P R O J E T O   E D I T O R I A L   B A N D A   H I S P Â N I C A

 

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J O R N A L   D E   P O E S I A   |   F O R T A L E Z A l C E A R Á l B R A S I L
COORDENAÇÃO EDITORIAL   |   FLORIANO MARTINS
2001 - 2010
 

 

 

ACERVO GERAL | NICARÁGUA

Ricardo Llopesa | (1948)

Literatura nicaragüense – Siglo XX

Ricardo Llopesa

1. Esplendor y grandeza de la poesía

Nicaragua, con algo más de tres millones de habitantes, es tierra de volcanes y poetas. A la llegada de los primeros españoles existía una poesía indígena, que más tarde cultivaron criollos y mestizos. El primer libro de autor criollo, Relación verdadera de la reducción de los indios infieles de la provincia de la Taguzgalpa…, del franciscano Fernando Espino, apareció en 1674, y el primero de literatura de autor nicaragüense, Poesías, en 1828, de Francisco Quiñones Sunsín (1782-1860). En 1876 se formó el primer grupo literario, La montaña, en Granada. Dos años después se publicó la primera antología, Lira nicaragüense. Por esos años nacía Rubén Darío, en 1867, y los eclipsaría a todos porque él solo hizo temblar los cimientos de la lengua al renovar los ritmos de la poesía, que es algo así como revolucionar el sistema musical del lenguaje poético.

Desde entonces, la poesía es el género literario por excelencia, y ha opacado el interés por los demás. Se puede, por tanto, decir que con Darío nace la poesía nicaragüense. Un origen que no puede ser mejor, porque quien lo representa terminó por convertirse en uno de los pocos genios innovadores de la lengua, y su poesía alcanza una importancia de significación universal.

A la muerte de Darío, guiados los poetas por la audacia de su antecesor, en lugar de continuar la tradición modernista optaron por la ruptura. Una ruptura que no se dio plenamente en Azarías H. Pallais (1884-1954) ni en Alfonso Cortés (1893-1969), a pesar de su valor indiscutible. El primero, sacerdote, defensor de los pobres, es muy conocido por su libro Caminos (1921), entre otros. En cambio, Cortés, que se volvió loco en su juventud en la misma casa donde vivió Darío, en León, alcanzó popularidad por un poema metafísico, “Ventana”, y su producción fue reunida en Poesías (1931), Tardes de oro (1934) y Poemas eleusianos (1935).

 

La voz nueva de Salomón de la Selva

Sin embargo, la figura de Salomón de la Selva (1893-1959) surge con ímpetu reformista, a raíz de vivir en Nueva York, y luego en Inglaterra, donde participó en la primera guerra mundial al servicio británico. Fruto de esa experiencia son sus libros en inglés Tropical town and other poems (1918) y Soldiers sings (1919). Una vez traducido este último, El soldado desconocido (1922), resultó una novedad el coloquialismo, propia del realismo británico.

 

La Vanguardia: José Coronel Urtecho y Pablo Antonio Cuadra

La influencia renovadora más importante —como es el caso de Salomón de la Selva— llegaría a través de la estética extranjera. Primero, regresa de Francia Luis Alberto Cabrales (1901-1974) y publica el poema vanguardista “El sueño de la locomotora” (1926); después lo hace José Coronel Urtecho (1906-1994) de los Estados Unidos, y publica la “Oda a Rubén Darío” (1927) que trae la esencia de la modernidad. Más tarde, este poema queda como punto de partida del cambio que ha de producirse. El cambio llega de la mano de Pablo Antonio Cuadra (1912-2002), la figura indiscutible que elabora el nuevo lenguaje que marca la línea a seguir, porque toma lo esencial en su encuentro hacia la identidad de lo nacional, donde participa el léxico y la temática. Su primer libro Poemas nicaragüenses (1934) resume el programa de la Vanguardia, que años antes, en 1931, habían fundado un grupo de amigos al lanzar el manifiesto la Anti-Academia de la Lengua, entre los que estaban Coronel Urtecho como principal cabecilla, autor de un único libro, Pol-la D’Ananta Katanta Paranta (1970); Cabrales; Joaquín Pasos (1914-1947), “poeta y escolar”, sorprendente en su dramático poema “Canto de guerra de las cosas” que figura en su obra póstuma Poemas de un joven (1962) que le aseguró una admiración internacional; Pablo Antonio Cuadra, “poeta y estudiante”, y Manolo Cuadra (1907-1957), “poeta y agricultor”, que alcanzó popularidad con los poemas “Perfil” y “La palabra que no te dije”, reunidos en Tres amores (1955).

