revista de cultura # 38 - fortaleza, são paulo - abril de 2004






 

De cerca y de memoria con Jorge Enrique Adoum
(entrevista)

Edwin Madrid

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Jorge Enrique AdoumJorge Enrique Adoum. Nace en 1926 en Ambato, Ecuador. Publicó su primer libro de poesía, Ecuador amargo, en 1949. Desde entonces, hasta esta entrevista, su obra comprende alrededor de 26 títulos en diversos géneros. En poesía destacamos Los cuadernos de la tierra: I. Los orígenes, II. El enemigo y la mañana (Premio Nacional de Poesía, 1952), III. Dios trajo la sombra (Premio de Poesía en el primer concurso Casa de las Américas, la Habana, 1960), IV. El dorado y las ocupaciones nocturnas, 1961; Informe personal sobre la situación, Madrid, 1973; traducción de Los 37 poemas de Mao Tsetung, Buenos Aires, 1974; No son todos los que están…, Barcelona, 1979; El amor desenterrado y otros poemas, Quito, 1993; …ni están todos los que son (cincuenta años de poesía), Quito, 1999; El amor desenterrado, con doce dibujos de Oswaldo Viteri y traducción a cinco idiomas, Quito, 2001. Es, asimismo, autor de las antologías Poesía viva del Ecuador - Siglo XX, Quito, 1990 y Poésie équatorienne du XX siècle, traducción de Nicole Rouan. Ginebra, 1993. También está su Antología Poética, Visor, Madrid, 2000. Ha publicado teatro, y las novelas Entre Marx y una mujer desnuda, Premio Xavier Villaurrutia, México, 1976 y Ciudad sin ángel, finalista del Premio Rómulo Gallegos, 1997. Entre sus libros de ensayo destacan Guayasamín: el hombre, la obra, la crítica, en castellano y en alemán, Nuremberg, 1998; Ecuador: señas particulares, Quito, 1999, y su libro de testimonios De cerca y de memoria, segunda edición, Quito, 2003.

Tenía una conversación pendiente con el poeta Jorge Enrique Adoum, quería preguntarle algunas cosas pero, sobre todo, una, que me moría por conocer de su propia boca. Hace ya muchos años tuve en mis manos un par de libros firmados por un tal Jorge E. Adoum; al hojearlos me percaté de que no se trataba de poemas, ni de novelas, ni de crónicas ni de nada que tuviera que ver con el poeta. Sin embargo, no sé por qué, intuía que eran libros escritos por su padre. Nunca leí ni le escuché a él, tampoco a nadie hablar de su padre. Así que agarré el teléfono y, aprovechándome del aparecimiento de su libro De cerca y de memoria como también de la simpatía y de la amistad que el poeta guarda para mi esposa y para mí, le invité a nuestra casa. Esto es lo que conversamos:

EM - Quisiera que empezáramos por sus inicios. ¿Cómo surge Jorge Enrique Adoum a la literatura? Usted nace en Ambato, ¿están allí esos gérmenes, o sea, en dónde comienza la maldición?

JEA - Acaba de aparecer De cerca y de memoria, un libro de 750 páginas, de recuerdos de gente que conocí, acerca de la vida cultural y literaria de los últimos setenta años, y por eso me resulta reciente cuanto se refiere a mi pasado. Allí evoco a un profesor de Historia Sagrada, que era un verdadero novelista oral: describía a los personajes, su ropa, cómo se reflejaba la luz en ella, cómo resbalaba por los pliegues, y hasta imitaba el caminar de los camellos. Los libros de historia patria y de historia sagrada me los leía de corrido y no según el ritmo de las clases. Creo que allí me descubrí el primer síntoma de una vocación para la lectura. Cuando ya estuve en el colegio, vino a vivir con nosotros un medio hermano, hijo de un primer matrimonio de mi madre, que solía comprar cada semana una revista para ella, y otra, Leoplán, para él, una revista argentina que traía en cada número una novela.

EM - ¿Todo esto ocurre en Ambato, su lugar natal?

JEA - No, en Quito, donde vivía desde los nueve años de edad… Para nosotros, los chicos, mi hermano compraba El Peneca, de Chile. Pero nunca agarré un número de esa revista de historietas, sino que leía las novelas de Leoplán: durante el año escolar, una por semana; durante las vacaciones -como siempre fuimos pobres, no teníamos hacienda, ni amigos con hacienda, ni era aún costumbre ir a la playa, ni habríamos podido pagar el viaje- las pasaba en casa y leía por lo general una novela al día.

