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“Si yo lo escribí”, la poesía de Raúl Gómez Jattin
Pedro Granados
Durante
el III Festival de Poesía en Medellín (Junio de 1993),
escuchamos por primera vez a Raúl Gómez Jattin. Este fue de
chanclas coloradas y sin libro alguno a su propio recital, lo
acompañaban Javier Sologuren, Juan Manuel Roca, y otro poeta del
que ahora no nos acordamos. El público -que adoraba a Raúl-
abarrotaba el céntrico auditorio. Llegado su turno, y después de
dar muchas puyas a Roca, advirtió que no podía leer sin
espejuelos; de aquella sala tipo anfiteatro fueron descendiendo,
entonces, anteojos de diferentes formas y colores. Con el
abracadabra de sus pesadas manos Raúl fue probándose cada uno;
desdeñó inmediatamente el primero, unos cristales de marco
grueso y de aspecto muy intelectual; lo mismo hizo con el
segundo y con el tercero, discretos lentes de empleado, de
disciplinado y tímido ganapán; finalmente, eligió unos de
formato más bien estrecho, pero que quedaban flameándole de modo
muy vivo en cada cien. Con estos leyó, mejor dicho, este poeta
de casi dos metros de alto y de supersticiosos lentes de
gatúbela, quizo empezar a cantar, preguntó sobre las
preferencias del público que en ese preciso momento ya lo
observaba atónito. -”¿Qué canción de Joan Manuel Serrat querrían
escuchar primero?”, y ahí mismo empezó a tararear la primera
cuando poco a poco todo el mundo advirtió -antes nosotros- que
no tenía entre sus manos texto alguno para leer. Seguidamente
preguntó, ya habían pasado algunos desconcertantes minutos, si
había alguien entre la concurrencia que tuviera un libro suyo.
Silencio, risas, mayor perplejidad todavía. Por último, desde el
fondo del auditorio, fue descendiendo a tumbos un único ejemplar
que llegó con éxito hasta su mesa.
“Me dejaste en el momento en que más te necesitaba”, leyo, o
creemos que leyó, y con esto se instaló en la sala una
incontenible gravitación que lo tenía a él como eje,
exclusivamente a él.. “Despreciable y peligroso/ Eso han hecho
de mí la poesía y el amor”, fueron otros versos ahora
inolvidables. Sin embargo, todavía muy poco se conoce la poesía
de Raúl Gómez Jattin (desaparecido trágicamente en 1997), apenas
se ha difundido fuera de Colombia, y mucho menos se la ha
estudiado. Extraordinario poeta celebrativo, con su Machado,
Vallejo, Borges, Whitman, Paz y Lorca bajo el brazo, pero de
catadura muy propia, su obra posee la frescura y vitalidad sólo
comparable a la de otro de sus contemporáneos, el peruano Luis
Hernández Camarero (Lima, 1941-1977). En ambos poetas, tan
inteligentes y no menos cultivados, lo primero de lo primero es
el gozo, esa ave rara hoy en día y a la que supo convocar
siempre, por ejemplo, nuestro maestro Rubén Darío. Marginales y
centrales a su modo -y tan latinoamericanos- a sus obras no las
coactó la racionalidad política, ni tampoco la cobijaron bajo
oportunista teoría literaria alguna; fieles siempre a su
corazón, entendieron la poesía ante todo como dignidad -propia y
ajena- que es, a la larga, la que nos pone a la altura de aquel
chimpancé que aspira arrobado una pequeña flor del iluminado
jardín (foto en la National Geographic en Washington).
“El putas”, algunos en Colombia denominan así a nuestro poeta;
nombre cariñoso que no lo define por entero, pero que quizá
ayuda a entendernos, sobre todo si nos circunscribimos a
aquellos poemas que más fácilmente (de facilismo, de comodidad)
lo identifican; por ejemplo, el famosísimo: “Te quiero burrita/
Porque no hablas/ ni te quejas/ ni pides plata/ ni lloras/ ni me
quitas un lugar en la hamaca/ ni te enterneces/ ni suspiras
cuando me vengo/ ni te frunces/ ni me agarras/ Te quiero/ ahí
sola/ como yo/ sin pretender estar conmigo/ compartiendo tu
crica/ con mis amigos/ sin hacerme quedar mal con ellos/ y sin
pedirme un beso”. Sin embargo, Raúl Gómez Jattin, cuenta con un
repertorio más vasto que el aludido, aunque igualmente
concentrado (los suyos no son más de un centenar de poemas). A
la vertiente, digamos, narcisista -al antes y después de la
juventud y la belleza- que ilustran también otros textos
admirables: “En este cuerpo/ en el cual la vida ya anochece/
vivo yo/ Vientre blando y cabeza calva/ Pocos dientes/ Y yo
adentro/ como un condenado/ Estoy adentro y estoy enamorado/ y
estoy viejo” (“De lo que soy”), sucede una poesía histórica,
recreación o diálogo que entabla el poeta con algunos personajes
universales de la historia o de la fábula, Hijos del tiempo
es el libro al que nos referimos: “No volverá a ver la Alhambra
en su esplendor/ .../ Tantos siglos construyendo pueblos y
ciudades/ irrigando llanuras/ cultivando frutales/ enseñando la
Alquimia y el Algebra/ la Poética, la Astronomía y la Música/ Y
todo se ha perdido en unos cuantos años/ En unas pocas batallas
todo se esfumó/ como un espejismo en medio del Sahara” (“El rey
moro”).
En el mismo año de 1993, cuando lo conocimos en Medellín,
tuvimos la oportunidad de revisar -acompañando a la pintora
Bibiana Vélez Cobo, persona excepcional y entrañable amiga del
poeta de Cereté- lo que sería, no estamos seguros, su último
libro de poemas, Esplendor de la mariposa; edición reducidísima
de la que escribimos una reseña para un periódico de
Barranquilla y detectamos, nos entristeció comprobarlo, cierta
pérdida de rigor en la estructura de sus textos, ciertos versos
de menos o de más, cierto exceso de lugar común en sus imágenes,
pero jamás la ausencia, y esto harto nos alegraba, de auténtica
poesía. Era el ramalazo lúcido -luz o sabiduría- en medio de su
tenaz adicción. De modo análogo a lo que señala Angel Rama
respecto al maestro, en el Prólogo a su edición de la poesía de
Rubén Darío para la Biblioteca Ayacucho, el estilo, el
vocabulario, los temas, la estética de Raúl Gómez Jattin podrá
pasar de moda, pero su poesía y la pregunta por su poesía -y por
la persona de Raúl- tendrán vigencia permanente.
Volviendo a la anécdota. Luego de leernos tres o cuatro poemas,
y todavía mientras su voz de ángel crecido en las calles -entre
gritos y puñetazos- resonaba en la platea, el poeta se despojó
solemnemente de sus gafas celestes y las colocó abiertas sobre
la mesa. De un momento a otro, sus espaldas alcanzaban ya la
puerta más cercana mientras los otros poetas aún estaban en sus
lugares respectivos y el público continuaba como hipnotizado,
embebido. Mas, repentinamente hubo alguien que reaccionó, y
después otro y otro, hasta que el reclamo, aunque cortés, se
hizo general y unánime. ¡El libro, el libro!, comenzaron a
vociferar en toda la sala. El poeta giró una sola vez la cabeza,
efectivamente, entre sus manos enormes sostenía un pequeño y
trajinado volumen, y antes de abandonar definitivamente el lugar
respondió al coro: “Si yo lo escribí”. |