Pablo Antonio Cuadra ha desarrollado una actividad intensa como poeta y narrador, ensayista y dramaturgo, director de publicaciones, director de la Academia Nicaragüense de la Lengua y Rector de la Universidad Católica de Centroamérica. Su poesía nos introduce en el lenguaje moderno del siglo XX, y todo él en poesía es el siglo. Su gran logro, que era el deseo de los vanguardistas, lo cuenta él mismo: “Nosotros no queríamos, ni “regionalismo”, ni “dialectismo”… ya Rubén, sobre todo Lugones, habían abierto en castellano la puerta de la poesía al lenguaje coloquial. Nosotros iniciamos algo más: la “oralización” de la poesía: devolverle “el habla”, desatar la invención de palabras”. Sus libros de poemas tocan una temática concreta: el conflicto interior en Canto temporal (1943), la religiosidad en Libro de Horas (1964), la miseria humana en Poemas con un crepúculo a cuestas (1949), la mitología nahuatl prehispana en El jaguar y la luna (1959), la vida del marinero en Cantos de Cifar y del Mar Dulce (1969), el espejo del rostro humano en Esos rostros que asoman en la multitud (1976), la cólera contra las dictaduras en Siete árboles contra el atardecer (1982), y la interpretación de los meses del año en La ronda del año. Poemas para un calendario (1988). Pero en todos ellos está vivo el amor a su pueblo “por encima de cualquier ideología”, lo que ha venido configurando su extraordinaria personalidad humana y solidaria con los más sufridos. Cuadra es el poeta que resume en versos el espíritu de angustia y esperanza que late en su pueblo.

Pasado este momento sorprendente aparecen otros poetas como Francisco Pérez Estrada (1917-1982), poeta de temas indígenas en Chiznate (1960); Enrique Fernández Morales (1918-1992), religioso en Canto al corazón de cristo (1948) y pagano en La música extremada (1955), y Julio Ycaza Tijerino (1919), terrestre y espacial en Poemas del campo y de la muerte (1959) y esencial en La libertad y el amor (1963).

 

Mejía Sánchez, Martínez Rivas y Cardenal.

Tres grandes poetas, pertenecientes a una misma generación, surgen en la década del cuarenta, por esa razón se denomina “Generación del 40”, pero bien podría llamarse generación del lenguaje, porque con ellos la poesía alcanza un alto grado de experimentación, partiendo de la poesía de Cuadra, para llegar a la individualidad.

Ernesto Mejía Sánchez (1923-1985) es el poeta de la palabra precisa. Se inició con Ensalmos y conjuros (1947), pero poco después empezó a cultivar una especie de poema en prosa, entre la poesía y el relato, que Pablo Antonio Cuadra definió como “prosema”. Fue iniciador de este género nuevo que luego tendría muchos seguidores. Merecen citarse La carne contigua (1948) que cuenta el incesto de Thamar y Amnón; la limpia perfección de los versos de La impureza (1950), y sus Contemplaciones europeas (1957), que para Rafael Gutiérrez Girardot compendian su erudición y la visión de su poesía. Su último libro, Poemas dialectales (1980) es una magnífica incursión en el lenguaje.

Carlos Martínez Rivas (1924-1998) es el poeta del ritmo moderno que hace danzar las ideas, mediante giros y rupturas. Su primer libro El paraíso recobrado (1948) fue una revelación, pero la publicación de La insurrección solitaria (1953) le situó en una primerísima línea de la literatura contemporánea, que le valió el reconocimiento internacional. Desde entonces no ha dado a la luz ningún libro completo, a excepción de unos poemas publicados en 1989, que siguen la misma línea experimental, titulado Allegro irato.

Ernesto Cardenal (1923) es el poeta del versículo y la oralidad, es quien lleva la poesía a la expresión más sencilla, incorporando la mirada objetiva, que es lo que él llama “exteriorismo”, contra el sujetivismo de la poesía lírica. Esta manera de ver la poesía ha tenido muchos seguidores, y le ha valido el reconocimiento internacional, sobre todo por la temática de su poesía en lucha contra la dictadura de su país que duró cuatro décadas. Llamó también la atención su postura de sacerdote comunista, que llevó a la práctica fundando la Comunidad de Solentiname, en un archipiélago del Gran Lago.

