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Juan
Gustavo
Cobo
Borda: tierra de
fuego, las palabras en escena
Omar Castillo
Nos clavamos un aguijón en el flanco
para que nuestra trompeta suene con más fuerza.
Sólo que algunos producen miel
mientras otros zumban estériles.
Juan Gustavo Cobo Borda
De
la lectura previa que de Tierra de fuego, de Juan Gustavo
Cobo Borda, hace Enrique Molina, y de la que nos cuenta en la
presentación escrita para el libro, entresaco algunos de los
renglones en los que Molina nos dice lo que considera son las
intenciones y mecanismos por los que se moviliza la escritura
del mismo. Los renglones puestos como un párrafo dicen:
“Estos poemas podrían ser las notas de un viaje de exploración.
Pero en realidad ese breve inventario se transforma para él (el
poeta) en una revelación y su título termina por aludir
oblicuamente a un itinerario interior. En efecto, este libro es
una reflexión sobre la poesía en medio de la alienación
cotidiana. Nace en la niebla y se hace nítido y tangible. La
función del poeta es asumida como la de ese payaso empolvado
que canta su fracaso lírico, o bien ese bufón hecho para
sentir. En medio del extraño delirio de estar vivo conserva
la cabeza fría, contempla con la máxima atención la cuerda floja
por donde avanza, en la que cada paso está exaltado por el
riesgo de la caída. Aquí también, misteriosos como chamanes, se
invoca a los poetas García Lorca, Borges, Víctor Hugo, Rubén
Darío, aquellos que urdieron una trama fosforescente entre la
ciega vecindad de las cosas. Asimismo la realidad, al pasar a un
medio como la poesía —medio volátil por excelencia— se abre en
distintos planos. Pero bajo su transparente visión se presiente
una verdad más profunda que la enunciada, un reprimido
sentimiento de soledad y la intuición de lo abisal”.
Así nos prepara el poeta Enrique Molina para la lectura de los
poemas que componen Tierra de fuego. Agreguemos que estas
palabras también las podemos usar como el inicio y posible
escenografía para la puesta que significa cada poema, tanto en
el momento de su creación por el poeta, como en el momento de la
creación a la que lo somete el lector. Un poema nos debe
permitir abordar su lectura desde cualquiera de los versos que
lo hacen, y desde ahí, en el orden que sea, poder leerlo.
Ultraje o no, un poema nos debe dejar ejercer en él cualquier
disección que nos permita allanar su lectura. La palabra llevada
al poema hace posible leer la realidad, es decir, esa palabra se
convierte en vehículo arqueológico inmediato para el presente de
esa realidad. Y si la realidad es incesante, entonces las
palabras que la pronuncian no deben cesar en su revelación.
El poeta es actor en las palabras que elige, en la forma como
las emplea para armar las imágenes con que quiere comunicar su
poema, que por paradoja adquiere después las identidades de sus
lectores. El poeta que nos deja el itinerario que se lee en
Tierra de fuego no se distrae en filigranas y malabarismos
de cuño incauto, las palabras que emplea presentan rápidamente
el asunto a tratar, no son forzadas para aparentar más allá de
lo que intentan decir, responden al decantamiento que las
perfila y hace ágiles tanto para su escritura como para su
lectura.
Con “El maestro” y “Mestizo nicaragüense”, poemas que junto con
“retratos” abren
el libro, Cobo Borda nos comparte su aprecio por las obras de
Borges y Rubén Darío, poetas que con sus ritmos imprimen un
movimiento vital al idioma español. En ellos el poeta identifica
dos referentes que le permiten entender que su materia en la
elaboración de su escritura es la palabra, entendida ésta como
autónoma de la bisutería que le adjudique cualquier malabarismo
histórico, bien sea social o religioso. Entendiendo que la
riqueza de un idioma son las voces de sus hablantes, quienes,
como un surtidor, alimentan y nutren las palabras que sin
distingos hace suyas, en el momento de su escritura, el poeta.
En “Hecha por todos: la poesía” es la voz del poeta lanzándose
en pos de una conversación por territorios donde el diálogo es
apenas posible en el acoso doméstico que impone sus rutinas. Es
también la corroboración de que la palabra que el poema
involucra no es propiedad de quienes normalmente usan sus
pulcras escupideras en las academias de la lengua. Aun en medio
del acoso la poesía cruza las vías públicas a cualquier hora:
Errantes por el mundo,
solitarios en definitiva,
veo de golpe todos los amigos.
