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Literatura nicaragüense – Siglo XX
Ricardo Llopesa
1. Esplendor y
grandeza de la poesía
Nicaragua, con algo más de tres millones de habitantes, es
tierra de volcanes y poetas. A la llegada de los primeros
españoles existía una poesía indígena, que más tarde cultivaron
criollos y mestizos. El primer libro de autor criollo,
Relación verdadera de la reducción de los indios infieles de la
provincia de la Taguzgalpa…, del franciscano Fernando
Espino, apareció en 1674, y el primero de literatura de autor
nicaragüense, Poesías, en 1828, de Francisco Quiñones Sunsín
(1782-1860). En 1876 se formó el primer grupo literario, La
montaña, en Granada. Dos años después se publicó la primera
antología, Lira nicaragüense. Por esos años nacía Rubén Darío,
en 1867, y los eclipsaría a todos porque él solo hizo temblar
los cimientos de la lengua al renovar los ritmos de la poesía,
que es algo así como revolucionar el sistema musical del
lenguaje poético.
Desde entonces, la poesía es el género literario por excelencia,
y ha opacado el interés por los demás. Se puede, por tanto,
decir que con Darío nace la poesía nicaragüense. Un origen que
no puede ser mejor, porque quien lo representa terminó por
convertirse en uno de los pocos genios innovadores de la lengua,
y su poesía alcanza una importancia de significación universal.
A la muerte de Darío, guiados los poetas por la audacia de su
antecesor, en lugar de continuar la tradición modernista optaron
por la ruptura. Una ruptura que no se dio plenamente en Azarías
H. Pallais (1884-1954) ni en Alfonso Cortés (1893-1969), a pesar
de su valor indiscutible. El primero, sacerdote, defensor de los
pobres, es muy conocido por su libro Caminos (1921),
entre otros. En cambio, Cortés, que se volvió loco en su
juventud en la misma casa donde vivió Darío, en León, alcanzó
popularidad por un poema metafísico, “Ventana”, y su producción
fue reunida en Poesías (1931), Tardes de oro
(1934) y Poemas eleusianos (1935).
La voz nueva de Salomón de la Selva
Sin embargo, la figura de Salomón de la Selva (1893-1959) surge
con ímpetu reformista, a raíz de vivir en Nueva York, y luego en
Inglaterra, donde participó en la primera guerra mundial al
servicio británico. Fruto de esa experiencia son sus libros en
inglés Tropical town and other poems (1918) y Soldiers
sings (1919). Una vez traducido este último, El soldado
desconocido (1922), resultó una novedad el coloquialismo, propia
del realismo británico.
La Vanguardia:
José Coronel Urtecho y Pablo Antonio Cuadra
La influencia renovadora más importante —como es el caso de
Salomón de la Selva— llegaría a través de la estética
extranjera. Primero, regresa de Francia Luis Alberto Cabrales
(1901-1974) y publica el poema vanguardista “El sueño de la
locomotora” (1926); después lo hace José Coronel Urtecho
(1906-1994) de los Estados Unidos, y publica la “Oda a Rubén
Darío” (1927) que trae la esencia de la modernidad. Más tarde,
este poema queda como punto de partida del cambio que ha de
producirse. El cambio llega de la mano de Pablo Antonio Cuadra
(1912-2002), la figura indiscutible que elabora el nuevo
lenguaje que marca la línea a seguir, porque toma lo esencial en
su encuentro hacia la identidad de lo nacional, donde participa
el léxico y la temática. Su primer libro Poemas nicaragüenses
(1934) resume el programa de la Vanguardia, que años antes, en
1931, habían fundado un grupo de amigos al lanzar el manifiesto
la Anti-Academia de la Lengua, entre los que estaban Coronel
Urtecho como principal cabecilla, autor de un único libro,
Pol-la D’Ananta Katanta Paranta (1970); Cabrales; Joaquín
Pasos (1914-1947), “poeta y escolar”, sorprendente en su
dramático poema “Canto de guerra de las cosas” que figura en su
obra póstuma Poemas de un joven (1962) que le aseguró una
admiración internacional; Pablo Antonio Cuadra, “poeta y
estudiante”, y Manolo Cuadra (1907-1957), “poeta y agricultor”,
que alcanzó popularidad con los poemas “Perfil” y “La palabra
que no te dije”, reunidos en Tres amores (1955).
