de Roberto Matta, la muerte de Augusto Monterroso
(se me quedó fuera la de Mario Monteforte Toledo) y actualizar el capítulo
final, inicialmente terminado en diciembre de 2002, cuando aún no había
sucedido lo de Iraq, y el actual fechado en junio. Sí, tal vez en cada
edición haya que seguir añadiendo muertes y el paso de los hechos en el
mundo. EM - Antes ya mencionó algo
del planeta Neruda ¿Cómo ve ahora, desde la orilla del 2003 esa
convivencia con el poeta de Isla Negra? JEA - Neruda fue el primer
monumento que conocí y a los 18 años, ver como vive un dios de la poesía.
Para comenzar, su casa era ya algo que deslumbraba: su colección de
artesanías del mundo entero, su biblioteca, y su modo de ser. Seguimos viéndonos,
durante más de 30 años, con cierta frecuencia, particularmente en
Europa. (A Ecuador vino una sola vez, lo recibí en Guayaquil, donde
estuvo menos de 24 horas). Era interesante ver cómo a
su casa llegaba gente de todo lado. Ahí conocí a Nicolás Guillén, a
Miguel Angel Asturias, a Rafael Alberti, a Violeta Parra… Yo, con 18 o
19 años, oía y escuchaba, sin saber entonces que ellos llegarían a ser
amigos míos. Pero los conocí allí y Pablo solía ponerme en
antecedentes ("Va a venir Miguel Angel Asturias, un gran novelista
guatemalteco; su libro El señor Presidente acaba de salir después de haberlo tenido inédito
no sé cuantos años…"). Recordar que nos habíamos conocido en
casa de Neruda era una magnífica tarjeta de presentación y eso debe
haber contribuido a la amistad íntima que hubo después con algunos de
ellos. EM - ¿Y cuándo es lo que
siente que realmente se lo ha quitado de encima? JEA - En Los
cuadernos de la tierra, particularmente a partir de Dios
trajo la sombra, que es el tercero de esos Cuadernos…
Nunca hablamos de ello pero no creo que a Pablo le hubiera gustado mucho
esa distribución del tesoro de Atahualpa, en libras, marcos y dólares. EM - ¿Justamente cuando
gana el Premio Casa de las Américas, en la primera convocatoria de 1960,
un gran Premio… JEA - Sobre ese premio tengo
algo que decir. Inicialmente el jurado lo integraban Nicolás Guillén,
Benjamín Carrión y Pablo Neruda, quien se excusó a última hora, y
nombraron en lugar suyo a Virgilio Piñeira; de ahí que fuese la única
vez en la que en un jurado de tres personas hubiera dos cubanos (desde
entonces hay dos en un jurado de cinco). Cuando me dieron el premio,
Virgilio Piñeira dijo que Nicolás Guillén había querido premiar a un
correligionario y Benjamín Carrión a un compatriota, y que él creía
que debían dárselo a un cubano. De modo que él proponía lo que
criticaba a Benjamín. Hubo luego un incidente: me
pidieron que enviara las especificaciones tipográficas, porque es un
texto en que se juega con las cursivas, las mayúsculas, signos
monetarios, en fin… El libro se estaba imprimiendo en la Casa de la
Cultura Ecuatoriana, pero en cuanto envié el texto al concurso suspendí
la edición. Envié, en lugar de una
lista de indicaciones gráficas, un ejemplar impreso, aún sin doblar los
pliegos y sin portada, como modelo. Y esto creó un nuevo problema: Nicolás
Guillén me puso una carta diciéndome que no entendía que yo, su
hermano, su compañero, le hiciera quedar mal, habiendo hecho votar por un
texto que no se atenía a las condiciones del concurso, porque debía ser
inédito. Le contesté, devolviendo el cheque del premio, diciéndole que
consultara en un diccionario el significado de inédito. Luego, alguien,
supongo que el propio Nicolás, llamó a la Casa de la Cultura, cuyo
presidente le dijo que el autor, que era al mismo tiempo Director de la
Editorial, había suspendido la edición del libro. Guillén escribió un
artículo titulado "Vuelve el acero a su vaina", significando
que no había pasado nada. Pero el artículo de Piñeira, no el de Nicolás,
se reprodujo en Guayaquil y en Quito. EM - Solamente como
correlato ¿Qué le parece esa especie de desvelamiento que le han hecho
los poetas jóvenes cubanos a Piñeira? Como que recién lo empiezan a
leer y a mostrar cierta devoción.
