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revista de cultura # 34 - fortaleza, são paulo - maio de 2003 |
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Anabel Torres y su poesía untada de amor y de sangre Prisca Agustoni
PA -
Citando un poema tuyo (Refugio), que dice “Vengo del mundo/huyo
del mundo/ y me he refugiado en el mundo”, tus poemas están
profundamente impregnados de vida (aunque trágica, como en tu libro Poemas
de la guerra), lo que se opone a una tendencia poética y una postura
estético-intelectual contemporánea que cultiva el vacío y la nada, o
sea, una incapacidad del ser humano, del artista de decir algo y de
sentir algo (rabia, indignación, ternura, alegría, esperanza)
frente a un mundo que, pese a todo, todavía tiene sentidos para descifrar
(buenos o malos). Tus Poemas de la guerra, libro primordial aunque
no sólo sobre la tragedia colombiana de la guerra civil, se inscribe -me
parece- en esta lógica. ¿Puedes explicarnos cómo te colocas como poeta
frente a la realidad contemporánea? AT -
Primero, déjame saludar a quienes leen esto y se tropiezan con una
entrevistada desconocida (he publicado cinco libros de poesía y ganado un
par de premios en Colombia, pero salí de mi país en 1987 y escasamente
figuro en las antologías). Soy entonces una nadie representativa, como
tantos. Esta entrevista se debe sobre todo a la obsesión de UNA
suizo-brasilera con mis poemas, tú, que fuiste al lanzamiento de mis dos
libros editados en España, en la Librería Albatros de Ginebra. Ahora al
grano: tu pregunta encierra su respuesta. El mundo tiene muchos sentidos
por descifrar. Frente a la realidad contemporánea, me coloco como ser
sintiente y pensante y hasta la palabra poeta sería reduccionista.
Prefiero no dejarme atrapar en definiciones, ni siquiera en mi túnica
preferida de poeta. La realidad que vivimos desafía toda definición. Mi
padre, que se llamaba Eddy Torres y fue muy querido por mucha gente, nos
contagió a sus cuatro hijos de su sueño del futuro. Dicho futuro contenía implícitas las utopías que nos
traería el siglo 21: la abolición de la pobreza, el hambre, la
enfermedad, el analfabetismo, la injusticia y la guerra. Pero
llegamos fue a límites inimaginables con el lenguaje, que permiten a
quienes lo usurpan por la fuerza o de soslayo desgarrar la realidad que
mencionas; esa pobre, remendada realidad que habíamos conseguido los
seres humanos con tanto esfuerzo. Hoy se consolidan nociones que atentan
contra la dignidad más preciada: pensar por cuenta propia. Y no ocupan un
lugar central los inventos del futuro (que de hecho existen, como los
autos a base de agua), sino los inventos logrados secuestrando el
lenguaje, cuando ya no importan los significados de las palabras sino quiénes
las acaparan y regurgitan: me refiero a abominaciones como ‘la guerra
humanitaria’ de la OTAN, la ‘defensa’ del derecho de Pinochet a ser
declarado senil en su repugnante cordura, la ‘defensa’ de la
democracia y las instituciones convertida en arma sistemática del
atropello en países como el mío, y ahora la ‘guerra preventiva’. La
guerra que ya ni guerra es triunfa, esa que acaba de rajar al mundo en
parcelas liderada por la bushtia, estableciendo un nuevo orden
mundial con Bush de emperador y la ONU de cenicienta sin hada madrina. La
misma palabra guerra es un fuego artificial para distraernos. Por lo menos
las batallas de antes, por absurdas y sanguinarias que fueran, eran luchas
entre contrincantes plenos. Hoy hay víctimas, sobre todo entre la población
civil y desarmada, que reciben impactos aterradores desde el cielo,
mientras otros los observan en tierra y por televisión. Todos
a la guerra, calienta el sol. En Irak el embargo ya había causado la
muerte de medio millón de niños desde 1991 (ONU 2003). La ‘guerra’
contra Irak ha sido un ataque de destrucción masiva contra un país del
tamaño de una pulga que los tres terribles tenores de las Azores
incubaban en sus pellejos hacía tiempo. Creo haber ya tergiversado lo
suficiente el sentido de tu pregunta. PA -
Explicaste una vez que tu libro Poemas de la guerra nació como un
largo luto que no lograba resolverse, un poco al igual que la situación
social de tu país. Ahora que el libro existe, ¿algo ha mudado en ti? ¿En
qué medida el libro te ha “aliviado” de un lloro largamente
reprimido? ¿Puedes contarnos un poco sobre la historia de este libro? AT -
Poemas de la guerra es un
testimonio, un yo acuso suavizado por los años (los míos, digo), la
distancia de mi país y mi nostalgia de él y, esto es lo más importante,
aromado por los sueños de tanta gente que he visto desfilar por Holanda a
lo largo de 15 años y que también llega a España, gente venida de
Colombia y que regresa a ella sin pedir nada a cambio sino continuar con
la labor inaplazable que se haya impuesto antes de tal vez ser asesinada.
Mi libro es un pan de cinco, que era el pan más sencillo y más barato
cuando yo era niña en Medellín; es un florero sin Llorente; es el ruido
en un bosque sembrado dentro de un estudio de grabación cuyas paredes no
permiten pasar ni el susurrar de tres hojas. O 165, para ser más precisa.