Pablo Antonio Cuadra ha desarrollado una actividad intensa como
poeta y narrador, ensayista y dramaturgo, director de
publicaciones, director de la Academia Nicaragüense de la Lengua
y Rector de la Universidad Católica de Centroamérica. Su poesía
nos introduce en el lenguaje moderno del siglo XX, y todo él en
poesía es el siglo. Su gran logro, que era el deseo de los
vanguardistas, lo cuenta él mismo: “Nosotros no queríamos, ni
“regionalismo”, ni “dialectismo”… ya Rubén, sobre todo Lugones,
habían abierto en castellano la puerta de la poesía al lenguaje
coloquial. Nosotros iniciamos algo más: la “oralización” de la
poesía: devolverle “el habla”, desatar la invención de
palabras”. Sus libros de poemas tocan una temática concreta: el
conflicto interior en Canto temporal (1943), la
religiosidad en Libro de Horas (1964), la miseria humana en
Poemas con un crepúculo a cuestas (1949), la mitología
nahuatl prehispana en El jaguar y la luna (1959), la vida del
marinero en Cantos de Cifar y del Mar Dulce (1969), el
espejo del rostro humano en Esos rostros que asoman en la
multitud (1976), la cólera contra las dictaduras en
Siete árboles contra el atardecer (1982), y la
interpretación de los meses del año en La ronda del año.
Poemas para un calendario (1988). Pero en todos ellos está
vivo el amor a su pueblo “por encima de cualquier ideología”, lo
que ha venido configurando su extraordinaria personalidad humana
y solidaria con los más sufridos. Cuadra es el poeta que resume
en versos el espíritu de angustia y esperanza que late en su
pueblo.
Pasado este momento sorprendente aparecen otros poetas como
Francisco Pérez Estrada (1917-1982), poeta de temas indígenas en
Chiznate (1960); Enrique Fernández Morales (1918-1992),
religioso en Canto al corazón de cristo (1948) y pagano
en La música extremada (1955), y Julio Ycaza
Tijerino (1919), terrestre y espacial en Poemas del campo y
de la muerte (1959) y esencial en La libertad y el amor
(1963).
Mejía Sánchez, Martínez Rivas y Cardenal.
Tres grandes poetas, pertenecientes a una misma generación,
surgen en la década del cuarenta, por esa razón se denomina
“Generación del 40”, pero bien podría llamarse generación del
lenguaje, porque con ellos la poesía alcanza un alto grado de
experimentación, partiendo de la poesía de Cuadra, para llegar a
la individualidad.
Ernesto Mejía Sánchez (1923-1985) es el poeta de la palabra
precisa. Se inició con Ensalmos y conjuros (1947), pero poco
después empezó a cultivar una especie de poema en prosa, entre
la poesía y el relato, que Pablo Antonio Cuadra definió como
“prosema”. Fue iniciador de este género nuevo que luego tendría
muchos seguidores. Merecen citarse La carne contigua
(1948) que cuenta el incesto de Thamar y Amnón; la limpia
perfección de los versos de La impureza (1950), y sus
Contemplaciones europeas (1957), que para Rafael Gutiérrez
Girardot compendian su erudición y la visión de su poesía. Su
último libro, Poemas dialectales (1980) es una magnífica
incursión en el lenguaje.
Carlos Martínez Rivas (1924-1998) es el poeta del ritmo moderno
que hace danzar las ideas, mediante giros y rupturas. Su primer
libro El paraíso recobrado (1948) fue una revelación,
pero la publicación de La insurrección solitaria (1953)
le situó en una primerísima línea de la literatura
contemporánea, que le valió el reconocimiento internacional.
Desde entonces no ha dado a la luz ningún libro completo, a
excepción de unos poemas publicados en 1989, que siguen la misma
línea experimental, titulado Allegro irato.
