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José Asunción Silva: gotas amargas de la ciudad letrada
Carlos Vázquez-Zawadzki
1 Investigar los orígenes
Especialistas
en la obra de José Asunción Silva (1865-1896) establecen dos
procesos y modalidades significantes producidos por su pluma:
poesía de crepúsculo - sombra y poesía de luz - blancura (R.J.
Schwardz) o bien nitidez y borrosidad (R. Goldberg) o bien
poesía de ideas y poesía de palabras (E. Sarmiento) o también
“la manera lírica, musical, sugerente de raigambre simbolista
característica de sus mejores poemas, y la modalidad crítica,
satírica, humorística que es lo que conforma las composiciones
de las Gotas amargas, la cual aparece como
contra-discurso de la primera manera pero que coexiste con ella
en todo momento sin que en realidad una predomine sobre la otra
y formando un todo indisoluble”, afirma H. H. Orjuela.
Ahora bien, en este marco las Gotas amargas tendrían
origen transtextual -por oposición a la visión mecanicista de
algunos críticos que lo sitúan en los años de la crisis
financiera del poeta- en temprana fecha, cuando éste habría
encontrado en Víctor Hugo, “una modalidad poética que más tarde
seguiría cultivando y que contrasta abiertamente con su estilo
característico afín al que los simbolistas estaban imponiendo en
Francia. El poema Realidad (traducido por José Asunción)
contendría un verso programático No hay nada bajo para
nobles almas, en el cual “se sugiere que la materia poética
además de ser libre puede referirse a un tema cualquiera aunque
se exprese en lenguaje prosaico, siempre y cuando el poeta
cumpla el lema de Víctor Hugo de no aceptar límites en la
expresión de la verdad.” En Realidad, leemos: Naturaleza
es una dondequiera /en Japón o en Gonesa - Las distancias /
suprime y son lo mismo Triptolemo/ y Dombasle, la toga y las
enaguas. En Egalité, Silva jugaría de manera irónica con
la misma idea: Juan Lanas, el mozo de esquina/ es absolutamente
igual/ al emperador de la China: / los dos son un mismo animal.
En este mismo sentido se determinaría biográfica y
transtextualmente la vertiente ‘anti-poética’ de las Gotas
amargas.
Esta argumentación un tanto reduccionista, y de carácter
silogístico, en la lógica de la imitación o la parodia vis-à-vis
de situaciones sociales tipos, se contrapone a otros
acercamientos historiográficos: Por ejemplo, Hugo representaría
en América “la idea de la poesía como fuerza natural y la del
poeta como abanderado de las causas sociales” (D. Jiménez). Por
el contrario, la escritura modernista de Silva rompería con esa
concepción romántica: “la poesía elaborada como una obra de
arte, ‘pensada’ al tiempo que sentida, minuciosa y críticamente
trabajada en su forma y desvinculación del servicio ideológico,
ya sea con finalidad política, religiosa o moral”. No obstante,
al apuntar el crítico a la génesis del Silva escritor -además de
acercarse al planteamiento de Orjuela- argumenta de forma
tautológica y de nuevo reduccionista - silogística: Silva “es
conciente de que escribe porque lee”. Lo segundo porque se apoya
en una formulación de la relación “lector, luego escritor”
tomada de José Fernández narrador de De Sobremesa: “lo
que me hizo escribir mis versos fue que la lectura de los
grandes poetas me produjo emociones tan profundas como son todas
las mías; que esas emociones subsistieron por largo tiempo en mi
espíritu y se impregnaron de mi sensibilidad y se convirtieron
en estrofas”. La afirmación como la identificación J. Fernández
/ J. A. Silva, en algunos casos teorizada como contrato o pacto
biográfico, se han convertido en lugares comunes de la crítica
silveana. Por otra parte, estas investigaciones sobre los
‘orígenes’ deben ser replanteadas en sus presupuestos
epistemológicos y crítico-discursivos.
