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J O R N A L   D E   P O E S I A   |   F O R T A L E Z A l C E A R Á l B R A S I L
COORDENAÇÃO EDITORIAL   |   FLORIANO MARTINS
2001 - 2010
 

 

 

ACERVO GERAL | COLOMBIA

Amílcar Osorio | (1940-1985)

Amílcar Osorio en el diván selecto

 

Omar Castillo

 

 

es como cuando se sacan
los miembros de las heridas,
las manos quedan,
el sentir de los ardores,
los contornos de las formas,
pero, las vanidades de los instantes
en unos momentos se convierten,
las estatuas se dislocan,
las piedras se interrumpen.

sólo quedan los lavoros, las faciendas,
los ecos armoniosos y profundos.

Amílcar Osorio

 

 

I.

En 1980 tuvo su inicio mi amistad con Amílcar Osorio. Antes lo veía con cierta frecuencia por la avenida La Playa y por algunos cafés de la carrera Junín. Era un hombre que aparecía hostil y distante, un ser engreído y abundante en atributos e inteligencia. Lo era en el estricto sentido que estos atributos lo son. Y si rebasaba los topes lo hacía para mantener a distancia a los oportunistas de turno y a los manoseadores que abundan y bien saben usufructuarse del arte de otros.

He tratado a varios escritores de poesía, pero he conocido a pocos poetas, entre estos: Amílcar Osorio, Alberto Escobar Ángel y Javier Lentini de quienes he podido percibir brotando por sus vértebras, inevitable, el sonido jocundo de la vida, en palabras signadas por la perennidad del silencio o el aullido irredento de la realidad en su continua transformación.

Intentar esclarecer los contrastes que permite una amistad, en este caso la de Amílcar, me resulta ficticio, como narrar a través de la memoria el diseño de un trato que dicha amistad involucró e imponerlo, cuando irremediablemente la sustancia de esos instantes es de uno. Amílcar era Amílcar, o si se me permite: “El Tao que puede ser interpretado ya no es el Tao”. Es más, creo que el ritmo que impera en su poesía es la acústica posible donde obtener los pormenores de su imagen y huella en rigor y dignidad.

Un amigo es el origen de un abecedario y con él la posibilidad de nombrar, de crear, de crecer. ¿Intentar definir los rasgos que hicieron posible ese diálogo podría permear y modificar su presencia? No lo sé. Sólo sé que en mí mucho de ese vocabulario echa de menos a Amílcar. Que conste, la amistad no es solamente protegerle la espalda o el pecho al otro, la amistad arde como una llama de la cual no se conoce su origen, y de saberlo, este tampoco demarcaría su ardor.

Que Amílcar haya sido, en el marco de las costumbres de la mayoría de sus contemporáneos, un hombre arrogante, es cuestión de oficios, menester de usureros. La mayoría devenga su existencia social del “pudendo interno” y el narcisismo pacato. Amílcar era elegante, lo cual traduce distancia y holgura humana. A mí me sedujo lo arduo y exigente de su crear poesía, la dignidad de su refinamiento y disciplina.

Con Gonzalo Arango, Alberto Escobar, Humberto Navarro, Eduardo Escobar, Darío Lemos, Jaime Jaramillo Escobar y Jota Mario Arbeláez entre otros, Amílcar, con el seudónimo de Amilkar U., participó en la fundación y promoción del grupo nadaísta. De esta participación queda su inclusión en la antología 13 Poetas nadaístas preparada por Gonzalo Arango y publicada en 1963, como también su inclusión en periódicos y revistas del momento. Vale recordar el número doble de la revista Mito, 41 y 42, donde se publicó una amplia separata de textos nadaístas. No sabría precisar la fecha de su ruptura y distancia con el modo de accionar y armar su literatura que practicaba este grupo, lo cierto es que cuando reúne su libro de poesía Vana Stanza, Diván selecto (1962-1984), lo firma como Amílcar Osorio y deja por fuera casi todos los poemas que publicó en su momento nadaísta. En el mismo libro no aparece ninguna mención a dicho grupo.