Ernesto Cardenal (1923) es el poeta del versículo y la oralidad,
es quien lleva la poesía a la expresión más sencilla,
incorporando la mirada objetiva, que es lo que él llama
“exteriorismo”, contra el sujetivismo de la poesía lírica. Esta
manera de ver la poesía ha tenido muchos seguidores, y le ha
valido el reconocimiento internacional, sobre todo por la
temática de su poesía en lucha contra la dictadura de su país
que duró cuatro décadas. Llamó también la atención su postura de
sacerdote comunista, que llevó a la práctica fundando la
Comunidad de Solentiname, en un archipiélago del Gran Lago.
Su obra es extensa. Se inició con La ciudad deshabitada
(1946), son conocidos sus poemas políticos de Hora 0
(1960), los religiosos que evocan a Dios en Los salmos (1964),
la protesta contra el consumismo norteamericano en Oración por
Marylin Monroe y otros poemas (1965), la
recreación de la historia en El estrecho dudoso (1966), la
reflexión cristiana ante la tragedia en Coplas a la muerte de
Merton (1970), el conflicto social en el Canto nacional
(1972) que inicia una poesía de dispersión, al introducir
elementos extrapoéticos, que continúa en el tema del terremoto
de 1972, en Oráculo sobre Managua (1973), y avanza en su
apocalíptico y disperso Canto cósmico (1989).
Generación del 50.
Esta mal llamada generación del 50 supone el último aliento de
esperanza y el descenso de la calidad poética, quizás porque no
existió relación entre ellos como grupo. Guillermo Rothschuh
Tablada (1926) es el poeta de la tierra y la naturaleza en
Poemas chontaleños (1960), Cita con un árbol (1965) y
Veinte elegías al cedro (1973), entre otros. Fernando
Silva (1927) sigue la línea de lo popular y nacional, con
lenguaje oral, en Barro en la sangre (1952), Agua
arriba (1968). Ernesto Gutiérrez (1929-1988) es el poeta
frío, de lenguaje sobrio en Yo conocía algo hace tiempo
(1953), Años bajo el sol (1963) y Terrestre y
celeste (1971), más tarde escribió Poemas políticos
(1971) y asuntos griegos en Temas de la Hélade (1973). Mario
Cajina-Vega (1929-1993) es el poeta iluminado por lo nacional
bajo la mirada objetiva en Tribu (1962), su único libro.
Finalmente, Eduardo Zepeda- Henríquez (1930) publicó El
principio del canto (1951), Mástiles (1952), Poema
campal del prójimo (1956), Como llanuras (1958), A
mano alzada (1964), En el nombre del mundo
(1980), Horizonte que nunca cicatriza (1988) y Al aire
de la vida y otras señales de tránsito (1992).
Generación del 60.
Esta década está marcada por el triunfo de la Revolución cubana
(1960), y los grupos nicaragüenses unos toman partido por la vía
política, otros no. Son años convulsivos de reajuste ideológico
y estético.
El grupo Ventana, de tendencia marxista, surge en el seno
mismo de la Universidad Nacional de León, en 1960, y lo
encabezan Fernando Gordillo (1940-1967), que no publicó libro
por dedicarse al movimiento estudiantil, y Sergio Ramírez
(1942), que destacó en la narrativa y la política. Sin alinearse
surge un grupo de poetas independientes en la misma Universidad,
entre los que están Octavio Robleto (1935) con una poesía aguda
y personal a través de varios libros, donde destaca Noches de
Oluma (1972). Horacio Peña (1936), sorprendió con su
libro Ars moriendi y otros poemas (1967),
donde late la filosofía de la vida, como en La soledad y el
desierto (1970). Francisco Valle (1942), autor de libros que
inician la experimentación surrealista en Casi al amanecer
(1964) y Mañana sin paraíso (1996), aunque prefiere el
prosema, género nuevo del que es su mejor representante. Luis
Rocha (1942) publicó un libro de compromiso social en Treinta
veces treinta (1963), hasta llegar a la pureza de Domus
áurea (1968). Julio Cabrales (1944) autor de Omnibus
(1975). Beltrán Morales (1945-1986), el más brillante de todos
por su capacidad de síntesis e ironía, que se refleja en
Algún sol (1969), Agua regia (1972) y Juicio final
/ andante (1976), y finalmente, Fanor Téllez (1945), autor
de La vida hurtada (1974), Los bienes del peregrino
(1975) y El sitial de la vigilia (1976).