De nuestra casa a mi Colegio habrá habido, tal vez, cuatro o cinco kilómetros. Regresaba a pie, dos veces al día, con lo cual ahorraba diariamente 30 centavos y, a la vuelta de 10 o 15 días, podía comprar un volumen de la Biblioteca Sopena. Tales fueron los primeros síntomas de bibliofagia.

Para entonces, haciendo yo de padre de familia de mis hermanos (mis padres jamás conocieron una escuela o colegio de ninguno de sus cinco hijos), el director de su escuela me prestó Cumandá, de Juan León Mera. Se la devolví dos días después, y pese a que le hice un resumen del argumento, no creyó que la había leído y nunca volvió a prestarme libro alguno. Así comenzó mi interés por la literatura ecuatoriana.

La lectura de los narradores ecuatorianos de los años 30 me creó la falsa impresión de que escribir era fácil: tal vez porque eran ambientes de ciudades que conocía, sus personajes eran los que encontraba en mi barrio, en la esquina. Y comencé a escribir. En el colegio San Gabriel, de los jesuitas, había cada año un concurso de poesía, con tema establecido; de ahí que las primeras cosas que escribí fueran un "Canto a la Dolorosa del Colegio" y un "Canto al río Amazonas". Por lo general ganaba esos concursos y allí empezó la maldición.

EM - Como usted sabe yo soy bibliotecario, y en mis estancias en la Biblioteca Nacional cayeron en mis manos, al menos dos libros de Jorge E. Adoum. Recuerdo que uno de aquellos trataba de algunas cosas místicas y que en la tapa se referían al doctor Jorge E. Adoum. Me llamó la atención ver su nombre. Nunca supe, si exactamente, se trataba de su padre. Hoy se lo pregunto ¿su padre escribió esos libros?

JEA - Mi padre llegó a ser, después de una búsqueda dramática de su destino, Gran Maestro Rosacruz y Gran Maestro Masón. Los primeros trabajos de editing que hice en mi vida fueron sus libros. Dada la costumbre de que el primogénito lleve el nombre del padre, me llamo como él, lo cual ha dado origen a una serie de anécdotas cuando voy al Brasil, a México o Venezuela, donde, antes de comenzar una charla o una lectura, debo aclarar que yo no soy mi padre, para que no se sientan decepcionados quienes han ido creyendo encontrarlo a él. Y cuando, pese a todo, me piden que les firme alguna de sus obras, tengo una dedicatoria modelo: "A fulano de tal, de parte del autor de este libro y de mis días". Y son muchos los discípulos del Mago Jefa: cuando llegó a Río de Janeiro, por ejemplo, hubo tanta gente a recibirlo en el hotel que llegó la policía creyendo que se trataba de una manifestación contra la dictadura.

EM - A eso es a lo que me refería; es decir, ese mundo de su padre, ¿cómo influyó en su visión literaria?

JEA - Un día, en París, recibí un libro, y reconocí la escritura de la dedicatoria: era de Julio Cortázar y decía: «¡Oh sorpresa y maravilla! ¡Oh Doctor Jekyll de Mister Hyde, o viceversa! ¿Cómo no doblar la cerviz ante el Mago-Jefa, que desde su modesto refugio de la Place de Fontenoy [se refiere a la sede de la Unesco] difunde semejante mensaje himperecedero e hinmortal? Un admirador hanónimo y hestupefacto». Por si no fuera suficiente, reconocí su manera de desacralizar ciertas cosas o personas escribiéndolas con H, por ejemplo: "Hasta tiene hestatua". Comencé a escribirle una carta para contarle que se trataba de mi padre, y cómo yo tenía, en las noches, que pasar a máquina lo que él escribía a mano durante el día. Pero revisando aquel libro, un libro que tiene una oración para cada día del año, me encontré con una que decía, más o menos: Que Dios guarde a nuestros gobernantes; porque si han llegado a donde están es porque lo merecen. Julio no podía volver a la Argentina y tuvo que dar cita a su madre en Río de Janeiro para verla; un día, cuando volvió del aeropuerto despidiéndola, la policía lo esperaba en el hotel. Entonces me dio vergüenza, y dejé que creyera que se trataba de un homónimo, lo que en el universo Cortázar era más real que la realidad que yo le habría contado.

