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Rogelio Echavarría: El transeúnte, paso a paso
José Ángel Leyva
Rogelio
Echavarría visitó México en septiembre de 2002, en compañía de
los poetas colombianos Juan Manuel Roca y Rafael del Castillo.
Supimos entonces de sus fuertes lazos de amistad con Gabriel
Zaid, Gabriel García Márquez y Álvaro Mutis, a quienes visitó
entonces. Conocimos de cerca su calidad humana y el enorme
respeto que le tributan sus paisanos por su obra poética y su
destacado papel en el periodismo. El propio Gabriel García
Márquez en sus memorias, Vivir para contarla, lo menciona
como “un poeta de los grandes”.
Nuestra conversación comenzó entonces, en el 2002, entre el
ruido de la plancha de Zócalo avivada por las actividades de la
Feria del libro, “La Ciudad, un libro abierto”, y los
desplazamientos en la urbe donde el peatón encuentra escasas
oportunidades de recorrer su ciudad. El transeúnte, el hombre de
la vida cotidiana, nos condujo a la lectura de sus significados.
Una lectura pausada y abierta me empujó hacia los espacios
interiores de su escritura, cuyas fibras nerviosas están hechas
de un lirismo evocador e invocante.
Rogelio Echavarría (Colombia, 1926). Periodista desde los 15
años de edad, ha trabajado en los diarios de Bogotá: El
Tiempo y El Espectador. Su poesía fue publicada en
los libros Edad del tiempo (1948, 1988, 1990 y 1992) y
El transeúnte (1964, 1977, 1984, 1985, 1992, 1994 y 1999).
Ha publicado las antologías de poesía y periodismo: Versos
memorables (1989 y 1998), Lira de amor (1990), Los
mejores versos a la madre (1992), Selecciones de sucesos:
Crónicas de otras muertes y otras vidas y El asesinato de
Gaitán (1993 y 1998), Mil y una notas (1995),
Antología de poesía colombiana, siglos XX (1996 y 1997),
Antología de la poesía colombiana, siglos XVII a XX
(1997 y 1998), Quién es quién en la poesía colombiana
(1998).
JAL
Rogelio, comencemos por lo que tú representas hoy para los
lectores y los escritores colombianos. Eres un poeta que por
sobre todas las cosas -es evidente cuando uno conoce tu entorno-
goza del cariño de la gente, incluso, cosa extraña, en los
gremios literarios. Tu caso es semejante al de Alí Chumacero en
México, con una escasa publicación poética ha alcanzado grandes
alturas, y un reconocimiento amplio. Tu obra poética está
reunida en una antología titulada El Transeúnte, que
consta de 110 páginas. ¿Cómo has logrado tanto reconocimiento
con una obra tan breve? Me adelanto a pensar en el fenómeno que
Gabriel Zaid llama los demasiados libros, Pero cuéntame ¿Cuáles
son tus reflexiones en este sentido?
RE
Si te acepto que he tenido “tanto reconocimiento” sería pedante.
Si te digo que no es tanto, sería ambicioso o peor,
desagradecido. Y ya que mencionas a Gabriel Zaid (quien no es
tan viejo amigo como Gabo o Mutis, pues apenas vinimos a
conversar un rato en esta visita a México) y sus opiniones sobre
“los muchos libros”, te cito textualmente una de sus obras, que
tan gentilmente me obsequiara: “Se escribe mucho por ignorancia:
por que se ha leído poco. Por no saber que ya estaba escrito
algo que uno necesitaba.” Sí, algo que uno cree que es original,
si no, no lo escribiría, pero ya había sido dicho antes por
otros, sólo que mucho mejor de lo que uno podría hacerlo. Por
eso uno va escribiendo cada día menos. Recuerdo el título que le
pusieron a una entrevista que me publicó el suplemento literario
de El Tiempo, con comillas porque fue la misma respuesta
que ahora te doy: “Mientras más leo, menos escribo.” Pero no fue
siempre así. En mi niñez -yo comencé a escribir versos a los
diez años- y en mi adolescencia lo hice compulsivamente hasta
cuando acepté que esa no era la forma de conquistar un amor
imposible. Varias veces recogí en cuadernillos alguna selección
de aquello, pero afortunadamente las ediciones fracasaron. Eran
versos ingenuos y simples -como lo siguen siendo-, “poesía
elemental” la llamó mi primer crítico. Cuando me encontré. En
las calles de Bogotá, con la soledad de frente y por todos los
lados, ya mayor de edad empecé a escribir los poemas que se
fueron agrupando lentamente y que integraron mi primer libro, o
sea el único, El transeúnte (yo no llamo libro un
cuadernito que en 1948 me publicaron con el título de Edad
sin tiempo). Fue bien acogido, no me preguntes a mí por qué,
esa pregunta debería ser para los lectores… y aunque mi
producción siguió siendo mínima aparecieron nuevas del mismo, a
las cuales agregaba los pocos poemas inéditos, que nunca me
dieron para otro libro. La primera edición tuvo quince poemas y
la última, en 1998, setenta. Parece mucho, pero la proporción es
de un poema por año, porque entonces yo ya era septuagenario.
