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Sobre Pez de Piedra, de Paura Rodríguez Leytón
Gary Daher Canedo
Leer es un acto subjetivo, subjetividad que se pronuncia
mucho más cuando esa lectura es una lectura de poesía. Se trata
de penetrar en el mundo del poeta a través de la escritura, pero
este ingreso no tiene más llave que aquella que traemos en la
alforja, y cuyas muescas y códigos están hechos del bagaje de
nuestras experiencias y lecturas anteriores. Leer, pues, es una
aventura en la que el mundo del otro emerge en volúmenes y
sombras debido al lenguaje y que luego se pinta con la luz de
nuestros colores. Este paisaje emergente será entonces uno osado
y nuevo, porque no es precisamente el que fue creado por el
escritor, quien hace la propuesta, germinando diferente,
enriquecedor y fértil para el lector, a pesar de que éste ha
puesto mucho de sí para recrearlo, y eso precisamente es el que
lo hace incorporarlo a su cultura, a su ya transformada
subjetividad, gracias al texto.
De esta manera es como enfrentamos Pez de Piedra.
El libro se presenta en tamaño media cuartilla, y trae en la
tapa la sugestiva imagen de una laguna o arroyo. El agua está
cubierta de hojas que flotan sobre su superficie, hojas
plateadas, y por sus variadas formas suponen procedentes de
árboles de diferentes especies; bajo la superficie, y a nuestro
alcance, flota un pez de apariencia antediluviana, el pez tiene
colores dorados, a pesar que la cola se hace plateada en armonía
con los colores del conjunto. Diremos, además, que la imagen del
agua se pierde, y va más allá del libro. Esta portada no es
casual y sí se convierte en visión referencial de la lectura,
como sugiriendo que los poemas parten de las experiencias de la
poeta, en meditación delante de los estanques, de los arroyos,
de las lagunas, en fin, delante del agua, y los diversos
elementos que la componen en su múltiple escritura.
Pez de piedra
está compuesto de poemas sin título, y que los encontramos
distribuidos en tres partes.
En la primera parte, o Pez de Piedra Uno, como titula se
plantean las preguntas del trabajo poético, preguntas que no se
formulan sino como un asombro, como el descubrimiento de lo
oculto. Este presentimiento, esta revelación, se produce gracias
al afuera. En él se presiente el entresijo del alma, que tiene
que ser esencial (los huesos), y el lector se sorprende con un
diálogo interior, pues la poeta le habla a la voz poética,
mientras su cuerpo se estremece ante ese misterio, que se
insinúa gracias a los pequeños detalles, la tarde, el té, la
piedra, el agua, los geranios.
En este diálogo interior, descubrimos dos voces, el narrador
poético, y el alma poética a quién se le habla. Es decir ocurre
un desdoblamiento en dos personas el yo y el tú, revelados en el
siguiente fragmento:
me digo a mí misma estas cosas
que no son siempre las mismas
y son casi siempre el agua.
Y ese tú es uno que no hace parte de las alegrías básicas y
femeninas: “No podré verte esta tarde / cuando transcurra mi
sombra entre flores que aman / los niños”. Se diría más bien que
el estado es neutral “No hay tristeza ni alegría: / hay un estar
extraño que hace conmigo / lo que las migas de pan / cuando
estoy lejos de casa.”
Para que el lector tenga cartografía en este universo, diremos
que la casa es el punto de referencia, mientras que la voz (es
decir, la voz poética, la voz que dice los poemas desde el
interior de la poeta) es a la que se le habla, y la que se aleja
cuando se está lejos de los huesos, es decir, de lo esencial.
Sé que estos huesos
Me serán ajenos de pronto
Y me son ajenos ya,
Ahora,
Cuando estoy más lejos de mi voz.
En la segunda parte, o Pez de Piedra Dos, hace su
aparición la conciencia del cuerpo, pero que va más allá de lo
femenino, porque se habla de la herida hermética, impenetrable.
“En algún rincón de mi cuerpo / hay una herida hermética, /
un dolor que se manifiesta como invierno”.
El cuerpo se descubre material: “Mi cuerpo es de madera, / de
mental, / de piedra, / de harapos.” A partir de este nuevo
elemento, agregado al primero, al afuera, se desarrolla el
misterio planteado inicialmente, y se ahonda adentro de la
reflexión poética. Hay una inquietud por descifrar las letanías,
los secretos que emergen como un anuncio que llega pero que no
puede develarse, situación que produce miedo. “No puedo destejer
esta lentitud: / mi frente apoyada, / mi mano ausente. / Es el
miedo.”
La poeta descubre que si bien el misterio se ha provocado por el
afuera, es el cuerpo quien guarda el misterio: “Cierro los
ojos / y transito cada tramo de mi cuerpo, / palpando / una
infinita oscuridad / que me ahoga.”
Ese desdoblamiento del Pez de Piedra Uno, no puede
realizarse sin poesía. “Deseo poesía para mis dedos / para
lavarme los pies. / Para desvestirme de mí / y hablarme de
lejos.”
La búsqueda de su alma puede ser confundida, mal interpretada
por el mundo exterior: “Mientras yo te buscaba, /
confundieron / nuestros ritos / con las flores dormidas.”