Su obra es extensa. Se inició con La ciudad deshabitada (1946), son conocidos sus poemas políticos de Hora 0 (1960), los religiosos que evocan a Dios en Los salmos (1964), la protesta contra el consumismo norteamericano en Oración por Marylin Monroe y otros poemas (1965), la recreación de la historia en El estrecho dudoso (1966), la reflexión cristiana ante la tragedia en Coplas a la muerte de Merton (1970), el conflicto social en el Canto nacional (1972) que inicia una poesía de dispersión, al introducir elementos extrapoéticos, que continúa en el tema del terremoto de 1972, en Oráculo sobre Managua (1973), y avanza en su apocalíptico y disperso Canto cósmico (1989).

 

Generación del 50.

Esta mal llamada generación del 50 supone el último aliento de esperanza y el descenso de la calidad poética, quizás porque no existió relación entre ellos como grupo. Guillermo Rothschuh Tablada (1926) es el poeta de la tierra y la naturaleza en Poemas chontaleños (1960), Cita con un árbol (1965) y Veinte elegías al cedro (1973), entre otros. Fernando Silva (1927) sigue la línea de lo popular y nacional, con lenguaje oral, en Barro en la sangre (1952), Agua arriba (1968). Ernesto Gutiérrez (1929-1988) es el poeta frío, de lenguaje sobrio en Yo conocía algo hace tiempo (1953), Años bajo el sol (1963) y Terrestre y celeste (1971), más tarde escribió Poemas políticos (1971) y asuntos griegos en Temas de la Hélade (1973). Mario Cajina-Vega (1929-1993) es el poeta iluminado por lo nacional bajo la mirada objetiva en Tribu (1962), su único libro. Finalmente, Eduardo Zepeda- Henríquez (1930) publicó El principio del canto (1951), Mástiles (1952), Poema campal del prójimo (1956), Como llanuras (1958), A mano alzada (1964), En el nombre del mundo (1980), Horizonte que nunca cicatriza (1988) y Al aire de la vida y otras señales de tránsito (1992).

 

Generación del 60.

Esta década está marcada por el triunfo de la Revolución cubana (1960), y los grupos nicaragüenses unos toman partido por la vía política, otros no. Son años convulsivos de reajuste ideológico y estético.

El grupo Ventana, de tendencia marxista, surge en el seno mismo de la Universidad Nacional de León, en 1960, y lo encabezan Fernando Gordillo (1940-1967), que no publicó libro por dedicarse al movimiento estudiantil, y Sergio Ramírez (1942), que destacó en la narrativa y la política. Sin alinearse surge un grupo de poetas independientes en la misma Universidad, entre los que están Octavio Robleto (1935) con una poesía aguda y personal a través de varios libros, donde destaca Noches de Oluma (1972). Horacio Peña (1936), sorprendió con su libro Ars moriendi y otros poemas (1967), donde late la filosofía de la vida, como en La soledad y el desierto (1970). Francisco Valle (1942), autor de libros que inician la experimentación surrealista en Casi al amanecer (1964) y Mañana sin paraíso (1996), aunque prefiere el  prosema, género nuevo del que es su mejor representante. Luis Rocha (1942) publicó un libro de compromiso social en Treinta veces treinta (1963), hasta llegar a la pureza de Domus áurea (1968). Julio Cabrales (1944) autor de Omnibus (1975). Beltrán Morales (1945-1986), el más brillante de todos por su capacidad de síntesis e ironía, que se refleja en Algún sol (1969), Agua regia (1972) y Juicio final / andante (1976), y finalmente, Fanor Téllez (1945), autor de La vida hurtada (1974), Los bienes del peregrino (1975) y El sitial de la vigilia (1976).