Pero existen los clichés (y hasta me encantan) y sí ha sido una especie
de catarsis. Mi libro también es una muestra de suerte, pues lo edité
con una traducción muy bien pagada, en el momento en que sentía el
apremio de publicarlo. Por último, mi libro es un libro que no se vende.
No lo reciben en consignación en librerías en España porque no hace
parte de un fondo editorial, ni ha sido reseñado en la prensa ni a nadie
le importa, o casi a nadie (a vos sí te ha importado y eso me da fuerza).
Esto será impráctico pero también tiene algo de hermoso, ¿o seré como
la zorra del cuento y las uvas están verdes? Lo hace genuino que siga en
sus paquetes de veinte copias trepado en mis armarios de la sala, y el
dolor con que lo escribí y la admiración por la gente que lucha sin
desfallecer, pero falleciendo, masacrada no sólo en Colombia sino por
todo el mundo, son genuinos. De algún modo en esos textos empaqueté la
pesadilla, he hecho de ella algo más manejable para mí misma, egoístamente...
PA -
El poeta brasileño Mário Quintana escribió un poema maravilloso sobre
la función del poema. El poema se llama Emergência y dice: “Que
faz um poema abre uma janela (=ventana) [...] quem faz um poema salva um
afogado”. Tú misma te defines como “palabrera”. ¿Qué papel debe
(o puede) ejercer para ti el poeta? AT -
Los poetas no servimos para nada y no hablo con modestia falsa ni
verdadera. No somos seres que calculan, ni es calculable nuestro valor. No
sirviendo para nada en específico, podemos servir para cualquier cosa.
Somos una especie de comodín en el naipe de la vida, como los payasos,
las locas o las traductoras literarias, todas ocupaciones donde el yo es
desplazado o no cumpliría su función: la de ser loca, poeta, etcétera.
A mí me gustaría que un poema mío sirviera para algo, como un set
de palabras; para algo práctico como seducir a un amor, tapar un hueco en
la ventana, absorber una mancha… aunque como amo los libros, me desdigo,
no usen un poema mío para limpiar un reguero, por favor. PA -
Escribiste “Soy de un país que en su primer decreto/mandó asesinar
todas las flautas/y alzar un monumento/al clarinete traído de Europa” (Muñecas,
en Medias nonas, 1992).
Vives en Europa hace muchos años, en Holanda y España. ¿Cómo resuelves
en tu día a día de escritora y de colombiana esta herencia colonial
retratada muy bien en tu poema? AT -
Creo que son una suerte las cosas que mucho nos cuestan, los viajes que
hacen de nosotras exiladas o trashumantes, los caminos que nos producen
nostalgias, dolores y desconcierto, el colonizar o ser colonizada (relación
que siempre implica reciprocidad pero sin ser solidaria). Lo que ocurre es
que no siempre podemos reunir el coraje para decir ‘gracias. Gracias,
vida, por haberme expulsado del paraíso en el que nací; gracias, vida,
por hacer que ya no sea de ninguna parte y que ya no pronuncie a la
perfección ni conozca de pe a pa ninguno de mis idiomas; gracias, vida,
porque ya no puedo acomodarme a tener un amor ni en holandés ni en inglés
ni en colombiano’ (creo que si tuviéramos ese coraje siempre, nos
convertiríamos en masoquistas de primera línea). Haberme criado en Bogotá,
Medellín y Nueva York, las tres patrias chicas que cargo en mí como
piedras lumbre, de esas piedritas blancas que al chocarlas una con otra
metida bajo la cama hacían chispitas, y haber sentido que tenía que
salirme de mi país a partir de noviembre de 1985, me han hecho más rica,
aunque me hayan deparado soledad y pobrezas muy variadas. Y mucha
nostalgia de ‘mi gente’, peor que la de un campesino que pierde su
perrito en las montañas y lo quería tanto, que decide enterrarlo, pero
envolviéndolo primero en su ruana, así que también se queda sin abrigo
y siente mucho frío aquella noche en la montaña, aterido, porque se le
hizo tarde y es peligrosa la trocha de regreso y debe esperar un nuevo día.
Yo ando esperando un nuevo día para mi país hace más de 10 quilos y 17
años y no tengo señales ni de adelgazar ni de poder volver a una tierra
que me brinde un buen untado de esperanza y una TINAJA de PAZ en la cual
sumergirme, antes de desayunar con ese untado de esperanza.
PA -¿Cuáles
son tus instrumentos de vida? ¿Las palabras o el silencio? ¿La risa o el
llanto? ¿La lucidez del corazón, como decía Pascal, o aquella de la razón?
