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revista de cultura # 34 - fortaleza, são paulo - maio de 2003 |
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Cuba y Virgilio Piñera: el arte de graznar Rolando Sánchez Mejías
1
La
tesis del autor, según sus propias palabras, puede resumirse así: 1.
La poesía va iluminando al país; 2.
lo cubano se revela, por ella, en grados cada vez más distintos y
luminosos; 3.
primero fue la peculiaridad de la naturaleza de la isla; 4.
muy pronto, junto con la naturaleza, aparece el carácter: el sabor de lo
vernáculo, las costumbres…; 5.
luego empiezan a oírse las voces del alma; 6.
y finalmente, y sólo en momentos excepcionales, se llega a vislumbrar el
reino del espíritu: del espíritu como sacrificio y creación. El
libro acomete su larga empresa de crear el Canon Poeticus Cubensis. Y lo
logra. Casi lo logra, entre otros argumentos, ejerciendo la exclusión. En
la décimo cuarta lección, al
referirse a uno de los poetas estudiados, dice que éste no había sabido
captar “el gnomon o número
invisible de la forma”; que sólo había sabido captar “Las
destrucciones”; y que había convertido a Cuba en “una caótica,
telúrica y atroz Antilla cualquiera para festín de existencialistas”. Se
refería a Virgilio Piñera. 2 Todo
hombre grande está condenado a lanzar su anzuelo en aguas que no ve. Y si
las aguas son oscuras, la grandeza del hombre grande se multiplica. Lezama
era un escritor tan pero tan grande que cuando lanzaba el anzuelo traía
de todo: vasijas griegas, numerologías, manatíes atolondrados, Eras
Imaginarias, sillones de mimbre, cerveceros bávaros, puestas de sol,
gatos térmicos, francesas zarandeadas por chinos chillones…Y también:
la Patria. Pero
la Patria siempre le quedó chiquita a Lezama. Y esa fue su suerte. (En el
fondo, Lezama aspiraba más a la Matria que a la Patria.) Lezama tenía algo de
domine: todo hombre grande tiene algo de domine. Lezama trató de
organizar la idea de Patria -de edificar su propio constructo patriótico,
el lugarcito donde todos queremos morir- según su Sistema Poético. Entonces
organizó el fenómeno (grupo y revista y estado-del-alma) Orígenes. Allí se escribieron grandes páginas literarias. Y se
pergeñaron, también, tesis como las de Cintio Vitier. 3 No
hay mejor enemigo para un poeta que sus propios poetas contemporáneos.
Tal vez “la angustia de las influencias “ no se viva de forma tan
angustiosa en relación con el pasado que con el presente. Se puede
soportar con ganancia estoica una influencia que se sostenga en el tiempo.
Se dirá que es en nombre de la Literatura o de cualquier otro ardid platónico.
Pero el peso de un contemporáneo se lleva con ingratitud masoquista. Y
este tipo de influencias tiene más la impronta de una batalla que se
celebra en el caótico paréntesis de la vida que en los majestuosos órdenes
de la Cultura. Lezama
y Virgilio. El Gordo y el Flaco. El escritor y el anti-escritor. El hombre
de letras y el bufón de barrio. El primero: un tonel jadeante que gozaba
con el viaje de la sala a la cocina. El segundo: un aguilucho feo que
picoteaba lo que se encontraba a su paso. Lezama amaba citar a los
griegos. Virgilio hacía el elogio de los tuertos. Lezama escribió una
novela enorme, barroca, descomunal en sus propósitos. Virgilio cuentos
muy breves, casi sin énfasis literario (entre ellos dos o tres de los
mejores cuentos cortos que se han escrito en América). Se odiaron en público
y en silencio. Fueron grandes amigos. Y cada uno se dejó influir ladina,
secretamente por el otro. No
creo que Lezama, al final de su vida, hubiera podido escribir estos versos
sin Virgilio: Cuando
el negro come melocotón Y
Virgilio rozó el “gnomon” lezamiano en fragmentos así: vi
a Casal Cuando
Lezama murió, Piñera quedó sin su Enemigo.
