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María Mercedes Carranza o el peso de la tierra sobre el cuerpo
Víctor Rodríguez Núñez
La
noche del 11 de julio de 2003, en ese apartamento de Bogotá que
había sido el locus fundamental de su poética, María Mercedes
Carranza se quitó la vida.[1]
Dos días después, en una sentida y lúcida nota de adiós, Daniel
Samper Pizano señalaba que la autora había ejercido “una de las
pocas libertades que nos van quedando a los colombianos, que es
la de escoger morir antes de que tomen la decisión por uno”. Y
hacía a renglón seguido este significativo paralelo: José
Asunción Silva “murió agobiado por la vida”, y Carranza “ha
terminado por imitarlo agobiada por la muerte”. A su juicio, la
destacada poeta, editora, periodista y promotora cultural optó
por el suicidio “porque ya no resistía tanto atropello, tanta
injusticia, tanta locura”.
Samper Pizano hacía referencia al último libro de versos
publicado por Carranza, El canto de las moscas (versión de
los acontecimientos) (Bogotá: Arango Editores, 1998), que
no es ya un recorrido interior sobre los apremios del amor y la
existencia, sino un canto funeral a Colombia. Un canto
estremecedor y desolado, cuya música emerge de los nombres de
las aldeas romotas donde la violencia ha dejado su huella. Quiso
contarnos que en esas masacres, emboscadas y ejecuciones ya no
había dignidad ni ideales: solo sinrazón y muerte, muerte,
muerte.
Estas páginas abordan precisamente esa obra final de Carranza,
cuya edición príncipe data de 1997 y debemos a la revista
Golpe de dados. Se enfocan en cómo representa la crisis de
la sociedad colombiana de nuestros días, donde los actores se
han multiplicado y todos recurren a la extrema violencia, y el
papel del poeta en este enmarañado y letal contexto. Intenta
probar que el hablante lírico, sin renunciar a la consciencia de
género desarrollada en sus libros anteriores, adquiere en “estos
fragmentos del espacio patrio hechos poemas” (Rivero) una
conciencia social que abarca a otros subalternos. El sujeto
poético se expande hasta incluir –más allá de las marcas de
clase, etnia, sexualidad e, incluso, género– a todas las
víctimas del conflicto que devasta a la sociedad colombiana de
nuestros días.
Carranza pertenece a la promoción de poetas que
James Alstrum llama Generación de Golpe de Dados, y que
también ha sido definida como Generación Desencantada. O sea, la
de los autores responsables de “la lírica colombiana posterior
al Nadaísmo que emerge en la década de los setentas”. En el
plano social,
estos autores fueron marcados por complejas
circunstancias “como la Violencia (1948-1962) entre liberales y
conservadores, acaecida durante su infancia, y su ineludible
consecuencia desalentadora conocida como el Frente Nacional
(1958-1974), que coincide con los años de su juventud”.
En el plano cultural, agrega Alstrum, estos poetas se han
caracterizado por
un rechazo colectivo ante el nihilismo desaforado y alboroto
escandaloso provocado por los nadaístas. Gracias a los nadaístas
podían aprovecharse, sin embargo, de una desmitificación total
de las vacas sagradas culturales e ideológicas y también, con el
ejemplo de los poetas de Mito, se liberó su logos para evocar
eros sin recato ni temor […]. Proclamaban la marginalidad de la
poesía como emblema de honor mientras que enjuiciaban un
ensimismamiento nacional cuyo único legado a su parecer había
sido una poesía generalmente mediocre. […] Más tarde, se
reconciliaban con parte de su patrimonio lírico, que tanto
habían criticado al principio de sus actas agnósticas de fe
poética, para abrazar entonces la revista Golpe de Dados, la
cual, bajo la dirección de Mario Rivero desde 1973, ha
constituido un gran foro abierto…
El crítico concluye que en esta promoción “ha prevalecido una
disposición anímica de desencanto ante las circunstancias”, y
“se ha observado una indagación obsesionante acerca de la
esencia de la poesía y el papel del poeta en el mundo actual”.