EM - Entonces se podría decir que usted empezó leyendo los libros de su padre y escribiendo cantos a la Dolorosa del Colegio y otros temas de los concursos del colegio San Gabriel.

Mirta KupfermincJEA - Hay algo curioso: a pesar de los concursos del San Gabriel que los ganaba, a pesar de la edad, a pesar de las lecturas, no comencé propiamente por la poesía o los versos. Recuerdo un domingo en que mi padre había invitado a algunos amigos suyos, libaneses, sirios o palestinos, todos comerciantes. Como él creía que yo era inteligente, me llamó a que leyera algunas cosas que había escrito. Me sentí un poco como el tragador de sables o la mujer barbuda de un circo, exhibiéndome ante esa gente. Tenía escritos, llamémoslos ensayos, sobre cosas de las que no sabía absolutamente nada: la prostitución, la homosexualidad. Mirándome desde ahora, creo que eso fue una muestra precoz de solidaridad con los grupos discriminados. Tras haber leído mis obras maestras, uno de esos turcos le dijo a mi padre, "con todo respeto por su cultura" que no se explicaba cómo permitía que su hijo, a esa edad, escribiera "esas porquerías". Fui a mi habitación y rompí cuanto había escrito. Mi padre, que entró en la habitación en ese momento, me dijo: "¡Bravo! Te felicito, pretendes ser escritor y reaccionas así frente a la crítica". Creo que eso sirvió para que no me interesara en absoluto la crítica literaria relativa a mí. Me interesa, sí, la opinión del lector.

EM - Bueno, y en ese sentido, después, cuando deja de ser un adolescente y ya la vocación o la pasión de los inicios se convierte en una manera de vivir, en una forma de estar con los pies sobre la tierra, ¿cómo es esa instancia en nuestro medio?

JEA - No sé cómo suceda con los demás; conmigo hubo un período, que puede prolongarse hasta los 16 años, de una suerte de escritura instintiva, actividad sentimental más que intelectual: no había aún conciencia de que todo debe pasar por la criba del pensamiento. Incluso ahora, los adolescentes, a la primera decepción amorosa nos entregan un folleto o un libro de versos; a la segunda decepción parecen darse cuenta de que la poesía les fue tan esquiva como la muchacha y, por suerte, no tenemos un segundo libro. Creo que ese fue también mi comienzo. Me avergonzarían si los hubiera publicado: mi padre dirigía la revista Oasis y yo comencé allí con trabajos de crítica, y muy rara vez algo que con la insolencia y la audacia de la adolescencia llamaba poemas.

Pero así encontré amigos, poetas realmente importantes como César Dávila Andrade y Efraín Jara Idrovo. Nos reconocíamos como parientes, miembros todos de una familia: al descubrir un poema era necesario convocar a los amigos del grupo "Madrugada" para comunicarles el "Relato de Sergio Stepansky", de León de Greiff, y leerlo entre todos, o algún poema de Miguel Hernández o de Maiakowski, en una avidez, una devoración de poesía. A los 18 años me fui a Chile y gracias a una amiga di con un grupo de poetas chilenos, la Alianza de Intelectuales de Chile.

En mi habitación no tenía sino botellas, generalmente vacías, y libros que llevé de Ecuador. Cuando me puse a leer lo que estaban haciendo en esa época los chilenos, no mostré uno solo de los libros de poesía ecuatoriana que había llevado. Aquí no habíamos tenido prácticamente surrealistas, y aquellos estaban superando ya el surrealismo. Y aprendí mucho, no solo de la lectura sino del contacto personal con Juvencio Valle, que llegó a ser un gran amigo hasta su muerte; con Angel Cruchaga Santamaría que era el gran poeta que todos respetábamos: el primer Premio Nacional de Literatura Chilena se lo dieron a Neruda y se decía que lo cedió a Cruchaga Santamaría porque se lo merecía más. Yo creo que lo necesitaba más. Coincidentemente, Angel se había casado con una de las inspiradoras o la que más inspiró los 20 poemas de amor de Neruda. Creo que su gesto era de una hermosa solidaridad y fraternidad.