AT -
He pensado desde que tengo uso de prescindir de la razón, y esto sólo me
ocurre a conciencia en los últimos años, que es necesario pensar con el
corazón y sentir con la cabeza. No encuentro una definición más
acertada de la poesía, ni una posición más honesta frente a la gran
incertidumbre que es la vida, cuya única certeza es que morimos. Ese límite
tan finito nos lleva a los seres humanos a intentar búsquedas y luchas
infinitas ‘mientras tanto’. Creo en no tener que escoger
a toda hora, a riesgo de estar ‘descartando’ ideas, actitudes y hasta
personas, poblándome de prejuicios funcionales (la lógica bipolar
imperante nos ha conducido a la crisis actual); creo en los intersticios,
en los mientras tanto, en los ‘espacios en el medio’, cuya descripción
encontramos en las obras sobre Mary Poppins de M. L. Travers, The
Space Between que esa magistral narradora nos cuenta comparten en
santa paz el león y el cordero, es decir, los enemigos tradicionales, a
medianoche de año nuevo. Cada vida es un espacio en el medio, asumida sin
desacatar tampoco la voz del miedo propia de la condición humana. PA -
Anabel, en tu poesía aparece nítidamente la voz lírica femenina,
juzgando con ironía y humor ciertos acontecimientos cotidianos. En otros
poemas la ironía se hace crítica conciente y aguda, como en los versos
sobre Juana de Arco (Arco): “Fue quemada al fin/por ser mujer/y
tan femenina frente a su destino”. ¿Qué quiere decir, para ti, ese
“ser femenina” frente al destino? AT -
A las mujeres nos han pasado y nos siguen pasando cosas terribles por el
hecho de ser mujeres y ningún ser racional puede negar que el mundo sigue
siendo bastante desequilibrado: no es más que mirar que siguen mutilándonos
el clítoris en nombre de la religión, lo que además del horror intrínseco
que ello significa, nos hace mucho más propensas a contraer el SIDA en
las culturas sometidas a dicha costumbre donde éste es pandemia; que no
hay pago igual por igualdad de trabajo en casi ninguna sociedad; que las
mujeres aportamos el 60% del trabajo del mundo y no poseemos ni el 10% de
los medios de producción; que la violencia doméstica contra la mujer y
nuestros/as hijos/as no sólo continúa sino que va en voraz aumento en
todos los países; que el fundamentalismo renacido nos está quitando
libertades que ni siquiera a los antepasados más machistas se les ocurrió
quitarnos; que Nigeria ha resucitado la lapidación y por muchas firmas
que enviemos a AI, van a lapidar a Amina Lawal por adultera en menos de
dos meses, tan pronto acabe de amamantar a su hijo, y ningún país
sanciona a Nigeria por permitirlo ni hace nada frente a estos crímenes;
que al hablar del Consejo de Seguridad de la ONU, o de los líderes que lo
componen, no hace falta decir los y las líderes, pues siguen siendo todos
hombres los que hoy nos llevan de cabeza a crispaciones que pueden
propiciar nuestra destrucción total, etcétera. El etcétera rebasaría
los límites de este número de Agulha y los venideros. Con
el auge de los fundamentalismos imperialista e islamista, las mujeres
estamos perdiendo terrenos que ya habíamos ganado, como los pierden otros
movimientos surgidos de la ‘sociedad civil’, por ejemplo el
sindicalismo. El sexismo es un conjunto de prejuicios sistemáticos, no
aislados, y sólo puede erosionarse asumiendo posturas políticas
concientes. Podemos y debemos luchar por acabar con el sexismo, sobre todo
dentro de nosotras mismas. No importa tanto si a nivel individual optamos
por seguir colocando el plato de comida caliente sobre la mesa y el
florero en el centro. Sólo colocando también nuestra lucha contra la
inequidad sobre la mesa de nuestro entorno, como un legado vivaz para
nuestras nietas y nietos, iremos erradicando el sexismo. En ese sentido,
no importa tanto si la lucha hasta ahora fue perdida o dio frutos. Yo hoy
en día me siento un poco o muy fracasada en muchos campos, pero también
estoy orgullosa de haber fracasado, porque he puesto todo mi empeño en no
dejarme tragar de nociones ajenas de lo que constituye el éxito como
mujer, definiciones que muchas veces nos exigen a las mujeres ‘dar para
recibir y no hacer para merecer’. Acá estoy citando a Ofelia Uribe de
Acosta, una admirable colombiana activista de los derechos de la mujer. Uno
de mis proyectos frustrados hasta hoy (tengo cantidades) es hacer un libro
documental ilustrado sobre Ofelia, sus publicaciones feministas y el
movimiento de las mujeres por el voto en Colombia, que oficialmente ni
existió. Y aunque nunca logre financiar y concluir mi libro, nada puede
quitarme la investigación que ya adelanté yo sola, ni el hecho de que yo
conocí a Ofelia, pude conversar largo y tendido con ella, aprendí de
ella y fui testiga presencial de su fuerza, su espíritu recio y combativo
y su humor incomparable para sazonar los silencios y frustraciones de la
lucha feminista, enormes y difíciles de compartir. No es sensato
idealizar el feminismo. Las mujeres también sólo somos humanas y somos
tan fáciles de enceguecer con el poder como cualquier hombre; también
somos frágiles y podemos ser contradictorias, arbitrarias, oportunistas y
cobardes, y de hecho seguimos siendo demasiado sumisas y poco solidarias
unas con otras, ante el destino que nos deparan los medios y sus señores.
