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Carlos Carabeto: germen y acepciones en la palabra para el poema
Omar Castillo
Suspendida y al acecho
tejes mi atención a la tuya
gentil arácnida.
De cara
a la pantalla astral
milenios de evolución absortos
en este cruce infinito de coordenadas
cuando la sombra de mis manos
—sombra palmaria—
vengo a ofrendarte en calidad
de red para el enigma.
Carlos Carabeto
En
1999 Carlos Carabeto publicó su primer libro de poemas: Bîja,
entonces para la nota de contracarátula escribí: “Vías conducen
a la creación de la poesía, ya en el acto de leer, ya en el acto
de escribir. Una de éstas es la que se fundamenta en la palabra
entendida como umbral y origen, palabra ardua, estimulada sin
las componendas que facilitan los buenos sentimientos o las
ideologías de turno. No la palabra en la acepción de su
desnudez, sí la palabra en la raíz y hondura de su ropaje. Lo
anterior para darnos cuenta de que no es posible acceder a los
poemas que componen el libro Bîja, de Carlos Carabeto, si
no nos ponemos y actuamos en la situación de quien, tras la
pronunciación de cada palabra leída, emprende un camino de
revelación, que en definitiva es el oficio de la palabra cuando
ha sido sopesada al margen de su callosidad útil. La palabra
como fuente de asombro y de diálogo es la que nos propicia
Carlos Carabeto”.
Teniendo en mis manos el segundo libro de Carlos Carabeto:
Saloma, publicado en febrero de 2001, intento hacer
extensión entre ambos libros y ampliar mi apreciación
proponiendo como umbral su tercer libro: Alternancias,
publicado en 2003.
Iniciemos. En mi opinión, cuando Mallarmé se refería a la
preservación de las palabras de la tribu pensaba, no en las
domesticadas y acuñadas como moneda para la mera compraventa,
sino en aquellas que en la penumbra permanecen casi inéditas,
nutriendo con sus raíces los significados y cuya comprensión, al
pronunciarlas renovadas, nos hace posible aprehender el gozo de
la revelación. Entiéndase revelación como la acción de comunicar
relaciones y opuestos que den salida a las condiciones que
requiere el ser humano para renovar su visión y razón de
realidad.
Entonces no debe parecernos extraño cuando las palabras y su
escritura en el poema presentan dificultades para su lectura,
dificultades siempre franqueables de acuerdo con el interés del
lector. En los poemas de Saloma la palabra es escrita con
la carga e intención para que en sí misma posea impulso
metafórico, es decir, para que se comporte como raíz que impulsa
haciendo posible su poder renovador, para lo cual convoca y
exige del lector la suficiente comunión que le permita encontrar
y leer el habla dispersa de su cotidianidad y la escritura que
se manifiesta en el continuo de su realidad. Materia sin la cual
el poema le será insuficiente e incomprensible.
El tema en Saloma es el fermento de lo amado y por tal
motivo el poeta hace que sus cantos se inicien en el
dintel de una boca que se ofrece promesa de un beso que puede
ser dado ya en el instante del arribo, ya en el de la despedida.
Los tramos que estos cantos asumen están a la intemperie
fascinante de lo amado y tensos en la atracción de las
“noctilucas” que maravillan y desaparecen. Íntima odisea
recreada por los ritmos y sonidos que cada palabra ofrece en sus
acepciones y significados.
Así cada palabra para estos cantos está extraída de la penumbra
de la memoria y, por lo mismo, cada una encierra el magma, la
potencia que propicia renovadoras analogías que nos permiten una
visión, un impacto desde donde aprehender la realidad nombrada
del mundo, en este caso del mundo a través de lo amado. Este
poeta en su búsqueda explora acepciones que deja a nuestra
disposición, nos ofrece la carnosidad expresiva de significados
en cada palabra, “Hasta impregnar los recintos / con fragancias
medrosas, incógnitas”.
Si en Bîja el poeta buscaba en los gérmenes de la
palabra significados que le hicieran posible una noción para
participar de los ritmos y danzas de la existencia, del sonido
que aprehende el mundo con sus máximas vitales, en Saloma,
al saborear la dicción de estos gérmenes, su gusto y
esencia lo involucran con el deseo y sus asideros y zozobras
que lo suman y arrojan:
Al deseo
devela, con rubor.
En esa su boca
de
labios
prontos…
otro —uno más—
Bîja
es el encuentro con el germen de la palabra que da origen a la
voz, por lo mismo es el libro del regodeo iniciativo donde se
celebra el encuentro de la voz que paladea y se hace escritura y
la página o vacío donde ésta se imprime una y otra vez, tal como
sucede en el poema “En sístole y diástole”:
Entre la madeja
de la Tejedora Galáctica
mientras
derivables remolinos de polvo
captan las vibraciones
de una extraviada voz
libertos rayos de luz
pulsan el cauce de la aventura.
