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A: Evolución del
escribidor e involución de la revolución
Cuando asistí a la
hora crepuscular del martes 28 de diciembre al Palacio Nacional
a la condecoración con la Orden Heráldica Cristóbal Colón en el
Grado Gran Cruz Placa de Plata que le haría el presidente de la
República, Leonel Fernández, a Mario Vargas Llosa, no pensaba
intercambiar palabras con el Premio Nobel de Literatura 2010,
porque lo imaginaba asediado por los admiradores. En efecto así
fue. Pero al final del acto, por fortuna, lo encontré en la
salida del Salón de Embajadores acompañado, apenas, de dos
personas y lo abordé con una realidad que creí, erróneamente,
conocida por él: la profunda admiración que le profesan los
escritores cubanos hasta tal punto de hacer doblegar la decisión
de Fidel Castro de borrar del escenario cultural el nombre de
Mario Vargas Llosa. El novelista peruano me miró con ojos
expectantes e interrogativos y yo le reiteré, es verdad, y pensé
en el devenir histórico de esa verdad.
Mario Vargas
Llosa, como refiere en sus memorias, desde que era un escritor
en ciernes le rendía homenajes a los cubanos del 26 de Julio,
que con un romántico guerrillero a la cabeza —“eso nos parecía
Fidel Castro—, combatían contra la tiranía de Batista”. A partir
de entonces su simpatía hacia la Revolución Cubana iría
creciendo a la par de su exitosísima carrera literaria comenzada
en 1952 con una breve incursión en el teatro con la pieza La
huida del inca entrenada en Piura, ciudad occidental del
Perú. Luego, en 1959 publicó su primer libro, Los jefes,
del cual existe una edición incompleta, impresa en 1956. Los
jefes, galardonada con el Premio Leopoldo Alas de España, es
una recopilación de cuentos de adolescentes pandilleros de Lima.
Cuatro años más tarde, con solo veintiséis años sorprende al
mundo con la obra maestra La ciudad y los perros(1962,
Premio Biblioteca Breve y 1963, Premio Internacional de la
Crítica), que es una novela que satiriza al colegio Leoncio
Prado, donde estudió el escritor. En el contenido se describe la
cruda realidad de los estudiantes o cadetes, vistos por el autor
como pequeños burgueses que roban exámenes, pelean, sueñan, aman
el sexo y el alcohol. El colegio, considerando al autor un
pervertido mental, quemó en el recinto escolar mil ejemplares
del libro mientras dos generales, entre otras autoridades
conservadoras, tildaron a Vargas Llosa de enemigo del Perú,
difamador de los sagrados valores nacionales. Estos ataques
convirtieron la obra de golpe y porrazo en un best seller y
al autor le multiplicó su fama de narrador universal,
iniciándose así su mito.
La Revolución
Cubana triunfó en enero de 1959, y en abril del año siguiente
venció, en 72 horas, la invasión mercenaria de Playa Girón,
financiada y dirigida por Estados Unidos. Ese mismo año Fidel,
apresuradamente, terminó de estatizar los medios de producción
del país principalmente los de propiedad norteamericana y
proclamó a Cuba la Primera República Democrática Socialista de
América Latina. Este cambio radical se reflejó en la frase
delineadora de la nueva política cultural, pronunciada en junio
por el Jefe de Estado en la Biblioteca Nacional ante los
intelectuales y poderes revolucionarios de la época: “Dentro de
la revolución todo, contra la revolución, nada”. El acto en la
biblioteca lo motivó un cortometraje, rápidamente confiscado,
exhibido en la televisión donde aparecía una Habana nocturna
bohemia, poética, que al parecer de Fidel encajaba más con el
espacio urbano decadente y degenerado de los años de Batista,
que con el actual revolucionario.
El mandatario,
siguiendo el modelo soviético, centralizó las fuerzas culturales
en una sola institución llamada Unión de Escritores y Artista de
Cuba (UNEAC) bajo la dirección del poeta Nicolás Guillén, en ese
momento el escritor, junto con Alejo Carpentier, de más
prestigio fuera y dentro de la Isla. A través de la UNEAC se
instauró la censura intelectual y el realismo socialista ruso,
que al decir de Herbert Read, en El escritor y sus fantasmas de
Ernesto Sábato, trata de imponer un objetivo intelectual y
doctrinario del arte (…) logrando apenas de éste el affiche, y
de affiche, en el peor sentido del naturalismo.
El florecimiento
popular del arte, la cultura y la música que se había iniciado
con el triunfo revolucionario, disminuyó considerablemente y las
manifestaciones artísticas independientes fueron consideradas
indisciplinarias y en algunos casos contrarrevolucionarias y los
movimientos surrealistas y existencialistas, impulsados por los
escritores regresados del exilio, fueron vistos como decadentes
y burgueses y a casi todos se les prohibió publicar.
Aun así, Vargas
Llosa, que había tenido un contacto superficial con el marxismo
cuando ingresó a la universidad en 1953, siguió apoyando la
revolución, participando en sus actos literarios, congresos,
escribiendo cartas solidarias y formando parte del consejo de
colaboración de la revista del centro de investigación literaria
Casa de las Américas, fundada por la mítica revolucionaria
Haydée Santamaría. Los que conocieron al autor de La ciudad y
los perros en esos años en La Habana, afirma hoy el poeta
cubano Roberto Fernández Retamar, lo recuerdan como un hombre
radical que apoyaba todo el movimiento de izquierda de América
Latina.
Sin embrago, su
postura empezó a variar tras visitar por una semana la Unión de
Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) en 1966 y parecerle
bastante injusto el sistema. Expresó, si fuera ruso estaría
preso o exiliado. Un año después se le otorgó en Caracas el
Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos por su obra La
casa verde, escrita con un realismo estructuralista y con
una nueva sintaxis literaria. Detalla la historia de don
Anselmo, la del sargento Lituma y la del bandido Fushia. El
premio originó el distanciamiento del escribidor con Cuba, pues
se negó a aportar, como le solicitó Haydée Santamaría, la
donación (veinticinco mil dólares) a la causa de Ernesto Che
Guevara, en esos instantes luchando en Bolivia. Según Vargas
Llosa, Haydée le planteó la farsa de devolverle discretamente el
importe a cambio de su gesto enaltecedor. La fundadora de Casa
de las Américas en una carta que le mandó en 1971, sin referirse
a la farsa, sin duda considerada por ella un acuerdo entre
amigos de confianza que el escribidor traicionó, afirmó que el
autor de Los jefes prefirió comprarse una casa con el
importe del premio que solidarizarse con la hazaña del Che, y le
pidió que no escribiera ni pronunciara jamás el nombre de
Ernesto Guevara. Además lo tildó de escritor colonizado,
despreciador de nuestros pueblos, vanidoso…
Pero en 1967, al
momento de recibir el Premio Rómulo Gallegos, Vargas Llosa dijo,
dentro de diez, veinte o cincuenta años habrá llegado a todos
nuestros países, como ahora a Cuba, la hora de la justicia
social y América Latina entera se habrá emancipado del imperio
que la saquea.