JAL
No puedo dejar tras bambalinas la malsana curiosidad de los
escépticos ¿Cuánto interviene en ello tu posición social como
periodista, cuánto las relaciones públicas y cuánto el cariño de
los amigos a tu persona?
RE
El hecho de ser periodista -siempre directivo en la que en
Colombia llaman “La gran prensa”- no me ayudó para nada sino que
me perjudicó. Me sentí siempre inhibido para las más mínima
publicidad propia, y siempre fue respetada mi discreta conducta
en el diario, casi ignoraban que yo fuera poeta. Pero en otros
medios, revistas y suplementos literarios (entre ellos el
Excelsior de México) los buenos amigos, que nunca faltan
divulgaron mis versos y se refirieron a ellos siempre
generosamente, lo que hizo que las ediciones se repitieran, por
diferentes editoriales, hasta la octava, que aparecerá en el
2003. O sea, para contestarte con tus propias palabras: sí han
influido mi posición (no social sino profesional) como
periodista, las relaciones públicas, discretas pero
insoslayables, la promoción de las mismas editoriales a pesar de
mis reticencias, y el cariño de tantos amigos, sobre todo de
grandes poetas como Aurelio Arturo y Fernando Charry Lara y mis
compañeros de la revista Mito, Alvaro Mutis, Jorge Gaitán
Durán y Fernando Arbeláez… y los que siguen nuestros pasos hasta
hoy, que me rodean y me dan sus libros, hasta el punto de que
por ello he podido hacer varias antologías de poesía colombiana.
JAL
Compartes el origen con el poeta Porfirio Barba Jacob,
ampliamente conocido en México por su imagen de poeta maldito y
por su gran amistad con Salvador Novo, ¿Qué peso le reconoces en
tu poesía a este personaje que, como tú nació en Santa Rosa de
Osos, Antioquia? No puedo dejar de mencionar que Darío
Jaramillo, quien te reconoce como figura tutelar, es del mismo
pueblo.
RE
Barba Jacob fue mi más visible influencia, como lo fue para
tantos contemporáneos suyos y míos. En cambio, para Darío
Jaramillo nunca lo fue, por lo menos así parece significar
aquella frase suya publicada en el centenario de Barba: “No
celebremos al poeta muerto. Celebremos al vivo”. Se refería a
mí, aunque creo, francamente, que en mi propio centenario ya
estaré más muerto que Barba.
JAL
Las “Elegías prematuras” revelan un ser atormentado y reflexivo,
en los dominios metafísicos de la ausencia de la musa o del ser
encarnado en ella. Amar es morir en una vida intensa. Hay en ti
un fulgor oximorónico ¿a qué lo atribuyes?
RE
La muerte ha sido una obsesión mía desde mucho antes de
conocerla cara a cara, y su sola mención me arrancaba lágrimas.