Entonces escribió: Por
un plazo que no puedo señalar 4 Si un prosista escribe
poemas siempre se sospecha de él. La sospecha tiene su fundamento: que la
prosa no es poesía. Y este fundamento -por otra parte banal-, es
precisamente lo que hace que un prosista escriba poesía en
vez de prosa.( Decía Valéry que el poeta es aquel que multiplica
todo lo que separa al verso de la prosa. Pero el movimiento contrario
-simplificar las diferencias- no carece de misterio.) Y que la escriba
bien, tan bien como la prosa, como es el caso de Lezama, Goethe y Jorge
Luis Borges. Pero
de los tres mencionados pudiera decirse lo mismo: que poseían, en
general, una mente poética. Una mente que se servía del lenguaje, en
cualquier caso, para propósitos sublimes.
Que
tras el mundo más o menos organizado de su prosa se alzaba una abstracción
mayor. Piñera
carecía de sublimación lírica. Por eso no podía ver “el gnomon”,
el “número invisible de la forma”. Tampoco poseía ese oído
especial con el que se han escrito los mejores (y los peores) versos en
español. Un feo aguilucho
desafinaría horriblemente en medio de la magnificencia del idioma español.
En cualquier caso graznaría, graznaría como un cuervo. Y eso fue lo que hizo el
aguilucho: graznar. 5 Cuando
en 1961 en un salón de la Biblioteca Nacional de Cuba un Comandante le
dijo a la intelligentsia cubana
lo que podía o no escribir se hizo silencio. Alguien
se levantó y dijo que tenía miedo. No era un intelectual. Nunca le había
interesado ser un intelectual. Si hubiera sido un intelectual hubiera
tenido palabras para erigir su miedo en nombre de alguna redención. Dijo.
O graznó: -Tengo
miedo. Y
sí que tenía miedo. ¡Cómo temblaba el pájaro de cuentas! Y cuando
dijo que tenía miedo, él, tan poquita cosa para aquellos nuevos tiempos,
se fue derrumbando, despacio, muy despacito, y no volvió a abrir el pico
en lo que le quedó de vida. 6 Para
exponer su miedo, Lezama hubiera apelado a la civilitas o al credo qui
absurdum. Lezama no era tampoco un intelectual en el sentido bélico
del término pero hubiera razonado como un intelectual, al menos como un
intelectual de la Edad Media. Supongo que la ciudad, la polis, tenía para
él algo de ludus sacra. Pero
Lezama no iba a ese tipo de reuniones. Era demasiado gordo como para
moverse al compás de las aceleraciones históricas en la ciudad. Y además,
demasiado astuto para cometer errores de mala ubicuidad.
Virgilio
era un chismoso como Lezama; pero ejercía la maledicencia de otra manera.
Lo que veía y oía era materia directa para su espíritu, qué digo para
su espíritu, para su carne. Lezama era un guasón, un gordo asmático y
burlón y seguro que le preguntó a Piñera al día siguiente de la
monserga en la Biblioteca Nacional: -
Querido, (jadea) dicen, (jadea) que lo vieron, (jadea)
en el foro, (jadea), defenestrado (jadea) manu militari
(jadea). Y Piñera seguro que le
contestó: -
Sí, Lezama. Y me cagué en los pantalones.
7 Lo que veía y oía era
materia directa para su carne. Pero no era un escritor “realista” (en
el sentido más estrecho del término). Su cuento “En el insomnio”
aparenta haber sido escrito desde alguna “voluntad de realidad”: El
hombre se acuesta temprano. No puede conciliar el sueño. Da vueltas, como
es lógico, en la cama. Se enreda entre las sábanas. Enciende un cigarro.
Lee un poco. Vuelve a apagar la luz. Pero no puede dormir. A las tres de
la madrugada se levanta. Despierta al amigo de al lado y le confía que no
puede dormir. Le pide consejo. El amigo le aconseja que haga un pequeño
paseo a fin de cansarse un poco. Que en seguida tome una taza de tilo y
que apague la luz. Hace todo esto pero no logra dormir. Se vuelve a
levantar. Esta vez acude al médico. Como siempre sucede, el médico habla
mucho pero el hombre no se duerme. A las seis de la mañana carga un
revolver y se levanta la tapa de los sesos. El hombre está muerto pero no
ha podido quedarse dormido. El insomnio es una cosa muy persistente. Un escritor
“realista” hubiera podido escribir todo el cuento excepto las últimas
dos líneas. Líneas que, por otra
parte, no asegurarían la inclusión de Virgilio bajo las nominaciones del
“absurdo” o de “lo fantástico”, como han hecho en general los críticos
al referirse a su obra. No creo, tampoco, que
esas dos últimas líneas sean producto de alguna “voluntad de
estilo”: Piñera no era precisamente un estilista en el sentido burgués
del término. Si Piñera hubiera sido
un escritor “realista” la “escuela realista cubana” lo hubiera
utilizado sin dilación. Pero los narradores “realistas” cubanos de
estos últimos treinta años nunca han dicho estar influidos por Piñera.