Agreguemos. Intentar darle más vueltas al nadaísmo sería como pretender voltear en la sartén sin mango el inexistente cuerpo de un pescado que desde su principio sólo fue una descarnada espina. Y por paradojas del acontecer nacional justamente ese ser descarnado, al punto de parecer extraído de la más aberrante ignorancia, en una nación acostumbrada a la métrica rimada  y a la retórica de las “buenas maneras y costumbres”, es el aspecto relevante de este grupo que durante la década de los sesenta agita la “sosegada” vida intelectual de la nación. Y con una escritura al puro hueso, reflejada en poemas y en una narrativa sin antecedentes en  la tradición colombiana, contribuyeron a la impresión más precisa que pudo exhibir nuestra república después de la carnicería humana que significó el período mal llamado de la “violencia en Colombia” agudizada a partir de los años 40 del siglo XX. El desgaste que se produjo en casi todos los integrantes del grupo al intentar convertir su escritura en clisés de orden publicitario los agotó y distanció. Algunos de ellos insisten en mantener vivo el nombre del grupo como un gancho para su actual vida social. Empero, otros de manera individual continuaron desarrollando su escritura.

En 1984 en edición de 300 ejemplares, fuera de comercio y posible gracias al interés y generosidad de Luis Fernando Correa Arango, publicó Amílcar Osorio su primer libro de poesía Vana Stanza, Diván selecto (1962-1984), en donde, como lo dice en breve nota introductoria, “recoge poemas que han sido compuestos desde 1962 hasta 1984. No están ordenados cronológicamente, ni los libros a los cuales corresponden están completos; algunos de ellos pertenecen a trabajos en proceso”.

Un año después, en febrero de 1985, murió. Había nacido en 1940. Sospecho que el “proceso” apreciable de su poesía quedó impreso en los 100 poemas que componen su libro al que pretendo aproximarme en los siguientes comentarios anotados como continuación de esta semblanza.

 

II.

 

Vana Stanza, Diván selecto se abre con los poemas agrupados como “de Servicios” y con la lectura de estos nos iniciamos en los gustos preciosistas que cautivaban al poeta, ante todo, aquellos del periodo en el cual la poesía provenzal con su “amor cortés” permitía que los señores desde sus castillos impusieran sus designios sobre sus controladas posesiones o aquellas por conquistar, haciendo circular a través de los trovadores sus mensajes en clave, ya militares, ya para establecer alianzas estratégicas, en fin, versos cifrados, escritos como pedidos de amor, usualmente de amores imposibles. Pero en “de Servicios” Amílcar no acude a una reconstrucción de estas costumbres provenzales, usa de su vocabulario, de sus maneras coloquiales y de sus pretendidos giros para transmitirnos la forma sublime que origina la posesión del cuerpo amado, en versos que nos aproximan a realidades y ámbitos de un misticismo que desborda cualquier ascesis. Como evidencia estos dos versos que rematan dicha serie: “Somos la fiesta senhor, / y para ella hemos trastornado el universo”.

En “de Vana Stanza I” sobrecoge la decrepitud de los espacios narrados, posibles a través de los ojos del poeta que, como si fueran la lente inerte de una cámara cinematográfica, los presenta en su dibujo preciso. Suma de la infinidad de impresión de interiores haciéndose uno en los poemas que quedan como esas alhajas con diferentes incrustaciones y ahora guardadas en alhajeros perdidos u olvidados. La precisión con la que llegan las palabras para elaborar y engastar las imágenes hace posible encontrar rastros de vitalidad y sensualidad en estos espacios, o  “Stanzas” como insistentemente los nombra el poeta, donde aconteció vida, de la que sólo permanece: “alguna carroña de insecto, / alguna tela de araña. / marcas de yemas de dedos / de manos de ausentes sobre el polvo”. No son estos poemas de “de Vana Stanza I” el relato nostálgico que discrimina interiores y nos brinda su recuerdo:

hay un calor que viene desde el patio,

en él hay unas flores, los escombros de la fuente.

 

por las avenidas

no están las plantas de los pies desnudos,

ni su ritmo peligroso.

 

quedan los guijarros de ópalo y chispa,

las hormigas y coleópteros diversos.

 

tal vez haya unas uñas rotas,

el esguince de un tobillo,

las duraderas luces de sol.

