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Oquedad entraña en la poesía de León Pizano
Omar Castillo
nos amordazan
feroces consignas
la esperanza
es la lívida mortaja
de nuestra prematura muerte
León Pizano
I.
Las siguientes observaciones no establecen el orden o
buscan el sitio donde instalar la producción poética de León
Pizano en el contexto de la poesía escrita en Colombia después
de 1950, estas se ejercen teniendo como fondo la observación de
la poesía del autor articulado y la osadía del que comenta los
ámbitos propuestos por éste. Forjando de esta manera un fresco y
una visión: yacimiento y origen. Diálogo que posibilita el
ejercicio del principio de fundación y ruptura que oxigena
cualquier idea o práctica de tradición. En poesía ¿es la
tradición un vasto poema movilizándose en la página que, igual a
la concha del universo, no cesamos de descifrar? ¿Un vasto poema
al cual sería un logro agregarle una coma o máximo una sílaba?
Componer el sistema de posición de las escamas que de un pescado
han sido desprendidas, recomponer estas en el cuerpo del
pescado, volver a su estado inicial el amasijo de escamas que
apenas brilla, nos daría como resultado el mismo que se
obtendría de saber el porqué nos inquieta y sobrecoge la lectura
de ciertos poemas y, en un registro minucioso, anotar las
palabras por las cuales nos decidimos y la forma en que, luego,
las tramamos en imágenes que captan la realidad que nos
caracteriza. Empero, es inevitable tratar el poema como a un
cuerpo que al auscultarlo nos dará el conocimiento de su
organismo y sus funciones, ya en los elementos que lo conforman
como en el ejercicio de los arquetipos del idioma en el que es
fundado.
En mayo de 1974 aparece publicado, de León Pizano, el libro de
poemas (cincuenta en total)… otras palabras, en edición
rústica y sin noticias editoriales o sobre su autor. Este se
abre con una prosa titulada “Poética”, de la que copiamos
fragmentos que ilustran el pensamiento de su autor:
el acontecimiento engendra la posibilidad del signo…
los pies en el agua, entre el referente y el signo, el pescador,
nombra, numera; fija la mirada en el cuerpo imaginado de su
imagen…
ignorándose elemento de una dinámica a innumerables componentes
que se interfieren y se condicionan entre sí, el sujeto
comunicante, usuario de signos, impone la primacía de la
palabra, e inaugura, invirtiendo el orden, un conflicto: el de
la adecuación de los conceptos…
al acontecimiento “real” (el innombrable), eternamente móvil,
constituido por la dinámica de los contrarios, se substituye la
rigidez de la palabra, que será ley; su única posibilidad de
existencia cultural.
Sus poemas componen una visión de la realidad, ardua, en
ocasiones críptica, pero coherente como propuesta a través de
las palabras seleccionadas, con las que establece nexos
comunicantes que nombran e intervienen en aquello que nombran.
El poeta, para su sarta, extrae de las palabras la imagen, hasta
entonces abstracta, y no de la “claridad” usurera de la
cotidianidad domesticada. La obsesión relatora en la poética de
León Pizano se transmite en la persistencia de la palabra como
imagen que por sí misma genera la metáfora, que ya en el
conjunto con otras palabra-imagen-metáfora crean las líneas para
un dibujo múltiple en sus resonancias y contenidos. Y no en la
imagen como colección de voces y lugares agrupados, formando
comparativas metáforas que den como resultado una oración que
relacione las sobreentendidas figuras que promueve una
cotidianidad extenuada.
¿Cuándo, dónde se realiza la descodificación de un orden?
La condición que se da en la escritura de León Pizano estampa un
hombre que se ha dispuesto para anotar, no la crónica como un
cromo nostálgico, sino, el decir, la selección auscultada sin
pudor de sus vivencias y de su intervención atenta, en los
planos que la existencia le ha deparado. En su escritura la
anécdota no es la narración de cuanta emoción se avecina al
texto. Aquí el cuerpo del autor, su sistema nervioso y sus
funciones cerebrales son empleados de manera que permitan asumir
una conciencia. El semblante que origina el poema perece en la
memoria del poeta, la anécdota que se moviliza para el lector de
este poema es la palabra como imagen a través de la escritura y
sus resonancias al ser leída, pronunciada.
Como oposición a los acontecimientos que someten la condición
humana a ser un torrente de consumo y delirio nihilista, la
escritura poética de León Pizano se resuelve por un nervioso
balbuceo de sílabas, son las fragmentadas impresiones de un
hombre que vuelve del exilio que le encasillaba, el exilio
obligado no por el silencio, sino por la algarabía de
grandilocuencia enferma. Hágase de cuenta como si de una roca
surgiera (vuelta a la vida) la figura de un fósil. Informándonos
así el poeta que la escritura no es un lugar o roca para
congelar exilios, que con la escritura se regresa al nervio
palpitante de la realidad:
para saber
que la miel
es la miel
y la fuerza
(que la boca
es terror
de las manos)
son
todas las mañanas
vividas
huidas
son
las mañanas
hasta ahora
Las palabras, desprendidas de las referencias a conceptos
ideológicos o históricos que las adoptan y les dan acepciones
que buscan espectrarlas como vehículos manipuladores de adeptos,
al ser arrancadas por este hacedor, son fénix que surgen de
entre sus cenizas. Y es entonces cuando en la página o concha
donde se realiza la escrita constelación acontece el diálogo que
despetrifica los territorios donde la ilación de carácter
histórico e ideológico desaparece, generando el ritmo que
penetra el presente al ser pronunciado. He aquí la práctica de
una de las cifras del poema: desprender la palabra del discurso
que la usurpa y congela. Es el poeta conduciendo el carácter
prístino de la palabra por el interior de las vértebras erguidas
sobre los filos del tiempo, consiguiendo de ellas instrumento
que al interpretarse comunica con la otredad. La creación carece
de límite, toda extinción es su origen.