Y regresó a La
Habana a participar en un congreso cultural, mas no ya con el
mismo entusiasmo sobre, todo por el incremento de la censura y
de la rigidez gubernamental, tal es el caso de José Lezama Lima,
heraldo de la poesía cubana y católico por convicción. Él había
publicado en 1966 Paradiso, novela autobiográfica
revestida de esencias cubanas, y el gobierno, tras rechazarla,
había ordenado retirar los ejemplares de las librerías, no sólo
por el contenido erótico y homosexual de Paradiso, sino
porque además expresaba los ideales lezaminianos del arte
diametralmente opuestos a los de la UNEAC. Para Lezama, el arte
consta de su propia realidad, de su propia imagen, por ende
obedece a sus propias leyes internas, no a las del Estado. Al
poeta lo condenaron a vivir en el ostracismo, pero antes de
morir en 1976, soportando la indiferencia con total dignidad
y la fama con total indiferencia, vio publicado Paradiso fuera
de Cuba con un éxito instantáneo y hoy está considerada la
novela más importante de la Era revolucionaria y una de las
obras maestras del siglo XX. Al igual que Lezama Lima, su amigo
Virgilio Piñera, el más grande de los dramaturgos cubanos,
sufrió de aislamiento por su homosexualidad (para la revolución,
como en la Rusia de Stalin, ellos eran anormales y les hacían
daño a la sociedad) e ideales democráticos. La policía vivía
acosándolo y amenazándolo en su propia casa. Una vez lo
encarcelaron en una redada contra desviados sexuales y no fue
llevado a la provincia de Camagüey a las llamadas oficialmente
Unidades Movilizables de Apoyo a la Producción (UMAP) y
extraoficialmente campos de trabajos forzados y de
adoctrinamientos de los anticastristas especialmente gays,
escritores, pintores y artistas como Pablo Milanés, por la
rápida intervención del poeta Nicolás Guillén, que fue a
liberarlo. Estas acciones pulverizaron los años finales de la
carrera artística de Piñera, quien murió como un cristiano
anónimo en La Habana, en 1979. Su compañero Reinaldo Arenas no
moriría de forma similar por ser un homosexual anticomunista más
decidido y en determinadas circunstancias, excesivo. A él sí lo
trasladaron a la UMAP y aunque no pudieron doblegarlo, lo
obligaron a renegarse a sí mismo, hecho que desencadenó en él un
odio visceral hacia Fidel Castro. Estando preso escribió su
mejor novela, El mundo alucinante (1966), la que logró
sacar clandestinamente de la isla y publicar en el extranjero.
Por este proceder lo declararon agente de la inteligencia
norteamericana, y su situación disidente empeoró
considerablemente. En 1980 pudo escapar del país en el éxodo del
Mariel y se estableció en Nueva York, donde le diagnosticaron el
virus del sida. Entonces decidió suicidarse culpando a Fidel de
la acción.
Otros escritores
democráticos como Guillermo Cabrera Infante, Severo Sarduy y
Calvert Casey también prefirieron irse al exilio. En 1966, Pablo
Neruda, como invitado de honor al congreso del PEN Club de
Estados Unidos, dio una serie de recitales poéticos en
diferentes ciudades, en cada una de las cuales defendió la
Revolución Cubana. Pero para su amarga sorpresa, cuando regresó
a Chile recibió una carta crítica de los escritores y artistas
de la UNEAC acusándolo de sumisión y traición. Neruda juró, en
sus memorias, no volver a darle la mano a ninguno de los
firmantes de la misiva infame. En el orden musical, a Silvio
Rodríguez por ser ideológicamente impuro lo suspendieron de los
programas televisivos y le prohibieron que cantara la canción
dedicada al Che, Fusil contra fusil. Además los cabellos
largos del artista le daban una apariencia poca revolucionaria y
para su mayor desgracia reconocía las canciones de Los Beatles,
quienes representaban lo peor de la decadencia occidental.
Ante todo esta
inquisición cultural, Vargas Llosa decidió empezar a apartarse
de la política de Cuba y criticó en un artículo la invasión rusa
a Checoslovaquia y al apoyo dado por Fidel Castro. Esto
constituye una deshonra para la patria de Lenin, una estupidez
política de dimensiones vertiginosas y un daño irreparable para
la causa del socialismo en el mundo.
Roberto Fernández
Retamar, según Neruda, uno de los ideólogos de la misiva infame,
dijo en La Habana, en una mesa redonda sobre el intelectual y la
revolución, es inaceptable que un amigo de la Revolución Cubana
publique un artículo disconforme sobre Checoslovaquia basándose
en la doctrina de que la literatura puede ser crítica aun dentro
del socialismo. Esa doctrina es contrarrevolucionaria porque la
tarea del intelectual en la sociedad socialista no es la
disensión, sino el fortalecimiento del sistema. (Fernández
Retamar no podía decir la verdad: Fidel se vio forzado a apoyar
la invasión de Moscú a Checoslovaquia debido al subsidio
soviético que garantizaba la sobrevivencia económica de Cuba.)
Vargas Llosa, por
su parte, continuó con su brillante carrera literaria y publicó
en 1967 la novela corta Los cachorros, sobre la vida de
varios jóvenes limeños de los años 60. Dos años después dio a
conocer su novela de mayor rigor literario:Conversación en la
catedral, de 734 páginas. En su contenido dialogan Santiago
Zavala y Ambrosio, en el bar de pobres La Catedral, donde hablan
básicamente de cuatro historias cuyo trasfondo es la dictadura
de Manuel A. Odria.
Y en 1971, a los
treinta y cinco años, para alcanzar la cúspide de su oficio,
publicó un extraordinario ensayo sobre la obra de su colega Gabriel
García Márquez: historia de un deicidio. Según algunos
especialistas de las letras ese debió ser el momento escogido
por la academia sueca para entregarle el Nobel; no en su
decadencia como escritor.