EM - Uno de los temas, además,
del Ecuador que siempre lo lleva a todas partes, para usted, también es
el amor. Incluso en El amor
desenterrado, trata de capturar una instancia amorosa casi mítica,
pero hay otros textos como esos donde aparece "Prohibido fijar
carteles", de temática cotidiana con un lenguaje más suelto.
Quisiera que nos hable de cómo se van fijando esas sensibilidades que
forman su poética. JEA - En 1963, gracias al
Programa Principal de la Unesco de Conocimiento de los valores culturales
de Oriente y Occidente, fui a Egipto, India, Japón e Israel. El día en
que llegaba a Jerusalén me enteré por la radio de un golpe de Estado en
Ecuador. Y el presidente de la Junta Militar hizo decir, por medio de su
mujer a mi mujer -ya que habíamos sido amigos-, que me aconsejaba no
volver, puesto que no podía garantizar mi integridad física. Mandé a
decir al imbécil que era la única integridad contra la que él y sus
militares podían atentar, puesto que la otra, la integridad moral, solo
yo la podía destruir. Y no pude volver: me quedé, según esa expresión
popular tan gráfica, como perro en canoa. Sin saber a dónde ir. No podía volver a Japón,
donde tenía muchas proposiciones de trabajo, porque no tenía dinero; no
podía volver a Ecuador, porque no me dejaban volver. Recordé que una
hermana mía vivía en París, y desembarqué allí como hermano pródigo.
Y me fui quedando: trabajé en la Oficina de la Radio y Televisión de
Francia, en las Ediciones Gallimard, después en Ginebra, en las Naciones
Unidas; luego, de nuevo en París, en la Unesco. En resumen, mi periplo de
seis meses duró 24 años. Viví la realidad europea
con una visión de latinoamericano, con una actitud de sudamericano, y
junto con el alejamiento geográfico hubo también un distanciamiento de
cierta concepción de la literatura. Me di cuenta de que en la vida tengo
un gran sentido del humor, para hacerlo y para recibirlo, pero frente a
cada página ponía una severidad de juez como si fuera siempre la primera
o la última que iba a dejar escrita. Entonces incorporé ese sentido del
humor a la escritura, para por primera vez no ser tan solemne. Sucede que
ver el país de uno desde la distancia amplía su visión: ya no hay árboles
que impidan ver el bosque. En París me tocó vivir el
único acontecimiento histórico en el que he participado: Mayo del 68.
Fue, primero, por adhesión a la causa de los estudiantes y, luego, porque
habitaba un studio a dos cuadras
de Montparnasse, donde sucedían todos los encuentros con la policía. Y
eso contribuyó a ampliar la visión que antes estaba limitada a la
historia, el paisaje y la vida cotidiana del Ecuador, a más de todo el
cargamento de imágenes y experiencias de Japón, de la India, de Egipto
que aparecen en los textos que escribí después. Respecto de Los
cuadernos de la tierra, con la audacia de la juventud, anuncié ocho
volúmenes y me quedé en cinco, tal vez porque recordando la Colonia me
pareció que seguíamos allí mismo, con todas sus taras: el irrespeto del
otro, la superstición, la sumisión, la explotación. Era un período en
el cual en Ecuador no pasaba nada, no había ideas, no había ideologías,
no había movimientos que las impulsaran. EM - Usted sabe que Octavio
Paz criticó no solo a los regímenes que él llamaba totalitarios como
los de Cuba y Rusia, sino también a los escritores que siempre han estado
con la causa de la revolución cubana. ¿A usted le parece que en realidad
hay algo así como divisiones ideológicas con los escritores? Digamos:
Neruda fue militante del partido comunista, más contemporáneamente
podemos nombrar a un gran amigo suyo: Juan Gelman, que con su actitud
combativa, ha logrado esclarecer los crímenes de la dictadura argentina
que atañen a su familia. Pero ahora los límites izquierda-derecha ¿piensa
que han variado, o cómo sería, pues antes, a Borges y a Paz se los
llamaba reaccionarios, y progresistas a los escritores que estaban con la
izquierda o a la izquierda? JEA - Creo que se trata de
casos individuales, personales y distintos. Octavio estuvo con la revolución
cubana al comienzo: hay una correspondencia de Carlos Fuentes con Roberto
Fernández Retamar, acerca de una visita de Octavio Paz a Cuba. Octavio
tuvo una actitud magnífica cuando, siendo Decano del Cuerpo Diplomático
en Japón, le pidieron de México un poema para los Juegos Olímpicos, en
