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Tereza Sevillano entre la algarabía y la aprehensión
Omar Castillo
Tardes aquellas, grises o luminosas quizá,
en que el quehacer innecesario
es la dádiva del tiempo perdido
recuperando una brizna de luz
en el ojo de la vida.
Teresa Sevillano
I.
Según
el poeta el universo produce un sonido que se sostiene en un
ritmo, ¿una oración incógnita en las palabras que aún no
pronuncia? O, ¿acaso estas palabras ya fueron pronunciadas y se
encuentran ocultas en las prístinas nociones de la existencia?
Lo cierto es que desde sus comienzos, ya en la narración poética
transmitida de forma oral, o desde el preciso momento en que se
inicia la escritura, la palabra es vehículo con el cual
el poeta se pronuncia desde las vetas y magmas que obsesionan la
fuente y razón de su existir en la vida y para la muerte,
también para nombrar todo lo que el ser humano ha pretendido
domeñar y hacer utensilio físico o metafísico de su realidad. La
tierra, escenario de su mundo, entraña de su incógnito y el
espacio del universo que le es posible vislumbrar en la magnitud
o brevedad de su misterio, le han servido al poeta como
superficie y página donde escribir las palabras que le permitan
deshacer o revelar lo incógnito y sus tramas. Entonces, en la
voz de los poetas, páginas y páginas se acumulan en las
diferentes capas de historia por las que el ser humano ha mudado
sus creencias y las formas con las cuales aprehender los signos:
desastres y virtudes de su existencia. Realidad u otredad,
certeza o misterio, la palabra sigue siendo el origen para la
escritura del poema.
Este inicio para aproximarnos a los poemas que Teresa Sevillano
reúne en sus primeros cinco libros: Los sentidos hablantes
(1988), Itinerario del asombro (1990), Secuelas de
hechizo (1991), La voz oculta (1995) y Ruta de
Arquíes (1998), que se abre con una selección de sus
anteriores libros y concluye con nuevos poemas agrupados bajo el
nombre que da título al libro.
En muchos de los poemas de Los sentidos hablantes las
imágenes de sus versos no resuelven el dibujo que los represente
y quedan gravitando entre lo inaudito que realice e impacte en
el lector el acontecimiento del poema, y lo deleznable de una
“buena” intención que procura hacer presencia en la superficie
de la realidad, ignorando que ésta, en su laberinto, ha sido
impuesta sin consideraciones. El poeta no puede olvidar que la
palabra, no sometida a la moraleja de dominio doméstico, es la
que hace posible la escritura del poema, y que someterse a los
intereses de quienes forcejean en la trama de la moraleja
significa ignorar el fenómeno y caer víctima de él. También se
encuentran en este libro versos que, cuando consiguen soltarse
de lo predecible entendido como canciones hace tiempo
memorizadas, aprehenden la realidad en distintas fases del
laberinto, logrando la contundencia que los pronuncia en poemas
por los que se cuela una voz que se hace al nombrar, no la
revuelta revanchista, sino la rebelión de quienes quieren
descongelar sus instintos y prenderse a la vida:
Cuando Dios cierre sus alas
y se enferme de asfixia
no existirá el dolor.
Todos esperamos esa hora,
pero sucede que Dios es una metáfora.
¿Entonces de quién es la culpa?
En Los sentidos hablantes se alcanza a escuchar la voz de
una poeta que, desde adentro de la veta donde sus palabras
escarban, y son escarbadas, persigue pronunciar su realidad y su
magia. Sus sentidos se preparan para la escucha y el habla, como
lo refleja el poema que da título al libro, en un mundo cuya
iconografía es la usura y la ignorancia: “Llora el tacto al roce
de la mano impostora, / un sabor a cobre estrangula el silencio
de la boca”.
Y esta veta aparece en “confidencial”,
poema con el que se abre Itinerario del asombro. En su
primer verso se lee: “La veta en el párpado enrojece”. Es claro
que la veta que resguarda el párpado es el ojo, el ojo que en el
instante cuando ve es al mismo tiempo labrado por la realidad
que ve. En pocos poemas del libro esta tensión se mantiene, en
su casi totalidad se rompe cuando la poeta permite, aledaños al
poema, formas propias del discurso que busca imponer o refutar
un dogma. Si en su primer libro los sentidos son agitados,
sometidos al fuego del laberinto donde quedan hechos ceniza,
ahora, como quien busca resurgir, su segundo libro nos ofrece
poemas desde la inmediata cotidianidad, es decir, donde las
llamas cobran su vigor y acosan a los usuarios y penitentes del
laberinto:
Los íconos colgantes
inconmovibles:
sordos a tu oración,
deleznables a tu mano.
