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COORDENAÇÃO EDITORIAL   |   FLORIANO MARTINS
2001 - 2010
 

 

 

ACERVO GERAL | COLOMBIA

Luis Iván Bedoya | (1947)

Luis Iván Bedoya: la palabra entre el restañar o el aprehender

 

Omar Castillo

 

 

I.

 

el cuerpo o la palabra incendiada
es el secreto a voces que busca
toda poesía

Luis Iván Bedoya

 

Haciendo clara alusión al significado mágico que desde la noción primitiva del mundo se le ha querido adjudicar al poeta, e insertando tal presencia en el contexto de lo ético y lo estético que no paran su proceso en la condición del ser humano, el texto escrito para presentar Poesía en el umbral dice: “El tribal viaja por el laberinto de la llama, esa fascinación que no restaña. Al danzar, deviene sonido para el canto. Si la llama es cuerpo y lo que quema hace danza, ¿qué, entonces, incendia la palabra en quien danza? Si el fuego es hoy posible en una cerilla, ¿de dónde sacar la palabra precisa? La palabra es roca propuesta a la faz de la vida. Del fuego deviene una presencia. El abrigo resguarda al cazador. En la pared penumbrosa, concluido el dibujo, el trazo grueso atrapa al animal que, libre, corre por la pradera. Se inicia la costumbre, un quehacer ético. Lo graficado para la grey emprende la fundación del instinto estético. La presencia de lo ético y lo estético se constituye en el reto por asumir una dignidad como aquella con la cual los guerreros se presentaban unos a otros, antes de la batalla. ¿De qué manera la palabra manifiesta esta presencia? Desde siempre han existido condenados a hallar la entraña de la palabra o, acaso, su simple veta. Los mismos que, sin premura, la transitan por el filo sin llegar a lacerar su fondo. Una condena no deja de ser condena. Tampoco una flor, que arde prístina, sucumbe en la memoria. Quien empuña el arma no tiene límite si penetra. Así la palabra, al ser pronunciada, al ser aprehendida vuelve y, como lo dibujado, se prende en la memoria por el laberinto de la llama.

“Con la misma insistencia y ofrecimiento con que una gota de agua labra la piedra, la palabra en la poesía de Luis Iván Bedoya se realiza sobre la hoja de papel. Y son estas labraduras las que ha puesto a disposición del lector en sus libros de poemas, como quien  entrega la contracifra que hace posible habitar los arduos ámbitos otrora tan sólo conquistados. Resultado de una observación y participación pertinaz y casi arqueológica, este poeta se desenvuelve entre sus naturales como un extranjero que no acata las leyes que dictan ser utensilio donde verter una reiterada noción mutilada de hábitos. Sus poemas no están grabados en el pensamiento como los estribillos de una canción que ha hecho muesca en las maneras y conduce a sus recitadores, convirtiendo la memoria y su habitante en un paraje de memoriosos escombros. Los de Bedoya reclaman otra costumbre. Logran aventurar un aire en el cual se respira sin estereotipos, preñan los paisajes por los que el ser humano pasea y exhibe su primigenia y su gastada identidad entre lo universal y lo usual”.

Y, en esa misma presentación, observando sobre los libros de Luis Iván Bedoya publicados hasta esa fecha, se decía, en breves acotaciones: “Cuerpo o palabra incendiada (veintiocho poemas, 1985) inaugura el itinerario en la escritura poética de Bedoya. Su inicio lo tiene en el enmarañado destino que conmina a sus usuarios para que se comporten como las cenizas que el viento y la desidia sepultan detrás de las costras del tiempo, entendido este tiempo como un limbo en donde la sustancia de la existencia ha sido inutilizada. Y es desde ahí donde, en abierto desafío, este poeta fragua la palabra y le da forma y hálito a su aventura poética:

cenizas

palabra de alucinada esencia

despliega en el aire

lo que está detrás

de todo rostro

El apretado perfil que da forma y compone Protocolo de la vida o pedal fantasma (veinticinco poemas de cuatro dísticos cada uno, 1986) evidencia el contrapunto en el que son asidas las diferentes caracterizaciones que ejecuta la condición humana o, vale decir, lo que media entre el molde que elige el poeta para su escritura, y el sometimiento a lo que en él puede vaciar de esta condición y su parafernalia. Varado en la “caravana urbana” el poeta vivencia el exilio. Recoge las monedas en las que es acuñada la médula de lo actual para el tráfico común y sospecha que esas mismas monedas, en otro tiempo, cuando sean tomadas como hallazgo, circularán todavía entre una condición humana aún estancada en su propio exilio depredador. También acude a los festines donde la fisiología erótica no se realiza en “la carne domesticada”. Constatación de un destino o suma tautológica, empero, el poeta no cede a nihilismos o sentimientos escépticos. Estos poemas irrumpen imanando los instantes que no cesan de iniciarse en el cuerpo en que arde la vida. He ahí la realización de la paradoja:

por los mismos ojos ahora fijos en la sorpresa aplazada

sostenida por esperanzas vítreas momificadas y huecas

 

por el abandono compartido por la caravana urbana varada

en el puro centro de moles de cemento y ruido y humo

En Aprender a aprehender (veinte poemas, conformado cada uno por dos cuartetos, 1986) el ceñimiento del poeta a un marco de escritura, ya de por sí tan definido, lo obliga a extremar la economía para la elaboración de sus versos. No obstante su concreción, el poeta logra que entre cuarteto y cuarteto se establezca un diálogo que  puede provenir del primero al segundo, o viceversa. Ambas estrofas alcanzan sus propios rasgos que les permiten finalmente una relación que convierte al poema en un todo. Aun dentro del límite coercitivo de lo retórico y lo formal, Bedoya consigue exponer su poética en construcciones sin subterfugios, en arduas imágenes que le permiten engarzar la realidad y la posible otredad, haciéndolas surgir no de la manga o del sombrero del mago sino desde lo usufructuado por éste. Más allá de estos escollos, en estos poemas el poeta enhebra analogías y metáforas mutantes que no cesan de perturbar, eslabonando el mapa del poema a otros ámbitos. La propuesta estética implícita en sus anteriores libros alcanza en éste un equilibrio con su visión ética. Y aventurando una sarta en imágenes auscultantes el poeta logra que, en este libro, la poesía se zafe de las gasas que la amortajan para dejarla al descubierto, en el vacío irrefutable de su trayectoria vital.

Canto a pulso (1988) utiliza en cada uno de sus treinta poemas epígrafes de autores estadounidenses. Impresos en su idioma original los epígrafes son utilizados como correlatos de una tragedia que no termina, como estelas de breves mensajes o simples vallas publicitarias a la orilla de la ruta, donde se conserva la escritura que dice de la muerte, la usura, el fracaso, el amor…, casi todas puestas en lo más árido del terreno de donde, no hace mucho, partió la caravana. ¿Es la palabra vestigio de un crimen? La realidad practicada por el ser humano en el territorio que habita sólo le sirve para el consumo inmediato, como si quisiera devastarlo, sólo le sirve para sacralizarlo a través de los fósiles que escudriña y encuentra, reciclándolos del olvido de sus nombres y alma­cenándolos en dígitos. Exhibición jactanciosa del don de un pasado, mientras esteriliza su presente. En este arco, tenso, se origina y desarrolla el libro. Las palabras danzan en él en “sílabas de arena”, no intentando conservar una u otra historia, sino la memoria del presente, haciendo de la escritura una impresión que no para de renovarse. Eco de “fragua antigua” o nueva, inserción al canto que se espiga. El arma, previa presentación del “Retrato hablado”, se adentra en el espacio sin escudos. Al regresar sólo se percibe el giro del brazo, apenas la mano fragmentada, ni siquiera la empuñadura o huella, la palabra vuelta polvo, como si trajera el ripio de galaxias perdidas irremediablemente. La escritura alcanzada en este libro es el despertar a una infinita extensión siempre titilante:

bajo el cuerpo de estos signos

se diluyen uno a uno

los elementos de la ciudad que habita

explosión de cenizas

[…]

y se secan las savias en los campos

y los huesos de las aves olvidan sus alas

y las palabras se calcinan contra el aire

“Caja de autorretratos”, poema que cierra Canto a pulso, abre paso al trazado que gravita Biografía (trece poemas, 1989). Si los primeros tres libros de Bedoya son secuencias que avanzan en la exploración de la veta que impulsa su escritura, estos dos últimos, sin interrumpirlas plenamente, dejan parado a su autor en el umbral de una escritura a estancias donde tejer la costumbre para estos días. Biografía  es la negación de una biografía. Es el punto donde se deja el fichero de la historia  y se inicia la memoria de lo inédito. No es el nuevo Adán que desciende por el hirsuto pelambre de la Tierra de Promisión. Es el ser humano ante su realidad, ante su incógnito:

escritura líquida donde nada un sueño

 

rueda oxidada en que gira el pantano

de otros días

 

marca de los límites

                                                        eco de fracturas

caligrafía del aire en movimiento

 

pero el día sigue su curso

                                                        el peso de la sangre

quiebra de las palabras”.