Y cuando lo han dicho, ha sido para confundirse todavía más a sí
mismos. Los escritores
“realistas” cubanos introdujeron en su estilo mecánico la realidad
investida de Historia que se celebraba afuera: suponían que empleando las
frases cortas de Hemingway, o dilapidando a los rudos cosacos de Babel en
sus murumacas narrativas, la historia les daría el espaldarazo redentor.
Y este fue su error: hacer de la realidad una extensión de la Historia. En manos de un escritor
“realista”, a un cojo o a un manco de Piñera no creo que le falte la
misma pierna o la misma mano. Respecto
a la poesía, cualquier ingenuo pudiera pensar que eso se logra cortando la prosa como
si fueran versos. Los versos de Piñera dan la idea de que pueden ser
escritos por todos. Son los versos más democráticos del mundo. Parecen
los versos de un niño. Pero de un niño malvado. Pero de un niño esencialmente
malvado. 8 Un miércoles de 1954
Witold Gombrowicz anota en su Diario: Virgilio
Piñera (escritor cubano): -¡Vosotros los europeos no nos tenéis ninguna
consideración! No habéis creído jamás, ni por un momento, que aquí
pueda nacer una literatura. ¡Vuestro escepticismo en relación con América
es absoluto e ilimitado! ¡Inamovible! Está oculto tras la máscara de la
hipocresía, que es una clase de desprecio aún más mortífera. En este
desprecio hay algo despiadado. ¡Desgraciadamente nosotros no sabemos
responder con el mismo desprecio! Sigue observando
Gombrowicz: Un
arrebato de ingenuidad americana; los tienen las mejores mentes de este
continente. En cada americano, aunque haya tragado todas las sabidurías y
haya conocido todas las vanidades del mundo, siempre queda oculto el espíritu
provinciano que en cualquier momento puede estallar en una queja infantil».Y
le recrimina a Virgilio: «-Virgilio, no sea usted niño. Pero si estas
divisiones en continentes y nacionalidades no son más que un
desafortunado esquema impuesto al arte. Pero si todo lo que usted escribe
indica que desconoce la palabra «nosotros» y que sólo la palabra «yo»
le es conocida. ¿De dónde le viene entonces esta división entre «nosotros,
los americanos», y «vosotros, los europeos»? En esos años Gombrowicz
se halla embarcado en una lucha difícil: por un lado, recrimina a los
escritores argentinos que escriben como «buenos alumnos». Se burla de
Borges y de Sur en general: les adjudica la condición de «hombres
de letras», rebajando la condición a la categoría de amanuenses
aristocráticos. Asegura que Borges pudo haber nacido en cualquier parte
del mundo. No advierte que Borges, en realidad, nació en cualquier
parte del mundo. Si la literatura es la verdadera Patria del escritor,
veremos que Borges creó una Patria donde se podía mover libremente.
Inventó una escritura «clásica» que era como un pasaporte en regla
para moverse libremente por la República Internacional de las Letras. Que
lo enterraran en Suiza corrobora la intención de su programa. Programa
que hoy prosigue la Kodama divulgando con ejemplar pathos y
dedicación la obra y personalidad de Borges. 9 Gombrowicz había nacido
en Polonia. Que se ensañara con la «forma nacional » polaca explica
parte de la incomodidad que sentía siendo polaco. Le recrimina a la
literatura polaca su fe, su civismo, su patriotismo y entrega… Su falta
de realismo. Sobre todo: su falta de realismo, realismo que sólo
encuentra entre las hilachas de la mala literatura polaca. La mala prosa
polaca no soporta por mucho tiempo la mentira. Gombrowicz escribe mal. No
escribe como Borges. Escribe sudando, trastabillando con la realidad.