Es como pasar a limpio
la libreta de teléfonos.
Renegando de la literatura
pero citando versos
jocosos o inaccesibles
En la herida ontológica que nos escinde y domestica, ¿es el
poema cicatriz o auscultamiento? Mucho se ha argumentado en pro
de la revelación del poema, o en contra de la incomodidad que
procura el poema. Agreguemos que aprehender es una de las
funciones del poema. En ocasiones su escritura se comporta como
señas afanosas dejadas en territorios donde la domesticidad
gobierna e impone sus dogmas. Nos dice el poeta que estas señas:
Hay que copiarlas,
sin embargo,
aun cuando la página
se vuelva mucho más blanca.
Pálida como sudario.
Aun cuando la certeza sea la de que no se tendrá espacio para
comunicar estas señas y de lograrlo sería alimentando la
enfermedad más propagada, de la cual ningún parte clínico
informa: la impotencia, encono que se esparce por todo el
organismo hasta hacerlo inoperante, empero:
¿Cómo hacer que las palabras sirvan
en países insuficientes
atiborrados de piadosas mentiras?
Al menos quisiéramos las palabras mínimas que nos permitan saber
de nuestra domesticidad y sus dividendos, no de esas “piadosas”
retahílas en elocuente retórica con la que nos mitigan cada
jornada. Pero a cambio de la obediencia los lugares nos
pertenecen como cotos de empleo o desempleo, al punto que la
gran oración para el inicio o el fin de cada jornada es la de
dar gracias por un empleo y un salario, esa es la inclusión para
una existencia de vida y muerte remunerada:
El tiempo que se va
sin remordimiento alguno.
Los afectos diluidos.
La inercia arrolladora
de las conversaciones insulsas.
Lo que es humano, trivial, perecible.
La carencia de todo impulso.
Este refinamiento laboral que sacraliza la cotidianidad y nos
permite estripar al vecino en la escena de la competencia. O, al
poeta creer en la fidelidad de sus sentimientos y hacerlos
aparecer como la hontana que surte de principio a fin la belleza
de los acontecimientos que suceden en tal escena, mientras:
Pero el poeta,
bufón hecho para mentir,
seduce con su máscara de amante
y se desangra al pie del lecho
tantas veces mancillado.
No sólo lo vocea el poeta, también la sangre de los caídos,
bufón que diariamente se reseca y hace grumos al ingreso de los
edificios del Estado, al borde de los mataderos independientes y
privados. Es cuando el presumible e íntimo itinerario que da
motivo a la escritura del poeta se desfigura y le hace aparecer
en su monólogo “de la superficialidad”:
Que el cotorreo sentimental
no subleve la bilis.
Ninguna tensión rígida:
desnudarse. Dejarse ir.
Sin embargo
par delicatesse
volvemos a convocar
el baboso yugo.
¿Cuándo acaeció la familiarización que nos convirtió en esto
tan desmedido y ruin? Entendiendo familiarización como la
expresión que consigue establecerse e imponer la domesticación
hasta convertirla en el dogma que con sus rezos nos unifica,
fortalece y mantiene “vivos”. Animales atávicos a una posible
respuesta que dé indicios de cuándo acaeció esta
familiarización, mientras su inicio se bifurca y extravía, y al
cúmulo donde se almacena este extravío lo denominamos alma.
Hasta convencernos de un origen divino que nos justifica y
glorifica en el tiempo universal.
En fin, continuando por el itinerario íntimo y público que el
libro Tierra de fuego nos propone nos encontramos con la
visita que en la penumbra Cobo Borda le hace a César Vallejo
justo cuando éste departía con sus madres. Y como quien intenta
su mejor número acrobático deslizando su garganta por el filo de
un arma cortante, Cobo Borda nos participa de cuando “Vallejo
hablaba con sus madres”. Escuchemos algunos fragmentos:
Blandengues y mimados,
carentes de carácter,
[…]
hemos sido educados.
[…]
Nunca afrontamos nada.
Pero el tiempo
acaba por ponerse de nuestro lado.
Lo que fue rubor y pena
se convierte en anécdota barata.
[…]
Sostenme en el aire,
que me caigo.