Luego de casi diez años de silencio poético Luis Iván Bedoya publica los libros: Del archivo de las quimeras (1999), Ciudad (1999), Paleta de luces (2002), Raíces (2002) y 55 Cucúes (2002). También ha preparado dos selecciones de sus poemas: Obra Poética, selección 2002-1985, que incluye estudios de Víctor Bustamante Cañas y Óscar Castro García (2003) y Erótica, selección 2002-1985, con un estudio de Óscar Castro Gar­cía (2004).

 

II.

 

tendrá que ser en el grado cero de las palabras
cuando se sepa la dimensión de las hipótesis
nociones envueltas en la bruma del extrañamiento
ignorantes de las raíces de sus estructuras

Luis Iván Bedoya

 

Las intenciones que llevan a realizar pesquisas en la vida de los poetas no son otras que las de querer asir el instante mismo en que surge el poema que éste produce. Ese instante que ni el propio poeta sabría pronunciar. Porque el poema no es la anécdota. No es aquello que impulsó inicialmente al poeta lo que culmina en su creación. Ni tampoco es lo que al concluir la primera lectura del poema creemos leer o identificar con nuestras emociones. No son siempre las situaciones culminantes en la vida del poeta las que lo incitaron y viven en sus poemas. La particular sintaxis, la disposición y usos de la analogía, la formación metonímica de los temas y la consiguiente imaginería constituyen la anécdota a la que debemos acudir para aproximarnos a la escritura de un poeta. E igual que en el ajustarse estructural del poema, conseguir vivir la experiencia del sucederse de las palabras y su encabalgamiento, en el texto poético, es acudir a la experiencia del poeta y sus poemas.

En los poemas ensamblados en Aprender a aprehender, escritos por Luis Iván Bedoya, encontramos una escritura sintáctica irregular, practicada en unos textos que no pretenden convencer a su lector sino enfrentarlo, confrontarlo. No se acude en ellos al fenómeno de la catarsis que le garantice un público fiel y reblandecido en sus instintos. Son textos que agreden la callosidad que nos pervierte y hace usufructuables.

mira las briznas volátiles del oro

milenios de luz siempre en retorno

a los reveses de la deshechada vida

en las formas nebulosas de los días

En las palabras nos “persigue la obstinada historia”. Los significados que se les señalan a través de las ideas en la historia de la humanidad son los que con sus “irradiaciones” vigilan el deseo, consumen el instinto. Entonces carece de sentido querer decir con las palabras cuando ignoramos los ecos que han sido impuestos en ellas como vehículos adheridos. Más oportuno es intentar el reconocimiento de sus adheridos y entender lo que con ellos las palabras nos hacen usufructuables. Si queremos otra forma de existir, otro canto que nos represente, debemos empezar por el desmonte del actual estado de cosas en las palabras. Dejar de ser “ignorantes de las raíces de sus estructuras”. Actualmente, las palabras son los balines de un rodillo oxidado que frena con su herrumbre el andamiaje del idioma, dejándonos en orfandad, no en silencio y sí en una torre de babel que no tiene cimientos ni alcanza altura alguna, una babel que se pierde en la promiscua confusión.

Las palabras entran y salen, deforman e informan un idioma. Con ellas el ser humano ha intentado contener y distribuir el mundo, según la conveniencia de sus ideas, para clasificarlo y dominarlo. Empero para el ser humano la forma de abordar su alfabeto cada vez  le es más insuficiente, al punto que escasamente logra deletrearlo y, más que ver en su lenguaje un vehículo comunicante, le ha reducido su capacidad de nombrar, de aprehender, supeditándolo a una simple práctica inhabilitadora. Sus ideas de usura cierran la plataforma de las palabras. Almacenadas sus ideas en cuadrículas urbanas, eyacula, imprime su huella en el carné de identidad y labora, mientras su lenguaje va a estrellarse contra el pavimento que lo incinera. Ignorante,  la palabra sólo le sirve como elemento desechable de uso laboral, para ser dicha en un alfabeto de escombros que alcanza cada vez más el límite fatal, “el espacio donde aumentan los saldos de inventario” en frases de empleo inoperante para aprehender, útiles a quien “ha asumido la pobreza invencible” en su cuadrícula.