2 Lecturas intencionales
Las Gotas amargas en su vertiente anti-poética (que
llevaría a Luis Carlos López… y Nicanor Parra) son leídas en
muchos casos de manera pertinente en su intencionalidad
enunciativa: Ante la Bogotá mojigata y provinciana
fin - de siècle, Silva profiere un grito de rebeldía contra
su sociedad (Sanín Cano); ante las normas sociales y la
simulación, explicita el conflicto en términos de realidad y
apariencia, ello, desde el desenmascaramiento, y ante la Bogotá
convencional, una burla de su sociedad burguesa pero provinciana
y arcaica (Camacho G.); ante sus semejantes de la medianía o
mediocridad, rechazo íntimo de esos seres y comportamiento (Charry
L.); ante las dos influencias en el ambiente de Bogotá, española
- tradicional e inglesa pragmática, el cruel combate conduce a
desdén y desilución (Liévano A.); ante un mundo cultural
univalente y retórico y filológico, juega con la antítesis
(Mejía D.) y la paradoja (G. Valencia); ante la estética
romántica y popular (tipo J. Flórez ), hace una crítica al
romanticismo, más aún, se inscribe en la línea martiana del
modernismo comprometido con las realidades sociales
latinoamericanas (Alstrum); ante la efectividad de la expresión
poética heredada del romanticismo europeo, Silva asume una
escritura escéptica, y su visión es acre y desilucionada (Alstrum
y otros).
Todas estas lecturas no interrogarían los procesos de
enunciación en Silva vistos inter y transtextualmente, esto, en
el contexto de lo que Angel Rama denomina la ciudad letrada y
escrituraria, en la Colombia de la ‘Regeneración’ y
latinoamérica. De otra parte, no abordarían el conocimiento
discursivo -poético de procesos de enunciado o materialidad
significante de las Gotas amargas (con pocas escepciones,
vgr. Alstrum, Cano Gaviria…). Asimismo las lecturas críticas mas
poco analíticas obliterarían la fundamental oposición en Silva
entre lo oral y lo escrito, lo impublicable y lo publicable,
olvidándose tipologías de recepción y receptores de las Gotas
amargas en la Bogotá de los años 80 y 90 del siglo XIX.
Finalmente estas maneras de leer no problematizacían ni
reconceptualizarían la misma vertiente anti-poética: risa,
comicidad y humor… ironía y sátira… imitación, pastiche y
parodia… prosaismo y comunicabilidad… Las Gotas amargas
exigirían una investigación y punto de vista interdisciplinarios
y polisémicos. Un solo punto de vista reduce, diluye y pierde el
objeto de conocimiento.
3 Preguntas y / o puntos de vista abiertos
Reir de las instancias trágicas -para Hegel- es
destruír la unanimidad de la ciudad.
Un primer interrogante explicita nuestro interés investigativo
por las Gotas amargas (y por extensión, tanto por la
comicidad y humor, como por el conjunto de la obra de J. A.
Silva en la ciudad letrada y escrituraria del siglo XIX), éste
desde el punto de vista histórico de la antropología y
sociología culturales: “¿Existe una percepción irrisoria del
hombre, su imagen y su vida?” (J. Duvignaud). Un segundo
interrogante, desde una perspectiva semiótica, sobre la
comicidad o bien el humorismo de las Gotas amargas y
sobre esta percepción irrisoria que rompe con la (cosmo)visión
trascendental católica e histórico burguesa del sujeto en
sociedad: “¿Cuales son las disposiciones que lo cómico viola sin
que deba reiterarlas?” (U. Eco). Y desde una dimensión
analítica: “¿Cómo el no - sentido se convierte en ‘mot d’esprit’?”
(M. Safouan).
4 En la ciudad letrada y escrituraria
En un comienzo -”desde la remodelación de Tenochtitlán, luego de
su destrucción en 1521, hasta (…) la Brasilia de L. Acosta y O.
