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Luis Iván Bedoya: la palabra entre el restañar o el aprehender
Omar Castillo
I.
el cuerpo o la palabra incendiada
es el secreto a voces que busca
toda poesía
Luis Iván Bedoya
Haciendo
clara alusión al significado mágico que desde la noción
primitiva del mundo se le ha querido adjudicar al poeta, e
insertando tal presencia en el contexto de lo ético y lo
estético que no paran su proceso en la condición del ser humano,
el texto escrito para presentar Poesía en el umbral dice:
“El tribal viaja por el laberinto de la llama, esa fascinación
que no restaña. Al danzar, deviene sonido para el canto. Si la
llama es cuerpo y lo que quema hace danza, ¿qué, entonces,
incendia la palabra en quien danza? Si el fuego es hoy posible
en una cerilla, ¿de dónde sacar la palabra precisa? La palabra
es roca propuesta a la faz de la vida. Del fuego deviene una
presencia. El abrigo resguarda al cazador. En la pared
penumbrosa, concluido el dibujo, el trazo grueso atrapa al
animal que, libre, corre por la pradera. Se inicia la costumbre,
un quehacer ético. Lo graficado para la grey emprende la
fundación del instinto estético. La presencia de lo ético y lo
estético se constituye en el reto por asumir una dignidad como
aquella con la cual los guerreros se presentaban unos a otros,
antes de la batalla. ¿De qué manera la palabra manifiesta esta
presencia? Desde siempre han existido condenados a hallar la
entraña de la palabra o, acaso, su simple veta. Los mismos que,
sin premura, la transitan por el filo sin llegar a lacerar su
fondo. Una condena no deja de ser condena. Tampoco una flor, que
arde prístina, sucumbe en la memoria. Quien empuña el arma no
tiene límite si penetra. Así la palabra, al ser pronunciada, al
ser aprehendida vuelve y, como lo dibujado, se prende en la
memoria por el laberinto de la llama.
“Con la misma insistencia y ofrecimiento con que una gota de
agua labra la piedra, la palabra en la poesía de Luis Iván
Bedoya se realiza sobre la hoja de papel. Y son estas labraduras
las que ha puesto a disposición del lector en sus libros de
poemas, como quien entrega la contracifra que hace posible
habitar los arduos ámbitos otrora tan sólo conquistados.
Resultado de una observación y participación pertinaz y casi
arqueológica, este poeta se desenvuelve entre sus naturales como
un extranjero que no acata las leyes que dictan ser utensilio
donde verter una reiterada noción mutilada de hábitos. Sus
poemas no están grabados en el pensamiento como los estribillos
de una canción que ha hecho muesca en las maneras y conduce a
sus recitadores, convirtiendo la memoria y su habitante en un
paraje de memoriosos escombros. Los de Bedoya reclaman otra
costumbre. Logran aventurar un aire en el cual se respira sin
estereotipos, preñan los paisajes por los que el ser humano
pasea y exhibe su primigenia y su gastada identidad entre lo
universal y lo usual”.
Y, en esa misma presentación, observando sobre los libros de
Luis Iván Bedoya publicados hasta esa fecha, se decía, en breves
acotaciones: “Cuerpo o palabra incendiada (veintiocho
poemas, 1985) inaugura el itinerario en la escritura poética de
Bedoya. Su inicio lo tiene en el enmarañado destino que conmina
a sus usuarios para que se comporten como las cenizas que el
viento y la desidia sepultan detrás de las costras del tiempo,
entendido este tiempo como un limbo en donde la sustancia de la
existencia ha sido inutilizada. Y es desde ahí donde, en abierto
desafío, este poeta fragua la palabra y le da forma y hálito a
su aventura poética:
cenizas
palabra de alucinada esencia
despliega en el aire
lo que está detrás
de todo rostro
El apretado perfil que da forma y compone Protocolo de la
vida o pedal fantasma (veinticinco poemas de cuatro dísticos
cada uno, 1986) evidencia el contrapunto en el que son asidas
las diferentes caracterizaciones que ejecuta la condición humana
o, vale decir, lo que media entre el molde que elige el poeta
para su escritura, y el sometimiento a lo que en él puede vaciar
de esta condición y su parafernalia. Varado en la “caravana
urbana” el poeta vivencia el exilio. Recoge las monedas en las
que es acuñada la médula de lo actual para el tráfico común y
sospecha que esas mismas monedas, en otro tiempo, cuando sean
tomadas como hallazgo, circularán todavía entre una condición
humana aún estancada en su propio exilio depredador. También
acude a los festines donde la fisiología erótica no se realiza