En Cuba se
respiraba un clima tenso debido tanto al declive de los
movimientos revolucionarios en América Latina producto de la
caída del Che en Bolivia, como por el fracaso de elevar la
producción azucarera, y a la nacionalización de las pequeñas
propiedades privadas que todavía existían. La revolución
abandonó la tarea de alcanzar la autosuficiencia en la
producción alimenticia y se integró al Consejo de Ayuda Mutua
Económica de la URSS y los países del Tratado de Varsovia. En
ese contexto, el escritor Heberto Padilla leyó versos escépticos
e inconformistas de su libro Provocaciones, en un recital
dado en la Unión de Escritores. Luego fue arrestado junto a su
esposa Belkis Cruza Malé, acusados de actividades subversivas
por el Departamento de Seguridad. Antes, Padilla había escrito a
los dieciséis años el libro de poemas Las rosas audaces,
y en 1959, estando en Estados Unidos, desempeñándose como
periodista, lo entusiasmó el triunfo de Fidel y el Che, por lo
que regresó a La Habana a unirse a la revolución. En 1960
publicó su segundo libro de poemas El justo tiempo humano,
y partió a Europa del Este a cumplir labores diplomáticas. En
1966, de nuevo en Cuba, formó parte de Lunes, suplemento
literario del periódico Revolución, órgano oficial del
Movimiento 26 de Julio, y de El Caimán Barbudo,
suplemento cultural del periódico de la Juventud Rebelde. En
este suplemento Padilla criticó la obra ganadora del segundo
lugar del Premio Biblioteca Breve,Pasión de urbino de
Lisandro Otero, vicepresidente del Consejo de Cultura y elogió a
la ganadora del primer lugar, Tres tristes tigres del
exiliado Cabrera Infante. Desde ese momento a Padilla lo vieron
como un disidente. En 1968 participó en el IV Concurso Literario
de la UNEAC con el libro de poemas Fuera de juego, que en
el pensamiento del magnífico crítico y ensayista peruano Julio
Ortega, testimonia la difícil posición política del artista y su
conciencia crítica, y lo hace con una dicción cotidiana, sutil,
desencantada e irónica.
Aunque presentó el
libro bajo seudónimos, el Estado sabía la identidad del autor y
como tenía un pensar diferente a Julio Ortega, le advirtieron al
jurado, no premiarlo, porque se trataba de una obra y de un
autor contrarrevolucionario. Pero por encima de esta
advertencia, le otorgaron, en vano, el Premio Nacional de
Poesía. La UNEAC y la revista Verde Olivo de las Fuerzas
Armadas Revolucionarias (FAR) protestaron públicamente y
reiteraron del autor la consideración de contrarrevolucionario,
servidor del imperialismo, lo que originó un escándalo.
El penúltimo acto
de coraje del poeta lo realizó en unos encuentros con el
escritor chileno Jorge Edwards, encargado de negocios de su país
en Cuba por el gobierno de Salvador Allende. En los encuentros,
grabados por la inteligencia cubana, hablaron de la situación
del país. Padilla expuso extensamente sus críticas, entre las
cuales sobresalían las dirigidas al modelo soviético que
desgraciadamente terminará implantándose en la Isla.
El último acto de
coraje fue leer los versos de Provocaciones. Jorge
Edwards fue declarado por el propio Fidel persona non grata,
título que llevaría el libro más célebre del chileno, obligado a
salir del país.
El apresamiento de
Padilla marcó el punto de quiebre de las relaciones de
revolución y la cultura internacional: a Fidel le enviaron una
carta reclamando la inmediata liberación de Padilla, firmada por
Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Jean Paul
Sartre, Simone de Beauvoir, Alberto Moravia, Juan Goytosolo,
Carlos Fuentes, Octavio Paz, Juan Rulfo y demás miembros del PEN
Club, de México, entre otros ítems. Ellos manifestaron su
solidaridad con Cuba, pero rechazaron el empleo de métodos
represivos contra intelectuales y escritores que ejercieron el
derecho de crítica a la revolución.
La respuesta de
Fidel fue obligar a Padilla a retractarse en un acto público.
Retractación, según García Márquez, que le haría mucho daño a la
revolución. En efecto, inteligentemente Padilla reconoció
deficiencias personales y políticas, errores incalificables,
imperdonables. Bajo el disfraz del escritor rebelde, lo único
que hacía era ocultar su desafecto a la revolución; repudió sus
propias obras literarias calificándola de contrarrevolucionarias
e inculpó a su propia esposa y a varios de sus colegas (los que
abrigaban ideas democráticas como Lezama Lima y Norberto
Fuentes) y a la vez elogió a sus carceleros, quienes son más
inteligente que él, y los intelectuales latinoamericanos y
europeos que salieron en su defensa son agentes enemigos.
A seguidas Vargas
Llosa ideó una segunda carta de protesta, como seguro esperaba
Padilla, más radical que la anterior, en la cual le manifestó su
cólera y vergüenza a Fidel por la confesión de Padilla, quien ha
sido víctima de viles prácticas estalinistas. Cuba debe volver a
ser un modelo dentro del socialismo y evitar el oscurantismo
dogmático, la xenofobia cultural y el sistema represivo
impulsado por el estalinismo en los países socialistas. Esta
segunda carta que contó con el apoyo de la anterior, no fue
firmada por Cortázar ni por García Márquez.
Fidel le contestó
a través de un comunicado de Casa de las Américas en el que se
acusó a la prensa capitalista de desatar una calumniosa campaña
contra Cuba, con la cual colaboraron algunas decenas de
intelectuales colonizados, y se dio a conocer unas declaraciones
de intelectuales latinoamericanos que apoyaban la revolución
como Mario Benedetti, Juan Carlos Onetti, Alejo Carpentier y
Nicolás Guillén. Fidel Castro, en un discurso, prohibió el
regreso de Vargas Llosa a Cuba, y lo incluyó dentro de un grupo
de latinoamericanos descarados, que en vez de estar allí en la
trinchera del combate, viven en los salones burgueses, a diez
mil millas de los problemas.
Vargas Llosa envió
una última carta, esta vez a Haydée Santamaría, en la cual le
anunciaba su renuncia al comité de redacción de la revista,
sellando así su separación definitiva de la revolución y
recuperando la libertad perdida. En lo adelante defendería la
democracia capitalista a capa y espada y combatiría al régimen
de Castro con una ferocidad tal, que sería catalogado como el
defensor por antonomasia de la burguesía reaccionaria, y por los
satíricos, seguidor de la antigua expresión, es muy tonto el que
no es comunista a los veinte años, pero es más tanto el que a
los veinticinco lo sigue siendo.