Luego, a la salida de una conferencia de Pablo, "Viaje al norte de Chile" (había publicado ya "Viaje al corazón de Quevedo" y otros viajes), cuando me acerqué a abrazarlo, me preguntó si quería hacerle de secretario y, claro, al día siguiente era su secretario y viví durante dos años en el universo Neruda.

Eran casi 24 horas al día en su universo, en su casa, con sus cosas recogidas por el mundo entero, con sus libros. Y con su poesía: debía pasar a máquina sus poemas, hacer copias para revistas a las que debía colaboraciones o entrevistas, corregir pruebas de libros. Esa labor me fue muy útil, pero también me hizo daño: me costó mucho sacudirme de encima su influencia, que era como la sombra de un pájaro de inmensas alas que cubría toda la América. Lo de nerudiano parecía ser el segundo apellido mío, el de mi madre, Jorge Enrique Adoum Nerudiano.

EM - ¿A sus cuantos años aparece su primer libro de poesía?

JEA - Fue en 1949, Ecuador amargo, cuando tenía 23 años.

EM - Pero entonces, usted, quiera que no, empieza por el ensayo, haciendo prosa, pero este contacto vital con el grupo de poetas ecuatorianos contemporáneos suyos del grupo "Madrugada", y después con los chilenos es lo que le motiva a elegir la poesía. ¿Por qué la poesía y no otra cosa? ¿Por qué no continuar con los estudios de Derecho, por ejemplo?

JEA - Terminé los estudios de Derecho, pero me negué a ser abogado. En aquella época, estamos hablando de fines de los años 40, para vivir de la profesión de abogado había que defender las causas patronales, o a las empresas extranjeras. Mi padre, que no entendía mi actitud, insistía en que el título de abogado iba a abrirme muchas puertas, pero yo aspiraba a otro título. No me entendió nunca, y creo que se sintió defraudado por mí: en lugar de seguir su orientación esotérica, me fui sin querer al otro extremo. No creo que haya sido la consabida rebelión contra el padre, pero, siendo él místico, masón, rosacruz, no sé, me fui hacia el otro extremo, el del materialismo dialéctico e histórico.

Sí, la poesía fue mi gran tentación, y ojalá algún día la alcance. Pero he estado permanentemente escribiendo prosa: hice periodismo desde los 18 años, ya en Chile con comentarios de cine, por ejemplo, y cuando volví al Ecuador, en 1948; luego hubo los diarios que fundaron Benjamín Carrión y Alfredo Pareja, en los que hacía la crónica cultural. Después, escribí mucha crítica literaria en Letras del Ecuador. Creo tener también una gran pasión por la prosa.

EM - Y por eso están las novelas y sus libros de ensayo.

Mirta KupfermincJEA - En la búsqueda de la poesía, hay un error muy generalizado: el de creer que la poesía es un reducto privativo del verso, del renglón corto. En primer lugar, creo que la poesía está en la vida: en un atardecer, una mañana de sol, una muchacha que pasa, un niño que juega, una flor que se abre, el espectáculo del mar… Incluso solemos diferenciar una obra de pintura diciendo de un cuadro que es un poema, y lo mismo sucede con la música, y no me refiero a los llamados poemas sinfónicos. Yo he encontrado en el ámbito popular esa concepción, cuando se dice de una mujer que es un poema, y he oído decirlo de un plato de comida. No puedo concebir una obra de cualquier arte sin poesía: no creo que haya una novela de valor que no tenga capítulos, párrafos, frases poéticas. Creo que Pedro Páramo es un largo poema escrito en prosa. No es la poesía sino el verso lo que se opone a la prosa. Porque en la prosa puede y debe haber poesía. Son ejemplo de esto los ensayos de Octavio Paz, las narraciones de Borges, y creo andar en esa búsqueda desesperada de la poesía en la vida y en todos los géneros artísticos y literarios.

EM - Usted decía que al convertirse en materialista, de alguna manera, fue a colocarse al otro extremo de su padre. Pero parece que la poesía con lo que más tiene que ver es con lo visionario y hasta con la magia. Entonces desde ese punto de vista, finalmente creo que ambos se movieron en las mismas aguas aunque en diferentes niveles, ¿no cree?