La caracterización generacional de Alstrum explica, en una
aceptable medida, la poética específica de María Mercedes
Carranza. No es esta la ocasión para siquiera reseñar sus
poemarios:
Vainas y otros poemas
(Bogotá: Editorial Ponce de León, 1972); Tengo miedo
(Bogotá: Oveja Negra, 1983); Hola, soledad (Bogotá: Oveja
Negra, 1987); De amor y desamor y otros poemas (Norma,
1995). Tampoco, para establecer una posición ante sus críticos –además
de los aquí citados, Ernesto Volkening, Helena Araújo, Darío
Jaramillo Agudelo, y Juan Gustavo Cobo-Borda. Baste resaltar
que, como sostiene Patricia Valenzuela, Carranza “[n]o es la
primera voz femenina en la historia de la poesía colombiana […],
pero sí la que con mayor rigor ha asumido el oficio poético como
un ejercicio crítico y de ruptura”. Su quehacer tiende raíces
hasta “la ‘antipoesía’ inaugurada en Colombia por Gotas
amargas de […] Silva”, y se proyecta siempre “en el
reconocimiento de una realidad que se desintegra […]. El
resultado es una poesía de la cotidianidad, […] conversada, que
tiende a un deliberado prosaísmo” y que concede el mayor interés
al ser humano “de carne y hueso, al existir concreto”. En fin,
“un poeta de personalidad definida estilística e ideológicamente,
para quien la poesía es impensable solamente como objeto
estético”.
En franco desacuerdo con varios de sus críticos, Carranza
reconocía que “más que el desencanto mi tema es el deterioro. El
deterioro de las esperanzas, el deterioro de las creencias, el
deterioro del amor, el deterioro de sí mismo en todos los
sentidos”. Y al volver la mirada sobre El canto de las
moscas…, declaraba a Martínez León que no es un libro
que invoque ni que solicite la paz, es un libro sobre la muerte
violenta en Colombia. No quise ser obvia, y por eso es un libro
sumamente concentrado. Cada canto lleva el nombre de un
municipio colombiano donde ha habido masacres. Quise nombrar ese
dolor, nombrar esa muerte, y quise dejar una constancia del
dolor que ha sido para mí vivir en Colombia y convivir con el
terror con el que amanecemos todos los días. Es un libro
terrible y desolado.
Una de las primeras cosas que llama la atención en el poemario
es la dedicatoria “A Luis Carlos: siempre”. Como lo confirma
Rivero, se trata de Luis Carlos Galán, “la más intensa y
representativa víctima de éstos convulsos años de violencia en
Colombia”. Carranza había sido su compañera de trabajo en la
revista Nueva Frontera y se había integrado en 1982 a su
movimiento Nuevo Liberalismo. Y a raíz del asesinato del líder
en 1989, cuando era el candidato favorito a la presidencia de
Colombia, escribió un revelador poema donde se mezclan el duelo
por el mártir y el duelo por el amigo. En la misma cuerda, esta
dedicatoria –que no forma parte del texto poético, aunque actúa
como su marco– se establece un vínculo nada común entre el
sujeto poético y la realidad social: la asunción de lo público
como privado, de la historia como cuestión personal.
El subtítulo del cuaderno, de franco corte periodístico, alerta
al lector de que se trata de ciertos acontecimientos. Hechos
relatados desde un determinado punto de vista, sin pretensión de
objetividad ni de imparcialidad. Esos acontecimientos son los
que han conmocionado a Colombia en los últimos años, a pesar de
su larga historia de violencia –recuérdese la Guerra de los Mil
Días (1899-1902), con sus 100 mil muertos, y La Violencia
(1948-1962), con sus otras 100 mil vidas cegadas. En el más
reciente reporte sobre Colombia del Banco Mundial, Elsie
Garfield y Jairo Arboleda señalan que, desde la década de 1980,
“el problema multidimensional de la violencia se ha extendido y
es una epidemia económica y social”. En términos de duración y
pérdida de vidas, este conflicto armado “está entre los cinco
más prolongados e intensos del mundo, comparable sólo a países
como Afganistán, Angola, Ruanda y Sudán”.