Fidel primero
liberó a la esposa de Padilla y la dejó salir con su hijito
hacia Estados Unidos y después se lo permitiría a Padilla. Cuba
se adentraba en lo cultural, en los años duros conocidos como el
Quinquenio Gris (1971-1976), período caracterizado por el arte
convertido en arma de la revolución. Virtualmente se paralizó la
creación, las obras publicadas se considerarían literatura
muerta, vacías, apologéticas y temerosas, a excepción de El
plan dormido (1975) de José Soler Puig, novela que describe
el ambiente de una panadería de Santiago de Cuba en época de
Geraldo Machado, y Los pasos en la hierba (1970, mención
Casa de las Américas), de Eduardo Heras León (El Chino), que es
una colección de cuentos que aborda el tema de la formación de
las milicias en Cuba antes de Playa Girón, cuando perseguían en
las montañas a los contrarrevolucionarios llamados bandidos.
Igual que su anterior libro de cuentos, La guerra tuvo seis
nombres (1968, Premio David), Heras León, además del
heroísmo, valoró la parte humana y psicológica de los
combatientes, capaces de sentir temor, desconfianza y dudas.
Valoración que resultó más que suficiente para considerar el
libro tendencioso y contrarrevolucionario aun siendo El Chino
fundador de las milicias, excombatiente contra los bandidos en
El Escambaray, y en Playa Girón, compañero de armas de Fidel. La
valoración fue publicada en El Caimán Barbudo, que
similar al Foro Público en la Era de Trujillo en
República Dominicana, significaba un problema y serio.
Heras León, que era miembro del consejo editorial del
suplemento, ni siquiera se enteró de la publicación, y como era
comunista y conocido sólo en el ámbito local, su caso lo
trataron con más cuidado, sin que trascendiera al exterior,
aunque fue más doloroso que el de Padilla.
El autor de Los
pasos en la hierba no sabía a quien dirigirse, porque todos
lo esquivaban como un leproso contemporáneo a Jesucristo o un
desafecto en la Era de Trujillo. El gobierno lo despidió del
Consejo Editorial de El Caimán Barbudo, lo expulsó de la
universidad, de la Unión de Jóvenes Comunistas, del trabajo de
profesor y, finalmente, le ordenó reeducarse por cinco años en
una fábrica de acero llamada Vanguardia Socialista, ubicada en
Guanabacoa, municipio de La Habana. Heras León lo que pensó fue
suicidarse con una pistolaSteichklin que le había
obsequiado el Comandante en Jefe, por un certero tiro
demostrativo de lanza cohetes que hizo. Por suerte desistió. Y a
su pupilo, Senel Paz que lo defendió, recién graduado con
distinción de periodismo, lo expulsaron también de la Juventud
Comunista y lo enviaron a hacer periodismo a una remota zona de
Camagüey.
Estos casos del
Quinquenio Gris y el de Padilla facilitaron el interés enemigo
de borrar la literatura cubana post revolución de las páginas de
la historia cultural de América Latina.
B: Involución del
escribidor y evolución de la revolución
Debido a la
presión popular, Fidel abolió la UMAP, pero en vez de aprovechar
la infinita ayuda soviética y mejorarle los estándares de vida a
la ciudadanía creando una sólida estructura industrial y
agrícola, invirtió los recursos en guerras, especialmente en
África, donde intervino en Angola a partir de 1975, en favor del
Movimiento Popular para la Liberación de Angola (MPLA), liderada
por el marxista Agostinho Neto.
Vargas Llosa, a
causa, quizás, de la crisis de sus convicciones ideológicas,
entra en una etapa involutiva como narrador que derivaría en un
antipopular pensador político. En 1973 publica la novela Pantaleón
y las visitadoras, de contenido intrascendente y
superficial, resumido en Pantaleón, que organiza un servicio de
prostitutas para los miembros del ejército peruano de puesto en
la selva. Esta involución también la reflejó en lo personal: en
vez de resolver de forma civilizada unas diferencias, del diario
vivir, que tenía con García Márquez le dio un puñetazo antes de
la exhibición privada de la película Sobrevivientes de los
Andes, en el Palacio de Bellas Artes de México. Por estas
diferencias detuvo por largos años la reedición de Historia
de un deicidio.
En Cuba celebraron
el Primer Congreso del Partido Comunista y determinaron cambiar
la política cultural y crearon el Ministerio de Cultura, al
frente del cual colocaron a Armando Hart. Éste reunió a los
miembros de la UNEAC y les informó, es necesario recomenzar,
desideolizar un poco el arte para que los intelectuales
recuperen la confianza en la revolución. Esta nueva política le
abrió las puertas a la nueva generación de escritores que
encabezados por Senel Paz, Francisco López Sacha y Abel Prieto,
ayudarían verdaderamente a automatizar la literatura, lo que no
evitaría el apresamiento de los artistas y periodistas
violadores de la recién inaugurada zona de tolerancia, algunos
de ellos incluso pretenderían gestar movimientos independientes.
En 1975, Vargas
Llosa publicó el ensayo La orgía perpetua, Flaubert y “Madame
Bovary”, donde demuestra que Flaubert es el precursor de la
novela moderna. Lo excepcional de este estudio no lo daña,
aunque sí lo salpica de elitismo, la trascripción de citas
reiteradamente en francés y otras tantas en inglés. En el
ensayo, al igual que en Contra viento y marea (1962-1982),
el escribidor expresa también su profunda concepción del arte de
narrar y sus técnicas, las cuales explicaría en forma didáctica
en Cartas a un joven novelista (1997). En su siguiente
creación, La tía Julia y el escribidor (1977), seguiría
descendiendo. En esta novela autobiográfica relata los amores
tormentosos entre él de 19 años y su tía política Julia Urquidi
de 29 años, su primera esposa. La obra en determinadas partes
cae en un mar de anécdotas periodísticas banales. Otros textos
de reducidos éxitos fueron las piezas teatrales La señorita
de Tacna(1981), Kathie y el hipopótamo (1983)
y La chunga (1986).