Niemeyer”- el poder centralista del absolutismo español de la
contrarreforma concibió y ordenó “un modelo urbano de secular
duración: la ciudad barroca” (A. Rama). A las
ciudades latinoamericanas, “las regirá una razón ordenadora que
se revela en un orden social jerárquico transpuesto a un orden
distributivo geométrico.” Tres instituciones del orden real (de
la realeza) tendrán a su cargo el plan colonizador: Iglesia,
Ejército, Administración. ¿El diseño? El damero del espacio
barroco: “unidad, planificación y orden riguroso, que traducían
una jerarquía social.” Desde antes que la ciudad exista -Bogotá
o Cartagena o México o Buenos Aires- el orden quedaba estatuído,
“para así impedir todo futuro desorden” o destrucción de la
unanimidad de la ciudad. Entonces, la ciudad deviene letrada
-realizada y producida, administrada, dirigida y aun
contabilizada en sus finanzas y productos- por grupos elitistas
específicos, escriturarios. Derivados del orden discursivo
surgirán desde el siglo XVIII las palabras subordinar e
insubordinar, puesto que a la ciudad ideal, letrada y
escrituraria, se opondrá dialéctica o dialógicamente la
ciudad real: “Este encumbramiento de la escritura consolidó
la diglosia característica de la sociedad
latinoamericana, formada durante la colonia y mantenida
tesoneramente desde la Independencia. En el comportamiento
lingüístico de los latinoamericanos quedaron nítidamente
separadas dos lenguas”, afirma Rama. Una fue la pública y de
aparato, impregnada de la(s) norma(s) cortesanas; la otra fue la
popular y cotidiana, la de la vida privada, la algarabía, la
informalidad, la torpeza y la invención incesante del habla
popular. Esta será identificada por la primera con “corrupción,
ignorancia y barbarismo”.
Así, hay entre la pública y la popular y cotidiana todo un
desencuentro, desencuentro similar al del “corpus legal con
sus ordenanzas, leyes y prescripciones, y la confusa realidad
social.”
La ciudad en la historia occidental -plantea Duvignaud-
encierra, al tiempo que se opone y rechaza la ‘no - ciudad’ de
los espacios y observaciones nómadas. En ésta hay acumulación
determinada de seres, “todos bajo la mirada de todos.”
Acumulación y densidad social que engendran un tiempo
específico, como también situacional de los ciudadanos o sujetos
“en roles particulares coordinados entre ellos”: Roles y
división del trabajo; roles y código, que se impone en el
decurso de la frecuentación: “Un código
invisible se refieren los unos y los otros en su
promiscuidad jornaliera. Una convivencia común elimina la
violencia, las leyes de la sangre, la vendeta, la rivalidad de
músculos y nervios -y las transpone en el espectáculo de los
juegos.” Al encerrar, la ciudad (en nuestro caso, barroca,
letrada y escrituraria), fija o determina una experiencia de la
vida: “En el espacio cerrado, el signo reenvía a otro signo,
como el precedente, ocupa un lugar definido en la trama del
discurso urbano. La ciudad es un lenguaje.” Y en la
ciudad escrituraria latinoamericana y colombiana, un ejercicio
encrático -retórico y sofístico- del poder persuasivo
institucional, político - religioso (en la ‘Regeneración’) y
económico - cultural. Los citadinos habitan ese lenguaje, se
subordinan, y en ocasiones, se insubordinan en y contra el
mismo.
Ante las frecuentaciones o relaciones pasionales (que romperían
-como en la risa- la ley) se impone por persuasión la ley del
valor y del trueque: “El precio de la sangre deviene el símbolo
de las cosas producidas, y el equivalente de un prejuicio.
Un precio que se paga. Así la acción deja de ser épica: esta se
hace trágica o absurda, la de un loco o criminal.” O bien, la
del escritor , artista o intelectual. Pero, en la ciudad emerge
la representación imaginaria de otros actores sociales, los
protagonistas de la ciudad real. En medio de la ciudad histórica
-en el centro del damero- ocurre el lugar en el que se lanzarán
las figuras de la ficción. Pero en la ciudad latinoamericana y
colombiana barroca y en proceso de modernización a finales del
siglo XIX -como ocurre con la ciudad burguesa que se
industrializa a comienzos del siglo pasado- este espacio se
interiorizará en su pasión simbolizable del ver y del
verse:”Para el hombre privado” -en particular el de la
burguesía- “el interior representa el universo. Reúne en
él la lejanía y el pasado. Su salón es una
platea en el teatro del mundo(…) La conmoción del interior
se lleva a cabo a finales del siglo en el estilo modernista”,
afirma W. Benjamin.
En la Bogotá finisecular, luego del triunfo militar -y político-
de R. Núñez en 1885, frente al liberalismo radical, se impondrá
la Constitución Nacional de 1886, y luego, en 1887, un nuevo
Concordato. La Ciudad se reasume como letrada y escrituraria.