El cuaderno de Carranza se abre con una terrible advertencia
sobre el fin inminente de la poesía en Colombia: “en Necoclí/ se
oirá nada más/ el canto de las moscas”. En este caso, las moscas
no son los seres familiarizados en el célebre poema de Antonio
Machado, sino desfamiliarizados símbolos del deterioro
espiritual de la sociedad colombiana bajo la violencia. En
“Tamborales”, el sujeto poético nos hace saber que ya no es
posible vivir, sino sólo soñar que se vive; la vida ha sido
reducida al sueño:
Bajo
el siseo sedoso
del platanal
alguien
sueña que vivió.
Mas en “Amaime”, conocemos que para los colombianos –y entre
ellos, los intelectuales, los poetas– la sustitución del vivir
por el soñar carece de tiempo, de espacio: “los sueños se
cubren/ de tierra como/ si fueran podredumbre”. En fin, han sido
clausuradas tanto la realidad como la imaginación, y en
consecuencia no es posible escapar.[2]
No se juega con las palabras en El canto de las moscas…
cuando se afirma que en Colombia, “la muerte/ pasa de mano en
mano”. Así lo ratifican Garfield y Arboleda:
Si se usa la tasa de homicidios como un indicador de los niveles
de violencia, las cifras oficiales ascienden de 15 a 92 por 100
mil habitantes entre 1974 y 1995, cuyos niveles crecen
dramáticamente en el período posterior a 1985. Esa tasa de
homicidios es una de las más altas en el mundo: […] siete veces
más alta que en los Estados Unidos, y 50 veces más alta que en
un país europeo típico.
Según estos investigadores: “[t]odo tipo de delitos –incluyendo
la extorsión, el secuestro, el robo de carros, y el robo a mano
armada– florecieron en la década de 1980 y continuaron
incrementándose significativamente durante la de 1990”. Agregan
que entre 1985 y 1998, “el número de secuestros reportados pasó
de cerca de nueve por millón de personas a cerca de 80, siendo
la mayoría de la víctimas civiles; este es una de las fuentes
principales de financiamiento para algunos grupos armados”.
La célebre metáfora hemingwayana del iceber podría ayudar
a una mejor comprensión del poemario de Carranza, que con su
brevedad y hermetismo esconde una inmensa masa sumergida de
significados. Más que nombrar las cosas se les sugiere, casi
nada se hace explícito, en una suerte de hipérbole metonímica.
Lo más relevante aquí, como apunta Juan Liscano, es “el reverso
de la realidad”; es decir, “la otredad, materia y espíritu de
[estos] mini-poemas inagotables”. Sí, en esta ocasión el lector
no puede ser pasivo, debe hacer lo suyo –que es completar el
todo insinuado por la mención de las partes.
Para cumplir esa tarea, no queda otra alternativa que acercarse
a la realidad social colombiana, tratar de entenderla en su
doloroso esplendor. Durante
las últimas cinco décadas
el número de actores involucrados en el conflicto armado se ha
expandido de la guerrilla y las fuerzas armadas para incluir los
carteles de la droga y los grupos armados paramilitares de
extrema derecha. […] Las municipalidades con algún tipo de
presencia de la guerrilla aumentaron del 17 por ciento en 1985
al 58 por ciento en 1995. Si se suman las áreas que experimentan
actividades de los paramilitares, las drogas y las fuerzas
armadas, aproximadamente el 75 por ciento del país sufre algún
nivel del conflicto armado. El ejército y la policía de Colombia
han sido incapaces de asegurar la seguridad de los ciudadanos, y
la impunidad se ha extendido en confrontación con las crecientes
violaciones de los derechos humanos de todo tipo. (Garfield y
Arboleda)[3]
En El canto de las moscas… conocemos de esos
acontecimientos por medio de una exposición fragmentada, con
profusión de imágenes breves e intensas como relámpagos. El
único hilo conductor, la única fuente de coherencia, es la
violencia que reina en Colombia y su corolario, la muerte.
Resulta inevitable que, ante este diluvio de sangre, el lector
se interrogue sobre las causas del conflicto.