No, son la confirmación de la participación del tiempo como oleaje que transcurre. Y para su visión los sentidos del poeta se hacen acopio de ojos que consiguen ver el paso de lo que existe y la presencia del tiempo cumpliendo sus ritmos de arqueólogo. En estas “Stanzas” el roer sobre el cuerpo de los ausentes que fueran presencia, habitantes, persiste en los objetos descritos. ¿Es el cuerpo narrado desde su ausencia visto como aleación de polvo que se prende a lo que aún permanece? Que conste, “por las avenidas / no están las plantas de los pies desnudos, / ni su ritmo peligroso. […] tal vez haya unas uñas rotas, / el esguince de un tobillo, / las duraderas luces de sol”.

En “de Vana Stanza II” encontramos que el poeta persiste en la narración del cuerpo, no el cuerpo como parte de la composición del interior o del exterior de la Stanza y sujeto por su sensualidad o por sus funciones domésticas. Es el cuerpo narrado como Stanza en ruinas, en fragmentos donde pudo habitar la mirada, donde la yema de los dedos pudo dejar huella o contribuir a su excoriación. El cuerpo que como estatua es gastada por la estela del tiempo que la usa en su devenir hasta dejarla en su condición de remedo para un instante que se consume en su desenlace, ya “sin pechos” ya “sin cabezas”, sólo como “restos, no sólo destrucciones, / quiebres, sino ausencias, ni rastros”. Y cualquier intento de restauración sería un ultraje. Nos dice el poeta: “los restauros son simulacros”. Entonces, que sólo permanezcan, mientras sean visibles, las “piezas cóncavas y rotas / apuntando sus torsos, / a la vez que a unas memorias, / a los vacíos blancos / de sábanas y abismos, / inefi­caces”.

El cuerpo humano es presencia en toda la obra poética de Amílcar Osorio, ya como correlato del universo, ya como recipiente para el acontecimiento de lo coloquial, siempre el cuerpo como sustancia que le permite introducirnos por los ejercicios y rigores de la existencia, por las consecuencias diseñadas para la existencia que nos estandariza, pugna entre las formas y rutinas, y la sensualidad que se ofrece como opción para transgredir, de ser capaces de asir la realidad erótica, la sumisión que significa la ignorancia del cuerpo. Los poemas agrupados en “de Meteora” nos aproximan al cuerpo que “se fragua” en “vastas sagas” que dan cuenta de cómo su realización es posible. Y no es el cuerpo expiatorio que busca sanar su división entre alma y carne, la culpa como tal está ausente en su poesía. Es el cuerpo descubierto como órgano de resonancias que nos permiten conectarnos con la existencia y sus contenidos. La memoria cultural que nos infecta para el mundo es posible enfrentarla si, en vez de repetirla, allanamos el encono. Que quede como estampa esta “Astronomía posicional”:

En nuestro fragoroso periastro

se conturba el universo conocido

—quizá haya una aberración en nuestra órbita

que disloca los órdenes astrales e inmanentes.

En todo caso crujen las paredes,

las sábanas sibilan sus augurios,

los vientos atormentan las bahías,

los meteoritos escapan locamente,

se rompen mastelerías y envigados,

y a cada abrazo trema el universo.

Nacen dioses, se deflagran pueblos,

épocas enteras se sumen en el caos,

las selvas amanecen mustias o en pavesas,

marchitas las madréporas vagan derrotadas,

se equivocan las estrellas apagadas

con este abrazo de los dos mágicos cometas

que desesperados agonizan tratando de alejarse.

Asistimos a la escritura de un poeta cuyos poemas no huyen de los ruidos del mundo, menos de los fenómenos que los promueven y ejecutan. Su verso se atiene al ritmo que la época demanda, aquel que penetra y se ase con la médula de lo nombrado. La poesía, en sus diferentes amoblamientos históricos, aun los más herméticos, es coloquial, enriquece con su habla escrita las posibilidades de nombrar. Y las necesidades de nombrar son inagotables, lo nombrado se fragua haciéndose existencia. Y si en los  poemas de Amílcar Osorio se establece un dibujo narrativo que los presenta nítidos para su lector es porque el poeta se ha sometido al magma verbal y a las realidades de su época hasta el hallazgo de las palabras precisas que hagan aprehensible su sustancia. Entonces es cuando nos encontramos con la obra de un poeta que se funda en la hazaña que significa la escritura de cada uno de sus versos. No ante un apuntador que nos presenta un sartal de versos provenientes de la cava retórica y de los lugares comunes que cada época inspira.