Saloma
en tanto es el libro del arribo íntegro, “De / fuego / cristal
puro / vuelto / al / fuego / hecho / estoica lágrima / agua /
(sangre) / lustral”. Por paradoja es también el libro donde se
configura la intemperie, la partida abierta, como lo establece
el poema “Intemperie” que aquí reproducimos en su totalidad:
De la nube
su proverbial desparpajo
la inacabada forma;
Del rayo
su carga dada
la geometría intensa;
Del relámpago
su brevedad plena
el brillo del anuncio;
Del trueno
su alerta sonorosa
la voz que es destino;
De la tempestad
el sello del ciclo
renovante.
…
Bajo los aleros
el barro y su metáfora.
Y el encordado
de un retejido corazón inquilino…
¡Esta
Casa por habitar!
La concreción que Carabeto consigue en sus poemas es posible
por la manera como él selecciona cada palabra para establecer
las imágenes con las cuales elabora, contando con la gama de
acepciones que cada una arropa, el dibujo que involucra ritmo e
impacto significantes. Desde ahí su sequedad, es decir, la
ausencia en su escritura de lugares y usos comunes. Ausencias
que se vuelven aportes para sus poemas, permitiéndole al lector
allanar sus propias búsquedas, iniciar su propia elaboración.
En las imágenes elaboradas para los poemas de Saloma se
escucha el murmullo o letanía de actos y acontecimientos que, de
la fragua cotidiana, saltan en palabras para acechar desde la
página. Entonces la narración se establece en el diálogo o
forcejeo de unas palabras y su estela de acepciones, y no desde
planos descriptivos en la narración. El poeta ha conseguido
apropiarse de un léxico, un montón de palabras que le permiten,
desde su particular forma de asir la realidad, acceder a una
manera de nombrar y comunicar.
Vale agregar que la metáfora se origina en la relación mítica
que el ser humano establece y genera como aprehensión de su
realidad en el mundo y, a través de asociaciones comparativas,
poder hilar su permanencia y su conexión con dicho mundo. En su
trayectoria los poetas han hecho que la metáfora sea el vehículo
conector y recreador para sus interpretaciones. Empero, debemos
recordar cómo, a partir de la escritura poética que se
desarrolla en el siglo XIX y se consolida en los diversos
movimientos de “vanguardia”
en el XX, la fuerza de los contrarios y las posibilidades de la
analogía establecen maneras diferentes a las recreativas que
propiciaba la metáfora. Es así como desde el poema se generan
imágenes de fuerzas contrarias y/o análogas, desarrollando una
multiplicidad de formas y contenidos que le permiten allanar con
su escritura la realidad y sus sucedáneos, nutriendo el poema de
una sustancia hasta entonces inconcebible, cuyo hilo conductor
es el ritmo. El ritmo asumido como la necesaria manera de
orquestar al poema para cada una de sus lecturas. El ritmo como
acción de revelar la danza significante que las palabras
ejecutan al ser escritas. Ritmo que exige la participación vital
de su lector, quedando abolidas la medida y la rima,
herramientas que en su momento permitían la fácil memorización
del poema. Y Carlos Carabeto no es ajeno a estos hallazgos que
ejerce para sus poemas.
Entonces, la manera como Carabeto encuentra “sus” palabras, la
arqueología que practica para extraerlas de sus acepciones y
significados enrarecidos por la falta de uso o el arcaísmo, y
con las que da forma a sus intrincados poemas, ¿es un atributo?,
o, ¿una dificultad innecesaria para su lector? Allanar es la
respuesta.
Alternancias,
tercer libro de Carlos Carabeto publicado en 2003, con 17 poemas
cuyo índice los distribuye en cuatro “Apartados” y “El último”,
es una obra que en su presentación tipográfica y en la
estructura de sus versos nos propicia un malestar nervioso que
se hace más perturbador cuando nos encontramos con palabras que
el poeta exhuma de ese alfabeto silencioso donde se acopian las
acepciones dejadas en desuso. Versos incrustados en la página
como restos de una existencia que se resiste al olvido, o
maneras de un pasado que se resiste en las palabras buscando su
justo señalamiento en este presente. La dificultad y la
incomodidad son fundamento y propician los ritmos para esta
poesía que intenta afincarse en las realidades del ser humano
contemporáneo, realidades ásperas que no dan tregua y de las que
ignorar sus bifurcaciones equivale a sumarse al oscurantismo que
nos domestica. El poeta en estos poemas no se ofrece como un
guía, es un interrogante cuando impacta y desde ahí acude a lo
que le resta de intercambio y búsqueda para un diálogo posible:
Embrión de nao:
en la hondura del abismo
donde balbucir te es dable,
viertes símbolos
—de suyo dadores en proceso—
a la huidiza permanencia,
acercándote con no poco
de lo percibido a mí (a ti)
sin serte del todo viable
el Encuentro.