PA -¿Y
qué mujer eres tú frente a tu destino? AT -
Soy una mujer femenina y feminista, por lo tanto femininista; sola y
acompañada, porque mis amigos y amigas me quieren, y mi hija y mi hijo, y
mis dos nietas y un nieto; una mujer que sigue soñando despierta con el
amor con más ahínco que nunca, a medida que más lejano lo percibe,
porque el amor es aquel ‘espacio en el medio’ por excelencia, esa
dimensión donde lo cotidiano más nimio cobra magia y el sentido
primigenio de creación. Hace muchos años que vivo sin el amor dentro de
casa, por lo menos muchos años para mí, que he sido apasionada del, y
hasta adicta al amor. Pero me sé más a gusto conmigo misma. Trato de
quererme yo misma, aunque no siempre lo logro, lo que me recuerda un poema
de mi primer libro, Casi poesía,
(1975), escrito cuando aún tenía quienes me amaran de cerca, ‘me
basto, sé quererme por todos los que no saben quererme’. Un texto que
de hecho resultó siendo premonitorio de mi vida actual. Y es
que además el culto actual a la escisión, tanto en lo personal como en
lo político, causa estragos en el universo del amor. Se nos insta cada
vez más a la compartimentalización, no sólo en el campo científico y
profesional, con el consiguiente empobrecimiento del espíritu y también
de la fuerza práctica para enfrentarnos juntos a las amenazas tan
colectivas que hoy pululan, o para participar en el banquete colectivo que
suponían tantas aficiones humanas que hemos ido abandonando en masa. Los
grandes manipuladores tras bastidores han descubierto no sólo que dividir
es reinar, retomando a Maquiavelo, sino que fomentan a conciencia, a través
del consumismo, su gran aliado, el espejismo de que los seres humanos
somos auto-suficientes. El auto-abastecimiento sin distingos (pasando por
alto que hay cosas inalienables para la vida que sólo existen en unión o
buscadas en conjunto, el amor y el humor, sin ir muy lejos), es el ideal
al que toda persona ‘civilizada’ debe aspirar. Esta es la lógica que
rige al mundo ‘desarrollado’, nutrida de la incomunicación y en la
que el amor, como otros sentimientos humanos, es visto con suspicacia,
como enemigo o por lo menos como debilidad. Los enemigos naturales de esta
manipulación secreta son los niños y la pareja, pues sus esencias mismas
son la dependencia (aunque no sólo la dependencia). No es fortuito que
tendamos a ocuparnos de nosotros mismos y a auto-satisfacernos, hasta con
la ayuda de nuestros respectivos gobiernos (les doy un ejemplo aberrante:
hace unos dos años, la televisión holandesa ‘normalita’, sin apelar
a costosos cables privados, transmite pornografía suave y no tan suave en
cómodos intervalos sumamente bien calculados: miércoles, viernes y sábados.
Sobra decir que está orientada hacia los hombres y mujer que quiera
beneficiarse de tan esmerado servicio público tendrá que adaptarse a
gozar con dos o más mujeres acariciándose mientras un hombre mira). Y es
que aislando la pulsión sexo de todo rastro de sentimiento, afecto o
comunicación, esa isla en la que cada ser humano es instado a convertirse
hoy en día queda completa, palmeras incluidas; con la ventaja adicional
de que ni nos pueden dar SIDA ni otras EST y hasta bajarán entonces los
costos de atención pública a la salud. PA -
En poemas como Mujer, Temiendo leer o Cometa te pones
del lado de las mujeres, no con la bandera del feminismo político, sino
con el poder revelador de la palabra poética, que abraza y dignifica,
relata y revela que las mujeres siempre fueron víctimas privilegiadas,
junto a los niños, de lo que llamas en el prólogo de tu libro Poemas
de la guerra, “un patriarcado dominado por el afán de acumular, la
arrogancia y la fuerza, en el que los regímenes sin democracia hallan su
rico caldo de cultivo”. AT -
Déjame recordar dos conceptos clave del mismo prólogo: primero que el
patriarcado es un sistema y no los hombres que lo componen y no es sólo
los hombres. Y segundo, que mientras los hombres fabrican, perfeccionan y
venden sus armas, las mujeres persistimos en la vida, pero lo único que
hemos logrado con ello es fabricar las víctimas, los desplazados y los
verdugos que el patriarcado requiere para sus guerras. Hablo del ‘efecto
balancín’ para ilustrar el gran desequilibrio causa y efecto de las
profundas desigualdades que llevan el mundo al caos. Las mujeres seguimos
dominadas por la física más rudimentaria, la de la razón de la fuerza
sobre la fuerza de la razón. ‘Ellos’ siguen dominando el mundo y
dominándonos, y lo que es peor, a nuestra infancia. Por eso no nos queda
más recurso que sacar las garras de la palabra para defender a esa niña
indefensa en la que está convertida la tierra en manos de la arrogancia,
la codicia y la violencia institucionalizadas que son las guerras:
cualquier guerra. Y las economías basadas en la ganancia y la importancia
dada a las armas y los desafueros asociados. PA -
Tu poema El monte sin olivos es bien representativo de la condición
del colombiano que vive afuera del país: “Mi país es la sangre/de la
que vuelvo untada/todos los días/del Monte de Internet”. ¿Te
consideras una escritora en el exilio? ¿Te identificas con estos versos
de Blanca Varela: “y todo debe ser mentira / porque no estoy en el sitio
de mi alma”? Donde está el sitio de tu alma? Hay un sitio del alma o
piensas que la condición del ser humano es existencialmente la del
deslugar?