JEA - Creo que coincidió en esa época -estamos hablando de cuando tengo 15 o 16 años-, cuando descubro simultáneamente la literatura, el marxismo y el psicoanálisis. Fue como tener las tres llaves del mundo, aunque después hayan cambiado las cerraduras. Entonces ese gran descubrimiento, cuando me sentí con la capacidad de entender y comprender el mundo, me apartó de mi padre, aunque nunca estuve muy cerca de él. Su soledad era dolorosa y terrible. Nos obligaba a ir, a mi hermana mayor y a mí, y a veces también a mi medio hermano, a unas reuniones o sesiones semanales en su consultorio. Había unos pupitres triangulares con una vela pequeña cada uno, vestíamos túnicas blancas, con una cruz de bronce y en ella la rosa crucificada, al cuello. Se suponía que mi hermana era la representación de Isis, y mi padre leía textos en un castellano pedregoso y dificultoso, sin que entendiéramos nada de lo que leía, lo cual, unido a la penumbra de las velas, nos daba sueño. Eso terminaba a las once y media de la noche y había que esperar, con el frío de Quito, el último autobús que nos llevara de regreso a casa y yo debía levantarme a las seis de la mañana, para ir al colegio.

Cuando comenzó sus prácticas de hipnotismo, me hacía sentar al revés en una silla y pedalear como si fuera una bicicleta, o me daba a comer una papa cruda inculcándome, dormido, que era una manzana. Y cuando despertaba veía a mi madre y a mis hermanos riéndose de mí, puesto en ridículo. Era tal vez una actitud instintiva de rechazo, que no fue consciente, no fue una decisión, tampoco la voluntad de actuar de determinada manera: fue la coincidencia temporal, con mi descubrimiento de la maravilla de la poesía, el sicoanálisis y el marxismo.

EM - ¿Y en el descubrimiento de esas tres maravillas se puede encontrar el título de Ecuador amargo?

JEA - La mayor parte de Ecuador amargo la escribí en Chile. Se me ocurre que lo de "ecuador amargo", se refiere más que al país a una especie de horizonte, como el "horizonte de perros" (que "ladra muy cerca del río") de García Lorca. Ahora compruebo, aunque tampoco ha sido voluntario, que mi primer libro es Ecuador amargo, y el último (antes de De cerca y de memoria), es Ecuador: señas particulares. Como si cerrara un ciclo. Quizás porque siempre llevé al país adentro y a todas partes. Un poco maldiciéndolo, otro mucho queriéndolo, no sé. Ahora quisiera que De cerca y de memoria fuera algo como la conclusión de una vida: dejar, al final de ella, un testimonio sobre la gente que conocí, la literatura y el mundo en los últimos 70 años.

EM - Sí, pero, además, sería como los gringos llaman work in progress, una producción en marcha, porque usted todavía tiene cuerda para largo ¿no?

JEA - Bueno, entre la edición cubana de De cerca y de memoria, que apareció en febrero, y la ecuatoriana impresa en agosto, he tenido que incluir la muerte de Roberto Matta, la muerte de Augusto Monterroso (se me quedó fuera la de Mario Monteforte Toledo) y actualizar el capítulo final, inicialmente terminado en diciembre de 2002, cuando aún no había sucedido lo de Iraq, y el actual fechado en junio. Sí, tal vez en cada edición haya que seguir añadiendo muertes y el paso de los hechos en el mundo.

EM - Antes ya mencionó algo del planeta Neruda ¿Cómo ve ahora, desde la orilla del 2003 esa convivencia con el poeta de Isla Negra?

JEA - Neruda fue el primer monumento que conocí y a los 18 años, ver como vive un dios de la poesía. Para comenzar, su casa era ya algo que deslumbraba: su colección de artesanías del mundo entero, su biblioteca, y su modo de ser. Seguimos viéndonos, durante más de 30 años, con cierta frecuencia, particularmente en Europa. (A Ecuador vino una sola vez, lo recibí en Guayaquil, donde estuvo menos de 24 horas).

Era interesante ver cómo a su casa llegaba gente de todo lado. Ahí conocí a Nicolás Guillén, a Miguel Angel Asturias, a Rafael Alberti, a Violeta Parra… Yo, con 18 o 19 años, oía y escuchaba, sin saber entonces que ellos llegarían a ser amigos míos. Pero los conocí allí y Pablo solía ponerme en antecedentes ("Va a venir Miguel Angel Asturias, un gran novelista guatemalteco; su libro El señor Presidente acaba de salir después de haberlo tenido inédito no sé cuantos años…"). Recordar que nos habíamos conocido en casa de Neruda era una magnífica tarjeta de presentación y eso debe haber contribuido a la amistad íntima que hubo después con algunos de ellos.