Escribe como quien corta la prosa en irregulares longanizas, como en el
inicio de Kosmos: Sudor.
Fuks avanza. Yo tras él. Pantalones. Polvo. Nos arrastramos. Arrastramos.
Tierra, huellas de ruedas en el camino, un terrón, reflejos de
piedrecillas brillantes. Resplandor. Calor infernal, hirviente. Un sol
cegador. Casas, cercas de madera, campos, bosques. Este camino, esta
marcha, de dónde, cómo, para qué hablar más. Se parece un poco a
Beckett en el sentido de que para ambos la realidad es el lugar donde la lógica
libra su campo de batalla. Si Joyce quiso restaurar la realidad de la
literatura -Joyce es el gran Restaurador de la Literatura: lo vemos
corriendo de un lado para otro, restaurando las grietas que deja la
realidad en el lenguaje, edificando su Muralla China del Lenguaje-,
Beckett y Gombrowicz adoptan la devastación, la despoblación, como
emblema. Abren huecos por donde pasó el irlandés enloquecido. 10
El poeta cubano Antón
Arrufat (un restaurador de Piñera) dice en su prólogo a los Cuentos
completos de éste: Es
mediante el lenguaje que Piñera naturaliza sus ficciones. Parece en esto
seguir el consejo de Stevenson de narrar con inalterable naturalidad los más
fantásticos argumentos. ¿Y quién dijo que
Stevenson y Piñera narran con inalterable naturalidad los más
fantásticos argumentos? Dejemos esa naturalidad a los escritores
clásicos, que por otra parte no existen: no hay estilo perfectamente
natural. Ni Dante, ni Shakespeare ni Balzac son clásicos. Ya Chesterton,
refiriéndose a Stevenson, comparándolo con Poe, había descrito su técnica
como pobre, débil, tensa y activa. Y prosigue: «Si da la impresión de
que sus palabras son elevadas, de que cuida su estilo, es porque ante todo
está muy despierto, muy vigilante… En resumen, las cosas que le
gustaban eran casi siempre cosas verdaderas y, por regla general, se
evidenciaban por sí mismas bajo la luz del sol.» A Piñera parece que le
gustan las cosas verdaderas pero en realidad no es así: no le gusta la
verdad que hay bajo la luz del sol. La realidad, para Virgilio, es fea, y
ridícula. Es fea y ridícula por naturaleza; por inclinación intrínseca
de la naturaleza hacia el mal; fea y ridícula porque sí. Porque
le da la gana, diría Piñera, eludiendo algún régimen ontológico como
respuesta; porque Piñera no sabe pensar, para eso tiene a su hermano el
Filósofo, Piñera Llera, para que piense. El afeamiento y ridiculez de la
realidad, para Piñera, no proceden de la política. La política no la
haría más fea y ridícula de lo que es. Un cuento como La carne
puede ser leído de igual manera en cualquier escenario cubano: lo cursi
cubano, en sí mismo, es tanto republicano como totalitario. Tampoco las
palabras de Virgilio, en sus cuentos, son palabras elevadas, ni siquiera
vigilantes. En un mundo de fealdad y ridiculez total la vigilancia es un
gasto. Los feos personajes de Stevenson siempre son salvados por detalles
estimulantes que redondean su figura y la verdad especial que representan.