‘Los
pobres’ van forjando sus vidas, y en sus casas también entra la alegría
y en ellas también se consolida el poder de seguir viviendo, disfrutando
de los hijos, la solidaridad, etc. (hablo de la pobreza, no de esa miseria
arrolladora que vemos cada vez en mayores proporciones y con mayor
indiferencia, esa miseria ajena que nos traiciona a todos en nuestra
condición humana, a quienes la sufren y a quienes la fomentamos o
toleramos). Sería inicuo romantizar la pobreza en una época como la
nuestra, en la que es la pandemia más grande que azota a la humanidad y
ni siquiera es señalada como tal. Por cuenta del consumismo arrollador,
el belicismo, la globalización del capital a la vez que se expulsa,
fragmenta y criminaliza la mano de obra que lo produce, y la concomitante
erosión de los derechos laborales, sindicales o simplemente humanos (como
aquellos consignados en la Declaración universal de los derechos humanos
de 1948), la clase media nos hemos ido convirtiendo en nuevos pobres y los
pobres en miserables. Yo no soy pobre en el sentido clásico de lo que
todavía llevamos en el bagaje de la memoria como definición de la
pobreza, aunque ya esta definición no se compagine con la realidad: soy
pobre por falta de acumulación y carencia de un ingreso fijo, pero he
tenido una educación fuera de serie, muchas oportunidades, aunque no las
haya ‘aprovechado’ muy bien; tengo techo, que me pago yo misma,
libertad para caminar por la calle y un sistema de metro maravilloso al
alcance de los pies; cómo oir música, ojos con qué leer, euros sueltos
con qué comprar la prensa y el pan, computadora u ordenador según el
español que esté hablando, etcétera etcétera. Pero el día que yo
pierda la brújula de la pobreza y la estrella que para mí han sido mis
semejantes, amistades y familia pobres, que tanto me han dado y enseñado,
me habré muerto o cuasimuerto. PA -
Cuáles son tus influencias literarias más importantes? AT -
Tengo influencias literarias convencionales, por fortuna. La voz y las
canciones de cuna de mi madre, los cuentos de Rin
Rin Renacuajo, la Pobre
viejecita y canciones como Tengo
una muñeca vestida de azul; los villancicos y los Christmas
carols; las veladas de conversación en casa de mis padres; los
cuentos de hadas porque leí desde los tres años; los cuentos que me
contaban no sólo mis padres sino las mujeres que trabajaban en nuestra
casa cuando vivíamos en Bogotá y Medellín (eran los hitos en mi día,
cuentos contados en la cocina mientras ellas pelaban papas y la cháchara
de las chicharras planeaba sobre el atardecer de las ventanas); las
revistas de La pequeña Lulú,
Billiken y Bohemia; los
incontables refranes paisas, o gringos, que sigo oyendo en mi cabeza en la
voz de mi madre, o en la de los hermanos Marx, etc.; los tangos de Gardel,
Magaldi, Cortés, Libertad Lamarque; los bambucos y pasillos de Antioquia,
ese himno que asciende el aire esparciéndolo de ‘libertad, que perfumas
las montañas de mi tierra’; los boleros y también los musicales
gringos e ingleses, como West Side
Story, Flower Drum Song, El Mikado, ya que soy un bonsai anglohispánico.
Después de los cuentos de Grimm, Andersen, José Martí, Wilde y nuestras
leyendas indígenas, la influencia más importante recién llegada a Nueva
York, a los ocho años, fue la de Mary Poppins, traducida al español. La
biblioteca del barrio y la Biblioteca Central de Nueva York con sus dos
leones bonachones tumbados a la entrada hacen parte de mi tatuaje
literario. Por supuesto que estudiando en EEUU, mis referentes han sido
también autores y figuras anglosajonas, Mark Twain, Louisa May Alcott, O.
Henry, Harriet Beecher Stowe, Lincoln y Washington, quien además de no
decir mentiras, nunca supimos porqué tuvo que tumbar el cerezo, la
estatua de la libertad y más adelante Shakespeare, etc. Pero en realidad
me siento incómoda al hablar de mis influencias literarias, porque ello
suele convertirse, por lo menos entre escritores, en una competencia
estilo basura televisiva, ‘mira lo que he leido, a quién he leido y cómo
me queda de bien éste tal o ésta cual y qué fulgurante me ha quedado el
cerebro.’ Prefiero decir que he leído, que tengo épocas en que leo
mucho y épocas en que no paso de leer El
País, que tengo autoras que me deslumbran y pasan y otros que se
quedan apagaditos junto a mi nochero hasta que una noche antes de dormir,
los enciendo con mis dedos. PA -
En una reseña de Consuelo Triviño Anzola sobre tu último poemario, En
un abrir y cerrar de hojas, leemos: “Su ser femenino sin lugar a
dudas determina no sólo una manera de estar en el mundo, sino también y
sobre todo, la constitución de un yo poético que rastrea en la violencia
política y humana, tanto como en el reducido e infinito espacio hogareño”.