En La Habana,
sorpresivamente, diez mil ochocientas personas irrumpieron en la
embajada del Perú y solicitaron asilo diplomático. El gobierno,
sin sobreponerse del impacto, aceptó que emigraran, si los
familiares de los asilados acudían a recogerlo por el puerto de
Mariel, al noroeste de la isla. Increíblemente salieron más de
125 mil ciudadanos ¡y echándose a la mar! al tiempo que el
Partido Comunista dirigía una marcha nacional de más de cinco
millones de cubanos leales, según cifras oficiales. Esta marcha
no alcanzaría a completar los puntos de sutura que necesitaban
las fisuras de la vida angustiante de la población. En lo
cultural, para evitar la repetición del Mariel, se
descentralizaron las actividades y se abrieron nuevos espacios
artísticos y talleres literarios. Se estimuló el crecimiento de
los aficionados y se rescató la Nueva Trova Cubana liderada por
los exdisidentes Pablo Milanés y Silvio Rodríguez. Todos estos
cambios se fortalecieron con la elección, en 1988, de Abel
Prieto, como presidente de la UNEAC.
Siete años antes,
Vargas Llosa parecía retomar su camino de gran novelista con la
publicación de La Guerra del fin del mundo, que es una
saga fascinante basada en la guerra de canudos ocurrida en 1896,
en Brasil. Esta obra, al decir del excelente crítico dominicano
José Alcántara Almánzar, viene a confirmar la admirable
capacidad para la novela total del escribidor, que ha sido
siempre una de sus obsesiones más apremiantes y constituye un
ejemplo impresionante de la narrativa latinoamericana actual que
enaltece al autor y enriquece el acervo cultural del continente.
Pero existe una
crítica de tendencia izquierdista, que resentida por el cambio
brusco del pensamiento de Vargas Llosa, por el derecho de él
defender el liberalismo y la amistad con Israel, como lo hace
García Márquez con el socialismo, Cuba y Fidel; juzga la obra
del escribidor desde el punto de vista ideológico, político,
soslayando lo estético, lo literario, y ni siquiera reconoce los
méritos de La guerra del fin del mundo, y es que a
diferencia de Ernesto Sábato, ellos ignoran que el genio creador
de un novelista puede más que las ideas políticas que
concientemente profesa, como lo demostraron Balzac y Tolstoi.
Los críticos de marras acusaron a La guerra del fin del mundo de
proyectar imágenes negativas de la especie humana y de ser una
copia de las obras de João Guimarães Rosa y de Euclides da
Cunha, por lo cual a los brasileños le desagradó.
El presidente del
Perú, Fernando Belaúnde Terry, en 1983 encargó al escribidor de
una comisión investigadora del asesinato de ocho periodistas y
su guía en la comunidad andina de Uchuraccay, ubicada en el
departamento de Ayacucho, zona guerrillera de Sendero Luminoso,
donde los periodistas habían ido a obtener información sobre una
matanza. Como el suceso había conmocionado a la sociedad, se
esperaba con ansias el informe justo y veraz del autor de La
guerra del fin del mundo. Pero el que él suscribió, bajo
convicción absoluta, coincidente con el de las fuerzas armadas,
responsabilizaba a los miembros de la comunidad quechua que de
seguro confundieron a los reporteros con terroristas. “Todos los
peruanos somos culpables de la tragedia pues no supimos
civilizarlos”, concluyó, no imaginando que meses después
encontrarían el equipo fotográfico de una de las víctimas, con
rollos que mostraban a los periodistas identificándose ante la
comunidad. Un Tribunal Especial con esas evidencias, indagó que
los reales autores de los horribles asesinatos fueron miembros
de una banda paramilitar bajo las órdenes del cuartel militar de
la zona comandado por el general Clemente Noel. Entonces
cuestionaron a Vargas Llosa por haber tergiversado la verdad, y
él sólo se limitó a decir acepté colaborar con el gobierno para
salvar la democracia. O sea, la comisión que presidió era una
farsa. El escribidor nunca había caído tan bajo moralmente. Lo
acusaron de entorpecer calculadamente las investigaciones para
encubrir el crimen de las fuerzas armadas y de paso culpar a los
pobres campesinos de Uchuraccay que fueron enviados a la cárcel.
Aunque Vargas Llosa pudo eludir a los magistrados de Ayacucho
que intentaron enjuiciarlo, su deuda con el Perú por lo de
Uchuraccay sería eterna.

En la UNEAC, no
bien acabaron de alegrarse por la elección de Abel Prieto,
designado, además, miembro de buró político, la más alta
instancia del poder, cuando sucedió lo jamás esperado: se
desintegró el bloque socialista liderado por la Unión Soviética
y luego la propia URSS, cayendo así la ideología
marxista-leninista. Para Cuba significó el derrumbe del 85% de
su comercio, piedra angular de la economía y lo peor era que aún
participaban en la guerra de Angola (los últimos soldados
regresarían victoriosos a mediados de 1991). Esta dificilísima
situación, llamada Período Especial, en lo
cultural originó el alejamiento obligado de los cánones
ortodoxos rusos, tan distintos al espíritu latinoamericanista,
libre y rebelde de los cubanos. Muchas figuras no asimilaron la
crisis y emigraron como el músico Arturo Sandoval y el escritor
Norberto Fuentes, e incluso hubo un grupo de jóvenes
intelectuales formados por la revolución, que con una actitud
beligerante nunca vista, firmaron un manifiesto público, donde
pedían, para evitar la catástrofe de la nación, elecciones
libres, derecho a emigrar, la reapertura de los mercados libres
campesinos y la amnistía a los presos políticos. A pesar de que
los firmantes pararon en el exilio, las autoridades
comprendieron la necesidad de ampliar más la zona de tolerancia.
En 1990, Senel Paz
ganó en México el Premio Juan Rulfo de cuento con la obraEl
lobo, el bosque y el hombre nuevo. En esta pieza magistral,
a través de los personajes que interactúan en La Habana de
finales de los años setenta, se observa claramente la represión,
la intolerancia sexual, el dogmatismo y la lucha entre el arte y
la ideología en la época neoestalinista. Los protagonistas
principales son David, estudiante heterosexual, miembro de la
Juventud Comunista (para algunos el mismo Senel Paz) y Diego,
homosexual, víctima de la intransigencia oficial (para otros
Reinaldo Arenas). Ellos entablan una amistad conflictiva, pues
Diego es lezamiano, es decir antimarxista y religioso, y tiene
contactos con el agregado cultural de una embajada, a través de
la cual recibe libros; y David, como buen comunista, se plantea,
inútilmente, delatarlo. Al final terminan siendo amigos, que es
una forma del autor reparar el daño padecido por los invertidos
sexuales. Uno de los detalles interesantes de la obra, es el
encuentro de los protagonistas en Copelia, la Catedral del
Helado, donde David miró de reojo los libros del bulto de Diego
y se dijo: “Seix Barral, Biblioteca Breve, Mario Vargas Llosa, La
Guerra del fin del mundo. ¡Madre mía, ese libro, nada menos!