EM - ¿Y cuándo es lo que siente que realmente se lo ha quitado de encima?

JEA - En Los cuadernos de la tierra, particularmente a partir de Dios trajo la sombra, que es el tercero de esos Cuadernos… Nunca hablamos de ello pero no creo que a Pablo le hubiera gustado mucho esa distribución del tesoro de Atahualpa, en libras, marcos y dólares.

EM - ¿Justamente cuando gana el Premio Casa de las Américas, en la primera convocatoria de 1960, un gran Premio…

JEA - Sobre ese premio tengo algo que decir. Inicialmente el jurado lo integraban Nicolás Guillén, Benjamín Carrión y Pablo Neruda, quien se excusó a última hora, y nombraron en lugar suyo a Virgilio Piñeira; de ahí que fuese la única vez en la que en un jurado de tres personas hubiera dos cubanos (desde entonces hay dos en un jurado de cinco). Cuando me dieron el premio, Virgilio Piñeira dijo que Nicolás Guillén había querido premiar a un correligionario y Benjamín Carrión a un compatriota, y que él creía que debían dárselo a un cubano. De modo que él proponía lo que criticaba a Benjamín.

Hubo luego un incidente: me pidieron que enviara las especificaciones tipográficas, porque es un texto en que se juega con las cursivas, las mayúsculas, signos monetarios, en fin… El libro se estaba imprimiendo en la Casa de la Cultura Ecuatoriana, pero en cuanto envié el texto al concurso suspendí la edición.

Envié, en lugar de una lista de indicaciones gráficas, un ejemplar impreso, aún sin doblar los pliegos y sin portada, como modelo. Y esto creó un nuevo problema: Nicolás Guillén me puso una carta diciéndome que no entendía que yo, su hermano, su compañero, le hiciera quedar mal, habiendo hecho votar por un texto que no se atenía a las condiciones del concurso, porque debía ser inédito. Le contesté, devolviendo el cheque del premio, diciéndole que consultara en un diccionario el significado de inédito. Luego, alguien, supongo que el propio Nicolás, llamó a la Casa de la Cultura, cuyo presidente le dijo que el autor, que era al mismo tiempo Director de la Editorial, había suspendido la edición del libro. Guillén escribió un artículo titulado "Vuelve el acero a su vaina", significando que no había pasado nada. Pero el artículo de Piñeira, no el de Nicolás, se reprodujo en Guayaquil y en Quito.

EM - Solamente como correlato ¿Qué le parece esa especie de desvelamiento que le han hecho los poetas jóvenes cubanos a Piñeira? Como que recién lo empiezan a leer y a mostrar cierta devoción.

Mirta KupfermincJEA - No lo he sabido, pero me parece justo. Virgilio Piñeira fue un gran escritor. Los cubanos suelen hacer reiteradamente esa revisión de sus autores. Poco después de muerto Severo Sarduy, quien se mantuvo siempre alejado, no solo de la revolución, sino también de Cuba, y con quien trabajé e hice amistad en París, hubo un ciclo de cuatro días sobre su obra, en Casa de las Américas. Son incontables los encuentros sobre Lezama Lima, Alejo Carpentier y otros. Tal actitud me parece admirable e imitable. Nosotros enterramos demasiado pronto a nuestros escritores, a veces antes de que mueran, y después de muertos los dejamos allí hasta que se cumplan cien años de su nacimiento, para entonces acordarnos de que existieron. Me dan pena los días de conmemoración puesto que son la prueba de que los demás días se los olvida. De ahí que me parezca muy sano lo que hacen los amigos cubanos, inclusive con gente que no ha sido íntegramente simpatizante o partidaria de la revolución.

EM - Uno de los temas, además, del Ecuador que siempre lo lleva a todas partes, para usted, también es el amor. Incluso en El amor desenterrado, trata de capturar una instancia amorosa casi mítica, pero hay otros textos como esos donde aparece "Prohibido fijar carteles", de temática cotidiana con un lenguaje más suelto. Quisiera que nos hable de cómo se van fijando esas sensibilidades que forman su poética.