Garfield y Arboleda argumentan que
El crecimiento del movimiento guerrillero ha corrido paralelo al
deterioro de todos los indicadores de la distribución de
ingresos. El número de frentes guerrilleros ha aumentado de 14
en 1980 a 102 a mediados de la década de 1990; simultáneamente,
entre 1982 y 1999 la parte del ingreso del 20 por ciento más
pobre calló en un 30 por ciento (de 4.9 por ciento a 3.4 por
ciento del total del ingreso […]). Al mismo tiempo, el 10 por
ciento más rico ha aumentado su parte en un cinco por ciento (de
un 37.1 por ciento a un 43.6 por ciento). En los últimos 20
años, no sólo ha aumentado la separación entre ricos y pobres,
sino también entre las ciudades y las áreas rurales. En 1975,
una familia urbana ganaba 1.5 veces más que una familia rural, y
20 años después, 4.5 veces más.
No sería ocioso detenerse al menos en una de las matanzas
denunciadas en el poemario en cuestión. En “Mapiripán”, se alude
un lugar, y a lo que allí ocurrió, como “una fecha”. Con este
gesto, el sujeto poético propone una narrativa histórica que
incluya este tipo de acontecimientos, no menos relevantes
digamos que los cambios de presidentes. ¿Qué ocurrió en esa
aldea del sureste de Colombia? Según Garry M. Leech, en julio de
1997
más de 100 paramilitares masacraron a 49 campesinos en un
período de cinco días […]. Las armas escogidas por los
paramilitares fueron machetes y motosierras, que fueron
utilizadas para decapitar a muchas de las víctimas. Los
investigadores posteriormente descubrieron que las tropas del
ejército habían guardado el corredor que los asesinos habían
usado para entrar y salir de la región dominada por los rebeldes
[de las FARC]. Los fiscales colombianos acusaron formalmente a
Carlos Castaño y al coronel del ejército Lino Sánchez,
comandante de la Segunda Brigada Móvil entrenada por Estados
Unidos, de ser los “autores intelectuales” de la masacre. Los
cargos contra Sánchez han sido sobreseídos, mientras Castaño
permanece libre a pesar de las más de 22 órdenes de captura en
su contra libradas a lo largo de la pasada década.[4]
En el El canto de las moscas…, como en toda poesía
lograda, la forma juega una función activa. El texto tiene a
penas 117 versos; y versos todos de arte menor, de métrica
irregular y muchas veces en disposición quebrada. No hay en
propiedad estrofas, y cada “canto” parece más bien estrofa de un
poema mayor; los más extensos sólo tienen siete líneas, y los
menores, tres. Tampoco en ningún caso –algo común en la poesía
de la autora en general– se usa la rima. Como sostiene Rivero,
“[e]n sagas muy breves, que por su precisión geométrica
compararía al haikai, Carranza elabora estéticamente el
espectáculo de la barbarie diaria en la comunidad cercada por la
muerte. El érase-una-vez de los hechos consumados y de la
violencia nacional”. Estamos ante “una larga meditación que
madura al paso de las heridas del país, página a página.
Carranza siluetea un panorama de arrasada belleza”.
En El canto de las moscas…. se da también particular
relevancia al deterioro de lo material –y específicamente de la
materialidad humana. Con seguridad ha sido su aguda
conciencia de género, puesta de relieve en los poemarios
anteriores y documentada por la crítica, lo que le haya
permitido a Carranza centrar la atención en el cuerpo. Este
constituye “un sitio crucial de inscripción”, “de representación
y de control” (Ashcroft), y por ende, es un error suponerlo
“neutral (natural) y no en sí mismo parte de instituciones y
prácticas culturales más amplias y contestatarias”.[5]
La
masiva descomposición del cuerpo de los colombianos está patente
en esta desolada pregunta:
¿Quién
llega a Caldono enciende
el fuego fatuo
y convoca
a los gusanos?
En otro sitio constatamos la inutilidad de las arterias y las
venas, ya que se ha impuesto otra circulación, y lo que tiñe las
aguas del río Dabeiba: “No son rosas,/ es la sangre/ que toma
otros caminos”. En Colombia, como en “Uribia”:
Cae un cuerpo
y otro cuerpo.
Toda la tierra
sobre ellos pesa.