M.A. Caro será presidente, filólogo y poeta, librero y
periodista, maestro e intelectual. Si en las décadas del 60 al
80 el país tuvo “una de sus más brillantes épocas intelectuales”
-afirma J. Jaramillo Uribe-, la ‘Regeneración’ por el contrario
implicará un regreso a la tradición española (Caro: “Nuestra
historia desde la conquista hasta nuestros días es la historia
de un mismo pueblo y de una misma civilización”). Dice
Jaramillo: “M.A.Caro representa la fidelidad completa y sin
reservas a la tradición española, en cuanto esta significa una
concepción típica de la vida personal y de la organización del
estado, y en cuanto simboliza una gestión histórica. En ningún
momento de su vida llegó a pensar que los ideales del mundo
anglosajón pudiesen ser superiores a los hispánicos y por lo
tanto pudiesen o debiesen reemplazar a los que constituyen la
tradición latino española… Ni el progreso industrial, ni las
ciencias, ni el liberalismo económico, ni la sociedad
individualista, ni el positivismo, ni el método de las ciencias
naturales en el campo de las ciencias del espíritu, fueron
considerados por Caro como valores absolutos y máximos, y menos
aún, como llegaron a considerarlos la mayor parte de sus
contemporáneos de Colombia y América, como objetos de veneración
y culto.” En este marco, los siguientes enunciados del
regenerador presidente de la ciudad letrada y escrituraria:
“Colombia reaparece, después de largos años de agonía, a nueva
vida, en la cual todos hemos de trabajar en la medida de
nuestras fuerzas, y para hacernos dignos de la protección que
Dios nos ha dispensado, en devolver a la verdad los dominios
usurpados por el error, y en consagrar al bien la fecunda labor
que promete una sociedad regenerada.” También: “Beban en las
impuras aguas del sensualismo los jóvenes abyectos que no tienen
alas para elevarse al cielo de la verdad católica…”, etc. Para
A. Tirado M., “Constitución y concordato formaron así un solo
bloque… Colombia adoptó el esquema de una República donde
imperaba la teoría del Estadoconfesional, acompañado de un
principio de no- tolerancia religiosa.” En resumen, señala
Jaramillo V.: “Por ello resulta tan característico y sui
generis este sincretismo colombiano, esta modernización en
contra de la modernidad.” Total, Colombia: la modernidad
postergada!!! en una situación histórico - social diferente
a la del resto de ciudades (y países) del continente, en diálogo
y sincretismos o hibridaciones múltiples con el libre comercio
del capitalismo internacional.
5 Silva: Bogotá - París - Bogotá
En El corazón del poeta y las recientes biografías de
Orjuela, Vallejo y Cano Gaviria, E. Santos Molano investigó y
reconstruyó experiencias de Silva en París, capital del siglo
XIX: vivencias, lecturas, amistades, escritura, proyectos,
obsesiones (por lo literario, científico, pictórico,
filosófico). En este París, dice W. Benjamin: “El ámbito en que
se vive se contrapone por primera vez para el hombre privado al
lugar de trabajo. El primero se constituye en el interior. La
oficina (léase almacén, en Silva) es su complemento. El hombre
privado, realista en la oficina, exige del interior que le
mantenga sus ilusiones. Esta necesidad es tanto más acuciante
cuanto que no piensa extender sus reflexiones mercantiles a las
sociales. Reprime ambas al configurar su entorno privado. Y así
resultan las fantasmagorías del interior. Para el hombre
privado el interior representa el universo.
Reúne en él la lejanía y el pasado. Su salón es una platea en
el teatro del mundo.”