Dice Chesterton: «Durante largo tiempo la
muleta de John Silver se presenta en el preciso momento y es casi
demasiado verdadera para ser genuina.» Demasiada verdad estropea
la verdad de la literatura. Pero una verdad dicha a medias, esbozada,
secreteada, marca el territorio de la literatura como un perro marcaría
el suyo sin pensar en las consecuencias morales de su gesto. Virgilio no
narra con inalterable naturalidad. Virgilio orina en su territorio, para
que no entren Lezama, Guillén, Carpentier, los realistas cubanos, los
otros, incluso los que hoy quieren penetrar en su territorio sin saber lo
que han de perder como intrusos. Virgilio es un provinciano, como lo era
Macedonio Fernández, pero desprovisto, Virgilio, de argumentos ontológicos
siquiera para darnos literatura por metafísica. Virgilio le tira
trompetillas a la metafísica y por eso parece natural. Cuando un
personaje de Virgilio se presenta a escena, lo hace con muleta y nunca más
la abandona, de ahí que necesite pequeños reductos literarios como el
cuento y el poema, y no espacios mayores como la novela, donde sostener
una muleta durante mucho tiempo puede costar caro. Virgilio escribe mal
porque es provinciano, vitalmente provinciano. No encajó ni en Sur,
ni en Orígenes, ni totalmente en Gombrowicz por las mismas razones
que Reynaldo Arenas no encajó en ninguna parte, ni en la Habana ni en
Miami. Su provincianismo les hizo escribir páginas memorables dentro de
la literatura en castellano, y también les hizo escribir páginas
deplorables. Estaban partidos no tanto por el hermafrodismo como por el
provincianismo. Fueron escritores inconsistentes, necesariamente
inconsistentes. Las peores páginas de Arenas son las páginas en que
imita los juegos de palabras de Cabrera Infante. No hay peor cosa que un
escritor «provinciano» imite a otro escritor «provinciano». Entonces sí
se produce mala literatura. Mientras Cabrera imitó a Joyce y a Nabokov
todo fue bien (más o menos bien, leyó “mal” a Joyce y a Nabokov y
uno se ríe, un poco, con el tropiezo), pues un escritor «provinciano»
explota con sabiduría la lengua de un hombre de letras, como hizo Lezama
con Góngora y Severo con Lezama. Pero el procedimiento tiene sus límites.
La provincia tiene sus límites. Lo peor que le está pasando a la
literatura cubana, hoy, es el uso inútil, ñoño, del provincianismo.
Restringir a Lezama y a Piñera a una lectura nacional tout court
es parte del desastre nacional del cual su literatura es sólo una mínima
expresión. Imaginar una provincia como salvación o utopía. Qué horror,
diría Piñera, el provinciano irrepetible. 11
Ya en la vejez, el
infierno se encuentra tan a mano que lo aceptamos como un mal necesario y
hasta dejamos ver nuestra ansiedad por sufrirlo. Más tarde aún (y ahora
sí estamos en sus llamas), mientras nos quemamos, empezamos a entrever
que acaso podríamos aclimatarnos. (El infierno). Si la novela postula lo
inconmensurable de la vida, como quería Benjamin, el cuento no es lo
contrario, como podría suponerse: pues el cuento no le concede tregua al
tiempo, el cuento no deja que se viva de él, el cuento, como el poema, es
la sublimidad absoluta, la abolición de cualquier distancia, incluidas
las vitales. Nadie puede vivir a la altura de un cuento, como nadie puede
vivir a la altura de un poema; y sin embargo, aunque su gesto estuviera
marcado por la imposibilidad eterna de la empresa, se puede vivir en términos
de una novela. El cuento es lo
inconmensurable en sí mismo. No tiene marco propicio para existir. Está
condenado al fracaso como género porque en un futuro será imposible
pagar algo por un cuento. La muerte de Ana Karenina pesa más que
la muerte de Iván Ilich en el mercado literario de valores. Ambos
pertenecen a la literatura pero de modo distinto. Los cuentos de Piñera
-excepto dos o tres, los más programáticos, los más perfectos, como En
el insomnio- no pertenecen a la literatura. Sólo en esto pueden
parecer naturales. Como los de Macedonio Fernández, Ror Wolf, Felisberto
Hernández, Lezama Lima, Calvert Casey, Robert Walser, no pertenecen al
Mercado Literario de Valores. Nadie puede vivir a la altura de esos
cuentos. No sirven ni para el metro ni para la oficina. Ni para los
suplementos dominicales ni para las lecturas escolares. No pertenecen
tanto al fracaso de la literatura como al fracaso de las vidas de aquellos
que los escribieron. Y ese fracaso se huele cuando se leen. Robert Walser
no puede contar una historia porque no hay historia que contar, porque la
naturaleza, en sí misma, carece de historia que contar, y Robert Walser
no es distinto a la naturaleza. Alrededor de la muerte de Iván Ilich
ronda el propio fracaso de Tolstoi. Ese cuento huele a chamusquina, es el
pellejo del propio Tolstoi Ilich el que arde, el que suda su muerte, como
es el propio Piñera el que se corta una nalga para que todos comamos de
ella en La carne. (La literatura debe estar
en otra parte, dice el lector asustado y huye de la barbería donde le
afeitan el pescuezo.) 12 Un cuento de Piñera
demora en ser leído un tiempo medio de 6 minutos. Los más largos, como El
conflicto y El caramelo, unos 30 minutos. En el insomnio,
tomado por el reloj, unos 25 segundos. Pero por lo general uno lo lee por
segunda vez: entonces 1 minuto. 1 minuto no es mucho tiempo. 13 En la literatura cubana
hay varios antecedentes de Piñera: el poeta Zequeira, el novelista Miguel
de Marcos, algunas páginas de Ramón Meza, una cuarteta de Martí y la
Otra Parte de Lezama Lima: Lezama el Malo, Lezama Mr Hyde, Lezama el Guasón,
Lezama desprovisto de su Sistema Poético. La prosa de Miguel de Marcos es
la más cercana a la prosa de Piñera: «Succionaba un pirulí.