El rigor y la disciplina con que este poeta establece su escritura contrastan con la sensualidad que le permite asir la piel o los objetos vitales en cada uno de los espacios que nombra. Empero, son un contraste que a la manera de un pintor iluminan la mancha de su dibujo, crean la penumbra, hasta conseguir la visión total sin obstruir cada fragmento. Lo nombrado y lo ausente de nombre no se interfieren en la elaboración del poema, tampoco en sus posibles lecturas. Es así como llegamos a la reunión “de Objetos frágiles”, poemas en los que el poeta nos entrega su tránsito insistente por la veta de sus asuntos y menesteres en un dibujo instantáneo y preciso que no se agota en la primera lectura, es más, con cada lectura principia nuestro aprehender de sus líneas, el disfrute y el azar que es el encuentro con un poema. No me resisto y copio “Vista”:

La ciudad sólo puede ser descrita por las sombras:

la luz es demasiado.

Umbra tostado —bajo un tronco decrépito.

Azul tiestos de botella y olvidados.

Marrón sangre vieja —una herida que se cura.

 

Las sombras se reclinan así:

gris ceniza en las bóvedas del banco,

verde veronés en el zócalo de una casa deshabitada.

Malva es la sombra de una rosa.

El don del poeta es el de la realidad. Y su intervención en ella, cuando haciendo uso de las palabras la permite aprehensible para su presente, no significa que la domestica, ni que es domesticado, sólo que allana con las palabras el diálogo que haga posible el aprehender en la existencia. El poema que “de Vana Stanza II” es utilizado como epígrafe en este ensayo nos aproxima a lo que podría­mos nombrar como poética en la producción de Amílcar Osorio:

[…] quedan,

el sentir de los ardores,

los contornos de las formas,

pero, las vanidades de los instantes

en unos momentos se convierten,

las estatuas se dislocan,

las piedras se interrumpen.

Y el proceder de esta poética es evidente en los 100 poemas que hacen Vana Stanza, Diván selecto (1962-1984), y diría que en “de Objetos frágiles” cumple a cabalidad su noción de realidad y de sensación en lo perenne del instante que se complementa con la otredad. Que lo digan estos versos del poema “Transverberación”:

Hace calor hoy, husmeo el aroma

de plantas recién hozadas. Memoria sangrada,

un brazo flotando en un helado río, gris profundo,

lejano, casi desvanecido.

Cuando se llega a “de Homenajes” uno se encuentra ante unos lienzos cuyos óleos no sólo se han secado hasta cuartearse, sino que también se han desteñido y, así vistos, su acontecimiento inicial y los avatares que el deterioro les imprime los muestra en la penumbra, al punto que los personajes y su acontecer pasan a ser los que la visión del poeta elige nombrar en sus versos: “No se recuerda el vino sino su luz: / ausentes tintas, oídas palabras”. He ahí el homenaje cuando traspone los límites del instante que el “tiempo” oscurece. Por otra parte, es como si el poeta pretendiera regresarnos al inicio de su libro, al principio del mismo, es decir, al apartado “de Servicios” donde su elección por unas formas de ejercer la existencia y el preciosismo al nombrarla llenaran de gusto al poeta. Los poemas “de Homenajes” se dejan leer más allá o más acá de las circunstancias y los personajes traídos a cuento. En la escritura del poema son, más que un tema, un motivo de creación. Que lo diga el epígrafe que los reúne: “Je ne suis rien, qu’un prétexte”  firmado por J. Genet. Aquí el poeta no retoca ni reproduce, hace pintura para los versos que imprime como pinceladas:

del atardecer provienen los naranja,

mosca que lame el tiempo y zumba

retrayendo el canto ausente.