En mi tierna infancia lloraba porque no venía a visitarme mi tío
predilecto (porque había muerto). En la bendita edad de los
hallazgos prodigiosos, lloraba cuando leía poemas como “La cuna
vacía”, “La muerte de la tórtola” de mi paisano Epifanio Mejía,
“El rosario de mi madre” de …(Gabriel Zaid debe saberlo, yo no
lo recuerdo, es aquel soneto que comienza así: “De la pobreza de
tu herencia triste / sólo me queda, madre, tu rosario./ Sus
cuentas me recuerdan el calvario/ que en tu vida de penas
recorriste”). También me emocionaba “Qué solos se quedan los
muertos” -a Becquer lo leía a escondidas en un seminario de
Bogotá de donde, por haberme pillado, me expulsaron-. Y una
fábula que ahora veo que fue decisiva para el resto de mi vida,
pues me descubrió la fragilidad de la ilusión y la profundidad
de la pérdida: “La lechera” (aquella poesía que comienza así:
“Llevaba en la cabeza una lechera/ el cántaro al mercado/ con
aquella presteza, aquel aire sencillo, aquel agrado/ que va
diciendo a todo el que le advierte: / yo sí que estoy contenta
con mi suerte”. Fábula a la que siempre se refieren, creo,
cuando dicen “llorar sobre la leche de ramada”. Sí, la pérdida:
perdí a un vecinito en mi calle de la Ronda, me impresionó el
multitudinario entierro del santo párroco de Santa Rosa ( el
Padre Mejía) y, sobre todo, a los seis años, perdí a mi madre…
lo que fue acontecimiento decisivo para mi vida literaria, pues
cuatro años después, cuando tenía diez, escribí mi primer poema:
“Nos falta ella”, que con el título de “Así sería mi madre”
aparecerá en canciones de un niño triste que me edita la
Biblioteca Pública Piloto para América Latina, de Medellín, por
iniciativa del amigo Darío Jaramillo, lo que me tiene nervioso,
casi temblando por este salto al vacío que no di cuando era un
niño irresponsable y ahora lo hago cuando soy un viejo
responsable… de semejante delito!
Me alargo demasiado, pero tengo que rematar lo que ya estaba
muerto:
“Siempre hablé de la muerte / estaba vivo…” digo en algún poema,
porque ¿con qué experiencia propia se puede hablar de la muerte,
sin estar muerto? La conocemos sólo por “referencias”… Retomo mi
adolescencia, para darte unos indicios, no culteranos sino
vivenciales, míos. Cuando vi, en plena pubertad, la película
“Cuesta abajo” o, mejor, cuando oí la canción “Sus ojos se
cerraron” de Carlos Gardel, sentí la misma opresión en el pecho
que acababa de sentir al leer el primer capítulo de “La tumba de
hierro” de Henry Conscience, aquel en que cuenta la visita del
artista a la tumba de su amada. Todo eso era para mí, sin yo
saberlo, como premonitorio. Porque llegó el momento en que me
anunciaron la muerte inminente de una niña a quien no dejaron
ser mi novia por oposición de su padre. Entonces fue cuando
escribí aquellas “elegías prematuras”.
JAL
¿Cuánto del entorno de tu infancia y de tu juventud representa
esa carga emotiva envuelta en redes conceptuales?
RE
Mucho, pero más rescatables como expresiones emotivas que
conceptuales, como lo dejo manifiesto en lo que te acabo de
contar.
JAL
“Son un largo gemido/ todas las calles que conozco” manifiestas
en tu poema El transeúnte. Esa expresión dolorida pareciera
recoger la convicción romántica de que la civilización nos
conduce hacia el extravío y es necesario buscar en la infancia,
en los orígenes, en la mitología, en lo sueños, el paraíso
perdido. Algo que para mí es imposible e innecesario. ¿Coincides
en algún aspecto conmigo?
RE
Me parece que tú, como mis más generosos críticos, encuentras en
ese poema mucho más de lo que yo pude decir. Porque son los
buenos lectores los que completan el trabajo del poeta, con sus
variadas y sorprendentes interpretaciones. Ahora bien, coincido
contigo en que el paraíso perdido es irrecuperable, porque el
paraíso no es el descanso eterno, la jubilación definitiva, sino
el claustro materno, es decir, antes de nacer. El poema sólo
quiso referirse a mi soledad en medio de todos, y a la soledad
de todos, cada uno con su pena a cuestas. Así que de una queja
lírica pasó a ser un reclamo social. Por eso, tal vez, está tan
vivo entre las gentes de ahora.