Los íconos que creaste
frágiles
como tú.
Este Itinerario por el laberinto es un coloquio a
diestra y siniestra que no ejerce ninguna coherencia en su tema,
deambula y se alza como una espiral que intenta llegar a nada,
al tiempo que pareciera solventarse un nicho donde guarecer su
asombro, “Naufragio”:
El pequeño lunar que nadie ha visto
sobre tu ojo.
Planeta solitario para mi telescopio;
como la estrella perdida en la galaxia
a siete años luz se eleva.
Al parecer la poeta considera que todo es materia para sus
poemas y, como en el primero, en este libro sus poemas no son
sometidos a una contención temática que promueva una ruta de
sentido que le permita al lector participar de un ámbito y sus
diferentes registros. No, sus poemas saltan de un tema a otro, y
así pasamos del poema “Naufragio” al poema “Los tenderos” donde
se nos dice que “Un tendero extiende su mano de alacrán / que se
encoge. / Algo se ha quedado en su ponzoña”, y de este a
“Notoriedad”. Vistos así, los poemas quedan como agrupados de
manera ocasional, cuestionando la presumible continuidad
temática que el título del libro les brinda. También es posible
argumentar que en un mundo fragmentario esa ausencia de
continuidad temática es uno de los atributos del libro.
La imprecisión que se evidencia en los poemas de Teresa
Sevillano es entrañada y asumida sin restricciones, al punto que
parte de su hacer poesía se regodea en lo anecdótico de la trama
que sucede en el laberinto:
Ese dios impreciso
que no está en ninguna parte,
puede ser el ojo del águila
apuntándole a una víbora.
[…]
o quizá la indecisión del tiempo
[…]
Pero de todos modos,
ese dios impreciso,
seguirá siendo mi dios
II.
En nuestra época no es fácil definir el marco de obligaciones
para la escritura del poema, ni en lo ético ni en lo formal. Lo
que sí me atrevo a subrayar en ese tema, de tan enconados
debates, es que el poema no es un surtido de suposiciones
idealizadas, ni el poeta un profeta para la redención o el
exterminio, y si en el mundo actual el poeta asumió el ser
arrojado a la intemperie es porque desde ahí consigue nombrar el
fenómeno que arropa a dicho mundo. El poeta es una alerta y del
lector depende asumir su responsabilidad o no. En cuanto lo
formal es posible que la analogía, el fragmento y el ritmo sean
las herramientas más recurrentes. La analogía reemplaza la
noción mítica que del mundo nos procuraba la metáfora con su
poder comparativo, y así nos deja ante un universo ya no
unitario y total en sus costumbres y creencias, sino ante un
universo fragmentario cuya continuidad la proporciona el ritmo
con el cual son asidos dichos fragmentos.
Secuelas de hechizo,
tercer libro de Teresa Sevillano, rompe con la inconsistente
línea de sus dos anteriores y nos pone ante una escritura donde
los temas de la poeta por fin toman cuerpo en el poema, entonces
asistimos al despliegue de su voz trayendo huellas, ecos, señas,
las labraduras que en sus ojos la realidad ha dejado impresas y
que ahora nos puede enseñar. En uno de los párrafos que escribe
como prólogo para Secuelas de hechizo Teresa Sevillano
nos dice:
La poesía no es continua, ni homogénea, ni contemporánea,
involucra las tres instancias del tiempo, al que el hombre hace
reversible ligándolo a su historia. Es, además, incontinente,
delatora de un estado interior, que en el auténtico poeta no se
deja reducir.
En este libro, desde su primer poema nos adentramos por las
Secuelas que el hechizo del ver ha labrado en la
mirada de la poeta. Y nos encontramos con que “El alma habla de
su vértigo” dejando su claridad estampada en lo que pareciera
una flor fosilizada si no fuera por la palpitación de su
vértigo:
Todo está claro:
[…]
En el lugar insomne
todos duermen despiertos
[…]
¿Será este mundo?
Es el aliento de su fantasía,
su cola de pez ciego en el fondo del mar.
Y como mano rugosa del abismo
un arrecife oculta la faz atónita de un cangrejo.
[…]
El alma habla de su vértigo.