En “Homenaje a los ceramistas anónimos de dibujo rojo”, poema de doble vía y participación en su escritura temporal, nos es dado percibir una vía “en el vientre de los vasos” donde la danza, los cultivos y el mediterráneo dan paso, desde la gliptoteca, a la otra vía representada en “La Quinta Avenida […] cubierta por el rescoldo / de la nieve color ceniza”. Doble presencia posible por el elaborado vaso expuesto en la gliptoteca, resumen de huellas, de usos y por el suceder descrito en el fragmento de la ciudad: “La brisa del Bay Sound arrastra / olor rosado de peces, ocre de medusas, / lo hala como un cadáver de invierno / en los funerales de la nieve”. Estableciendo un diálogo entre el vaso: “Las danzas de los muchachos / en el vientre de los vasos / entorpecen mi apreciación / del Mediterráneo y sus cultivos” y “La Quinta Avenida”: “Las zonas amarillas de los taxis / se desplazan en ráfagas impresionistas, / y entre el vaho de los escapes, / el humo de las castañas que saltan en las brasas / y el aliento nebuloso de los transeúntes”. Contrapunto que le dona a la lectura del poema una instantánea perennidad, un silencio de luz en medio del tráfago de la historia.

“De Umbra” y “de Torsi” son dos mínimos grupos de poemas con los que se cierra el libro. “De Umbra”, 7 fragmentos numerados en romanos, es un canto funeral elaborado por “el abandonado” en cuyas “manos / ya no caben sus hombros”, los del “inerte”. Para dicho “canto memorial” el autor hace trueque con maneras del poetizar trovadoresco: “Cerca a Perigord le comparé / a un “summer’s day” que se mutó / en esta tenebra”. Pero es en el fragmento III, nombrado “Elegía”, donde el poema alcanza su forma y su expresión para su dolor y su ruptura, es decir, para su separación. Nos dice: “Su muerte fue el orgullo de tenerme / —por obnubilación, por mirarse / en mis ojos. // Y por su partida conozco los crímenes, / el más grande: quererme a mí más que a sí mismo”. Asunto complejo, empero en su “Envoi” se nos dice: “Termina el apogeo, Midón, y el abandonado / invita a… “let’s away to part the glories /of this happy day”.

“De Torsi” son 7 poemas que el poeta elabora teniendo a la vista los restos de esculturas que le permiten ejercer la finura y el arduo humor de su captación de la experiencia humana, y plasmar en ellos dicho proceder y sus intrigas, ya en el presente ante la piel palpitante, como ante el pasado y sus fragmentos de piel en mármol o en bronce. Suficiente ilustración es “El muchacho del Metropolitano —Reproducción Romana—” que el poeta nos presenta como un cromo, en cuyos versos la sensualidad se dona ahíta en su permanencia o en su hartazgo. Que queden estos restos:

[…]

Perdió la cabeza,

por algún pederasta,

en otros tiempos.

 

Los pies se le gastaron

viniendo al museo

—los muñones de mármol.

Los brazos, tal vez,

los agotó nadando

para venir a América,

o en un abrazo

despidiéndose.

[…]

El pubis herido

en la parte

de los genitales,

benevolentemente,

como para que no

reprodujera igualdades.

Así la poesía de Amílcar Osorio se nos ofrece en sus temas evidentes, como en aquellos que subyacen en la cantera de su escritura, desde un dibujo que no la petrifica como una sombra de sal o una palabra que la acumula para el olvido. La suya es una poesía amplia al tiempo que recogida, podríamos relacionarla con un abanico que ya oculta como ya deslumbra. Poesía construida con la solvencia que da la disciplina, cuando no se la asimila como obediencia, sino con el permanecer alerta y en disposición para la vida.  

[Parte integrante del libro Asedios – Nueve poetas colombianos, de Omar Castillo (Los Lares, Casa Editora, Medellín del Aburrá, 2005).]

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Todo este material debe ser encaminado en un único archivo en formato word, para el siguiente email: bandahispanica@gmail.com. Agradecemos también el envío de textos críticos y libros de poesía, así como material periodístico sobre el mismo tema. El acervo general de la Banda Hispánica es una fuente de informaciones que refleja, sobre todo, la generosidad amplia de todos aquellos que de ella participan.

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Contato: Floriano Martins bandahispanica@gmail.com | floriano.agulha@gmail.com.
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