Ella habla también de “fortaleza espiritual”. En tu opinión, ¿hay
alguna diferencia entre la percepción femenina del mundo y la percepción
masculina? Pienso en figuras como Etty Hillesum y su “fortaleza
espiritual”. AT -
Las mujeres sí tenemos una manera distinta de abordar el mundo que se
refleja en la forma cómo abordamos las páginas en blanco. Pero esa es sólo
una de las estructuras superpuestas del gran kaleidoscopio que es la
palabra escrita y no es crucial, siendo importante. No concibo a ningún
ser humano, hombre, mujer o transexual, que no tenga fortaleza espiritual
a la hora de leer, o de escribir, una obra literaria. Las diferencias de género
se hacen cruciales es por fuera de la escritura, en el acontecer diario,
en el accionar o la falta de accionar político, en la manera como
expresamos o dejamos de expresar solidaridad con el dolor ajeno, nos
identificamos con ‘la otra’ y asumimos la empatía; en nuestra forma
de comportarnos o dejar de comportarnos y sobre todo, en nuestras
prioridades. Si las mujeres estuviéramos a cargo del presupuesto de
nuestros países, estoy segura que ya no habría niños con hambre, sin
agua potable y sin escuela, y el presupuesto militar no sería como lleva
tantos siglos siéndolo, esa loca carrera armamentista que hace que ‘los
hombres y los niños se diferencien en el tamaño de sus juguetes’, un
eslogan muy popular por los años ochenta y que ya ni se menciona. Y es en
esta diferencia milenaria que las mujeres, no siendo seres morales
superiores, lo cual sería un absurdo afirmar, tenemos una visión más de
conjunto - será por haber estado silenciadas y marginadas tantos siglos -
de lo que se necesita para sostenernos del mundo y sostenerlo, así como
nos hemos visto obligadas a ingeniar estrategias para afrontar las
carencias y atropellos. El problema radica en que así las mujeres seamos
‘aerodinámicamente’ más capaces en nuestro fuero interno de
emprender el vuelo intelectual y emocional requeridos para cambiar las
estructuras podridas o estancadas que mantienen al planeta encallado en el
oscurantismo de lo bélico, hemos tenido que lidiar con muchos más
grilletes y apenas estamos en la etapa de reconocerlos y despojarnos de
ellos… casi siempre a un costo personal abrumador, que nos impide
aproximarnos a nuestro verdadero potencial o contribuir a reinventar el
potencial del afuera. La tierra ha de ser un lugar rutilante cuando
nuestras nietas y nietos lleguen a ser la generación que maneja el mundo,
si no la hemos destruido para entonces. Olvido mis pocos conocimientos de
estadística, pero sé que hay un porcentaje de probabilidad de que la
tierra cambie y otro de que no haya tierra qué cambiar. PA -
Cómo son, si es que tienes, tus contactos con la vida literaria de
Colombia? AT -
El año pasado estuve en Colombia, tras casi seis años. Quería mucho
asistir al Festival de Poesía en Medellín, tanto que acepté ser
‘invitada’ sin que ni el Festival ni ninguna otra institución o
agente me financiara tan siquiera un quilómetro de los muchos que viajé
para llegar allá (después de regresar, he constatado que otras personas
que ni eran poetas invitados viajaron al festival con todos los gastos
pagos desde Europa y ello aún me indigna). La experiencia del festival
fue algo que me sacudió los cimientos emocionales y no me he recuperado
del todo, tanto en términos de desencanto como de alegrías, éstas últimas
deparadas por el haber vuelto a ver mis montañas y a mis amigos, y por
recibir el afecto de un público inimaginable, multitudinario. Medellín
es una ciudad sitiada por el miedo donde el festival constituye una tregua
de doce dias para salir y recorrer la ciudad toda, al amparo de la lumbre
de las palabras, y la gente responde con una cálida presencia. Mi mejor
amigo ‘literario’, y quizás el único cómplice en las letras que me
quedaba en Colombia, murió también el año pasado en Medellín, y era el
poeta José Manuel Arango. Muerto él, me he sumergido en un enorme
silencio frente a Colombia, un silencio que sólo muy de vez en cuando
rompen con sus correos o con sus voces algunas pocas amistades o mi
familia, entre quienes no figuran ni literatos ni intelectuales de oficio.
Tengo poca correspondencia con escritores, ni de Colombia ni de fuera. Soy
una pintora de domingo cuya caja de pinturas está medio seca, y esa es la
única pobreza de la que sí me resiento, ferozmente, sin que me sea ningún
consuelo que la comparten muchísimos más palabreros: no disponer del
tiempo para escribir ´como debería ser’, porque sabemos de entrada (y
muchos vamos de salida) que sin dedicarnos a escribir, garantizado primero
el pago de las cuentas, nuestras mejores obras es dudoso que se
escriban... ¡váyase a saber si para bien o mal de la humanidad! PA -
Has preparado la traducción al inglés del libro Este lugar de la
noche de José Manuel Arango. Qué es para tí la labor de traductora?
¿Un desafío, un aprendizaje, un diálogo silencioso, una reescritura? AT -
Traducir ha sido la forma de ganarme la vida hace mucho tiempo, más del
que quisiera (estoy un poco harta de ello y además se me ha vuelto un
trabajo muy precario desde el 2001). Pero sólo a partir de una charla que
preparé en 1999 para un seminario en la U. de Middlesex, reflexioné
sobre lo que representó para mí ser bilingüe desde pequeña y una voraz
lectora en ambas lenguas (mi charla se tituló Mother
Tongue and Fairy Godmother: Growing Up Bilingual in Manhattan and
Brooklyn). Durante ese seminario me enteré que había un concurso de
traducción literaria de una asociación británica y le escribí a José
Manuel porque quería traducir un libro suyo. Elegí Este
lugar de la noche y él me prometió su ayuda y durante unos dos meses
los correos entre nosotros iban y venían. Yo le mandaba opciones seriadas
o qué querías decires porque a veces sus textos me resultaban herméticos,
viniendo, como él venía, desde la filosofía. José Manuel conocía a
fondo el inglés y la traducción hecha bajo estas condiciones me llenó
de entusiasmo y sentido de propósito. Yo funciono muy bien con tareas
concretas, eso también me impide sacar lo mejor de mí, que me quedé
estancada en una metodología escuelera que no corresponde a mi nivel de
destreza ni a mi edad. Cuando gané el primer premio en el concurso, fue
un premio adicional; el premio ya era el libro. Y fue un reconocimiento
justo frente a la obra de Arango, esencialmente sobria, callada y muy auténtica.