desciende al infierno de los perdidos peatones

para auscultar las reservas de la ciudad sin nombre

es su aventura el destino de una gesta para otro canto

metamorfosis de gastados floripondios e inocuas faunas

El poeta que sucede en Aprender a aprehender sabe de los riesgos que involucra adherir su perfil al de la lengua, detenerse en la plataforma donde incinerado el idioma vuela de nuevo enfrentando “cadáveres con ojos filo en punta” en la “difícil ciudad”. En medio de objetos hechos, naturalezas, instantáneas en las que es dado movilizarse diariamente, surge la palabra perturbadora de lo sometido como real, la duda de la aprehensión. ¿Designan las palabras o somos signados por ellas? En la escritura ejercida en Aprender a aprehender las palabras se comportan como imágenes desfamiliarizadas de nuestro esquema habituado a bisuterías, de lo escrito o el habla, que ejercitan y prolongan la catarsis de los sentidos. La exigencia a la que nos somete esta escritura equivale a la de mirar aprehendiendo de nuevo el mundo. Su sintaxis elimina la lectura cronometrada de nuestros, hasta ahora, conocidos instintos.­

la leyenda de los cantos de sirenas y pájaros

las florestas adoradas en sus gotas de oro

de cada madrugada son apenas literatura fascinante

cuando se asoman los márgenes del caracol urbano

“Engranaje humano”, maquinaria aceitada para un rendimiento al máximo, músculos reducidos a palabras de salario, cobro, pago y deudas en la cuadrícula “lógica de la vida cotizada en cuotas”. La existencia salarial voceada por marcas que inhabitables se cotizan en las vallas, insinuantes en la pantalla se deslizan subrepticiamente rayando la memoria. Maquilado el deseo desaparece el ser humano dando espacio al eslogan, quimera donde habita con su alfabeto desechable. Plegando “su destino para cargarlo con leve imagen”, calcomanía tras calcomanía. En este punto las palabras sólo tienen una utilidad: actuar como agentes conductores para una audiencia cautiva. Son de oficio publicitario, útiles dentro del esquema de usura que las manipula. Engastadas en este discurso hacen las veces de imán que paraliza.

consignada en caja de automatismos programados

está su voluntad y están sus sueños

tiene que ser en la ficción de todo comienzo

donde se base siempre el cómputo de las edades 

El poema debe revelar las palabras si quiere revelar la humanidad. Las palabras deben revelar el discurso que nos moviliza, transformar la realidad de dicho discurso. De no ser así, continuarán sirviendo de vehículo para rematar saldos de bodega, destinadas para pronunciar a usuarios consignados “en caja de automatismos programados”.

así pues él camina por la ciudad diariamente

espectador de los mismos incidentes

de los mismos inevitables azares

combina lo disperso para no saberse perdido

El poeta que sucede en la escritura de Aprender a aprehender no escapa a la azarosa realidad que somete a las palabras y sus usuarios. Recorre los distintos estadios de abyección donde tal realidad ocurre. Su revelarse no es improvisado. Se da en el itinerario mismo del ultraje que lo somete. Una lectura de estos poemas será insuficiente si no se tiene en cuenta lo anterior. El poeta no es un salvador. Si intentara serlo sería un continuador del discurso que lo ultraja. El poeta es una víctima que se revela. Es perceptible la sacudida celular que sufre el poeta durante la elaboración de estos poemas, como un reacomodarse en el sistema gravitacional de su existencia. Este poeta confía en la “Infracción” que lo rescate “de la trampa”. Apura las palabras no obedeciendo las señales que le indican la calzada de supuestos como opción “genuina”. Acelera en la sintaxis que le acomodan como una infatigable luz roja, presión necesaria para hacer “posible en la tarde la rayuela de la vida”, en la cuadrícula mental desprovista de sentido. Cuadrículas correlatos de la usura, señales caracterizando en cuerpos dese­chables, con repuestos ocasionales para continuar el uso eficaz “de sus ademanes”. La gran empresa multilingüe, en donde las acciones-palabras son el sofisticado botón que les mantiene en su tautológico funcionamiento: “Tráfico” de “ingresos y egresos” que mantienen en primer plano el rompecabezas siempre próximo a encender “el sueño del porvenir la forma de liquidar la muerte”. Multi-pantalla con control en el cerebro que la reproduce. Hueco apto para el continuo vaciado donde se engasta “la retórica”, “decrepitud” de “jubilados” en el uso comedido de sus destinos.