A partir de ahí nos lleva por su visión del mundo, por las
frágiles vértebras, las aristas que hienden la piel de éste con
su realidad que aprisiona y libera como un corazón terrestre que
no cesa en sus funciones y, como un estampido, el ser humano:
gota de alegría y depredador. La fábula o visión de la
naturaleza y desde ella la ilusión de la otredad develada en
sombras y en espantos que dejan sus pisadas en la noche y “el
viento con mano de duende” abriendo portones con “herida de
bisagra oxidada”. También los ensueños “como una tenue sombra de
filigrana” que hacen creer que en algún tiempo se habitó el
paraíso. Y en medio de todo, la cotidianidad donde sucede la
existencia con su desorden, su algarabía, los colores, los
olores y los sabores de todo cuanto en ella transcurre una y
otra vez:
Las plazas de mercado son de un desorden
que embelesa.
Todos los colores y olores distribuidos
en las frutas
excitan la carne de la boca.
La lengua danza un mórbido deseo
y se escuchan cuchicheos en el estómago.
También en este libro la poeta consigue ensamblar inauditas
imágenes con las que ausculta al ser objeto de su atracción. Se
lee en “Fénix”:
Tu rostro de ave Fénix.
Esa imposible cara.
Cara sin
rostro.
Rostro enmascarado como el caracol.
Huidizo,
con tentáculos como barbas
que no alcanzaron a salir en el tuyo.
Y esos mínimos poemas restallando en la página en síntesis
tajante, no como sentencias que enardecen o ultrajan un dogma,
sí como una cápsula que se debe pasar con un gran sorbo de vida:
“Sobre el lienzo intemporal del abismo / se dibuja el cruce de
alas de las mariposas”. Y este otro: “Los labios del estoico son
dos filones pétreos / pero su corazón se ríe a carcajadas”.
Vale detenerse en los versos del final del poema “Claroscuro”
para preguntarnos un poco más sobre el significado del ver en la
poesía de Teresa Sevillano: “…volver a ver el ojo del mundo, /
enrojecido, lacrimoso, como un sucio de / censuras y de quejas /
entre nuestro propio ojo”. Dice: “ver”, “censuras” y “quejas”,
también “propio ojo”. ¿involucra
esto que la poeta tiene una mirada del mundo?, o ¿es el mundo
quien se refleja en el ojo de la poeta? En ocasiones el ver
enceguece y es cuando nos queda una mirada. Se lee en
“Ingravidez”: “Nunca había visto una pequeña mariposa /girar
sobre sí misma. / Hoy la vi. / Ese mundo repentino me cegó los
ojos”. El ojo al ver percibe, quien mira aprehende, y en
Secuelas de hechizo la escritura de Teresa Sevillano
consigue el umbral que le permite comunicar las empatías y
antipatías que la realidad acoge y dona.
Dejemos este libro recordando, de manera fragmentaria, versos de
su antepenúltimo poema: “Todas las guerras son santas”, donde
nos es insinuado el delirante mapa del porvenir:
En el horizonte sombrío diviso pájaros heridos.
[…]
los niños empiezan a atormentar su sueño
[…]
que divisa en bronce su victoria.
[…]
las eternas batallas de los negociadores
de la muerte
El ver y el mirar, la cosa y lo aprehendido por la mirada cuando
nutren la voz que se establece en la realidad del poema, ha sido
asunto para este ensayo. Ahora, al aproximarnos al cuarto libro
de Teresa Sevillano: La voz oculta, la inquietud, el
interrogante que genera el título, se nos empieza a esclarecer
en “Acrobacias”, poema que abre el libro y donde se lee:
y entre las grietas —oscuros ojos del abismo—
contemplarás una flor
que se abrió para tu asombro.
[…]
hay otra vida… como emergiendo de las acrobacias del
sueño.
Y, como quien regresa de un sueño ubicuo en la realidad, en el
poema que da título al libro nos transmite: “Aún contienes la
humedad del aljibe. / La blancura de la flor, que desafió / la
oscuridad de la más oscura de las noches”. En estos poemas
pareciera que nos encontráramos con quien recuerda. Empero,
asistimos al origen cuando la poeta se asía a las palabras con
las cuales hoy nombra esa Voz oculta y donde germina “la
historia del mundo”, “la queja ante un destino” y “un sol
esplendoroso” que “arde en la memoria” y que alcanza su
germinación en el poema “Centinela en la bruma”: “es el reflejo
lumínico del ojo / que te proyecta y te circunda”. En “Gemidos
de tiempo” al nombrar el tiempo allana su ubicuidad única e
incesante: “No miro la tarde; / ella me mira”. Y en: “Esa ave
que camina por las nubes” cuando la raíz de las palabras se
empinan intentando sumarse a las migraciones de aves que surcan
las nubes como si fueran letras que se imprimen momentáneas en
la página donde se consume el poema: “Esa ave que camina por las
nubes / se comió mi poesía”. Y en ese himno “Providencial” donde
sin pronunciarla, el agua: “Conteniendo las esencias de
proscritos dioses” deja que en ella abreve el trashumante.