JEA - En 1963, gracias al Programa Principal de la Unesco de Conocimiento de los valores culturales de Oriente y Occidente, fui a Egipto, India, Japón e Israel. El día en que llegaba a Jerusalén me enteré por la radio de un golpe de Estado en Ecuador. Y el presidente de la Junta Militar hizo decir, por medio de su mujer a mi mujer -ya que habíamos sido amigos-, que me aconsejaba no volver, puesto que no podía garantizar mi integridad física. Mandé a decir al imbécil que era la única integridad contra la que él y sus militares podían atentar, puesto que la otra, la integridad moral, solo yo la podía destruir. Y no pude volver: me quedé, según esa expresión popular tan gráfica, como perro en canoa. Sin saber a dónde ir.

No podía volver a Japón, donde tenía muchas proposiciones de trabajo, porque no tenía dinero; no podía volver a Ecuador, porque no me dejaban volver. Recordé que una hermana mía vivía en París, y desembarqué allí como hermano pródigo. Y me fui quedando: trabajé en la Oficina de la Radio y Televisión de Francia, en las Ediciones Gallimard, después en Ginebra, en las Naciones Unidas; luego, de nuevo en París, en la Unesco. En resumen, mi periplo de seis meses duró 24 años.

Viví la realidad europea con una visión de latinoamericano, con una actitud de sudamericano, y junto con el alejamiento geográfico hubo también un distanciamiento de cierta concepción de la literatura. Me di cuenta de que en la vida tengo un gran sentido del humor, para hacerlo y para recibirlo, pero frente a cada página ponía una severidad de juez como si fuera siempre la primera o la última que iba a dejar escrita. Entonces incorporé ese sentido del humor a la escritura, para por primera vez no ser tan solemne. Sucede que ver el país de uno desde la distancia amplía su visión: ya no hay árboles que impidan ver el bosque.

En París me tocó vivir el único acontecimiento histórico en el que he participado: Mayo del 68. Fue, primero, por adhesión a la causa de los estudiantes y, luego, porque habitaba un studio a dos cuadras de Montparnasse, donde sucedían todos los encuentros con la policía. Y eso contribuyó a ampliar la visión que antes estaba limitada a la historia, el paisaje y la vida cotidiana del Ecuador, a más de todo el cargamento de imágenes y experiencias de Japón, de la India, de Egipto que aparecen en los textos que escribí después.

Respecto de Los cuadernos de la tierra, con la audacia de la juventud, anuncié ocho volúmenes y me quedé en cinco, tal vez porque recordando la Colonia me pareció que seguíamos allí mismo, con todas sus taras: el irrespeto del otro, la superstición, la sumisión, la explotación. Era un período en el cual en Ecuador no pasaba nada, no había ideas, no había ideologías, no había movimientos que las impulsaran.

EM - Usted sabe que Octavio Paz criticó no solo a los regímenes que él llamaba totalitarios como los de Cuba y Rusia, sino también a los escritores que siempre han estado con la causa de la revolución cubana. ¿A usted le parece que en realidad hay algo así como divisiones ideológicas con los escritores? Digamos: Neruda fue militante del partido comunista, más contemporáneamente podemos nombrar a un gran amigo suyo: Juan Gelman, que con su actitud combativa, ha logrado esclarecer los crímenes de la dictadura argentina que atañen a su familia. Pero ahora los límites izquierda-derecha ¿piensa que han variado, o cómo sería, pues antes, a Borges y a Paz se los llamaba reaccionarios, y progresistas a los escritores que estaban con la izquierda o a la izquierda?

JEA - Creo que se trata de casos individuales, personales y distintos. Octavio estuvo con la revolución cubana al comienzo: hay una correspondencia de Carlos Fuentes con Roberto Fernández Retamar, acerca de una visita de Octavio Paz a Cuba. Octavio tuvo una actitud magnífica cuando, siendo Decano del Cuerpo Diplomático en Japón, le pidieron de México un poema para los Juegos Olímpicos, en el año 68, y él escribió uno sobre la matanza de Tlatelolco. Había sido él muy generoso conmigo en Tokio, pasó por París y fui a felicitarle por haber renunciado a su puesto. Luego adoptó otra posición, dolorosa para nosotros, respecto del movimiento zapatista de Chiapas.