Otros brotes literarios surgen por todo el país, como La
Generación traicionada de Managua, el grupo más importante, se
rebeló contra la mala poesía, encabezado por Roberto Cuadra
(1940) y Edwin Yllescas (1941), autor de Lecturas y otros
poemas (1968); Iván Uriarte (1942) claro exponente de la
poesía visual en sus dos únicos libros: 7 poemas atlánticos
(1968) y Este que habla (1969). El grupo U de Boaco, con
preocupaciones sociales, encabezado por Flavio Tijerino y
Armando Incer (1930), se postula contra la mala poesía. Los
Bandoleros de Granada, más tradicionalistas, lo integran
Francisco de Asís Fernández (1945), autor de A principio de
cuentas (1968), La sangre constante (1974), En el
cambio de estaciones (1978) y Pasión de la memoria
(1986); Jorge Eduardo Arellano (1946), reconocido investigador
de alcance internacional es el más prolífico de todos por haber
incursionado con igual éxito en varios géneros, como poeta es
autor de La estrella perdida (1969), Patria y
liberación (1977), De la dispersión y el olvido
(1978), La entrega de los dones (1978), Canto a
Nicaragua libre (1981), Visiones y devociones (1986),
Darío en la gran cosmópolis, La pluma del águila y Retornos
(1987) e Inventario contra la muerte (1996), y Raúl
Xavier García (1931), autor de Poemas (1977) y No
podemos detenernos (1987). En la costa Atlántica surge el
poeta Alí Alah (1953-1979), exponente de la poesía negra en 5
poemas costeños (1977). Otros movimientos menores que surgen
arrastrados por esta ola de cambios culturales son: Grupo M de
Managua, integrado por Félix Navarrete, Luis Vega, Ciro Molina y
Jacobo Marcos; Presencia de Diriamba, en torno a José Esteban
González, Álvaro Gutiérrez y Leonel Calderón, y la Academia
Manolo Cuadra de Masaya, en 1965, promovida por Rommel Martínez,
Ramón Aguilera y Ricardo Llopesa.
Década del 70.
Se confirman voces nuevas como la de Jorge Eliecer Rothschuh
(1950), autor de Influencias y confluencias (1970) y
Aproximaciones a Guillermo Cenicero (1993), también ha
conseguido afirmar su escritura del prosema en dos libros; Erick
Blandón (1951) con su poesía íntima de Aladrarivo (1975),
Juegos prohibidos (1982) y Misterios gozosos
(1994); Julio Valle-Castillo (1953), que estudió en México,
autor de Las primeras notas del laúd (1977), Formas
migratorias (1979), Materia jubilosa (1986), Ronda
tribal para el nacimiento de Sandino (1981); Jorge Eduardo
Arguello (1940), autor de Marbeck (1977), el único libro
de poesía fantacientífica de la literatura nicaragüense”, según
Jorge Eduardo Arellano, y Poemas de 1983-1985 (1986).
Década del 80.
Durante la década del sandinismo surgen los Talleres de Poesía
que pretenden establecer un modelo de poesía uniforme,
caracterizada por el exteriorismo que propugnaba Cardenal, que
terminó por frenar el impulso creador. El mejor poeta de esta
experiencia es Carlos Calero, que no ha publicado libro. Los
poetas que publican sus primeros libros en esta década son: Juan
Chow (1956), Los falsos (1981) y Oficio del
caos (1986); Pablo Centeno-Gómez (1945), autor de un solo
libro Trascender los límites (1983); Álvaro Urtecho
(1951), uno de los más prometedores por la continuidad de sus
libros y la fuerza expresiva, publica Cantata estupefacta
(1986), Esplendor de Caín (1994) y Cuaderno de
provincia (1995); Pedro Xavier Solís (1963), director de
La Prensa Literaria, posee una extraordinaria
capacidad creadora, ha sido traducido a otras lenguas, y
confirmó su talento con Oyanca el nuevo camino (1986) y
Poemas del éxodo (1992); Manuel Martínez (1956), también
narrador, es autor de Tiempos, lugares y sueños
(1987) y Engranajes del tiempo (1996); Ariel Montoya
(1964), también editor, se inició con Silueta en fuga
(1989). Algunos no han publicado libro, como Álvaro Rivas
(1952), autor de Guardando la palabra; Ninfa Farrach
(1958), Silvio Páez (1962) y Carola Brantome (1964), que como
los anteriores se dio a conocer en La Prensa
Literaria, y es autora de Más serio que un semáforo
(1995)
Década del 90.