A su regreso a Bogotá, Silva continuará siendo comerciante y
escritor. Lo primero en el almacén de su padre Ricardo; lo
segundo en el interior de su casa familiar. En
apariencia, entonces, es un ser escindido libidinal y
psicologicamente, dramáticamente escindido en el lenguaje y el
hacer significante y económico. El hecho significativo es la
ciudad de París percibida y vivida por Silva en su cotidianeidad
-ciudad en proceso de transformarse en urbe por su
industrialización y comercio: disolviendo sus muros y encierro,
haciendo abstractas las relaciones entre citadinos, fragmentando
su lenguaje antes habitado por los mismos parisinos…- opuesta a
la ciudad letrada y escrituraria de Bogotá, encerrada
jurídicamente en el programa político - correligionario de la
‘Regeneración’. Silva, lúdica y oralmente, es decir,
corporalmente, dispondría al interior de su casa familiar como
también en su almacén, pero asimismo en lugares privados de
familiares y amigos -en tertulias, reuniones y fiestas, de
espacios para, en términos de Duvignaud, lanzar o representar o
actuar las figuras de la ficción elaboradas en sus Gotas
amargas. Esto, en una topología del interior escenificada y
actuada como teatro de la ciudad y del mundo, y colocándose una
máscara de la comicidad y del humorismo, codificada y estético -
literaria. En este escenario interiorizado Silva expresaría una
percepción y visión irrisorias del hombre de la ‘Regeneración’,
su imagen y su vida. Del hombre local, incluído el mismo Silva,
crítico y moderno, más que modernista - y latinoamericano
universal.
6 Signos como gotas amargas
Para U. eco, lo cómico, a diferencia de lo trágico y
dramático en donde “antes, durante y después de la
representación de la violación de la regla” lo específico es
“demorarse largamente en la naturaleza de la regla”, éste (lo
cómico) lo daría por descontada, y las obras no se preocuparían
por reiterarlas. Semióticamente, “existe un artificio retórico,
que concierne a las figuras del pensamiento, por el cual, dada
una disposición textual o intertextual ya conocida por la
audiencia, muestra su variación sin por ello hacerla
discursivamente explícita.” Se preguntaba aquí por las
disposiciones que lo cómico viola sin que deba reiterarlas. Eco
señala al respecto: “Ante todo, las comunes, es decir, las
reglas pragmáticas que el cuerpo social debe considerar como
dadas.” Y añade: “Justamente porque las reglas, aunque sea
inconcientemente, son aceptadas, su violación sin razón se
vuelve cómica.”
En la Bogotá letrada y escrituraria del Caro regenerador -ciudad
años atrás de un gobierno federal, de lenguaje y cosmovisión
liberales, mismo del error y del mal sin la protección divina-
las Gotas amargas de Silva -liberal, a su vez, más allá
de la discursividad y las práctica políticas- serían cómicas,
liberadoras y aún subversivas “porque concede(rían) licencia
para violar la regla. Pero la concede precisamente a quien(es)
tiene(n) interiorizada esta regla al punto de considerarla
inviolable. La regla violada por lo cómico es de tal manera
reconocida que no es preciso repetirla.” Pero las Gotas
también podrían ser humorísticas. En este caso, “la
descripción de la regla debería aparecer como una instancia,
aunque oculta, de la enunciación, como la voz del autor
que reflexiona sobre las disposiciones sociales en las que el
personaje anunciado debería creer. El humorismo, por lo tanto,
excedería en distanciamiento metalinguístico.” Así, el humorismo
de las Gotas amargas, no “sería , como lo cómico, víctima
de la regla que presupone, sino que representaría su crítica
conciente y explícitamente.” Su humorismo sería en efecto
metasemiótico y metatextual. En esta disyuntiva semiótica, nos
inclinaríamos aquí por una investigación contextual y textual de
la dimensión humorística de las Gotas desde el primer
poema Avant-propos: Pobre estómago literario/etc., y la
conjunción de la estrofa final (que en otros poemas es de
registro disyuntivo): Y para completar el régimen / que
fortifica y que levanta, /ensaya una dosis de estas / gotas
amargas. En esta perspectiva intentamos adelantar una lectura
analítica del conjunto de las Gotas amargas.