También el agua que como en una leyenda permite fabular sus
contenidos:
De ti salieron todas las cosas
y a ti volverán.
[…]
Mitad de la Eternidad,
dormido pliegue ciego
[…]
¿Mar, es acaso que te sueño?
Empero, en la lectura llegan momentos en los que algunos poemas
pasan a ser un correlato de las insistencias sociales que
habitan y disputan el laberinto y que, en la poeta, no se
restañan, e insistiendo desde sus dos primeros libros persisten
en los agravios de la cotidianidad traídos al poema. Lo podemos
leer en poemas como: “Faquires del aire”, “Caótica selva
fantástica”, “A cierto hombre”, “Entre rejas” y “Agravio en
desagravio”. Que, por instantes, hacen del libro algo farragoso,
pero que también hacen parte de la “Ambigüedad” que no para en
su poesía: “Todo es una brusca conversión, / una nada en el
crepúsculo”.
Y llegamos a Ruta de Arquíes, libro cuyo título es tomado
de uno de los poemas que componen Secuelas de hechizo.
Éste se abre con una selección de poemas, más afectiva que
crítica, que la poeta hace de sus primeros cuatro libros, para
luego adentrarse en los 39 poemas que propone en su Ruta de
Arquíes.
Ruta de Arquíes
es un libro propuesto al lector como una leyenda esparcida en
los distintos poemas que lo componen: “Ese viejo poema, escrito
hace más de 2.000 años, / y que habla de dioses convertidos en
pájaros […] habla también de nubes y de árboles”. Su tono es
grandilocuente y, en cada uno de sus párrafos, pareciera como si
las “Historias del tiempo” se expresaran en la voz de la poeta,
haciéndole posible que nos narre el recuerdo de la primera
huella en el mundo. La poeta persiste en un eco proveniente de
un pasado paraíso, un eco que se impacta con la realidad y sus
usos: “El mundo es como una inmensa tortuga que ha entrado
totalmente / en su caparazón”. En la elaboración de esta
persistencia los recursos comparativos le son útiles para
nombrarla, como quien se apodera de aquello que nombra e imparte
sus contenidos, en fábulas y alegorías casi siempre
desarrolladas en la naturaleza del bosque o de la selva como
algo virgen y, de tanto en tanto, el ser humano transfigurado en
sus mitos o simple muñón en los corredores del laberinto
atosigado por la intriga de la muerte y su acechanza, todo lo
anterior en imágenes cuyo vigor es rayano con la ingenuidad,
casi bucólico: “la dicha plena de la ingenua razón”. Como
constancia de la leyenda que este libro propone al lector copio
versos de su poema “Plegaria”:
Pero le rezo a las piedras, golpeándolas, y siento en ellas
el eco de mi oración.
Es que las piedras son por sí mismas la plegaria del cosmos.
Altas y erguidas, en parajes solitarios, semejan monjes de
abadías destrozadas.
A lo largo de las riberas de los ríos, parecen inclinarse ante
el dios de las aguas.
Percibo el dolor del mundo en las piedras;
son como los desorbitados ojos de la noche eterna
que endureció de llanto.
O como pedradas de un dios que se extinguiera en el fragor
de una estrella.
Las piedras han escuchado el mundo en sus lamentos
hasta convertirse en un silencio petrificado de siglos.
En un mundo precoz e ingenuo los poetas han intentado imprimir
sus acentos, la magnitud o la modestia de su mirada penetrada
por las realidades de su tiempo en continua eclosión, un mundo
cuyos sellos en forma de dogma e ideología mantienen intactas
las cerraduras de la conciencia, por lo mismo, del laberinto.
Entre la algarabía y la aprehensión sucede la poesía de Teresa
Sevillano, lo que la caracteriza y diferencia de voces
sofisticadas, empero hueras, que confunden la poesía de nuestro
tiempo con una galería de versos muertos y gloriosos. Al suceder
de su poesía lo persiguen constantes que la poeta intenta
resolver siempre acorde con la voluntad y fortaleza de su centro
vital, y estas constantes la obligan, una y otra vez, a
desenrollar el nudo de los temas que en el laberinto establecido
como mundo la agobian. |