Vargas Llosa era un reaccionario, hablaba mierdas de Cuba y el
socialismo dondequiera que se paraba, pero yo estaba loco por
leer su última novela y mírala allí…”. Y Diego más adelante:
“¿Te interesó Vargas Llosa, compañero militante de la
Juventud?…¿Lo leerías? Jamás van a publicar obras suyas aquí.
Esa que viste, su última novela, me la acaba de enviar Goytisolo
de España…”
Como desde 1979,
la homosexualidad estaba despenalizada en Cuba, el mejor
cineasta de la Isla, Tomás Gutiérrez Alea no tuvo reparos en
escoger de argumento para su próxima película, El lobo, el
bosque y el hombre nuevo. El film lo tituló Fresa y
chocolate y marcaría un antes y un después en la historia
del arte en Cuba y se convertiría en la primera adaptación
cinemática de proyección y comercialización exitosa a nivel
internacional. Desde entonces el escenario cultural de la isla
cambió significativamente como los demuestra la reedición, ya
como un clásico de la narrativa cubana, de Los pasos en la
hierba de Eduardo Heras; igualmente Paradiso de
Lezama Lima, cuyas publicaciones se agotaron rápidamente. Lezama
surgiría como el favorito de la nueva generación de escritores,
superando con creces al poeta nacional Nicolás Guillén, que al
final de su vida prefirió dejar de lado sus excelentes dotes de
poeta para convertirse en un ínfimo versificador del arte
político marxista. Asimismo han rehabilitado a Virgilio Piñera,
fundamentalmente sus obras de teatro y no han reeditado las de
Cabrera Infante porque él lo impidió en vida. Hoy Abel Prieto,
convertido en Ministro de Cultura, afirma que lo de Padilla fue
un error, y Heras León, nombrado vicepresidente de la UNEAC: los
poemas que se publican en estos momentos son de un nivel crítico
tal que Fuera de juego parece un libro para adolescente.
Volviendo a Vargas
Llosa, en 1984, continuó escribiendo en descenso al publicar la
novela Historia de Mayta. Ésta tiene de trasfondo el real
levantamiento fallido del alférez comunista de la Guardia
Republicana, Vallejos, en 1962, en Jauja, ciudad andina del
Perú. Pero en la obra, el protagonista es el trotskista
Alejandro Mayta, quien unido a Vallejos dirige la insurrección.
El escribidor, fiel a su concepción de que documentar los
errores históricos de una novela sería una pérdida de tiempo (“
la verdad de la novela no depende de eso, sino de su propia
capacidad de persuasión, de la fuerza comunicativa de la
fantasía de la habilidad de su magia”), trasladó la fecha de la
insurrección a 1958, quizás para disminuir la influencia de la
Revolución Cubana, e inventó un Mayta antítesis del Che Guevara,
pues era ladrón, homosexual y adoraba a Vallejos que era un
militar irresponsable, rodeado de gentes hipócritas y cobardes
interesados solo en llenar de dinero sus propios bolsillos, y el
Perú vivió una situación apocalíptica al ser invadido por
fuerzas bolivianas y cubanas de izquierdas que pretendían
fomentar la revolución socialista, y los marines norteamericanos
también intervendrían, pero para defender el territorio
nacional.
La crítica
tendenciosa la tildó de panfleto contrarrevolucionario, y se
preguntó, si esa era la imagen que Vargas Llosa deseaba
proyectar de los revolucionarios latinoamericanos simpatizantes
del socialismo y la revolución. Otros la vieron llena de odio y
de demonios de rencor del autor, quien debería llevarse del
consejo de Michael Corleone (Mario Puzo, Padrillo III), nunca
odies a tus enemigos, afecta tu razón. Y los moderados
opinaron que era un excelente mural de los grupos de izquierda
de la época, un rico repertorio de formas discursivas y a la vez
una indagación y un apólogo.
La siguiente obra,
igual en descenso, la tituló ¿Quién mató a Palomino Molero?
(1986). Escrita después de la investigación de Uchuraccay,
guarda relación con este hecho. En apenas 135 páginas, cuenta,
en forma de novela negra, la investigación del crimen del joven
recluta Palomino Molero, ocurrido en el Perú de los años 50.
En general, la
crítica coincidió en catalogarla de novela menor, de poco
interés, y los tendenciosos añadieron, es una burla dirigida
hacia los que reprobaron el informe de Uchuraccay.
En 1987, el
escribidor enfrenta decisivamente el proyecto de corte
socialista de estatizar la banca privada del presidente Alan
García, quien pretendía detener la inflación y reactivar la
economía. El autor de La ciudad y los perros recibió un
gran apoyo de la derecha y juntos crearon el Movimiento
Libertad, y al año siguiente, unido a Acción Popular y al
Partido Popular Cristiano, el Frente Democrático (FREDEMO) con
miras a participar en las elecciones de 1990. Esta incursión en
la política partidista, sin duda impulsado por los mismos
demonios que le proporcionan los temas de sus novelas,
favorecieron los planes de los tendenciosos, de juzgarlo por su
credo ideológico, político, dejando en la sombra el literario, y
como el escribidor no tenía vocación ni preparación política,
aprovecharían su caída en un abismo imperial neoliberal para
tratar de rematarlo. Como él afirmó: “el talento literario y la
brillantez intelectual no son garantía de lucidez en materia
política”. En las elecciones, ni siquiera convertido ya en un
mito, en una celebridad universal, en el mejor novelista de la
historia cultural del país (“el Perú soy yo”, diría), pudo
aprovechar la suerte de enfrentar a un improvisado con rostro
japonés como Alberto Fujimori, a quien solo por inercia le ganó
en la primera vuelta y con una pequeña ventaja de un 4%, pero en
la segunda, que Vargas Llosa, inmerso en un océano de
confusiones y dudas, no quería participar, Fujimori lo destrozó
con un 62% de la votación.
En el transcurso
de este proceso agotador, el escribidor, cual Balzac, publicó
tres libros: El hablador (1987), Elogio de la madrastra
(1988) y La verdad de las mentiras (1990). El hablador es
una novela en la que el propio autor comenta los problemas para
escribirla, y su amigo Saúl Zuratas se convierte en contador de
historias mágicas de la tribu machiguenga en la amazonía. La
confesión extraliteraria le restó autonomía al texto, el cual
fue considerado dentro de sus narraciones circunstanciales,
secundarias.