el año 68, y él escribió uno sobre la matanza de Tlatelolco. Había
sido él muy generoso conmigo en Tokio, pasó por París y fui a
felicitarle por haber renunciado a su puesto. Luego adoptó otra posición,
dolorosa para nosotros, respecto del movimiento zapatista de Chiapas. De Juan Gelman no he sabido
que haya cambiado: siempre tuvo una actitud militante, casi armada diría
yo, en un movimiento personal de resistencia a las dictaduras. El cuanto a Vargas Llosa,
por favor… Hace poco recordaba alguien, en una entrevista, una frase
suya: "Hay dos cosas sobre las cuáles yo no transigiré jamás en mi
vida: la revolución cubana y Flaubert". Después transigió. Porque
yo lo había visto criticar a Cortázar y a García Márquez por no ser
militantes de un movimiento realmente revolucionario, como se consideraba
él. Ahora es difícil creerlo. Por eso digo que cada caso es distinto. Respecto de los sucesos de
abril en Cuba, creo que todos, todo intelectual, todo ser humano, está
contra la pena de muerte. Lo curioso es que reaccionan frente a la condena
de tres, no sé como llamarlos…, que según el comandante Fidel Castro
crearon una situación de vida o muerte para ese país. Pero a quienes
criticaron esas ejecuciones nunca los vi, a ninguno de ellos, diciendo
nada cuando Bush, como gobernador de un estado, en un año ordenó la pena
capital para más de 120 condenados. Y hay algo más grave: Cuba está
amenazada de muerte a plazo más corto o más largo. Es curioso que no
tengan en cuenta la condena a muerte de todo un pueblo, de un país
entero, y sí la de tres, llamémoslos delincuentes, por facilidad. EM - Justamente por los
acontecimientos de abril del 2003 en la isla, hay un movimiento en términos
de recolección de firmas y de hacer llamados a la opinión pública de
una serie de intelectuales, sobre todo de Europa, para reclamar por los
derechos humanos en Cuba. ¿Le han llegado estas notas pidiéndole su
solidaridad? JEA - Yo estoy entre los
firmantes de un llamamiento "A la conciencia del mundo". Lo
propusieron un grupo de intelectuales mexicanos, y entre los firmantes están
Leopoldo Zea, Víctor Flores Olea, Jaime Labastida, y también Mario
Benedetti, Eduardo Galeano, Thiago de Mello, dos Premios Nobel de
Literatura -García Márquez y Nadine Gordimer-, dos Premios Nobel de la
Paz -Rigoberta Menchú y Pérez Esquivel-. Hubo, hasta cuando lo supe la
última vez, más de 4.000 firmas, que también cuentan, ¿no? EM - Para cerrar, y con la
alegría de tenerlo en mi casa, agradeciéndole su generosidad y su
tiempo. Volvamos a la poesía. ¿Todavía es posible que la poesía pueda,
si no cambiar, al menos estremecer el espíritu humano para enrumbarlo por
mejores días, en estos tiempos de cataclismos? JEA - Si es posible no sé, que es necesario sí. Pero si no fuera posible no tendría una razón válida para seguir viviendo. Creo que cuando más se hunde el nivel moral, intelectual, ético, político de la humanidad, que es a lo que estamos asistiendo, mayor es la responsabilidad y el poder de la poesía. Luis Cardoza y Aragón decia de ella que es la única prueba concreta de la existencia del hombre. Los poetas nos dan algo necesario, indispensable, que le da sentido a la vida. No creo que la humanidad pueda prescindir de la poesía, de todas las formas de poesía. Supongo que la pregunta se refiere a la poesía escrita, que llega a la gente de muchas maneras, por una carta, por una canción, por un rinconcito en alguna revista o periódico. Hay alguien que recibe ese mensaje, y cada uno de nosotros tiene una pequeña, pequeñísima parcela de poder, frente al hijo, a un hermano menor, al amigo. Y si cada uno de nosotros ejerciera esa mínimo poder para tratar de que haya un mundo mejor, para tratar de que vivamos mejor, de que pensemos o sintamos de mejor manera, ese poema, ese renglón, ese verso, ese poeta, a veces desconocido, habrán contribuido a que se vaya haciendo ese mundo. |
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Edwin Madrid (Quito, 1961). Poeta. Editor de la Revista Línea imaginaria y Director de la Colección de poesía Ediciones de la Línea imaginaria. Editor de la Obra Poética Completa de Jorge Carrera Andrade (2003). Ha publicado libros como: Enamorado de un fantasma (1990), Celebriedad (1992), y Puertas abiertas (2000). Contato: mq-5@uio.satnet.net. Página ilustrada com obras da artista Mirta Kupferminc (Argentina). |