Otros brotes literarios surgen por todo el país, como  La Generación traicionada de Managua, el grupo más importante, se rebeló contra la mala poesía, encabezado por Roberto Cuadra (1940) y Edwin Yllescas (1941), autor de Lecturas y otros poemas (1968); Iván Uriarte (1942) claro exponente de la poesía visual en sus dos únicos libros: 7 poemas atlánticos (1968) y Este que habla (1969). El grupo U de Boaco, con preocupaciones sociales, encabezado por Flavio Tijerino y Armando Incer (1930), se postula contra la mala poesía. Los Bandoleros de Granada, más tradicionalistas, lo integran Francisco de Asís Fernández (1945), autor de A principio de cuentas (1968), La sangre constante (1974), En el cambio de estaciones (1978) y Pasión de la memoria (1986); Jorge Eduardo Arellano (1946), reconocido investigador de alcance internacional es el más prolífico de todos por haber incursionado con igual éxito en varios géneros, como poeta es autor de La estrella perdida (1969), Patria y liberación (1977), De la dispersión y el olvido (1978), La entrega de los dones (1978), Canto a Nicaragua libre (1981), Visiones y devociones (1986), Darío en la gran cosmópolis, La pluma del águila y Retornos (1987) e Inventario contra la muerte (1996), y Raúl Xavier García (1931), autor de Poemas (1977) y No podemos detenernos (1987). En la costa Atlántica surge el poeta Alí Alah (1953-1979), exponente de la poesía negra en 5 poemas costeños (1977). Otros movimientos menores que surgen arrastrados por esta ola de cambios culturales son: Grupo M de Managua, integrado por Félix Navarrete, Luis Vega, Ciro Molina y Jacobo Marcos; Presencia de Diriamba, en torno a José Esteban González, Álvaro Gutiérrez y Leonel Calderón, y la Academia Manolo Cuadra de Masaya, en 1965, promovida por Rommel Martínez, Ramón Aguilera y Ricardo Llopesa.

 

Década del 70.

Se confirman voces nuevas como la de Jorge Eliecer Rothschuh (1950), autor de Influencias y confluencias (1970) y Aproximaciones a Guillermo Cenicero (1993), también ha conseguido afirmar su escritura del prosema en dos libros; Erick Blandón (1951) con su poesía íntima de Aladrarivo (1975), Juegos prohibidos (1982) y Misterios gozosos (1994); Julio Valle-Castillo (1953), que estudió en México, autor de Las primeras notas del laúd (1977), Formas migratorias (1979), Materia jubilosa (1986), Ronda tribal para el nacimiento de Sandino (1981); Jorge Eduardo Arguello (1940), autor de Marbeck (1977), el único libro de poesía fantacientífica de la literatura nicaragüense”, según Jorge Eduardo Arellano, y Poemas de 1983-1985 (1986).

 

Década del 80.

Durante la década del sandinismo surgen los Talleres de Poesía que pretenden establecer un modelo de poesía uniforme, caracterizada por el exteriorismo que propugnaba Cardenal, que terminó por frenar el impulso creador. El mejor poeta de esta experiencia es Carlos Calero, que no ha publicado libro. Los poetas que publican sus primeros libros en esta década son: Juan Chow (1956), Los falsos (1981) y Oficio del caos (1986); Pablo Centeno-Gómez (1945), autor de un solo libro Trascender los límites (1983); Álvaro Urtecho (1951), uno de los más prometedores por la continuidad de sus libros y la fuerza expresiva, publica Cantata estupefacta (1986), Esplendor de Caín (1994) y Cuaderno de provincia (1995); Pedro Xavier Solís (1963), director de La Prensa Literaria, posee una extraordinaria capacidad creadora, ha sido traducido a otras lenguas, y confirmó su talento con Oyanca el nuevo camino (1986) y Poemas del éxodo (1992); Manuel Martínez (1956), también narrador, es autor de Tiempos, lugares y sueños (1987) y Engranajes del tiempo (1996); Ariel Montoya (1964), también editor, se inició con Silueta en fuga (1989). Algunos no han publicado libro, como Álvaro Rivas (1952), autor de Guardando la palabra; Ninfa Farrach (1958), Silvio Páez (1962) y Carola Brantome (1964), que como los anteriores se dio a conocer en La Prensa Literaria, y es autora de Más serio que un semáforo (1995)

 

Década del 90.

Poco a poco el lenguaje ha caminado hacia cauces normales de la expresión y en esta década no se observan grandes sobresaltos. Algunos poetas que publican sus primeros libros son: Erwin Silva: Exedra (1990); Juan Carlos Vílchez (1952): Viaje y círculo (1992); Eric Aguirre: Pasado meridiano (1995), y Blanca Castellón (1958), una de las poetas más significativas y coherentes por la unidad de su lenguaje, autora de Ama del espíritu (1995), Flotaciones (1999) y Orilla opuesta (2000), libro con el que ganó en España el I Premio Internacional “Instituto de Estudios Modernistas” de Poesía.