Poco a poco el lenguaje ha caminado hacia cauces normales de la
expresión y en esta década no se observan grandes sobresaltos.
Algunos poetas que publican sus primeros libros son: Erwin
Silva: Exedra (1990); Juan Carlos Vílchez (1952):
Viaje y círculo (1992); Eric Aguirre: Pasado meridiano
(1995), y Blanca Castellón (1958), una de las poetas más
significativas y coherentes por la unidad de su lenguaje, autora
de Ama del espíritu (1995), Flotaciones (1999) y
Orilla opuesta (2000), libro con el que ganó en España el
I Premio Internacional “Instituto de Estudios Modernistas” de
Poesía.
La poesía femenina
No se trata de poesía feminista sino de poesía escrita por
mujeres, porque su participación es muy reducida y empieza a ser
significativa a partir de la década de los sesenta, cuando
aparecen obras fundamentales para la literatura nicaragüense.
Las primeras en destacar son María Teresa Sánchaz (1918-1994),
editora, ensayista y antóloga, autora de Sombras (1939),
su primer libro, y Poemas agradeciendo a Dios (1964), el
último, y Mariana Sansón (1918-2002), también pintora, se inició
con Poemas (1959) y el último se titula Zoo fantástico
(1994).
La relevancia poética surge con un coro de voces de muy diversas
tendencias y matices, pero cargadas de seductora originalidad.
Empiezan a publicar en la década del 60-70 las más conflictivas
para la política por la insurgencia popular. Destacan Ligia
Guillén (1939) con su primer libro He dado a luz mi muerte
(1975); Michel Najlis (1945), la primera en destacar por su
militancia política y el compromiso de su primer libro El viento
armado (1969), que le dio popularidad; Ana Ilce (1945), autora
de un único libro sobrio y preciso, Las ceremonias del
silencio (1975); Vidaluz Meneses (1945) se dio a conocer con
Llama guardada (1975) y El aire que me llama
(1982); Gioconda Belli (1948), destacada novelista, es la voz
femenina de dimensión internacional por su poesía de militancia
en Línea de fuego (1978), Premio Casa de las Américas, o
la temática femenina e intimista en La costilla de Eva
(1987) y El ojo de la mujer (1991). Daisy Zamora
(1950) ha reunido su obra en La violenta espuma.
Poemas: 1968-1978 (1991) y A cada quien la vida
(1989-1993) (1994); Rorasio Murillo (1951) es autora de libros
cargados de intimismo y comprometidos con la causa social en
Gualtayán (1975), Sube a renacer conmigo (1977),
En las espléndidas ciudades (1982) y Las esperanzas
misteriosas (1990); Yolanda Blanco (1954), también de obra
amplia, autora de libros donde está presente el lirismo y lo
social en Así cuando la lluvia (1974), Cerámica sol
(1977), Penqueo en Nicaragua (1981), Aposentos
(1984) y El hilo de la luna (1992). Otras poetas
son las citadas Carola Brantome y Blanca Castellón.
2. Miseria y fulgor
de la novela
Nicaragua tierra de poetas no lo es de grandes novelistas, en
comparación con Guatemala, donde se cultiva el género narrativo
desde la época colonial. En Nicaragua el primer intento
frustrado de novela lo hizo Rubén Darío, primero en Emelina
(1886), luego en El hombre de oro (1897) y Oro de
Mallorca (1913). Sin embargo, como dice Jorge Eduardo
Arellano: “Autores de novelas abundan desde los finales
del siglo XIX hasta el presente”.