Elogio de la
madrastra es su mayor descenso
causado quizás por el cansancio. En el libro, mezcla de erotismo
y prosa gelatinosa, Lucrecia (la madrastra) y Rigoberto
mantienen unas relaciones sexuales sofisticadas y alegres que
nada tienen que envidiarle a las historias de las revistas
burguesas, expertas en moda, cursilerías y sensualidad. Esta
novela, según el autor, inicia el círculo de tres obras
eróticas. La siguiente la llamó Los cuadernos de don
Rigoberto (1997) y la tercera, por suerte, todavía no la ha
publicado.
Y La verdad de
las mentiras es un ensayo sobre treinta y cinco obras
vitales de la literatura del siglo XX. En este trabajo, el
escribidor demuestra ser el mismo crítico de envergadura de La
orgía perpetua.
Tras su fracaso
electoral, lleno de rencor y resentimiento, demolió su casa de
Barranco y gestionó la ciudadanía española, concedida en 1993.
Ese año, ya retirado de la actividad política partidista y de
regreso a las letras, “de donde nunca debí salir”, publica El
pez en el agua, memorias. En ella testimonia,
alternativamente, la historia de su vida y su experiencia
política en pos de alcanzar la presidencia de la República.
Leyéndola, el lector advierte la pobreza política de Vargas
Llosa y su desconocimiento de la idiosincrasia del Perú.
Respecto de su pensamiento, afirma en voz de su segunda esposa,
Patricia Llosa Urquidi, no fue la obligación moral que decidió
mi participación en la política como había expresado, sino la
aventura, la ilusión de vivir una experiencia llena de
excitación y de riesgo. De escribir, en la vida real, la gran
novela.—Y más adelante asegura, aunque nací en el Perú “por un
accidente de la geografía”, como dijo el jefe del ejército,
general Nicolás de Bari Hermosa, creyendo que me insultaba, mi
vocación es de un cosmopolita y un apátrida, que siempre detestó
el nacionalismo.—Éstas son solo algunas de las frases rencorosas
descargadas contra su pueblo por no haberlo elegido presidente,
siendo el peruano más universal, de lo que deberían estar más
que orgullosos…y el Perú es él, pésele a quien le pese.
En su siguiente
trabajo, Lituma en los Andes, sorprendentemente publicado
en el mismo año que El pez en el agua, ganó el Premio
Planeta de España, el segundo mejor gratificado después del
Nobel, pero moralmente el más descalificado debido a la denuncia
de Miguel Delibes y de Ernesto Sábato, de que se lo ofrecieron
indistintamente en 1994. Lituma en los Andes la concibió,
lo mismo que¿Quién mató a Palomino Molero?, tras la
investigación de Uchuraccay, y la trama la orquestó alrededor de
Lituma (personaje de otros de sus trabajos), cabo de puesto en
un pueblo de la puna peruana, que investiga la desaparición de
tres personas en la zona guerrillera de Sendero Luminoso. En el
lugar, las creencias religiosas y las supersticiones de la
población indígena determinan su comportamiento. En algunos
pasajes se deja entrever que practican el canibalismo, igual que
los senderistas, demonios bajados del cielo, que con el cuento
de la revolución también gustan de la sangre. El cabo Lituma, a
quien le desagrada la gente andina, termina absolviendo,
implícitamente al ejército al verse obligado a aceptar la
hipótesis de que los desaparecidos fueron devorados por los
indígenas.
En la obra, los
demonios de los rencores del fabulador le impidieron trasmutar
con efectividad la verdad en mentira, como lo hacía Jorge Luis
Borges en cada uno de sus textos. La crítica tendenciosa comparó
a Lituma con Vargas Llosa, ya que ambos, odiando a la gente
andina, absolvieron al ejército. Ese odio, según los
tendenciosos, el escribidor lo sintetiza en la aseveración de
una de sus tesis: “Porque sólo se puede hablar de sociedades
integradas en aquellos países en los que la población nativa es
escasa o inexistente, en donde los aborígenes fueron
prácticamente exterminados”. Únicamente un xenófobo puede
expresarse así, un partidario de la eugenesia, del nazismo al
mejor estilo de Hitler.—Y lanzaron la campaña para rematarlo.
Primero parodiaron su estilo de descartar a los que él
consideraba izquierdistas, “toda esta banda de forajidos hunden
a sus pueblos en el fango de la miseria”, como el presidente
venezolano Hugo Chávez, “abominable dictadorzuelo”; Evo Morales,
de Bolivia, “un pobre pastor de llamas”; Rafael Correa, de
Ecuador, “demagogo populista”; Daniel Ortega, de Nicaragua,
“caudillo de la peor especie” y Fidel Castro, de Cuba, “el Satán
caribeño”. Pero resulta que la postura antiimperialista de estos
Jefes de Estado él mismo la profetizó al decir cuando recibió el
Premio Rómulo Gallegos: “dentro de diez, veinte o cincuenta años
habrá llegado a todos nuestros países…la hora de la justicia
social y América Latina entera se habrá emancipado del imperio
que la saquea”. Y a propósito de este premio, la enorme cantidad
que le otorgaron posteriormente sólo obedece al afán del
capitalismo transnacional mantener el prestigio de su vocero más
autorizado. Y, finalmente, en cuanto a su labor periodística en
el madrileño El País, se detuvieron en las consideraciones del
escribidor sobre la invasión a Irak, treinta y cinco años
después de oponerse a la entrada de los tanques rusos a
Checoslovaquia: “La única finalidad de Estados Unidos para
comandar la guerra de ocupación ha sido la de ejercer su
reciente vocación de combatir las satrapías. Lo hace, por demás,
con enorme generosidad” (…)—¡Cuánta infamia, cuánta depravación;
sabiendo el partidario de la eugenesia, que la importante
agencia británica de opinión investigativa ORDB ha asegurado que
como resultado de la invasión ya van más de un millón de
muertos, y no han contabilizado los millones de heridos y
mutilados, y únicamente para robarle el petróleo a los pobres
iraquíes; únicamente para robarle el petróleo inventaron la
mentira de búsqueda de armas de destrucción masiva! ¡Cuánta
infamia, cuánta depravación!