Vista de manera complementaria, esta irrisión de los valores de
la ciudad letrada y escrituraria -del sujeto fin de siècle
y su spleen; del lírico, su lenguaje y preguntas a la
naturaleza; del filósofo y su saber; del hombre sentimental; de
la mujer bella; del ciudadano idealista; del científico o médico
y su método confiable…-, conduciría a la dispersión mientras “la
potencialidad política a la unificación”, porque, “la irrisión
perturba la coherencia de los sistemas, la lógica interna de las
estructuras o la gravedad de los observadores”, al decir de
Duvignaud. Lo cómico, lo humorístico -en la visión de Hegel- es
instrumento de podredumbre. Como en satán, proviene del espíritu
que niega siempre. Como todo liberal colombiano, quien, para San
Ezequiel Moreno, obispo de Pasto y corresponsal de Caro, es
pecador y excomulgable: “No -escribió en los años 90-; seamos
firmes: nada de conciliación; nada de transacción vedada e
imposible. O catolicismo o liberalismo. No es posible la
conciliación.” De manera excluyente de las normas o
disposiciones sociocatólicas, sin alternativas: “Están, pues,
condenados los principios inventados por la revolución del siglo
pasado, base y fundamento del derecho nuevo. Jamás ha tenido ni
tendrá la Iglesia otra cosa que condenaciones para los
principios del 89, para las ideas modernas, para el derecho
nuevo, basado en aquellos funestos derechos del hombre…”
La risa -nominable- de las Gotas amargas destruiría,
según Hegel, la unanimidad de la ciudad de Bogotá en proceso de
‘Regeneración’, en la que los sujetos sin diferencias sociales y
de clase o sujetos del orden escriturario deben hacerse dignos
de la protección divina. Más aún los jóvenes santafereños -ayer
abyectos- que beben gotas o impuras aguas del sensualismo. Pero,
en un sin - sentido para la axiología y código intersubjetivos
de la ciudad, las Gotas se escuchan para beberlas en un
régimen otro “que fortifica y que levanta” -en un desorden
moderno de los sentidos o sinestésico-, dichas en el lenguaje
verbal y corporal de Silva quien las representa teatralmente, y
producen risa: “El hombre sondea el no - sentido o la nada de
una condición y encuentra la risa que se obtiene de la
constatación de ese no - sentido”, pensaba Schopenhauer. En las
Gotas amargas Silva, metasemiótica y metatextualmente -en
un solo adverbio: humorísticamente-, en tanto sujeto y objeto
del humor poético, crítico y autocrítico en acción o actuación,
establecería una relación inédita -una comunicación- entre
estómago y cerebro excluyente de todo corazón
romántico o sentimental, corazón indigestado por la axiología
política - católica de la caridad de M. A. Caro y por el tiempo
circular como regreso de lo mismo. Dice Silva -descubriéndolo
significante, oralmente- un no-sentido “con el fin de
escuchar lo que, de otra manera, no se dice”, aclara M.
Sefouan. Esto, en una modalidad y técnica poéticas de carácter
metonímico: “la metonimia es de lejos el mecanismo más utilizado
en la producción de lo humorístico.” Aquí la metonimia es el
desplazamiento del orden (cultural, discursivo y urbano) de los
sentidos. Las Gotas amargas escuchadas - mediadas por el
ver y verse escénicos e interior de la ciudad letrada y
escrituraria, ver y verse de valores, roles e identificaciones-
para ser bebidas y bien digeridas son los
objetos humorísticos por investigar y analizar:
“Todos estos objetos”, gota a gota y todas las Gotas amargas,
“cuya manifestación suscita el sentimiento de lo humorístico no
son objetos para el deseo. Es más bien el deseo su rehén: deseo
por el objeto.” Pero como objetos humorísticos las Gotas
amargas suscitarían también “un sentimiento de
despersonalización: porque es igualmente verdadero que el sujeto
es y no - es este objeto, el cual se presenta así como raíz de
la identidad y de la extrañeza, al mismo tiempo.” Así, el
lírico, no obtendrá más respuestas de la tierra; el científico o
médico racionalista y experimental, enloquecerá y perderá su
renombre y clientela; el filósofo moderno, encontrará al final
del ser la nada del saber y hacer; Juan, encontrará que sus
diferencias sociales y culturales con el emperador chino serán
igualdad en la animalidad sexual; el idealista de ayer y hoy,
será mañana pancista, a su vez deconstruído o destruído
por el futuro nihilismo que vendrá; el tradicionalista y bueno,
se curará con maldad y naturalidad el chacro sentimental; la
contemplada mujer hermosa, será objeto sexual a gritos, a gritos
de deseo en tanto objeto sexual; el bovarista (todos los
lectores y escritores), será un sueño irrealizado e infeliz…
como en Bouvard et Pécuchet. Ya Hugo veía en la creación
“un inmenso estallido de risa…”. |