El primer intento de escribir una novela se produce en Amor y
constancia (1878) de José Dolores Gámez (1851-1918), pero
hay que esperar la entrada del siglo para que se den los
primeros frutos aceptables. Los viejos temas históricos o
sentimentales son desplazados por un realismo más próximo a la
veracidad, como ocurre en Sangre en el trópico (1930) de
Hernán Robleto (1892- 1968), donde se describe la intervención
norteamericana, con la cual Robleto obtuvo una resonancia a
nivel continental. El silencio (1935) de Juan
Felipe Toruño (1898-1980) tuvo el reconocimiento internacional
por su calidad literaria todavía costumbrista. En Sangre
santa (1940) de Adolfo Calero Orozco (1899-1980) el tema es
la guerra civil nicaragüense, y puede decirse que esta novela
supera en calidad literaria a la anterior. En 1944 aparece
Cosmapa de José Román (1906-1993), basada en el tema de la
explotación bananera de los años cuarenta, que produjo novelas
similares como el caso de Mamita Yunai (1941) del
costarricense Carlos Luis Fiallos. Es una novela ambiciosa, pero
su esquema es tradicional. Un nuevo intento lo realiza José
Román en Los conquistadores (1967), novela más ambiciosa
que la anterior, sobre un acontecimiento histórico que se
excedía en páginas para convertirse en novelón.
El comandante (1969) de Fernando Silva (1927) reconstruye un
mundo selvático todavía costumbrista. Con la novela Trágame
tierra (1969) de Lizandro Chávez Alfaro (1923), finalista en
el Premio Biblioteca Breve de Barcelona, en 1963, Nicaragua se
incorpora a la nueva narrativa hispanoamericana. El argumento
plantea el antagonismo generacional, dando una imagen de la
realidad nicaragüense. Un año después, en 1970, Sergio Ramírez
(1942) publica Tiempo de fulgor, basada en la vida del
siglo XIX, ofrecido de modo fragmentado, logrando un excelente
aporte a la nueva narrativa. También es importante la
contribución de Rosario Aguilar (1938) con Aquel mar sin
fondo ni playa (1970) que crea juegos de desdoblamiento
narrativo. El periodista y político Pedro Joaquín Chamorro
(1924-1978), asesinado por la dictadura somocista, publicó las
novelas Juan Marchena (1975) y Ritcher 7 (1976),
donde relata la vida de antes y después de los terremotos que
han destruido Managua. El poeta Jorge Eduardo Arellano es autor
de la novela historica Timbucos y calandracas (1982).
Chávez ha publicado luego Balsa de serpietes (1976), y
Ramírez, más prolífico en sus novelas urbanas, ¿Te dio miedo
la sangre? (1977) de tema histórico, y Castigo divino
(1988) donde asume una visión menos solemne de la realidad. La
aparición de la destacada poeta Gioconda Belli con dos novelas
que pronto obtuvieron el reconocimiento internacional: La
mujer habitada (1988) y Sofía de presagios (1990).
Otro novelista, Carlos Alemán Ocampo (1941) es autor de Vida
y amores de Alonso Palomino (1994), que sigue el
proceso de renovación de la novela, manejando un lenguaje digno
y un buen tono narrativo. Finalmente, El candidato (1996)
segunda novela de Roger Mendieta Alfaro (1930) incorpora el
humor y la ironía a tanta tragedia novelística.
3. Logros del
cuento
Más que la novela el cuento ha sido, después de la poesía, el
género preferido por los escritores, hasta el punto de que la
mayoría de los poetas han incursionado en él. El primer caso es
el de Rubén Darío. Sus magníficos cuentos de Azul… (1888)
revolucionaron y renovaron la prosa en lengua castellana.
Después de él cayó en el reducto del costumbrismo, y había que
esperar, como en el caso de la novela, para que surgieran los
narradores que dieran al cuento dimensión internacional.
Uno de los primeros es el novelista Hernán Robleto con
Cuentos de perros (1943); otro novelista, Adolfo Calero
Orozco, con Cuentos pinoleros (1944) y Cuentos
nicaragüenses (1957) de carácter popular; De dos tierras
(1947) de Juan Felipe Toruño (1896-1980), y El hombre feliz y
otros cuentos, de la poeta María Teresa Sánchez. Son dignos
de mención los libros Horizonte quebrado (1959) de
Mariano Fiallos Gil (1907-1964); La tierra no tiene dueño
(1960) y La cerca y otros cuentos (1962) de Fernando
Centeno Zapata (1921).