Y llegamos al poema “Modos de resistir”, en el que el poeta
retoma su monólogo de alusiones y apariencias, donde la realidad
que lo permea pareciera sólo afectar la intimidad de sus
asuntos, permitiéndole mantenerse al margen de la
infraestructura doméstica que cercena e impone sus principios.
No obstante nos deja oír:
No se reconoce en sus titubeos serviles
ni en la necedad de querer servir
dos señores al mismo tiempo.
En las escenas donde el monólogo del poeta se representa se hace
evidente que toda la puesta del itinerario propuesto y cubierto
por este libro se recrea entre la apariencia de una existencia
holgada, aun en medio de su tráfago, y la contundencia de una
domesticidad que cercena mientras se impone. Y por más que el
poeta haga introspección y consiga proyectar un diálogo de
mudanzas entre su voz y la de los poetas invocados, siempre
termina lo doméstico por copar la escena. Entonces, ¿dónde
huir?, ¿dónde encontrar un ínfimo espacio que permita al menos
el olvido de la existencia? Mientras, como quien analiza un coto
domesticado que cunde en su atrabiliario, los exóticos
civilizados observan cómo estos domésticos los invaden y
“cuelgan trapos sucios de las ventanas”:
contemplan cómo la nueva tribu atrabiliaria
devora museos, consume paisajes,
hurta los souvenirs infames.
Se esconden entonces
en los cuidados bosques
de sus barrios residenciales,
lejos del smog
pero no de su propia historia
implacable.
“El retorno de las carabelas” es el título del poema donde se
describe tal escena. Sí, las carabelas regresan cargadas de
flores exóticas, de piezas de oro, de guacamayas, de manzanas
de tierra que alivian las hambrunas. Es decir, de las
heridas y sus consiguientes coágulos de sangre, de cicatrices
inertes donde se ha instalado, impecable, el proteccionismo
desde el que se enseña el abecedario del silencio, en sintaxis
que camuflan la entrega dócil y total. Ya no nos compran con
espejitos ni nos fascinan montando engalanados caballos. Ahora
nos fascinan con su historia, con sus ciudades y residencias
museos: sus suculentas construcciones donde se practicaron los
más sofisticados crímenes. Nos engolosinan con su ciencia y
tecnología al servicio de la barbarie desarrollada. La “tribu
atrabiliaria” no tiene escapatoria:
Aquí, donde todo un país
se estafa a sí mismo
especulando con pasados que no existen
y futuros que por supuesto nadie disfrutará
“¿Todo goce implica remordimiento?”, interroga el poeta mientras
su garganta continúa deslizándose por el filo del arma que
atraviesa la escena donde se escriben algunos de los poemas que
hacen este libro o Tierra de fuego. Y de súbito, del
fondo de su voz ahíta entre escombros, el poeta García Lorca
cruza la escena dejando “una gota de sangre de pato”, la cual no
alcanza a salpicar los decorados que acentúan el último cuadro
de la escritura de Tierra de fuego y su puesta en escena.
La poesía no es cuestión de calificaciones. Es asunto de
hallazgos. En su escritura el poeta no evoluciona, solamente se
adentra en el hallazgo que la veta le propicia, ya esquiva, ya
cargada de sus dones. En “Tierra de fuego”, último poema del
libro y al que da título, Juan Gustavo Cobo Borda logra imprimir
con su escritura la manera de decir la veta que excava,
convirtiendo su voz en la de un poeta identificable, en la voz
de un poeta que explora y consigue comunicar su exploración.
“Tierra de fuego” es un poema que, con el ritmo de su escritura,
informa el no rostro, la carencia de una identidad. Empero, es
también un llamado a la tenacidad, a la convicción que elabore
la estalactita y la estalagmita que nos procuren un destino no
sometido o, en su defecto, la desobediencia al actual destino
doméstico. Dejemos que sean algunos de los versos de “Tierra de
fuego” quienes pronuncien y cierren esta puesta de palabras en
escena:
También aquí,
[…]
En esta tierra seca
donde los grandes lagos escarchados
inician su deshielo
[…]
algo irreprimible
me ha obligado de nuevo
a tratar de decir la vida
con palabras insuficientes.
[…]
Cuántos años, cuánto tiempo,
sin más ley que la ineluctable
que rige las mareas.
[…]
Por tal razón trabajo los vocablos
que deben introducirse
en algún remoto pecho
como quien miles de años después
recoge un pedazo de vidrio
golpeado hasta conformar una punta de flecha. |