en “la carne domesticada”. Constatación de un destino o suma
tautológica, empero, el poeta no cede a nihilismos o
sentimientos escépticos. Estos poemas irrumpen imanando los
instantes que no cesan de iniciarse en el cuerpo en que arde la
vida. He ahí la realización de la paradoja:
por los mismos ojos ahora fijos en la sorpresa aplazada
sostenida por esperanzas vítreas momificadas y huecas
por el abandono compartido por la caravana urbana varada
en el puro centro de moles de cemento y ruido y humo
En Aprender a aprehender (veinte poemas, conformado cada
uno por dos cuartetos, 1986) el ceñimiento del poeta a un marco
de escritura, ya de por sí tan definido, lo obliga a extremar la
economía para la elaboración de sus versos. No obstante su
concreción, el poeta logra que entre cuarteto y cuarteto se
establezca un diálogo que puede provenir del primero al
segundo, o viceversa. Ambas estrofas alcanzan sus propios rasgos
que les permiten finalmente una relación que convierte al poema
en un todo. Aun dentro del límite coercitivo de lo retórico y lo
formal, Bedoya consigue exponer su poética en construcciones sin
subterfugios, en arduas imágenes que le permiten engarzar la
realidad y la posible otredad, haciéndolas surgir no de la manga
o del sombrero del mago sino desde lo usufructuado por éste. Más
allá de estos escollos, en estos poemas el poeta enhebra
analogías y metáforas mutantes que no cesan de perturbar,
eslabonando el mapa del poema a otros ámbitos. La propuesta
estética implícita en sus anteriores libros alcanza en éste un
equilibrio con su visión ética. Y aventurando una sarta en
imágenes auscultantes el poeta logra que, en este libro, la
poesía se zafe de las gasas que la amortajan para dejarla al
descubierto, en el vacío irrefutable de su trayectoria vital.
Canto a pulso
(1988) utiliza en cada uno de sus treinta poemas epígrafes de
autores estadounidenses. Impresos en su idioma original los
epígrafes son utilizados como correlatos de una tragedia que no
termina, como estelas de breves mensajes o simples vallas
publicitarias a la orilla de la ruta, donde se conserva la
escritura que dice de la muerte, la usura, el fracaso, el amor…,
casi todas puestas en lo más árido del terreno de donde, no hace
mucho, partió la caravana. ¿Es la palabra vestigio de un crimen?
La realidad practicada por el ser humano en el territorio que
habita sólo le sirve para el consumo inmediato, como si quisiera
devastarlo, sólo le sirve para sacralizarlo a través de los
fósiles que escudriña y encuentra, reciclándolos del olvido de
sus nombres y almacenándolos en dígitos. Exhibición jactanciosa
del don de un pasado, mientras esteriliza su presente. En este
arco, tenso, se origina y desarrolla el libro. Las palabras
danzan en él en “sílabas de arena”, no intentando conservar una
u otra historia, sino la memoria del presente, haciendo de la
escritura una impresión que no para de renovarse. Eco de “fragua
antigua” o nueva, inserción al canto que se espiga. El arma,
previa presentación del “Retrato hablado”, se adentra en el
espacio sin escudos. Al regresar sólo se percibe el giro del
brazo, apenas la mano fragmentada, ni siquiera la empuñadura o
huella, la palabra vuelta polvo, como si trajera el ripio de
galaxias perdidas irremediablemente. La escritura alcanzada en
este libro es el despertar a una infinita extensión siempre
titilante:
bajo el cuerpo de estos signos
se diluyen uno a uno
los elementos de la ciudad que habita
explosión de cenizas
[…]
y se secan las savias en los campos
y los huesos de las aves olvidan sus alas
y las palabras se calcinan contra el aire
“Caja de autorretratos”, poema que cierra Canto a pulso,
abre paso al trazado que gravita Biografía (trece poemas,
1989). Si los primeros tres libros de Bedoya son secuencias que
avanzan en la exploración de la veta que impulsa su escritura,
estos dos últimos, sin interrumpirlas plenamente, dejan parado a
su autor en el umbral de una escritura a estancias donde tejer
la costumbre para estos días. Biografía es la negación
de una biografía. Es el punto donde se deja el fichero de la
historia y se inicia la memoria de lo inédito. No es el nuevo
Adán que desciende por el hirsuto pelambre de la Tierra de
Promisión. Es el ser humano ante su realidad, ante su incógnito:
escritura líquida donde nada un sueño
rueda oxidada en que gira el pantano
de otros días
marca de los límites
eco de
fracturas
caligrafía del aire en movimiento
pero el día sigue su curso
el peso
de la sangre
quiebra de las palabras”.
