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Gonzalo Arango, profeta de la nada
Darío Ruiz Gómez
Frágil,
de pequeña estatura, los ojos vivos y sinceros. Y el rictus en
la boca de quien se había preparado para ser incomprendido en la
vida: la mirada del apóstol de una religión laica. Entonces
-1955-, Medellín vivía la dureza de la moral instituida por
aquellos a quienes Fernando González llamó “los mayoristas”. El
puritanismo exacerbado y fanático de los comerciantes que, desde
1948, habían iniciado una dura represión política con toda la
ferocidad del ultramontanismo. Un alcalde, un obispo de la
ciudad habían prohibido la entrada a la ciudad, por ser un
peligro contra la moral, a Dámaso Pérez Prado, a María Félix y a
Camilo José Cela.
Leer, pensar era entonces un extravío peligroso para esa
monolítica moral afianzada en la estructura familiar. Recordemos
que esta Antioquia desterró en su momento a figuras como Uribe
Uribe, Fidel Cano, Ñito Restrepo, Porfirio Barba Jacob y condenó
a un amargo exilio interior a Fernando González, a Pedro Nel, a
Débora Arango, a Carlos Correa, etc. ¿Sabe alguien en Rionegro
que allí nació Baldomero Sanín Cano? Fue en este clima que aún
recuerdo y lloro donde fue incubándose la protesta de Gonzalo
Arango.
Hacia el año 56, ya había dejado la carrera de derecho y escrito
en largas temporadas en una finca una serie de novelas que luego
rompió. Igualmente en la revista de la Universidad de Antioquia
y en El Colombiano había escrito notas de libros. Trabajó
con el gobierno del General Rojas Pinilla y a su caída fue
naturalmente objeto de duras críticas por su “colaboracionismo”.
Generacionalmente representaba una apertura hacia lo universal
frente a la generación de transición de Mejía Vallejo, Oscar
Hernández, Castro Saavedra, con algunos de los cuales,
especialmente Manuel, llegó a discrepar con vehemencia. Era
profesor de literatura y para entonces, en los cafés del centro,
Estanislao Zuleta y Mario Arrubla configuraban a través de Marx
y Freud otro tipo de rebelión contra la injusticia social y la
mojigatería.
Federico Arango sería años después uno de los primeros
universitarios en abandonar sus estudios y meterse al monte a
iniciar un nuevo tipo de lucha armada contra la oligarquía. La
barbarie no se había detenido en ningún momento en su odio al
campesino y esa izquierda planteaba el proyecto de un país más
justo. Con Carlos Gaviria, Jaime Jaramillo Panesso y a través de
Joyce, Faulkner, Kafka, rompimos fuegos contra el provincianismo
cultural. En febrero de 1958, en el café “La Bastilla” me pidió
Gonzalo que desistiera de mi viaje a España y lo acompañara en
la revuelta que iba a iniciar.
Rompimiento de amarras
Cuando en España vi su foto en este periódico, de suéter negro y
una calavera al lado, le escribí reprochándole por su
existencialismo trasnochado. Inició entonces su periplo de
apóstol por las ciudades colombianas recogiendo adeptos e
instigando actos de desafío contra esa sociedad pacata que, en
medio de la barbarie, se negaba a aceptar la presencia de un
cambio radical en las costumbres y lenguaje. Epater le
bourgois tenía en ese entonces un significado propio. Habían
renunciado a todo proyecto personal, al señuelo del éxito
económico, y esto era importante.
Ya hacia el año 70, lo encontré de nuevo como un hombre cansado
que conscientemente parecía haberse dado cuenta de que vivía una
impostura, o sea aquella imagen que revistas y publicaciones le
habían señalado, la voz quebrada de gastadas profecías, débiles
argumentos, pregonando ahora una falsa inocencia. Un hipismo
arrastrado a la criolla sin haber logrado el fulgurante poder de
las metáforas de un Ginsberg, de un Kerouac, sin haber tenido
una música genuina. Era el hombre que hubiera querido
desaparecer en la noche y despertar bajo otros cielos y otras
palabras. Lector de Camus, murió como este en un absurdo
accidente automovilístico. Una lectura atenta de todos sus
textos de peregrinaje supone encontrarse con la monotonía propia
de quien ha repetido una monserga sin sentido, la agota
finalmente y quizás busca desde este vacío de sentido de la vida
y la escritura realizar una catarsis.
¿Qué amaneceres vio en los angustiosos extramuros colombianos?
¿Qué emoción auténtica palpitó en las aburridas sesiones
representando una rebeldía agotada? Nada de esto ha quedado en
esa prosa de gurú criollo. Es entonces su espectro el que vive
aún y el que se dimensiona como imagen de vida de alguien que
supo incitar algunos versos notables de sus discípulos, alguna
novela importante como “Amor en Grupo”. El inolvidable, gracias
a esa secreta y firme admiración que guardan los seres normales
hacia aquellos que fueron capaces de romper amarras con todo, de
abandonar el suelo de la hipocresía provinciana para definirse
sin éxito alguno en un imposible.
Fundador del Nadaísmo
Gonzalo Arango nació en Andes (Antioquia) el 18 de enero de 1931
y murió en Tocancipá (Cundinamarca) el 25 de septiembre de 1976.
Terminó bachillerato en el Liceo Antioqueño donde comenzó a leer
literatura existencialista. Estudió tres años de Derecho en la
Universidad de Antioquia. Se recluyó en el campo con el
propósito de hacerse escritor, salió del encierro en 1953 y en
1955 escribió sus primeros artículos como comentarista literario
para EL COLOMBIANO de Medellín. En 1957 se trasladó a Cali donde
ideó el Nadaísmo, cuyo Manifiesto fue lanzado en 1958,
movimiento en el que militó hasta 1967. Poeta y excelente
cronista, colaboró para la Nueva Prensa entre 1963 y
1964, luego para Cromos entre 1966 y 1967 y para El
TIEMPO entre 1968 y 1969. Sus últimos años los compartió con la
cantante inglesa Angelita, empeñado en establecer una comuna de
artistas y poetas en Providencia. Obras: “Nada bajo el
cielorraso y 'HKLLL' (teatro), “Sexo y saxofón” (cuentos), “Los
ratones van al infierno”, “La consagración de la nada” (teatro),
“Prosas para leer en la silla eléctrica”. Se editó, en Buenos
Aires en 1985, una recopilación de su obra, “Obra negra”. |