Como él. Los poemas de José Manuel son quietos y de repente pasa por
ellos una brisa que los eriza.
En
cuanto a la vocación de anonimato que requiere una buena traducción, el
ser tan neutral que otra escritora o escritor te pueda traspasar porque tú
lo permites y pones tu don al servicio de su don, lo que debe ocurrir para
el bien del texto, es algo que se me da con facilidad y cuyo reto
disfruto. Una buena traductora es ante todo invisible. Los traductores sólo
nos ‘notamos’ cuando metemos la pata, y en ese momento sí quedamos al
descubierto, en el patíbulo, y no ante un solo verdugo sino ante muchos.
Yo no estoy de acuerdo con la corriente tan en boga en la que el traductor
se considera tanto o más importante que el autor, y el autor pasa a
segundo plano porque en la traducción su obra se ‘reescribe’ y hasta
‘es mejorada’, como he escuchado a vanguardistas expertos afirmar que
hacen. A mí si me van a traducir que me traduzcan, no que me re-escriban
ni reinterpreten, ¿que para eso mejor que escriban sus propios textos,
no, ya que todo el mundo es libre de crear lo que se le antoje? PA -
Cuáles son tus proyectos literarios futuros? AT -
Estoy un poco baja de pilas con respecto a mis proyectos literarios. Tenía
mucha ilusión de venirme a vivir a Barcelona porque pensaba que ello iba
a terminar con una etapa de aislamiento en la que llevo mucho tiempo.
Traducir y escribir son oficios esencialmente solitarios, y separarse del
último marido también y llevo cinco años sola. Aunque estoy mucho más
satisfecha viviendo en una de mis dos lenguas nativas, todavía no se me
ha dado una relación dinámica con el medio de los que escriben. Un
factor de peso es que mucha literatura en Cataluña se produce en catalán,
lo cual es lógico, siendo una lengua oficial y además la más sentida. Y
quizás tambièn influye que siento que comienzo a impersonarme a mi misma
cuando no estoy escribiendo a torrentes, o ni siquiera con frecuencia, y
por ello no he puesto empeño en ‘codearme’ con palabreros y
palabreras. En octubre comencé una novella,
Las sábanas de mis vecinos, con cierto entusiasmo, pero murió de
invierno, o por lo menos está hibernando. Quizás la saque del cajón
ahora en primavera. El verano pasado tuve una beca para escribir en
Lavigny, Suiza, y trabajé en un libro de poemas en inglés, que por el
momento se llama Human Wrongs (título que hasta ahora me resulta intraducible). Es
una mirada al drama desgarrador de los inmigrantes, refugiados,
solicitantes de asilo, a quienes huyen de tantas barbaries, una mirada
desde mi aquí y ahora que es Europa a comienzos del siglo veintiuno.
Busco humanizar a los sin papeles,
hoy convertidos en enemigos y chivos expiatorios de la ‘Fortaleza
Europa’, ya que la primera regla para atizar los conflictos es
deshumanizar al enemigo. Con Human
Wrongs busco escribir un libro concebido y continuado en inglés, sin
estar vadeando de un agua a otra como suelo hacer, a ver qué me sale con
esta restricción. Por lo general las restricciones son buenas para la
creatividad, si no son excesivas. Tengo además dos libros de poemas
empezados hace tiempo, Agua herida
y Paper Cuts, y una novela
‘desistida’. Todo esto ya requiere de varios cajones, pero por fortuna
mi piso actual contiene muchos armarios. En Lavigny también comencé lo
que yo llamo mi película de Hollywood, un cuento sobre una abuela
frustrada pero no puedo decir una palabra más, pues cualquiera me lo
quita, es un idea fantástica. Quizás debería seguir un curso de guiones
para terminar ese relato. Ese y mi texto sobre la fauna masculina antioqueña
son los dos únicos textos que podrian tener un éxito comercial, y no me
extraña nada que no los haya terminado, soy tan mala negociante. PA -
Cómo nació en tí la voluntad de escribir en inglés? A qué se debe? AT -
Cuando de pequeña llegué a Nueva York, la primera clase a la que asistí,
en la parte alta de Manhattan, tenía unos 35 hispanohablantes, y sólo
UNA de ellas hablaba inglés, una niña que iba de un lado a otro todo el
día traduciendo entre nosotros y la maestra (la maestra no sabía una
palabra de español). Ocho meses más tarde, nos mudamos a Brooklyn y allí
mis hermanos y yo éramos los únicos hispanos de P.S. 89. Mis tareas eran
en inglés y siempre incluían alguna composición, poema, o carta
inventada: a una fantasma, a un árbol, a Teodoro Roosevelt o al tendero.