 

La poesía femenina

No se trata de poesía feminista sino de poesía escrita por mujeres, porque su participación es muy reducida y empieza a ser significativa a partir de la década de los sesenta, cuando aparecen obras fundamentales para la literatura nicaragüense.

Las primeras en destacar son María Teresa Sánchaz (1918-1994), editora, ensayista y antóloga, autora de Sombras (1939), su primer libro, y Poemas agradeciendo a Dios (1964), el último, y Mariana Sansón (1918-2002), también pintora, se inició con Poemas (1959) y el último se titula Zoo fantástico (1994).

La relevancia poética surge con un coro de voces de muy diversas tendencias y matices, pero cargadas de seductora originalidad. Empiezan a publicar en la década del 60-70 las más conflictivas para la política por la insurgencia popular. Destacan Ligia Guillén (1939) con su primer libro He dado a luz mi muerte (1975); Michel Najlis (1945), la primera en destacar por su militancia política y el compromiso de su primer libro El viento armado (1969), que le dio popularidad; Ana Ilce (1945), autora de un único libro sobrio y preciso, Las ceremonias del silencio (1975); Vidaluz Meneses (1945) se dio a conocer con Llama guardada (1975) y El aire que me llama (1982); Gioconda Belli (1948), destacada novelista, es la voz femenina de dimensión internacional por su poesía de militancia en Línea de fuego (1978), Premio Casa de las Américas, o la temática femenina e intimista en La costilla de Eva (1987) y El ojo de la mujer (1991). Daisy Zamora (1950) ha reunido su obra en La violenta espuma. Poemas: 1968-1978 (1991) y A cada quien la vida (1989-1993) (1994); Rorasio Murillo (1951) es autora de libros cargados de intimismo y comprometidos con la causa social en Gualtayán (1975), Sube a renacer conmigo (1977), En las espléndidas ciudades (1982) y Las esperanzas misteriosas (1990); Yolanda Blanco (1954), también de obra amplia, autora de libros donde está presente el lirismo y lo social en Así cuando la lluvia (1974), Cerámica sol (1977), Penqueo en Nicaragua (1981), Aposentos (1984) y El hilo de la luna (1992). Otras poetas son las citadas Carola Brantome y Blanca Castellón.

 

2. Miseria y fulgor de la novela

Nicaragua tierra de poetas no lo es de grandes novelistas, en comparación con Guatemala, donde se cultiva el género narrativo desde la época colonial. En Nicaragua el primer intento frustrado de novela lo hizo Rubén Darío, primero en Emelina (1886), luego en El hombre de oro (1897) y Oro de Mallorca (1913). Sin embargo, como dice Jorge Eduardo Arellano: “Autores de novelas abundan desde los finales del siglo XIX hasta el presente”.

El primer intento de escribir una novela se produce en Amor y constancia (1878) de José Dolores Gámez (1851-1918), pero hay que esperar la entrada del siglo para que se den los primeros frutos aceptables. Los viejos temas históricos o sentimentales son desplazados por un realismo más próximo a la veracidad, como ocurre en Sangre en el trópico (1930) de Hernán Robleto (1892- 1968), donde se describe la intervención norteamericana, con la cual Robleto obtuvo una resonancia a nivel continental. El silencio (1935) de Juan Felipe Toruño (1898-1980) tuvo el reconocimiento internacional por su calidad literaria todavía costumbrista. En Sangre santa (1940) de Adolfo Calero Orozco (1899-1980) el tema es la guerra civil nicaragüense, y puede decirse que esta novela supera en calidad literaria a la anterior. En 1944 aparece Cosmapa de José Román (1906-1993), basada en el tema de la explotación bananera de los años cuarenta, que produjo novelas similares como el caso de Mamita Yunai (1941) del costarricense Carlos Luis Fiallos. Es una novela ambiciosa, pero su esquema es tradicional. Un nuevo intento lo realiza José Román en Los conquistadores (1967), novela más ambiciosa que la anterior, sobre un acontecimiento histórico que se excedía en páginas para convertirse en novelón.