JAL
Supongo que algunas obras y autores establecieron los linderos
donde debías fundar y construir tu obra poética ¿reconoces
algunos ascendientes?
RE
El único ascendiente visible, porque fue el único que en mi
adolescencia leí completamente, fue Barba-Jacob. Pero entre los
diez y los quince años sólo conocí poemas sueltos de españoles
como Núñez de Arce, mexicanos como Juan de Dios Peza y
colombianos, claro, como José Asunción Silva, porque venían en
los “libros de lectura” que nos prestaban en las escuelas
públicas en aquel entonces. En mi pueblo no había más que una
librería, que era del obispo, y por tanto no tenía sino
literatura confesional e historias religiosas. Fue entrar al
liceo -bachillerato- de la capital del departamento (estado), en
Medellín, cuando empecé a descubrir a los autores vedados,
aunque muy parcialmente, porque no tenía con qué comprar libros
ni revistas. Me salvó que entré a trabajar en un radioperiódico
que los sábados sólo transmitía poesía en lugar de noticias y su
director me prestaba los libros, así conocí al primer Neruda (de
“Veinte poemas de amor y una canción desesperada”), a Bernárdez
(de “Estar enamorados”), a Whitman y a tantos otros. Pero a mí
no me interesaba la literatura como tal (cuando también leía a
Mann, a Gide, a Messe, a Barbusse) sino la coincidencia de los
autores románticos con la situación sentimental en que vivía,
siempre soñando en imposibles (como Barba, que alimentaba mis
complejos de adolescente con versos como este: “No tuve amor, y
huían las hermosas/ delante de mis furias monstruosas”).
JAL
Percibo en mi lectura diversos momentos que van desde la
pesadumbre existencial, el culto al amor, la convicción
implacable de tu pertenencia a la poesía, el humor callejero, el
juego con las palabras, a veces incluso de una manera ingenua, y
como escribiera San Juan de la Cruz “Un no sé qué que se queda
balbuceando”; es decir, un sentimiento místico que no termina
por desatarse, por elevar su voz. Concreto mi intención:
Advierto diversas etapas con posibilidades crecer de manera
formidable y otras que se quedan en el umbral de la puerta. ¿Qué
opinas al respecto?
RE
Que tienes razón. Y por eso mi respuesta será más breve que tu
pregunta, porque tú resumes, con tanta propiedad como agudeza,
lo que puede ser mi poesía, pero que yo mismo no alcanzo a
definir.
JAL
La muerte-la vida. Tu mirada de periodista ha captado el
acontecer local en relación con el mundo. La violencia y supongo
que también el júbilo que provoca la esperanza, luego de nuevo
la rabia y la ola destructora de la frustración y el odio. Tu
poesía destaca la fragilidad humana, su condición efímera en la
vida, pero sin el desgarramiento ni los resentimientos que
podrían generar una historia sangrienta como la de tu país. La
muerte tiene algo de positivo, de esencia renovadora, que en
mucho reconozco en los poetas mexicanos desde la época de
Nezahualcóyotl. En ti ¿cómo justificas esa obsesión?
RE
La muerte, ya te dije, ha sido una obsesión no sólo mía sino de
casi todos los poetas que en el mundo han sido, en mi caso mucho
antes de conocerla cara a cara. (Yo escribí: “Siempre que hablé
de la muerte / estaba vivo…” Es decir: ¿con qué experiencia
propia y personal hablamos de la muerte? La conocemos sólo “por
referencias”). A ustedes los mexicanos, que se han familiarizado
tanto con ella en todos los niveles del arte -hasta
caricaturizarla-. Tengo en mis manos la “Calavera catrina” de
José Guadalupe Posada en la invitación a la exposición que de su
obra tiene abierto el Museo de Arte Moderno de Bogotá. ¿ Quién
los supera en sapiencia y dominio del tema?