Pues ese espacio se prefiere en un contexto ajeno a la identidad
mundana, se procura algo diferente al nombre propio, donde
existe un divorcio entre la esencia y el nombre: “Me llamo
por mi nombre / y mi nombre pregunta por mí. / Prefiero una
lluvia diferente.”
Sin embargo, esta búsqueda poética requiere de ritos y los ritos
llenan el poemario, pero son lo que son: poesía: “Para besar
las piedras me preparé un siglo. / No hubo lágrimas, / ni risas,
/ ni palabras.”
Así, desbautizado, el ser poético está perdido en el lenguaje, y
se pregunta: “¿Cómo sabré reconocer mi fuego / en medio de
tanto murmullo?”, para responderse inmediatamente:
“Vendrán los otros / a jugar con nuestros signos”
Apostando por aquellos que realizan el acto de leer: nosotros,
los lectores, y así ocurra el reconocimiento, que se pide vaya
más allá del nombre, es decir, que llegue al alma, al misterio
que en estos versos se insinúa.
Como hemos visto, el desnudarse del ser poético va más allá de
la identidad o de su nombre, pero, a último momento de Pez de
Piedra Dos, ese desnudarse se ve afectado por el pasado,
pues “Hay días en los que soy un reflejo de agua. / Me
descubro atrapando un papel, / rebuscando en la tierra un
recuerdo extraviado.”
Trasladada por ese acto de memorias desde el agua a la tierra,
buscar en la tierra será entonces salir del estado poético,
ingresar en lo material, en lo térreo.
Dejando al lector en la duda de si el caminar, el morir de la
identidad, exige también la muerte de la memoria.
En la tercera parte, Pez de piedra Tres, la poeta da el
salto para el que nos estuvo preparando, el salto a la
meditación profunda, ya sin el ropaje del nombre, ni del cuerpo,
ni del pasado: el estado de la meditación por causa del
silencio:
Este es un intento de caer al fondo de la soledad más / pura: /
el de no hablar.
Cuando el ser poético deja de hablar. Observa. Así los días se
hacen impecables. “Los días son como un pañuelo bien
planchado donde las moscas no se atreven.”
A partir de allí “Hablas sin repetir los miedos,”. Y hay
un retorno a la simpleza, el fin del viaje es el comienzo del
viaje, enriquecido; un Ítaca recuperada después de la guerra y
la experiencia de la andanza.
En este nuevo espacio, la cotidianidad doméstica ha sustituido
la necesidad de la erudición. “Es aquel olor a libros. / (a
polvo de antes) / el que ya no está, / el que ha desaparecido
para siempre.” Y no solamente el ritual cotidiano y
doméstico, sino de patios, “Amo los geranios. / las piedras,
/ la luz temprana que guarda silencios.”
Finalmente, me atreveré a señalar que este libro, no es otra
cosa que el desarrollo de un poema fundamental que viaje y
regresa constantemente, poema que aparece como colofón del
libro:
¿Qué será de estos huesos que ignoro,
que no veo,
que son como mi alma?
¿Qué será del alma que ignoro,
que no veo,
que es como mis huesos?
¿Acaso habrá una forma de llegar al agua,
de romper los muros sin estruendo?
Huye la palabra como un pájaro asustado,
desaparece,
como desaparecen sus huesecillos misteriosos.
Pez de piedra (fragmentos)
Este es el intento de caer al fondo de la soledad más pura,
el de no hablar.
***
La forma de los atardeceres me hiere,
me alegra su color tardío
cercano al vientre,
cercano a cada latido que comienza a encenderse por las calles
extrañas y propias.
Sueños remotos me llaman,
esperan.
***
Tendrás tiempo para tomar el té,
vendrá el calor,
vendrá la lluvia,
vendrá el olor a tierra mojada.
***
Tus flores se duermen en pequeños sueños eternos.
***
Los días son como un pañuelo bien planchado
donde las moscas no se atreven.
***
Busco algo que ocultan mis manos:
una pequeña pieza de relojería
anterior a nuestros huesos
que ahora sólo existe en el paladar,
como alguna melodía,
como voz providencial.
Los musgosos tejados consumen la ventana.
Hablas sin repetir los miedos,
sin mencionar las treguas que nos damos cuando el río ya no
llega,
cuando hay un montón de piedras para jugar,
para imaginar tormentas,
para esperar la hora del té
con trozos de pan
de las manos de un ciego.
Es aquel olor a libros,
a polvo de antes...
el que ya no está,
el que ha desaparecido para siempre.
***
Amo los geranios,
las piedras,
la luz temprana que guarda los silencios.
***
Después de los rumores:
unos pasos confusos,
unos fuegos apagados,
una silenciosa partida.
Ahora, un miedo remoto cosquillea en mis oídos.
Y habrá poesía
para tenernos de nuevo en el fondo de un jardín amarillo,
jugando al olvido,
a los viajes continuos.
***
Los días retornan de un lugar intacto,
como frutas dulces que acarician tus ojos.
***
¿Qué será de estos huesos que ignoro,
que no veo,
que son como mi alma?
¿Qué será del alma que ignoro,
que no veo,
que es como mis huesos?
¿Acaso habrá una forma de llegar al agua,
de romper los muros sin estruendo?
Huye la palabra como un pájaro asustado,
desaparece
como desaparecen sus misteriosos huesecillos. |