Pero, el cuento moderno nace nuevamente de la mano de Lizandro
Chávez Alfaro con Los monos de san Telmo (1963), autor
también de Trece veces nunca (1977), por su técnica y
temática; de tema nacional y lenguaje popular es De tierra y
agua (1965), de Fernando Silva; son importantes las
Narraciones (1969) de barrios marginales de Managua, la
ficción en El convivio (1972) y la marginalidad de Se
alquilan cuartos (1975) de Juan Aburto (1918-1988); Mario
Cajina-Vega, poeta, trascendió con Familia de cuentos
(1969), relatos provincianos, donde el lenguaje es fundamental,
publicado en Buenos Aires; las estampas urbanas de Jorge Eduardo
Arellano en Historias nicaragüenses (1974); Sergio
Ramírez, uno de los más cualificados y reconocido
internacionalmente, se inició con Cuentos (1963), le
siguieron Nuevos cuentos (1969), De tropeles y
tropelías (1972), donde ya alcanza la brillantez y novedad,
y Charles Atlas también muere (1976); Mario Santos
(1948) es autor de Los madrugadores (1975); Alejandro
Bravo (1953) creador de ironías en El mambo es universal
(1982) y Reina de corazones (1983); Mercedes Gordillo
(1940) brillante en El cometa del fin del mundo y
otros cuentos (1993), que le valió el Premio Nacional Rubén
Darío, y Luna que se quiebra… (1995), su último libro.
Estos son sólo algunos, sin contar muchos poetas y escritores
que no han publicado libro. Lo que demuestra la vigencia y el
cultivo del cuento en Nicaragua.
4. Triunfo del
prosema
El prosema es un género híbrido entre la poesía y el relato,
diferente a la técnica del poema en prosa, con características
propias, como el ritmo del lenguaje, la capacidad descriptiva,
que atenta contra la sensibilidad de los sentidos, dispuesto a
introducir alteraciones semánticas, sintácticas o lingüísticas,
donde la palabra “que admite neologismos, barbarismos y
regionalismos” es la gran protagonista que construye el tejido
del discurso, desde la oscuridad o desde la transparencia, con
el fin de provocar en el lector una sorpresa o sensación
insospechada.
Su origen está en las descripciones francesas de finales del
siglo XIX. En la descripción de los hermanos Goncourt, pero
sobre todo en La maison d’un artiste (1881) de Edmond,
que marca el inicio. Se trata de descripciones detalladas de
objetos de arte. Muy pronto este modelo pasó a la literatura,
pero omite la trama y los personajes, a fin de revelar
únicamente la atmósfera. A esta nueva manera de contar
escuetamente se le llamó “cuadro”, y cuando Rubén Darío publica
Azul… (1888) aparece su cuento “En Chile” dividido en
doce “cuadros”, como él le llama.
Con el paso del tiempo este discurso breve fue ganando sitio a
la frialdad del relato, y surgen los primeros prosemas de
Ernesto Mejía Sánchez (1923-1985) —tal como los definió
acertadamente el poeta Pablo Antonio Cuadra—. Este proceso de
transformación lo inicia Mejía Sánchez en Poemas familiares
(1955-73), Disposición de Viaje (1956-72), Poemas
temporales (1952-73), Historia natural (1968-75),
Estelas/Homenajes (1947-79) y Poemas dialectales
(1977-80), con que concluye su obra. En todos estos libros el
prosema predomina, a veces, sobre la poesía. Su influencia en
Nicaragua se deja sentir, a pesar de vivir exiliado en México, y
sus prosemas se publican en La Prensa Literaria, que
dirigió el poeta Cuadra.
En medio de esta proliferación prosemática surge la figura del
poeta Francisco Valle (1942), que es quien con más rigor y
constancia ha elaborado toda una obra en torno a este género,
que en él tiene la característica de fragmentar el discurso,
producir giros que alteran el valor semántico, y describir con
exactitud sinestesias o juegos de contrarios. Sus libros, como
los de Mejía Sánchez, se han enriquecido desde la publicación de
Laberinto de espadas (1974), seguido de La puerta
secreta (1979), Luna entre ramas (1980),
Sonata para la soledad, Estrofas de cortesía al marfil —Ocho
textos eróticos—, Las aventuras de la verdad y Lluvias para
cubrir el sueño, reunidos recientemente en un solo volumen,
titulado Laberinto de espadas. Prosemas 1962-1992 (1996).