Tanto en mi casa como en EEUU crecí creyendo que escribir era como
cualquier otra materia, como las matemáticas o el dibujo, algo que
simplemente todo el mundo hacía, con más o menos pericia pero nada del
otro mundo. Esto nunca lo podré agradecer lo suficiente. Así pues, la
voluntad de escribir en inglés nació porque tenía que entregar mis
tareas. Y le cogí el gusto a escribir de nuevo, porque ya de muy pequeña
había escrito cuentos de hada en español en la máquina de escribir de
mi padre, en Medellín. Cuando
estaba en sexto de primaria en Brooklyn, coroné mi carrera literaria pues
creo que nunca alcanzaré otro honor semejante. El profesor me nombró Poet
Laureate por un poema que escribí a Mark Twain, en el que
supuestamente usé una técnica que no era posible a mi edad me la hubiera
inventado yo misma sin haberla leído, pero si. Me la había inventado y
Mr. Max Farb optó por creerme y me dio mi único título honorífico. En
las cartas que le escribía a mi papá Nacho se nota que había ido
adquiriendo muchos errores en español, como poner los días y los meses
con mayúscula, etc., y fue sólo a partir de una decisión muy conciente,
tomada cuando tenía unos veinte años y regresé a Colombia ‘del
todo’, que me enseñé a escribir en español de nuevo. Ahora siento que
el español es mi lengua materna, pero el inglés no dejará nunca de ser
mi hada madrina, y no siento para nada eso que por desgracia siente tanta
gente en otras culturas, que no logran asimilar la otra lengua. Con esa
experiencia sólo me topé de adulta. He tenido un freno frente el holandés,
ridículo en alguien de mi escolaridad e interés por las lenguas (otro
proyecto inconcluso es poder hablar el holandés sin fallas. Me sé todas
las palabras al leerlo, pero soy incapaz de ponerlas todas juntas). PA -
Qué diferencia tiene tu poesía escrita en inglés con respecto a aquella
en castellano? Hablan las dos desde una misma estética, o el idioma de
alguna manera influye sobre tu proceso de creación? AT -
Por razones extra linguísticas, me siento mucho más juguetona y más
suelta, más libre, escribiendo en inglés. El español me ha traido
muchos muertos, derrotas y atropellos, pero además está más conectado
con momentos muy íntimos, ya sea gozosos o desgarradores, donde el
lenguaje hasta sobra o por lo menos queremos guardarlo oculto para
saborearlo o congraciarnos con sus espinas. Por eso sé que el español es
mi lengua madre, porque es el idioma en el que callo y en el que canto, y
me gusta cantar. Confrontando los textos, sin recurrir a la trampa de la
memoria, creo que sería fácil advertir qué textos fueron escritos
primero en inglés, aunque quizás yo misma no podría dilucidarlo en
forma imparcial. PA -
Si tuvieras que traducir tus poemas castellanos al inglés, lo harías tú
misma o preferirías que um traductor - exterior al texto - lo hiciera? AT - Me da igual. Es interesante ver versiones
ajenas de tus textos, aunque no deja de producir inquietud y sobresalto,
sobre todo por eso de ser traductora y no poderme zafar de los gajes del
oficio (ni de mis propios prejuicios). Motivo de sufrimiento al ser
traducida a otra lengua es que ese ritmo interior que manejas, ese que te
dice que en esta línea son cinco sílabas porque sí, no seis ni cuatro,
es difícil que coincida entre traducido y traductor. De hecho he
traducido o escrito versiones de mis poemas de una lengua a otra, y como
soy desordenada a veces escribo un poema en inglés, por ejemplo, lo
traduzco, lo publico en un libro o lo envío a una revista, y luego,
tiempo después voy a traducir el libro entero y ya no encuentro el
original, así que tengo que retraducir lo ya traducido y advierto que he
perdido, si no todo, algo, de la forma como fue concebido. En
el 2000 con una beca de un mes de traducción literaria en la Universidad
de Norwich, terminé el borrador de las traducciones de tres de mis
libros, Casi poesía (1975,
1984), Las Bocas del amor (1982)
y Medias nonas (1992), pero
nunca he podido sacar el tiempo para pulirlas y luego repasarlas con mi
editora de cabecera, gran amiga que disfruta hacer esta labor de costura
juntas. Kathleen Boet es una amiga incondicional que, siendo inglesa, me
acepta usar una palabra ‘peor’ que una que ella considera ‘mejor’,
si yo le alego que es que necesito dos sílabas más. Ahora como ella vive
en La Haya y yo en Barcelona, la probabilidad de que ello ocurra es menor,
a menos que hagamos un complot deliberado. Lo que tampoco es imposible. Mi
vida de ahora es bastante portátil, a pesar de yo no tener ordenador portátil.
A lo mejor un día me voy a su casa unas semanas y acabo esas versiones. Y
luego ya podrán quedar en mis famosos cajones, pero por lo menos si llega
un editor que quiere publicarme en inglés, tendré listos siquiera tres
libros. Mis cajones necesitaban tinta fresca y desde el 2002 no termino ningún proyecto literario. Así que estoy contenta de por lo menos haber terminado esta entrevista y gracias por oírme. Perdón porque como dicen en Medellín, he hablado más que una lora mojada en leche, y cómo me gustaría saber de dónde proviene ese refrán, pero no he podido averiguarlo. Si alguien lo sabe, escríbame. |
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Prisca Agustoni (Suiza italiana, 1975). Poeta y traductora. Licenciada en Letras Hispánicas en la universidad de Ginebra, tiene un master en estudios de género por la misma universidad. Actualmente vive en Brasil, donde prepara un doctorado. Contato: bilbeli@hotmail.com. Página ilustrada com obras da artista Remédios Varo (México). |