De Juan Gelman no he sabido que haya cambiado: siempre tuvo una actitud militante, casi armada diría yo, en un movimiento personal de resistencia a las dictaduras.

El cuanto a Vargas Llosa, por favor… Hace poco recordaba alguien, en una entrevista, una frase suya: "Hay dos cosas sobre las cuáles yo no transigiré jamás en mi vida: la revolución cubana y Flaubert". Después transigió. Porque yo lo había visto criticar a Cortázar y a García Márquez por no ser militantes de un movimiento realmente revolucionario, como se consideraba él. Ahora es difícil creerlo. Por eso digo que cada caso es distinto.

Respecto de los sucesos de abril en Cuba, creo que todos, todo intelectual, todo ser humano, está contra la pena de muerte. Lo curioso es que reaccionan frente a la condena de tres, no sé como llamarlos…, que según el comandante Fidel Castro crearon una situación de vida o muerte para ese país. Pero a quienes criticaron esas ejecuciones nunca los vi, a ninguno de ellos, diciendo nada cuando Bush, como gobernador de un estado, en un año ordenó la pena capital para más de 120 condenados. Y hay algo más grave: Cuba está amenazada de muerte a plazo más corto o más largo. Es curioso que no tengan en cuenta la condena a muerte de todo un pueblo, de un país entero, y sí la de tres, llamémoslos delincuentes, por facilidad.

EM - Justamente por los acontecimientos de abril del 2003 en la isla, hay un movimiento en términos de recolección de firmas y de hacer llamados a la opinión pública de una serie de intelectuales, sobre todo de Europa, para reclamar por los derechos humanos en Cuba. ¿Le han llegado estas notas pidiéndole su solidaridad?

JEA - Yo estoy entre los firmantes de un llamamiento "A la conciencia del mundo". Lo propusieron un grupo de intelectuales mexicanos, y entre los firmantes están Leopoldo Zea, Víctor Flores Olea, Jaime Labastida, y también Mario Benedetti, Eduardo Galeano, Thiago de Mello, dos Premios Nobel de Literatura -García Márquez y Nadine Gordimer-, dos Premios Nobel de la Paz -Rigoberta Menchú y Pérez Esquivel-. Hubo, hasta cuando lo supe la última vez, más de 4.000 firmas, que también cuentan, ¿no?

EM - Para cerrar, y con la alegría de tenerlo en mi casa, agradeciéndole su generosidad y su tiempo. Volvamos a la poesía. ¿Todavía es posible que la poesía pueda, si no cambiar, al menos estremecer el espíritu humano para enrumbarlo por mejores días, en estos tiempos de cataclismos?

JEA - Si es posible no sé, que es necesario sí. Pero si no fuera posible no tendría una razón válida para seguir viviendo. Creo que cuando más se hunde el nivel moral, intelectual, ético, político de la humanidad, que es a lo que estamos asistiendo, mayor es la responsabilidad y el poder de la poesía. Luis Cardoza y Aragón decia de ella que es la única prueba concreta de la existencia del hombre. Los poetas nos dan algo necesario, indispensable, que le da sentido a la vida. No creo que la humanidad pueda prescindir de la poesía, de todas las formas de poesía. Supongo que la pregunta se refiere a la poesía escrita, que llega a la gente de muchas maneras, por una carta, por una canción, por un rinconcito en alguna revista o periódico. Hay alguien que recibe ese mensaje, y cada uno de nosotros tiene una pequeña, pequeñísima parcela de poder, frente al hijo, a un hermano menor, al amigo. Y si cada uno de nosotros ejerciera esa mínimo poder para tratar de que haya un mundo mejor, para tratar de que vivamos mejor, de que pensemos o sintamos de mejor manera, ese poema, ese renglón, ese verso, ese poeta, a veces desconocido, habrán contribuido a que se vaya haciendo ese mundo. 

Edwin Madrid (Quito, 1961). Poeta. Editor de la Revista Línea imaginaria y Director de la Colección de poesía Ediciones de la Línea imaginaria. Editor de la Obra Poética Completa de Jorge Carrera Andrade (2003). Ha publicado libros como: Enamorado de un fantasma (1990), Celebriedad (1992), y Puertas abiertas (2000). Contato: mq-5@uio.satnet.net. Página ilustrada com obras da artista Mirta Kupferminc (Argentina).

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