Luego de casi diez años de silencio poético Luis Iván Bedoya
publica los libros: Del archivo de las quimeras (1999),
Ciudad (1999), Paleta de luces (2002), Raíces
(2002) y 55 Cucúes (2002). También ha preparado
dos selecciones de sus poemas: Obra Poética, selección
2002-1985, que incluye estudios de Víctor Bustamante Cañas y
Óscar Castro García (2003) y Erótica, selección 2002-1985,
con un estudio de Óscar Castro García (2004).
II.
tendrá que ser en el grado cero de las palabras
cuando se sepa la dimensión de las hipótesis
nociones envueltas en la bruma del extrañamiento
ignorantes de las raíces de sus estructuras
Luis Iván Bedoya
Las intenciones que llevan a realizar pesquisas en la vida de
los poetas no son otras que las de querer asir el instante mismo
en que surge el poema que éste produce. Ese instante que ni el
propio poeta sabría pronunciar. Porque el poema no es la
anécdota. No es aquello que impulsó inicialmente al poeta lo que
culmina en su creación. Ni tampoco es lo que al concluir la
primera lectura del poema creemos leer o identificar con
nuestras emociones. No son siempre las situaciones culminantes
en la vida del poeta las que lo incitaron y viven en sus poemas.
La particular sintaxis, la disposición y usos de la analogía, la
formación metonímica de los temas y la consiguiente imaginería
constituyen la anécdota a la que debemos acudir para
aproximarnos a la escritura de un poeta. E igual que en el
ajustarse estructural del poema, conseguir vivir la experiencia
del sucederse de las palabras y su encabalgamiento, en el texto
poético, es acudir a la experiencia del poeta y sus poemas.
En los poemas ensamblados en Aprender a aprehender,
escritos por Luis Iván Bedoya, encontramos una escritura
sintáctica irregular, practicada en unos textos que no pretenden
convencer a su lector sino enfrentarlo, confrontarlo. No se
acude en ellos al fenómeno de la catarsis que le garantice un
público fiel y reblandecido en sus instintos. Son textos que
agreden la callosidad que nos pervierte y hace usufructuables.
mira las briznas volátiles del oro
milenios de luz siempre en retorno
a los reveses de la deshechada vida
en las formas nebulosas de los días
En las palabras nos “persigue la obstinada historia”. Los
significados que se les señalan a través de las ideas en la
historia de la humanidad son los que con sus “irradiaciones”
vigilan el deseo, consumen el instinto. Entonces carece de
sentido querer decir con las palabras cuando ignoramos los ecos
que han sido impuestos en ellas como vehículos adheridos. Más
oportuno es intentar el reconocimiento de sus adheridos y
entender lo que con ellos las palabras nos hacen usufructuables.
Si queremos otra forma de existir, otro canto que nos
represente, debemos empezar por el desmonte del actual estado de
cosas en las palabras. Dejar de ser “ignorantes de las raíces de
sus estructuras”. Actualmente, las palabras son los balines de
un rodillo oxidado que frena con su herrumbre el andamiaje del
idioma, dejándonos en orfandad, no en silencio y sí en una torre
de babel que no tiene cimientos ni alcanza altura alguna, una
babel que se pierde en la promiscua confusión.
Las palabras entran y salen, deforman e informan un idioma. Con
ellas el ser humano ha intentado contener y distribuir el mundo,
según la conveniencia de sus ideas, para clasificarlo y
dominarlo. Empero para el ser humano la forma de abordar su
alfabeto cada vez le es más insuficiente, al punto que
escasamente logra deletrearlo y, más que ver en su lenguaje un
vehículo comunicante, le ha reducido su capacidad de nombrar, de
aprehender, supeditándolo a una simple práctica inhabilitadora.
Sus ideas de usura cierran la plataforma de las palabras.
Almacenadas sus ideas en cuadrículas urbanas, eyacula, imprime
su huella en el carné de identidad y labora, mientras su
lenguaje va a estrellarse contra el pavimento que lo incinera.
Ignorante, la palabra sólo le sirve como elemento desechable de
uso laboral, para ser dicha en un alfabeto de escombros que
alcanza cada vez más el límite fatal, “el espacio donde aumentan
los saldos de inventario” en frases de empleo inoperante para
aprehender, útiles a quien “ha asumido la pobreza invencible” en
su cuadrícula.
desciende al infierno de los perdidos peatones
para auscultar las reservas de la ciudad sin nombre
es su aventura el destino de una gesta para otro canto
metamorfosis de gastados floripondios e inocuas faunas
El poeta que sucede en Aprender a aprehender sabe de los
riesgos que involucra adherir su perfil al de la lengua,
detenerse en la plataforma donde incinerado el idioma vuela de
nuevo enfrentando “cadáveres con ojos filo en punta” en la
“difícil ciudad”. En medio de objetos hechos, naturalezas,
instantáneas en las que es dado movilizarse diariamente, surge
la palabra perturbadora de lo sometido como real, la duda de la
aprehensión. ¿Designan las palabras o somos signados por ellas?