En última instancia, como sentencia el sujeto poético de
Carranza en “Pore”, la muerte es “carne de tierra”. Sí, es la
tierra de Colombia lo que absorbe, consume, destruye a la
materialidad humana. En el canto “Tierralta”, se reconoce que el
disfrute del cuerpo, el erotismo y el amor, e incluso sus
diferencias, son cosas del pasado: “Ahora solo tierra: tierra/
entre la boca quieta”. Y en otro canto vemos la dislocación del
orden natural, un mundo vuelto al revés, donde nadie sabe si
está vivo o muerto:
Bajo la tierra de Encimadas
el terror fulgura aún
en los ojos florecidos
sobre la tierra de Encimadas.
Como señala Guigale, en Colombia “el 80 por ciento de la
población rural permanece pobre y sujeta al trauma de un
conflicto armado cuyo epicentro vertical es el control de la
tierra”. El país “tiene uno de las estructuras de propiedad de
la tierra más concentradas del mundo” y que continúa en pleno
proceso de una mayor concentración. Más de la mitad de la tierra
es considerada “grandes fincas”, y sólo dos tercios de los lotes
–sobre todo los dos tercios mayores– tienen títulos. El lavado
de dinero de la ilegal industria de la droga facilita la
concentración de la tierra”. Esta situación se hace más grave
por el monocultivo, pues “el ingreso de un quinto de los
hogares, y un cuarto de los puestos de trabajos en el campo,
dependen del café. El café representa sólo el cinco por ciento
del PIB y el seis por ciento de las exportaciones. El país
controla una décima del mercado mundial del café”, mas “los
precios internacionales están en su punto más bajo en casi 200
años”.
A la aldea indígena de “Cumbal”, según el sujeto poético de
Carranza, llega uno de estos días la muerte
En bluyines
y con la cara pintada
[…]. Guerra Florida
a filo de machete.
Se pone así de manifiesto que, aunque todos los colombianos han
sido afectados terriblemente por la violencia, hay unos que
sufren más: “la población rural en general, los jóvenes, y las
minorías étnicas”. Como señalan Garfield y Arboleda, “[l]os más
jóvenes, de bajos ingresos, y menos educados son los que tienden
a ser los perpetradores y las víctimas de los homicidios”.[6]
Por otra parte, la catástrofe en el orden social que se denuncia
tiene implicaciones no menos catastróficas en el orden natural.
Por eso, hay que contemplar con cuidado las flores de “Paujil”,
pues “[e]n las corolas/ aparecen las bocas/ de los muertos”. Las
masacres se han naturalizado en “Sotavento”: “Como las nubes, la
muerte”. Y en “Ituango”: “El viento/ ríe en las mandíbulas/ de
los muertos”. En última instancia, la violencia no es sólo un
genocidio sino además un etnocidio.[7]
Se debe notar que el sujeto poético de Carranza no recurre a
ninguna creencia religiosa para enfrentar estas inhumanas
circunstancias. En definitiva, la iglesia católica, en el País
del Sagrado Corazón, es parte del conflicto. Esta poesía es una
de las más agudas representaciones de la falta de fe en las
letras hispanoamericanas de nuestros días. Así, en
“Soacha”, el pueblo donde fue asesinado Galán:
Un pájaro
negro husmea
las sobras de
la vida.
Puede ser Dios
o el asesino:
da lo mismo ya.
A un desaliento similar arriba Marcelo M. Giugale en el nada
poético reporte sobre Colombia del Banco Mundial: “Desde 1980,
unas 100 mil personas han muerto como resultado directo del
conflicto, y dos millones de desplazados han perdido sus
trabajos, casas y, cada vez más, la esperanza, y ahora se
encuentran paralizados en los márgenes de la sociedad. Otro
millón, posiblemente el millón más educado, abandonó el país.”