El comandante (1969) de Fernando Silva (1927) reconstruye un mundo selvático todavía costumbrista. Con la novela Trágame tierra (1969) de Lizandro Chávez Alfaro (1923), finalista en el Premio Biblioteca Breve de Barcelona, en 1963, Nicaragua se incorpora a la nueva narrativa hispanoamericana. El argumento plantea el antagonismo generacional, dando una imagen de la realidad nicaragüense. Un año después, en 1970, Sergio Ramírez (1942) publica Tiempo de fulgor, basada en la vida del siglo XIX, ofrecido de modo fragmentado, logrando un excelente aporte a la nueva narrativa. También es importante la contribución de Rosario Aguilar (1938) con Aquel mar sin fondo ni playa (1970) que crea juegos de desdoblamiento narrativo. El periodista y político Pedro Joaquín Chamorro (1924-1978), asesinado por la dictadura somocista, publicó las novelas Juan Marchena (1975) y Ritcher 7 (1976), donde relata la vida de antes y después de los terremotos que han destruido Managua. El poeta Jorge Eduardo Arellano es autor de la novela historica Timbucos y calandracas (1982).

Chávez ha publicado luego Balsa de serpietes (1976), y Ramírez, más prolífico en sus novelas urbanas, ¿Te dio miedo la sangre? (1977) de tema histórico, y Castigo divino (1988) donde asume una visión menos solemne de la realidad. La aparición de la destacada poeta Gioconda Belli con dos novelas que pronto obtuvieron el reconocimiento internacional: La mujer habitada (1988) y Sofía de presagios (1990). Otro novelista, Carlos Alemán Ocampo (1941) es autor de Vida y amores de Alonso Palomino (1994), que sigue el proceso de renovación de la novela, manejando un lenguaje digno y un buen tono narrativo. Finalmente, El candidato (1996) segunda novela de Roger Mendieta Alfaro (1930) incorpora el humor y la ironía a tanta tragedia novelística.

 

3. Logros del cuento

Más que la novela el cuento ha sido, después de la poesía, el género preferido por los escritores, hasta el punto de que la mayoría de los poetas han incursionado en él. El primer caso es el de Rubén Darío. Sus magníficos cuentos de Azul… (1888) revolucionaron y renovaron la prosa en lengua castellana. Después de él cayó en el reducto del costumbrismo, y había que esperar, como en el caso de la novela, para que surgieran los narradores que dieran al cuento dimensión internacional.

Uno de los primeros es el novelista Hernán Robleto con Cuentos de perros (1943); otro novelista, Adolfo Calero Orozco, con Cuentos pinoleros (1944) y Cuentos nicaragüenses (1957) de carácter popular; De dos tierras (1947) de Juan Felipe Toruño (1896-1980), y El hombre feliz y otros cuentos, de la poeta María Teresa Sánchez. Son dignos de mención los libros Horizonte quebrado (1959) de Mariano Fiallos Gil (1907-1964); La tierra no tiene dueño (1960) y La cerca y otros cuentos (1962) de Fernando Centeno Zapata (1921).

Pero, el cuento moderno nace nuevamente de la mano de Lizandro Chávez Alfaro con Los monos de san Telmo (1963), autor también de Trece veces nunca (1977), por su técnica y temática; de tema nacional y lenguaje popular es De tierra y agua (1965), de Fernando Silva; son importantes las Narraciones (1969) de barrios marginales de Managua, la ficción en El convivio (1972) y la marginalidad de Se alquilan cuartos (1975) de Juan Aburto (1918-1988); Mario Cajina-Vega, poeta, trascendió con Familia de cuentos (1969), relatos provincianos, donde el lenguaje es fundamental, publicado en Buenos Aires; las estampas urbanas de Jorge Eduardo Arellano en Historias nicaragüenses (1974); Sergio Ramírez, uno de los más cualificados y reconocido internacionalmente, se inició con Cuentos (1963), le siguieron Nuevos cuentos (1969), De tropeles y tropelías (1972), donde ya alcanza la brillantez y novedad, y Charles Atlas también muere (1976); Mario Santos (1948) es autor de Los madrugadores (1975); Alejandro Bravo (1953) creador de ironías en El mambo es universal (1982) y Reina de corazones (1983); Mercedes Gordillo (1940) brillante en El cometa del fin del mundo y otros cuentos (1993), que le valió el Premio Nacional Rubén Darío, y Luna que se quiebra… (1995), su último libro. Estos son sólo algunos, sin contar muchos poetas y escritores que no han publicado libro. Lo que demuestra la vigencia y el cultivo del cuento en Nicaragua.