En la escritura ejercida en Aprender a aprehender las
palabras se comportan como imágenes desfamiliarizadas de nuestro
esquema habituado a bisuterías, de lo escrito o el habla, que
ejercitan y prolongan la catarsis de los sentidos. La exigencia
a la que nos somete esta escritura equivale a la de mirar
aprehendiendo de nuevo el mundo. Su sintaxis elimina la lectura
cronometrada de nuestros, hasta ahora, conocidos instintos.
la leyenda de los cantos de sirenas y pájaros
las florestas adoradas en sus gotas de oro
de cada madrugada son apenas literatura fascinante
cuando se asoman los márgenes del caracol urbano
“Engranaje humano”, maquinaria aceitada para un rendimiento al
máximo, músculos reducidos a palabras de salario, cobro, pago y
deudas en la cuadrícula “lógica de la vida cotizada en cuotas”.
La existencia salarial voceada por marcas que inhabitables se
cotizan en las vallas, insinuantes en la pantalla se deslizan
subrepticiamente rayando la memoria. Maquilado el deseo
desaparece el ser humano dando espacio al eslogan, quimera donde
habita con su alfabeto desechable. Plegando “su destino para
cargarlo con leve imagen”, calcomanía tras calcomanía. En este
punto las palabras sólo tienen una utilidad: actuar como agentes
conductores para una audiencia cautiva. Son de oficio
publicitario, útiles dentro del esquema de usura que las
manipula. Engastadas en este discurso hacen las veces de imán
que paraliza.
consignada en caja de automatismos programados
está su voluntad y están sus sueños
tiene que ser en la ficción de todo comienzo
donde se base siempre el cómputo de las edades
El poema debe revelar las palabras si quiere revelar la
humanidad. Las palabras deben revelar el discurso que nos
moviliza, transformar la realidad de dicho discurso. De no ser
así, continuarán sirviendo de vehículo para rematar saldos de
bodega, destinadas para pronunciar a usuarios consignados “en
caja de automatismos programados”.
así pues él camina por la ciudad diariamente
espectador de los mismos incidentes
de los mismos inevitables azares
combina lo disperso para no saberse perdido
El poeta que sucede en la escritura de Aprender a aprehender
no escapa a la azarosa realidad que somete a las palabras y sus
usuarios. Recorre los distintos estadios de abyección donde tal
realidad ocurre. Su revelarse no es improvisado. Se da en el
itinerario mismo del ultraje que lo somete. Una lectura de estos
poemas será insuficiente si no se tiene en cuenta lo anterior.
El poeta no es un salvador. Si intentara serlo sería un
continuador del discurso que lo ultraja. El poeta es una víctima
que se revela. Es perceptible la sacudida celular que sufre el
poeta durante la elaboración de estos poemas, como un
reacomodarse en el sistema gravitacional de su existencia. Este
poeta confía en la “Infracción” que lo rescate “de la trampa”.
Apura las palabras no obedeciendo las señales que le indican la
calzada de supuestos como opción “genuina”. Acelera en la
sintaxis que le acomodan como una infatigable luz roja, presión
necesaria para hacer “posible en la tarde la rayuela de la
vida”, en la cuadrícula mental desprovista de sentido.
Cuadrículas correlatos de la usura, señales caracterizando en
cuerpos desechables, con repuestos ocasionales para continuar
el uso eficaz “de sus ademanes”. La gran empresa multilingüe, en
donde las acciones-palabras son el sofisticado botón que les
mantiene en su tautológico funcionamiento: “Tráfico” de
“ingresos y egresos” que mantienen en primer plano el
rompecabezas siempre próximo a encender “el sueño del porvenir
la forma de liquidar la muerte”. Multi-pantalla con control en
el cerebro que la reproduce. Hueco apto para el continuo vaciado
donde se engasta “la retórica”, “decrepitud” de “jubilados” en
el uso comedido de sus destinos.
ciudadanos inertes que nada rigen
sólo la risa póstuma de su tiempo
detenido en la vaguedad de sus facciones
signos de los límites sin elixir de la vida
Balance que satisface al presidente rector, no al “peatón
poeta” que se revela en la escritura de estos poemas, índice de
los ultrajes que nos designan y conducen como elementos
laborales de uso desechable. |