ciudadanos inertes que nada rigen

sólo la risa póstuma de su tiempo

detenido en la vaguedad de sus facciones

signos de los límites sin elixir de la vida

Balance que satisface al presidente rector, no al “peatón poeta” que se revela en la escritura de estos poemas, índice de los ultrajes que nos designan y conducen como elementos laborales de uso desechable. 

NOTA
En este ensayo reúno los textos: “La palabra que no se restaña”, escrito en 1992 para abrir Poesía en el umbral, selección 1985-1989, antología que preparé de la poesía de Luis Iván Bedoya (1993). Y “Aprender a aprehender”, texto escrito y publicado en 1991 sobre el libro de poemas de Bedoya del mismo título (1986). Con esta reunión  procuro hacer el boceto para un fresco que sirva de acceso a la poesía de Bedoya publicada hasta esa fecha. No sobra agregar que la obra de Bedoya hace mucho se apartó de los manidos temas y la música de canción repetida que rige la escritura poética practicada en Colombia, y ya esto es suficiente motivo para que su obra despierte resquemores y ataques insulsos.

[Parte integrante del libro Asedios – Nueve poetas colombianos, de Omar Castillo (Los Lares, Casa Editora, Medellín del Aburrá, 2005).]

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El acervo general de la Banda Hispánica fue creado en enero de 2001 para atender a una necesidad de concentrar en un mismo sitio informaciones acerca de la poesía de lengua española. El acervo contiene ensayos, reseñas, declaraciones, entrevistas, datos bibliográficos y poemas, reuniendo autores de distintas generaciones y tendencias, inclusive inéditos en términos de mercado editorial impreso. Aquellos poetas que deseen participar deben remitir a la coordinación general del Proyecto Editorial Banda Hispánica sus datos biobibliográficos, selección de 10 poemas y respuesta al cuestionario abajo:

1. ¿Cuáles son tus afinidades estéticas con otros poetas hispanoamericanos?

2. ¿Cuáles son las contribuciones esenciales que existen en la poesía que se hace en tu país que deberían tener repercusión o reconocimiento internacional?

3. ¿Qué impide una existencia de relaciones más estrechas entre los diversos países que conforman Hispanoamérica?

Todo este material debe ser encaminado en un único archivo en formato word, para el siguiente email: bandahispanica@gmail.com. Agradecemos también el envío de textos críticos y libros de poesía, así como material periodístico sobre el mismo tema. El acervo general de la Banda Hispánica es una fuente de informaciones que refleja, sobre todo, la generosidad amplia de todos aquellos que de ella participan.

Acompañamiento general de traducción y revisión a cargo de Gladys Mendía y Floriano Martins.

Abraxas

Jornal de Poesia (Brasil) La Otra (México) Matérika (Costa Rica) Blanco Móvil (México) Revista TriploV de Artes, Religiões e Ciências (Portugal, Brasil)

 

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Projeto Editorial Banda Hispânica
Janeiro de 2010 | Fortaleza, Ceará - Brasil
Coordenação geral & concepção gráfica: Floriano Martins.
Direção geral do Jornal de Poesia: Soares Feitosa.
Projetos associados: La Cabra Ediciones (México) | Ediciones Andrómeda (Costa Rica) | Revista Blanco Móvil (México) | Triplov (Portugal).
Cumplicidade expressa: Alfonso Peña, Eduardo Mosches, Gladys Mendía, José Ángel Leyva, Maria Estela Guedes, Maria Luisa Passarge, Soares Feitosa e Socorro Nunes.
Projeto original criado em janeiro de 2001.
Contato: Floriano Martins bandahispanica@gmail.com | floriano.agulha@gmail.com.
As quatro sessões que integram este Projeto Editorial - Banda Hispânica, Coleção de Areia, Agulha Hispânica e Memória Radiante - possuem regras próprias de conformidade com o que está expresso no portal de cada uma delas.
Agradecemos a todos pela presença diversa e ampla difusão.