Me preguntas que cómo se justifica esa obsesión. Tal vez
literariamente. Siempre fui, o soy, un poeta elegíaco. El último
poema, que acabo de escribir después de años, es precisamente
sobre la muerte de uno de mis poetas y de mis amigos del alma,
José Manuel Arango, quien poco antes de morir había escrito un
poema sobre su propia muerte, que lo perseguía: “Y si voy va
detrás, / si vengo viene, / si me detengo se detiene. / Siento
sus artejos sobre mi nuca, / su acezo en mi oreja”. Con un
epígrafe mío: “Cien pasos doy de para atrás / pero la muerte los
advierte”. Aquí llego, y pienso que si lo hubieras sabido antes
me hubieras preguntado por él, a la muerte de mi hijo mayor, sin
duda el golpe mas rudo que me ha dado la vida (y aprovecho para
agradecerte la dedicatoria de tu bello ensayo sobre “la muerte
rosa” en tu magnífica revista Alforja). ¿Qué puede uno
decir cuando un “golpe como de la ira de Dios” nos deja mudos?
Alguien me dijo que “ahora si vas a hacer tu mejor poema”… y le
repuse: “Pues si ni lo había hecho ya, se quedará sin hacer”. No
he intentado escribir ni una palabra. Pero ya había publicado un
poema que resultó premonitorio pues siempre que lo leí en
público -en vida suya y la última vez a su lado, dos semanas
antes de su desaparición, personas que lo oían no podían ocultar
una furtiva lágrima-. Es aquel que en El transeúnte
aparece con el nombre de “Sombra avante” y que termina así: “No
quise de tu cielo estar distante / y te dejé en un limbo
desdichado”.
Me preguntas cómo justifico la obsesión ( de la muerte). No, no
la justifico, simplemente se lleva, se sufre. No puedo darte una
respuesta prosaica. Como casi todos los poetas, soy heterodoxo,
no heterodocto.
JAL
Nunca liberaste del todo a los versos de la rima y de una
musicalidad que te sujeta al canto, no obstante la senda
reflexiva que trabajas.
RE
La senda reflexiva también resiste pasos acompasados. Yo sí
libere mis versos de la rima, la prueba son los primeros poemas
de El transeúnte. Pero últimamente (es decir, los que
aparecen al final) son regresivos en varios sentidos, no sólo en
la utilización de la rima. Es una especie de reacción contra
tanta poesía “antipoética”. No quiero rehuir el son (sin sonete)
para parecer “moderno”, cuando surge espontánea y necesariamente
como consecuencia de eso que llamamos inspiración, cuando nos
llega tan fácil como no lo era cuando escribíamos los primeros
versos. Sin embargo tú ves como es de variada mi retórica. Nunca
me he puesto a clasificar los poemas sino que los publico en el
orden cronológico en que los he escrito, aunque no sean
uniformes ni en el fondo ni en la métrica, y muchas veces
contrastantes. Los retornos no son siempre nocivos, pero tampoco
son definitivos. Mi último poema (en el libro que tienes,
publicado por Norma) denominado “No olvidan nunca su canción”
los pájaros, es tan libre como ellos.
JAL
¿El amor mundano o el platónico?
RE
Ambos. Eros y Platón me perdonen.
JAL
Tu labor antologante ¿nace de alguna razón o causas específicas?
¿Qué respuestas sueles dar a los que no están incluidos y
reclaman sitio?
RE
Todas las antologías que he hecho han sido por encargo del
Ministerio de Cultura, de la Presidencia de la República, de
Planeta, de Círculo de Lectores (Intermedio), de Panamericana.
La antología de poemas al hijo, que sigue, naturalmente a las de
la madre y del padre, la acabo de entregar a la imprenta,
seguramente la tendremos a fines de año. Y creo que así cierro
el ciclo, pues hacer antologías es un trabajo que no agradecen
ni siquiera quienes son incluidos. ¿Que respondo a los que no?
Que esperen las nuevas antologías, ya entonces tendrán escritos
sus mejores poemas.
JAL
Dos últimas preguntas en una sola ¿Qué te le ha aportado la
poesía a tu vida y esas calles que repasan los transeúntes hacia
dónde nos conducen?
RE
Dos últimas respuestas en una sola: la poesía me ha abierto un
camino, y esas calles conducen a ninguna parte. Mejor tal vez lo
dice el final de mi poema “Tránsito”:
¿Qué soy sino, por fin, el que viaja con otros
que no saben de donde vienen
más que evacuados de una mujer,
ni a donde van
si no a ocupar el sitio que su sombra señala?
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