Después de detallar la factura de la violencia –entre otras
cosas, “sólo las pérdidas debidas a los sabotajes de los
oleoductos (unos 500 millones de dólares por año) sería
suficiente para doblar el presupuesto anual del país para la
asistencia social”–, el investigador concluye que “detrás de
estos costos, descansa la consecuencia menos cuantificable pero
más inquietante del conflicto –la disolución del ‘capital
social’ de Colombia, esto es, la confianza básica de sus
ciudadanos en los contratos e instituciones sociales que hacen
funcionar a una nación”.[8]
En El canto de las moscas…, a pesar de que se denota la
masacre, los detalles son irrelevantes, la anécdota es
suprimida. Estamos ante un caso radical de poesía lírica:
El alto tallo
espectral,
quemada, yerta,
solitaria
flor de páramo.
Como
apunta Fernando Charry Lara, “una afortunada poética que se
niega a complacerse en la exuberancia y prefiere, por intensa,
por comprometida con lo real, perseguir las mínimas palabras que
lleguen finalmente a traslucirla”. Se reitera la tendencia
anterior de Carranza “a llamar a las cosas por su nombre, en
utilizar las palabras de todos los días, en acercarse al habla
corriente”. Sin dudas, se trata de una poesía que asume “una
actitud crítica ante la vida”. Concluye Charry Lara que, “[c]omo
huye de la altisonancia, se explica también su horror al
sentimentalismo y a la solemnidad. […] El pacto entre la pasión
y la reticencia. Su inteligencia es decir y, a la vez, en callar”.
La actitud de Carranza, que podría ser definida como intimismo
social, tiene su correlato en la casi desaparición del hablante
lírico. En El canto de las moscas… no se encuentra, ni
una sola vez, el sujeto pronominal de la primera persona del
singular. Tampoco, ese nosotros que ha sido en definitiva
máscara del yo, cuando la poesía hispanoamericana ha pretendido,
más que la representación, la suplantación de la voz subalterna.
Ni siquiera ese yo lírico gradualmente “autocaracteriz[ándose]
como un sujeto femenino”, ya revolucionario en sí, que Lucía
Tono ha rastreado en el quehacer poético de Carranza. Estamos
ante un sujeto poético que, en vez de diferenciarse, busca
identificarse con lo otro –y sobre todo, con los otros.
Este abandono de la perspectiva individual, predominante en
obras anteriores de Carranza, para asumir una perspectiva
colectiva, ha sido reconocido por críticos como Rivero y
Liscano. Para el primero, el libro en cuestión es “un doloroso
parte de guerra”, que “salva la distancia que va de la
inenarrable conmoción social a la modulación de un sentimiento
individual”. Se trata de “diversos momentos de una anonadante
experiencia”, donde el impulso creador viene “[d]e las
vertientes trágicas de lo real […] y no de ninguna fabulación”.
Por su parte, Liscano ha recordado que, “ese decir en unas pocas
líneas los acontecimientos más profundos, es la poesía
liberada de la literatura. Sus poemas son símbolos, adivinanzas,
suspiros, terrores y en su brevedad alcanzan una elocuencia
interior poco frecuente. [Carranza] redime el poema breve de su
chatura personalizadora y ególatra.”
Vale la pena destacar que
a pesar de su vuelta a la materia, de su identificación con lo
otro y con los otros, el sujeto poético de Carranza no renuncia
jamás a la agencia. De ahí que enérgicamente se nos interpele,
se nos pida:
Ve a
Humadea y mira
sus calles de aire:
ríos rojos repletos
de garzas blancas.
Ríos quietos.
No es válido juzgar, a la luz o la sombra de cualquier ideología,
el suicidio de María Mercedes Carranza. En cambio, es posible
establecer que, entre otras cosas sustanciales, su caso
contradice “la muerte del autor” propuesta por Roland Barthes,
en su reclamo de que la crítica se concentre únicamente en el
texto. El quehacer poético de la autora colombiana,
especialmente en el último de sus libros, debe ser entendido no
sólo en relación con su contexto, sino también como una
intervención radical en el mismo, como una práctica cultural de
transformación social. Paradójicamente, en
“Taraira” el sujeto poético sostiene que mañana todo “será
tierra y olvido”; permítase, como conclusión, contradecirlo, y
también contrariar a la amiga malograda: no tu poesía, no tu
recuerdo.
NOTAS
[1]
María Mercedes Carranza nació el 24 de mayo de 1945 en Bogotá.