Otro nombre a tener en cuenta es Jorge Eliecer Rothschuh
(1950), poeta, autor de Otras después de Eva (1991) y
Hospedaje de la pirámide (1992).
5. Pobreza del
teatro
Entre los géneros literarios el teatro ha sido el gran
marginado, porque el escritor y los editores se arriesgan a
publicar un libro que no encuentra lectores ni teatros
dispuestos a poner las obras en escenas. A pesar de que
Nicaragua fue el último país centroamericano en construir, en la
década del 70, el grandioso Teatro Rubén Darío de Managua.
Durante la colonia surgió una obra teatral, con música y danza,
El Güegüense, que satirizaba al español, poniéndolo en
ridículo ese personaje popular que encarnaba al pueblo, de
nombre Güegüense.
La primera obra de autor nicaragüense es El sitio de la
Rochela, basada en un episodio de la Revolución Francesa,
del ya citado Francisco Quiñonez Sunsín hacia mediados del siglo
XIX. Décadas después Rubén Darío intentó el teatro con el
sainete Cada oveja (1886), antes de salir a Chile. Pero,
no es sino hasta entrado el siglo veinte cuando tendrá mejores
cultivadores. El poeta Anselmo Fletes Bolaños escribe la comedia
política La rifa (1909). El novelista y escritor Hernán
Robleto es fundador del teatro costumbrista con la obra El
vendaval (1918) y La rosa del paraíso (1920). El
cuentista Adolfo Calero Orozco es autor de la obra feminista
La falda pantalón (1922)
Los poetas vanguardistas fueron los primeros en mirar el teatro
como un intento de cambio dentro de la sociedad. Los poetas
Joaquín Pasos y José Coronel Urtecho escriben juntos
Chinfonía burguesa, en 1931, una sátira social, con humor,
que hace uso de expresiones coloquiales. Luego Coronel Urtecho
escribe la obra cómica en un acto La petenera (1938);
Alberto Ordóñez (1914- 1991) la mejor comedia nacional en La
novia de Tola (1939), y Pablo Antonio Cuadra el drama de
mayor importancia, Por los caminos van los campesinos
(1942), considerada una de las obras más significativas del
teatro hispanoamericano. Luego Cuadra escribirá una obra menor,
Bailete del oso burgués (1942). Enrique Fernández Morales
es autor de tres obras de caracter local: El milagro
de Granada (1956), La niña del río (1960) y El
vengador de la Concha (1962), y un magnífico monólogo,
Judas (1970), el primero que se escribe en Nicaragua.
La personalidad dedicada en exclusiva al teatro fue Rolando
Steiner (1915-1985), quien por primera vez viajó con sus obras a
los escenarios internacionales. Es autor del drama Judit
(1957), y las tragedias Antígona en el infierno (1958) y
Pasión de Helena (1963). Pero, sus obras fundamentales,
por las que fue reconocido en el extranjero son, Un drama
corriente (1963) y La puerta (1966), junto con
Judit. Otro dramaturgo importante es Alberto Icaza
(1945-2000), autor de Ancestral 66 (1967), Escaleras
para embrujar siglos (1970) y Aquí siempre hace
calor (1975), entre otras. El poeta Horacio Peña es autor de
El sepulturero (1969), El hombre (1970) y El
cazador (1974). Octavio Robleto publica Por aquí pasó un
soldado (1975) y Doña Ana no está aquí (1977). Y para
concluir, hay que citar a Alfredo Valessi (1925), hombre de
prestigio dedicado al teatro, autor de El cepillo y la pelota
(1992), La casa blanqueada (1993) y Teatro de la ira
(1996), que se presenta en la década del noventa como una
alternativa de esperanza, porque la década del 80 en que gobernó
el sandinismo fue empobrecedora para el teatro de creación. |