La ciudad que se recorre, que se registra en estos poemas, es el
rumor de un eco que proviene del entramado de un cuerpo que se
agita y gasta en ejecuciones frágiles, que se acumula en
fragmentos a los que difícilmente se conectaría para relatar una
semblanza o boceto. No se presenta en estos a la ciudad como
depósito de recuerdos o acontecimientos resaltados, epopeya de
un quehacer cotidiano. En estos textos se transmite una
condición que el poeta aborda en las voces que ausculta, igual
que al lector portador de esta arqueología:
soledad
juego de palabras
llevo mis libros
bajo el brazo
me quedo mirando
tu muñeca
que se rompió en la fábrica
que te impide fumar
como yo amo
mañana
mañana seguro
no habrá ángeles
ni lenguajes derruidos
y muchos pájaros rojos
como ahora
Dispuestos en la página los semblantes de la piel de la ciudad
quedan como rayos que imprime el sol y que al ser vistos en su
conjunto parecen un giro escrito como la primera huella que
entraña al tiempo en la costra de una época. Este poeta sabe que
la palabra convoca, que pronunciarla en su escritura es promover
acciones, franquear acontecimientos.
La historia diseñada para obstruir los sentidos, conducida por
episodios que describen las obsesionantes costumbres del poder
en sus fórmulas de lucha por la hegemonía de la tierra y sus
contenidos, cerrando para el ser humano la posibilidad de
allanar la metáfora que le revele su intrínseca condición de
realidad. La cual quizás en nada se asemeje a esta lata de
embutidos en la que nos realizan. ¿Debe el ser humano marginarse
del engranaje usurero que le usa para alimentar su maquinaria en
el tiempo como acontecer histórico, en el cual sólo tiene margen
para el consumo?
Entonces, figurar con las palabras, aventarlas en tumulto
suponiendo que unas con otras comunicarán secuencias familiares
al esquema histórico diseñado, no es la función de la poesía. La
poesía es desfamiliarización, arrebata al lector de los
vehículos verbales con los que es usado y domesticado. Esto no
entraña límites o parámetros para la escritura del poema,
entraña en su libertad a la palabra donde se gesta toda
escritura, desde donde se gesta y multiplica toda lectura. Esta
libertad revela una cifra: las ideas y sus hilaturas perecen
en tanto las palabras, fénix, permanecen. Y se las verá en el
vacío sin tiempo de la página, originando y consumiendo.
Buscando la imagen que dé claridad primordial al dibujo poético,
en los poemas que integran este libro, encontramos que la
metáfora queda gravitando entre la mancha que se agita en la
memoria e intenta conectar sus fisuras y la palabra que al ser
escrita se comporta como un hueco por el que se filtra y revela
la luz de la realidad. La palabra como organismo revelador en
los objetos y sus usos, en lo derruido, en los cuerpos, desde
los cuales es entraña de la vida. Este poeta, cuyos perfiles de
escritura intervienen al lector por regiones sin descifrar,
dándole la opción de una lectura renovada del mundo, nos
comunica que no todo es historia:
memoria
rumor
lívido
tendré
de
ésta
ungida
polvo de sol
caer del viento
pasos
ciudad
de palabras
cabelleras
robadas
por el tiempo
testimonio
También, en… otras palabras nos es dado el poema como
escritura que en la página queda igual a un fósil que intenta
interpretarse, rescatarse de la roca que lo contiene. Texto al
que el lector debe hacer surgir de una de entre las
interpretaciones que contiene. Aquí la página es el vacío, y la
escritura la posibilidad del origen. La escritura, su impresión,
queda como propuesta, como una rasgadura en el vacío del terreno
pisado durante la noche cuando la ejecución de la danza, ahora
mientras la aurora inicia a la luz que irradiará el día.
II.
el tiempo
tiene todos los rostros
y muchas
otras palabras
fugitivos países
En 1981, en Santa Fe de Bogotá, me fue presentado León Pizano.
Por terceros me enteré de que había residido en Europa, en
París, creo, y que estaba recién llegado de India. En Santa Fe
de Bogotá ocupaba un cuarto en la casa, hoy restaurada, donde
vivió y murió José Asunción Silva. Años más tarde, para efectos
de una nota biobibliográfica, averigüé que había nacido en
Ciudad Bolívar, Antioquia, en 1939. No sé más de él. Asumir una
reputación es negar la posibilidad de encarnar la elíptica de la
vida como un acontecer siempre revelador, la vida independiente
de la autoridad que manipula, que impone dicha reputación. La
distancia mantenida, el silencio de León Pizano después de la
publicación de su único libro, deja filtrar una renuncia, la de
un ser que persigue un territorio que le permita asumir la vida,
la poesía como un acto que despierta el escándalo al no revestir
la careta indicada por la reputación. |