Absorto, silencioso, una lumbre de codicia y de euforia en el agua
estancada de sus ojos, parecía extraer todos los éxtasis y todos los
jugos de aquel empeño de su lengua y de sus labios, con el cual
redondeaba el vasto caramelo insertado en una varilla.» Es Fotuto, en la novela
homónima, el que lame indolentemente el caramelo, y el doctor Borges (¡el
doctor Borges!) le dice: «-Es inútil, muchacho. Tienes la edad del
siglo. Estás aquí, en mi farmacia, hace tres meses, y no adelantas un
paso. -Y añadió con aire de infinita compasión-: No te censuro. Es la
lombriz solitaria que te consume.» 14 Hay la buena y la mala
alegoría. De la segunda entendemos todo. De la primera también lo
entendemos todo pero necesitamos que nos lo expliquen una y otra vez.
Finalmente, todas las ficciones son comprensibles. Ningún embrollo puede
pasar por buena literatura. El Finnengans Wake, de Joyce, podría
entenderse perfectamente si le dedicáramos una o varias vidas a su
lectura. Como nos recomendara un cabalista judío, sólo tendríamos que
posar la vista con fijeza en las letras de las palabras todo el tiempo que
se pueda -horas, siglos- y el sentido aparecerá. Alguna vez aparecerá.
Brotará de golpe, como una fuente en medio de un parque yermo. Si uno
fija la vista en la prosa barroca de Lezama un tiempo indefinido, las
palabras se pondrán en movimiento. Con los cuentos de Piñera pasa todo
lo contrario: su prosa no admite que la miren. Podría aplicarse a la
prosa de Piñera la denominación de Poe sobre la alegoría: «Una cosa es clara: si
alguna vez una alegoría obtiene algún resultado lo obtiene a costa del
desarrollo de la ficción, a la que trastrueca y perturba. Allí donde el
sentido alusivo corre a través del sentido obvio en una corriente subterránea
muy profunda, de manera que de no interferir jamás con lo
superficial a menos que así lo queramos, y de no mostrarse a menos que la
llamemos a la superficie, sólo allí y entonces puede ser
consentida para el uso adecuado de la narrativa de ficción.» Una a una, no cuentan sus
palabras. Carecen de sentido, de espesor, como dicen los franceses.
Juntas, en hilera, en prosa, producen peor impresión. Ningún heroico
Flaubert podrá enmendarlas. Las que más brillan (caca, zapato, Coco,
payaso, Monona, orinal, Pepito, pelos de punta, excretas, Belisario,
hecatombizó, cake, igualito, bañadera…) brillan para nada. Son las
marcas de un territorio para nada, lo cual responde a su singular estética
del cuento. 15 Virgilio Piñera murió en 1979. Murió pobre. Se lo merecía. Había nacido y había vivido en la pobreza y nada hace suponer que la pobreza no fuera su hábitat. Apenas se le volvió a publicar mientras vivió. Su miedo le permitió seguir escribiendo pues aseguran que dejó unas veinte cajas de manuscritos. Apenas modificó su estilo. Un estilo menor, irregular, inconfundible. Algo así como un estilo patriótico si la patria nunca hubiera tenido nombre. |
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Rolando Sánchez Mejías (Cuba, 1959). Poeta e narrador. Autor de Doce poetas las puertas de la ciudad (1992) e Historias del Olmo (2001). Contato: rolandosm@telefonica.net. Página ilustrada com obras da artista Remedios Varo (México). |