 

4. Triunfo del prosema

El prosema es un género híbrido entre la poesía y el relato, diferente a la técnica del poema en prosa, con características propias, como el ritmo del lenguaje, la capacidad descriptiva, que atenta contra la sensibilidad de los sentidos, dispuesto a introducir alteraciones semánticas, sintácticas o lingüísticas, donde la palabra “que admite neologismos, barbarismos y regionalismos” es la gran protagonista que construye el tejido del discurso, desde la oscuridad o desde la transparencia, con el fin de provocar en el lector una sorpresa o sensación insospechada.

Su origen está en las descripciones francesas de finales del siglo XIX. En la descripción de los hermanos Goncourt, pero sobre todo en La maison d’un artiste (1881) de Edmond, que marca el inicio. Se trata de descripciones detalladas de objetos de arte. Muy pronto este modelo pasó a la literatura, pero omite la trama y los personajes, a fin de revelar únicamente la atmósfera. A esta nueva manera de contar escuetamente se le llamó “cuadro”, y cuando Rubén Darío publica Azul… (1888) aparece su cuento “En Chile” dividido en doce “cuadros”, como él le llama.

Con el paso del tiempo este discurso breve fue ganando sitio a la frialdad del relato, y surgen los primeros prosemas de Ernesto Mejía Sánchez (1923-1985) —tal como los definió acertadamente el poeta Pablo Antonio Cuadra—. Este proceso de transformación lo inicia Mejía Sánchez en Poemas familiares (1955-73), Disposición de Viaje (1956-72), Poemas temporales (1952-73), Historia natural (1968-75), Estelas/Homenajes (1947-79) y Poemas dialectales (1977-80), con que concluye su obra. En todos estos libros el prosema predomina, a veces, sobre la poesía. Su influencia en Nicaragua se deja sentir, a pesar de vivir exiliado en México, y sus prosemas se publican en La Prensa Literaria, que dirigió el poeta Cuadra.

En medio de esta proliferación prosemática surge la figura del poeta Francisco Valle (1942), que es quien con más rigor y constancia ha elaborado toda una obra en torno a este género, que en él tiene la característica de fragmentar el discurso, producir giros que alteran el valor semántico, y describir con exactitud sinestesias o juegos de contrarios. Sus libros, como los de Mejía Sánchez, se han enriquecido desde la publicación de Laberinto de espadas (1974), seguido de La puerta secreta (1979), Luna entre ramas (1980), Sonata para la soledad, Estrofas de cortesía al marfil —Ocho textos eróticos—, Las aventuras de la verdad y Lluvias para cubrir el sueño, reunidos recientemente en un solo volumen, titulado Laberinto de espadas. Prosemas 1962-1992 (1996).

    Otro nombre a tener en cuenta es Jorge Eliecer Rothschuh (1950), poeta, autor de Otras después de Eva (1991) y Hospedaje de la pirámide (1992).

 

5. Pobreza del teatro

Entre los géneros literarios el teatro ha sido el gran marginado, porque el escritor y los editores se arriesgan a publicar un libro que no encuentra lectores ni teatros dispuestos a poner las obras en escenas. A pesar de que Nicaragua fue el último país centroamericano en construir, en la década del 70, el grandioso Teatro Rubén Darío de Managua.

Durante la colonia surgió una obra teatral, con música y danza, El Güegüense, que satirizaba al español, poniéndolo en ridículo ese personaje popular que encarnaba al pueblo, de nombre Güegüense.

La primera obra de autor nicaragüense es El sitio de la Rochela, basada en un episodio de la Revolución Francesa, del ya citado Francisco Quiñonez Sunsín hacia mediados del siglo XIX. Décadas después Rubén Darío intentó el teatro con el sainete Cada oveja (1886), antes de salir a Chile. Pero, no es sino hasta entrado el siglo veinte cuando tendrá mejores cultivadores. El poeta Anselmo Fletes Bolaños escribe la comedia política La rifa (1909). El novelista y escritor Hernán Robleto es fundador del teatro costumbrista con la obra El vendaval (1918) y La rosa del paraíso (1920). El cuentista Adolfo Calero Orozco es autor de la obra feminista La falda pantalón (1922)

Los poetas vanguardistas fueron los primeros en mirar el teatro como un intento de cambio dentro de la sociedad. Los poetas Joaquín Pasos y José Coronel Urtecho escriben juntos Chinfonía burguesa, en 1931, una sátira social, con humor, que hace uso de expresiones coloquiales. Luego Coronel Urtecho escribe la obra cómica en un acto La petenera (1938); Alberto Ordóñez (1914- 1991) la mejor comedia nacional en La novia de Tola (1939), y Pablo Antonio Cuadra el drama de mayor importancia, Por los caminos van los campesinos (1942), considerada una de las obras más significativas del teatro hispanoamericano. Luego Cuadra escribirá una obra menor, Bailete del oso burgués (1942). Enrique Fernández Morales es autor de tres obras de caracter local: El milagro de Granada (1956), La niña del río (1960) y El vengador de la Concha (1962), y un magnífico monólogo, Judas (1970), el primero que se escribe en Nicaragua.