Su padre fue el renombrado poeta Eduardo Carranza, quien la
introdujo desde niña en la órbita intelectual del mundo hispano.
En 1966 inició estudios de Filosofía y Letras en la bogotana
Universidad de los Andes, que debido a su temprana e intensa
actividad cultural sólo concluiría 20 años más tarde. En 1967
dirigió el suplemento literario del periódico El Siglo,
Vanguardia, que fue tribuna de muchos escritores de su
promoción. En 1976 entró al semanario Nueva Frontera,
como columnista y correctora; pronto sería ascendida a jefe de
redacción, posición que ocupó por más de una década. Allí trabó
amistad con Luis Carlos Galán, el creador del movimiento Nuevo
Liberalismo. Animada por lo que definía como “vocación de
servicio” (cit. en Martínez León), Carranza fundó en 1986 la
Casa de Poesía Silva, institución única en Latinoamérica. Allí
promovió innumerables conferencias y recitales, creó un sistema
de talleres y una biblioteca especializada, y publicó la
espléndida Revista de la Casa Silva.
En 1990 fue invitada por el M-19 a participar en la Asamblea
Constituyente, donde luchó por la legalización del aborto,
contra el monopolio de los medios masivos de difusión, y en
favor de la extradición, entre otras causas. Poco antes de su
muerte organizó un concurso de poesía contra la violencia, cuya
premiación se llevó a cabo durante el masivo evento “Descanse en
paz la guerra”. Había llegado a pensar, como le confesó a Sandra
Martínez León, “que la poesía debe estar en la canasta familiar
de los colombianos”.
[2]
En El canto de las moscas… conmueve la paradoja de que se
nos pida a gritos de silencio volver los ojos hacia un país que
agoniza a la vista de todos. Un país donde, en
la segunda mitad de la década de 1990, retrocedieron las tasas
de crecimiento económico “a los niveles de 1988” (Garfield y
Arboleda). Un país donde “el nivel de extrema pobreza en las
áreas rurales es tres veces mayor que el de las áreas urbanas”.
Un país donde “la pobreza favorece la aparición del conflicto
violento, y el conflicto violento en sí mismo es una causa mayor
de la pobreza […]. Tanto en las fuerzas armadas regulares como
en los grupos armados ilegales, los jóvenes varones de las
familias pobres ocupan la primera línea de fuego del conflicto
armado”. Un país donde sólo crece sostenidamente la desigualdad:
“Esto no sólo afectó la distribución del ingreso sino también
las ventajas y el acceso a la infraestructura –las dos décimas
superiores controlan el 60 por ciento del ingreso, mientras las
dos más bajas reciben menos del cinco por ciento; […] y la
cobertura de electricidad, agua, drenajes, y otros servicios
públicos mayormente se detienen a la puerta de los rápidamente
crecientes asentamientos informales donde vive la mayoría de los
pobres urbanos” (Giugale). Un país donde “[e]l diez por ciento
de la población más rica supera el doble de la educación del
diez por ciento más pobre”, y donde “el sector rural tiene 30
años de retraso en relación con el sector urbano. Unos dos
millones de niños y jóvenes con edad escolar, principalmente
pobres, han quedado fuera de la escuela […]. La gran mayoría de
los estudiantes de la educación superior provienen de los dos
quintos más altos de la distribución del ingreso”.
[3]
En su historia de Colombia, Frank Safford y Marco Palacios
apuntan que, entre 1986 y 1996, las guerrillas crecieron más que
en las tres décadas anteriores. “Las FARC pasaron de unos tres
mil 600 insurrectos en 32 frentes en 1986 a unos siete mil en 60
frentes en 1995. En 2000 sus integrantes fueron estimados en
alrededor de 15 mil. En el mismo período, el ELN pasó de unos
800 insurrectos en 11 frentes a unos tres mil en 32 frentes. En
el 2000 se calculó que tiene alrededor de cinco mil
combatientes”. Estos autores estiman que “cerca del 60 por
ciento de las municipalidades colombianas experimentaron alguna
forma de presencia guerrillera en 1996”. Entre 1986 y 1989,
añaden Safford y Palacios, “los líderes
paramilitares-narcos-terratenientes desataron una compaña de
exterminio contra los partidos políticos, sindicatos,
asociaciones campesinas, funcionarios públicos y periodistas”.