Palabras escritas y arrojadas por un agujero que las dispersa o,
impresas en el abismo de la página ¿consiguen increpar hasta
confrontar y hacer necesario acometer en pos de la existencia?
Desde el abismo de la página estos poemas se abren a temas que,
puestos para el lector en una escritura intrincada, antes que
enseñarle en el sentido convencional le permiten encontrar la
didáctica de su aprehender lo nombrado. Poemas elaborados a
partir de contrarios, sean éstos el día y la noche, la luz y lo
oscuro, el inicio y el fin, lo real y lo imaginario, urdiendo
con ellos el entretejido de una posible renovación que
modifique las rutinas hasta ahora aceptadas. Cabe decir que
después de generados y establecidos los límites inestables y
cambiantes de lo diseñado y entendido como ciudad, cualquier
transcurrir del que haga empleo el poema es dable, y su manera y
temática se presentan desde la logística contextual de la
ignorancia, el conocimiento y lo vago del destino humano que en
ella se comporta.
En la elaboración de su escritura el poeta, antes que avanzar o
retroceder, explora las diferentes maneras en la forma de la
veta que lo obsesiona, hasta saciarse o perderse en ella. Sólo
así le es posible realizar el informe en la escritura de su
poema. Y el poema exige ser leído, ¿instante que inaugura su
dificultad? Quien lee crea, ve. Ver es acceder a las formas y
vacíos de la realidad. Sin imponer cómo sea aprehendida,
allanada, nos dice el poeta:
Enajenando la Voz
oficiamos como eco-dicto y redacción
hasta
incluso convertirnos en nuestra propia presa
cuando
al sueño rapaz de la hidra
darle caza
intentamos.
En el poema “¿…?” que cierra Alternancias participamos en
el diálogo que el poeta establece desde “la huidiza permanencia”
hasta la médula donde subyace la veta de su asunto poético. Es
así como en las instancias finales de este diálogo se confronta
el nombrar cuando es asumido sólo como pregón, quedando
planteada la necesidad de un nombrar no condicionado y por ende
no reducido a lo efectista para el canto. Antes, en el poema
“Acentos y Desacentos”, se pregunta: “¿Cuya es tu escucha voz?”
y en “Desde el crisol”:
¿Sólo con este instituido
afuera de la palabra
expresar la sustancia de las cosas
y de nuestra Cosa?
[…]
en donde impera validar
la domesticación del ojo
y ejercer la de la palabra
¿creación o más creencia?
¿Lengua o lenguajes mil?
Y esto, mientras permanece en la fragua del habla para la
escritura, atento a “el irradiar de las sustancias”, es
la aspiración que nutre y para la que se dispone el poeta cuando
nos dice: “Articúlate, articúlate consciente de ti. // ¡Y
entonces con lo fundado / nombrar y, así, darte digna
presencia!”. Lo que nos hace disponernos para la lectura del
próximo libro que nos entregue el itinerario del poeta Carlos
Carabeto.
POST-SCRIPTUM
El espectro de la poesía escrita en
occidente en los
recientes 200 años produce la sensación de que el cuerpo del
poema se hubiese extraviado y, en el momento de aproximarnos
para su lectura, contempláramos un vacío sólo palpable desde las
letras que permiten la permanencia de su escritura. Vacío de
contradicción que hace posible lo no sumiso del poema y su
capacidad expansiva y de nombrar, aun perforando, la realidad.
He ahí el instante cuando la analogía entra para conectar la
fragmentación que nutre el poema en su constante construcción y
devastación.
Diseminado en la modernidad el organismo de la historia, la
elaborada y la silenciada en las vetas de la memoria, el poeta,
en su intemperie irrepetible, descoyunta con su escritura el
habla para el poema, acción que le permite modificar el orden
hasta entonces predecible para el ejercicio de la poesía, lo que
resulta coherente si se tiene en cuenta la forma y la manera
como ha sido descodificado el cuerpo humano y, también, su
participación como masa y como individuo en el proceso de
existir en el mundo. Los fragmentos esparcidos que generan la
identidad pasada y actual humana son la materia con la que el
poeta elabora sus condiciones poéticas.
De no tener en cuenta las alteraciones en el orden del mundo,
los acontecimientos y descubrimientos que se han perpetrado, nos
será imposible aproximarnos al vacío en donde estas realidades y
sus posibles contrapartes se comportan, se comunican e
incomunican. Por lo que también nos estará negada la página,
vacío donde el poema, en su fragmentaria escritura, se hace y
deshace. |