La personalidad dedicada en exclusiva al teatro fue Rolando Steiner (1915-1985), quien por primera vez viajó con sus obras a los escenarios internacionales. Es autor del drama Judit (1957), y las tragedias Antígona en el infierno (1958) y Pasión de Helena (1963). Pero, sus obras fundamentales, por las que fue reconocido en el extranjero son,  Un drama corriente (1963) y La puerta (1966), junto con Judit. Otro dramaturgo importante es Alberto Icaza (1945-2000), autor de Ancestral 66 (1967), Escaleras para embrujar siglos (1970) y Aquí siempre hace calor (1975), entre otras. El poeta Horacio Peña es autor de El sepulturero (1969), El hombre (1970) y El cazador (1974). Octavio Robleto publica Por aquí pasó un soldado (1975) y Doña Ana no está aquí (1977). Y para concluir, hay que citar a Alfredo Valessi (1925), hombre de prestigio dedicado al teatro, autor de El cepillo y la pelota (1992), La casa blanqueada (1993) y Teatro de la ira (1996), que se presenta en la década del noventa como una alternativa de esperanza, porque la década del 80 en que gobernó el sandinismo fue empobrecedora para el teatro de creación.

 

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El acervo general de la Banda Hispánica fue creado en enero de 2001 para atender a una necesidad de concentrar en un mismo sitio informaciones acerca de la poesía de lengua española. El acervo contiene ensayos, reseñas, declaraciones, entrevistas, datos bibliográficos y poemas, reuniendo autores de distintas generaciones y tendencias, inclusive inéditos en términos de mercado editorial impreso. Aquellos poetas que deseen participar deben remitir a la coordinación general del Proyecto Editorial Banda Hispánica sus datos biobibliográficos, selección de 10 poemas y respuesta al cuestionario abajo:

1. ¿Cuáles son tus afinidades estéticas con otros poetas hispanoamericanos?

2. ¿Cuáles son las contribuciones esenciales que existen en la poesía que se hace en tu país que deberían tener repercusión o reconocimiento internacional?

3. ¿Qué impide una existencia de relaciones más estrechas entre los diversos países que conforman Hispanoamérica?

Todo este material debe ser encaminado en un único archivo en formato word, para el siguiente email: bandahispanica@gmail.com. Agradecemos también el envío de textos críticos y libros de poesía, así como material periodístico sobre el mismo tema. El acervo general de la Banda Hispánica es una fuente de informaciones que refleja, sobre todo, la generosidad amplia de todos aquellos que de ella participan.

Acompañamiento general de traducción y revisión a cargo de Gladys Mendía y Floriano Martins.

Abraxas

Jornal de Poesia (Brasil) La Otra (México) Matérika (Costa Rica) Blanco Móvil (México) Revista TriploV de Artes, Religiões e Ciências (Portugal, Brasil)

 

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Ficha Técnica

Projeto Editorial Banda Hispânica
Janeiro de 2010 | Fortaleza, Ceará - Brasil
Coordenação geral & concepção gráfica: Floriano Martins.
Direção geral do Jornal de Poesia: Soares Feitosa.
Projetos associados: La Cabra Ediciones (México) | Ediciones Andrómeda (Costa Rica) | Revista Blanco Móvil (México) | Triplov (Portugal).
Cumplicidade expressa: Alfonso Peña, Eduardo Mosches, Gladys Mendía, José Ángel Leyva, Maria Estela Guedes, Maria Luisa Passarge, Soares Feitosa e Socorro Nunes.
Projeto original criado em janeiro de 2001.
Contato: Floriano Martins bandahispanica@gmail.com | floriano.agulha@gmail.com.
As quatro sessões que integram este Projeto Editorial - Banda Hispânica, Coleção de Areia, Agulha Hispânica e Memória Radiante - possuem regras próprias de conformidade com o que está expresso no portal de cada uma delas.
Agradecemos a todos pela presença diversa e ampla difusão.