Los paramilitares “ahora buscan proyectarse a sí mismos a escala
nacional como un modelo de anticomunismo. Ellos también tratan
de ganar un status político por medio de la oposición activa a
las iniciativas de paz”. “En 1993 se dijo que había 24 frentes
paramilitares”, compuestos “por 80 grupos paramilitares, que
mantenían algún tipo de actividad en 373 municipalidades.
Recientemente se ha especulado que los paramilitares suman entre
cuatro mil 500 y cinco mil hombres armados.”.
[4]
En el canto, “Barrancabermeja”, llegamos a otra situación
límite, la de “la sangre desangrada”. Valdría la pena en este
punto volver a Leech: “La más intensa guerra urbana ha azotado
Barrancabermeja (conocida localmente como Barranca), localizada
en el Río Magdalena y hogar de la mayor refinería de petróleo
del país. En diciembre de 2000, las fuerzas paramilitares
lanzaron una ofensiva urbana contra el ELN y las FARC alcanzando
no sólo a las guerrillas sino además a trabajadores de derechos
humanos, sindicalistas, y grupos cívicos locales”.
[5]
En cierta medida, agregan Ashcroft y sus colaboradores, el
cuerpo “es un texto, es decir, un espacio en que los discursos
en conflicto pueden ser escritos y leídos, [aunque] es un texto
especialmente material, que demuestra cómo la subjetividad, por
muy construida que puede ser, es sentida como inevitablemente
objetiva y permanente”. En fin, es un error “suponer que el
cuerpo es neutral (natural) y no en sí mismo parte de
instituciones y prácticas culturales más amplias y
contestatarias”.
[6]
Según
Giugale, “la discriminación de raza y de género todavía
distorsiona la manera en que muchos colombianos pueden
beneficiarse del proceso de crecimiento. Colombia es una nación
pluriétnica con 800 mil indígenas (pertenecientes a 82 grupos
diferentes) y más de un millón de afro-colombianos. El país
tiene una fuerte tradición de reconocimiento de los derechos
étnicos […] enriquecidos en la Constitución de 1991. Sin
embargo, varios factores se han combinado ahora para debilitar
la propiedad de esas poblaciones sobre uno de los recursos
definitorios –su tierra– y, entonces, su capacidad para el
desarrollo basado en el mercado”.
[7]
Giugale recuerda que Colombia es “el tercer país con mayor
biodiversidad en el mundo”. Y agrega: “La diversidad de sus
pájaros, anfibios, y plantas vasculares no tiene paralelo en el
planeta. Con cerca de mil ríos permanentes, su abastecimiento de
agua es el cuarto mayor; el país alberga las fuentes de grandes
afluentes de las cuencas del Amazonas y del Orinoco. Mucho de
esta riqueza natural está siendo rápidamente destruida, por tres
factores principales. Primero, y más importante, el conflicto
armado protege y promueve los cultivos ilícitos. […] Segundo,
buena parte del crecimiento de Colombia […] depende de manera
creciente de las industrias extractivas (como petróleo, gas y
carbón). Tercero, […] los incentivos perversos en la agricultura
han caudado una separación mayor entre la vocación natural de la
tierra y su uso real”.
[8]
Con el impávido lenguaje de los economistas, Giugale apunta que
en Colombia “el conflicto lastra el crecimiento del PIB cada año
en un dos por ciento –en otras palabras, si la guerra hubiera
cesado, digamos, hace 20 años, el ingreso del colombiano
promedio podría ahora ser un 50 por ciento mayor, y un estimado
de 2.5 millones más de niños podría estar por encima de la línea
de pobreza.” Y añade que “el conflicto ha motivado una baja y
mala asignación de recursos: atemorizados por la violencia, las
inversiones privadas, en los últimos 30 años, han raramente
sobrepasado una décima parte del PIB, y sólo las pérdidas
debidas a los sabotajes de los oleoductos (unos 500 millones de
dólares por año) sería suficiente para doblar el presupuesto
anual del país para la asistencia social”. |