Regresando a la
calma de la producción literaria de Vargas Llosa, su siguiente
novela la tituló La fiesta del chivo (2000). En ella
analiza la dictadura del dominicano Rafael Leónidas Trujillo,
esencialmente sus últimos momentos de vida, la conspiración para
ajusticiarlo y su relación traumática con la joven Urania, hija
de un alto funcionario. Debido a la fama del autor y al hecho,
de que tanto los descendientes de las víctimas del tirano, como
muchos de sus cortesanos aún vivían, la obra en República
Dominicana despertó un interés inusitado. Vargas Llosa tuvo el
cuidado de acercarse bastante a la verdad histórica, utilizando
incluso los nombres y apellidos reales de los personajes, lo que
ocasionó un problema de interpretación, porque la inmensa
mayoría de lectores dominicanos, influenciados por prominentes
políticos e intelectuales, no la leyeron como una novela, sino
como un ensayo, y resulta que como un ensayo es un fracaso,
porque no dice nada nuevo; peor aún: contiene numerosas
imprecisiones históricas (66 contaron los expertos). Por esta
razón la acogida del texto no fue la adecuada. Uno de los
prominentes políticos, miembro de la Academia de Historia,
desacreditador permanente de la figura del escribidor, afirmó,
calificar de novela un hecho histórico y ponerle nombre, fechas,
situaciones reales es una expresión de la imaginación de la
pequeña burguesía dominicana. En otras palabras, el género
novela histórica, que fue inventado en 1834 por Walter Scott con
la obraWaverley e inmortalizado por León Tolstoi con La
Guerra y la paz (1869) y eternizado en Las Antillas por
Manuel de Jesús Galván con Enriquillo (1879), es
considerado más de un siglo después como una expresión de la
imaginación de la pequeña burguesía dominicana. ¡Cuánta
ignorancia! Esta decepcionante consideración es una muestra de
la gigantesca incapacidad literaria de los que hoy monopolizan
los medios de opinión nacional.
En los periódicos,
en los programas sociales y de panel de la radio y la
televisión, los familiares de las víctimas, encabezados por las
de los Héroes del 30 de Mayo, y los cortesanos de la Era, hacían
fila para desmentir o reafirmar uno que otro pasaje de la
novela, ayudando implícitamente a su promoción. Ésta había sido
planificada exitosamente tras la pantalla de unas supuestas
amenazas de muerte al autor, y los primeros diez mil ejemplares
se vendieron rápidamente; cifra récord para un país carente de
hábito de lectura. La crítica tendenciosa siempre estuvo
presente, porque el libro era una infamia, un irrespeto al
pueblo dominicano, un paquete de chismografía y alcantarilla de
inmundicias, una copia de Trujillo. La muerte de un dictador de
Bernard Diederich (afirmación corroborada por el propio
Diederich, quien considera al escribidor, mezquino y arrogante),
no sirve para nada, es una operación comercial neoliberal y no
se podía esperar otro tipo de texto de ese apátrida, renegado
revisionista, mercenario mandado por la Cía a Santo Domingo a…
En realidad, con La
fiesta del chivo, Vargas Llosa logró recobrar la calidad de
sus primeras obras. Fue escogida por la revista venezolana Letralia.com como
una de los mejores del siglo XXI y en el volumen del Editorial
Grijalbo de Barcelona, dentro de los 1001 libros que hay que
leer antes de morir. Y nosotros, los dominicanos, en voz del
presidente de la República, Leonel Fernández, le agradecemos al
autor haber escogido un tema nacional para universalizarlo y
darle así visibilidad y notoriedad al país.
Esas palabras las
pronunció el Jefe de Estado en el transcurso del acto de
condecoración a Vargas Llosa en el Palacio Nacional. Una hora
después fue que conversé brevemente con él y le hablé de la
profunda admiración que le profesan los escritores de la
Revolución Cubana. Al Fidel convertir al autor de
Conversaciones en la catedral en anatema había generado en
la intelectualidad preclara de la Isla una reacción contraria y
esa reacción le había sido trasmitida a los jóvenes. Estos
buscaron, afanosamente, por lo bajo, los libros del escribidor
(“el privilegio de lo prohibido”, dicen hoy) como lo muestra
Senel Paz en El lobo, el bosque y el hombre nuevo, y se
lo pasaron de mano en mano, y los profesores universitarios
también por lo bajo, incluyeron los libros del peruano en los
programas de estudio, y actualmente hay quienes afirman que
tiene más influencia dentro de la Isla que Carpentier y Lezama
Lima. El líder de la corriente vargallosiana es Eduardo Heras
León (El Chino), que siendo director del Centro de Formación
Literaria Onelio Jorge Cardoso incluía siempre los textos e
ideas literarias del escribidor en los cursos de Pensamiento y
Técnicas Narrativas que impartía. Un día Fidel ordenó, organicen
el curso en la televisión, en el proyecto Universidad Para
Todos.
Los funcionarios
le pidieron al Chino, excluir de las clases el libro Cartas a
un joven novelista de Vargas Llosa, porque la alusión a él
sería considerado una ataque al Comandante en Jefe. El Chino no
aceptó la sugerencia, e hizo lo impensable en Cuba: en un
encuentro se expuso a la ira de Fidel al preguntarle:
“Comandante, ¿ya a usted le informaron que en el programa que
impartiremos vamos a hablar de Mario Vargas Llosa”. Fidel
frunció el ceño y le clavó sus ojos de guerrilleros utópicos a
Heras León, quien le sostuvo valientemente la mirada, mientras
los funcionarios y personal de alrededor tiritaban de terror.
“¿Cómo? ¿Y es indispensable hablar de él?” “Claro. Vargas Llosa
es el técnico más grande de la lengua”. Fidel se desconcertó
todavía más y ladeó el rostro. El Chino continuó: “El libro que
vamos a utilizar de él, Cartas a un joven novelista, es
el más didáctico que se ha escrito sobre las técnicas de
narrar”. “Si es indispensable, adelante”, sonrió malicioso,
“pero si fuera yo quien impartiría el curso, le diera un
codazo”.
El Chino pasó por
alto lo del codazo, no así los funcionarios autómatas y
temerosos que le añadieron al currículo de Vargas Llosa, a pesar
de su reconocida obra, se destaca más por ser un furibundo
enemigo de la revolución.
El escribidor
desconocía estas realidades. Yo se las reiteraba en el Salón de
Embajadores del Palacio Nacional, y él seguía mirándome con los
ojos expectantes e interrogativos. Al fin preguntó: “¿Dónde
podría localizar esa información?” “En Internet. El trabajo se
titula: Mario Vargas Llosa: del mito al magisterio de
Justo Vasco”. “Lo buscaré tan pronto llegue a la casa”.—Varios
admiradores interrumpieron la conversación e impidieron que yo
me despidiera del genial novelista, el más grande técnico de la
lengua. |