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1. El mundo de
los libros
Como todo el mundo, sólo tengo a mi servicio tres medios para
evaluar la existencia humana: el estudio de mi mismo, que es el
más difícil y peligroso, pero también el más fecundo de los
métodos; la observación de los hombres, que logran casi siempre
ocultarnos sus secretos o hacernos creer que los tienen; y los
libros, con los errores de perspectiva que nacen entre sus
líneas.
[1] Estas certeras palabras, que Marguerite
Yourcenar pone en boca del emperador Adriano en alguna página de
su obra maestra Memorias de Adriano, revelan los
prodigiosos atributos del libro como fuente de conocimiento
ontológico.
Desde tiempos relativamente cercanos en la historia de la
humanidad -hablo del siglo XV, cuando Guttenberg perfeccionó la
imprenta con la invención de los caracteres móviles de metal,
haciendo posible la multiplicación de la letra impresa-, el
libro ha servido como instrumento privilegiado de difusión
cultural, porque él recoge las ideas que han transformado al
mundo en cada período crucial de su devenir. Como ha dicho
nuestro Manuel Rueda en un artículo titulado “El libro: magia y
realidad”: “...todo lo que la humanidad ha pensado, creído y
sentido se encuentra, como por arte de magia, en los libros: Y
es cierto que en ellos se encuentra una magia particular que
ningún otro objeto posee. Si vistos en sus anaqueles parecen
momias polvorientas, basta el hecho de tomarlos y abrirlos en
una página cualquiera para que surjan de inmediato, al calor de
la vida, pueblos enteros con sus culturas, sentimientos heroicos
o delicados, todo el vórtice natural de las pasiones, la fuerza
de la naturaleza y la intimidad del ser humano, mostrada en las
fluctuaciones de la Lengua y en las peripecias del estilo”. [2]
En los libros, pues, hallamos ese hermoso caos que constituyen
las experiencias de millones de hombres y mujeres, el fervor
doctrinario que anima a los creyentes, el resplandor filosófico
que asoma en cada teoría, la incertidumbre del que duda, las
convicciones del luchador, la descripción de todas las
peripecias del explorador y el aventurero en regiones ignotas
habitadas por pueblos de costumbres insólitas, las vicisitudes
padecidas en la guerra, las bondades y progresos de las épocas
de paz, las grandezas de los héroes y los mártires, las miserias
de los oprimidos, la generosidad de los justos, las infamias de
los viles, el vuelo de la imaginación y la fantasía proyectado
hacia dimensiones desconocidas, y, en fin, el poder siempre
creador de la palabra, múltiple e infinita, que nos permite
construir mundos insospechados e inventar nuevas realidades.
El libro ha sido uno de los más útiles objetos en la acumulación
de la cultura, un proceso que se inició a pasos lentos en la
prehistoria del género humano y que ha cobrado una celeridad
vertiginosa en el último siglo. Pensemos en el atraso de la
humanidad sin el valioso auxilio de esa memoria colectiva
estructurada con caracteres tipográficos tan diversos como los
millares de idiomas y que inundan el planeta con la elocuencia
de sus signos.
Los libros capitales que han marcado el curso de la historia no
cesan de cambiar con el paso de los años. Cada lectura de esos
libros esenciales es una lectura diferente. La Ilíada y
La Odisea, La Divina Comedia, El Ingenioso Hidalgo don
Quijote de la Mancha, El doctor Fausto, Madame Bovary, Crimen y
castigo, Guerra y paz, En busca del tiempo perdido, La montaña
mágica, Contrapunto y La metamorfosis, por sólo citar
un puñado de obras maestras desde Homero hasta Kafka,
constituyen ejemplos cimeros de esta afirmación. En cada época
se encuentran nuevas facetas en el múltiple sentido que nos
ofrecen las palabras ordenadas en un texto. Cada generación, con
su sensibilidad particular, sus preocupaciones específicas y su
manera de ver y asumir la vida, descubre dimensiones que otras
no habían visto antes, o en las que no habían reparado.
El libro está siempre aguardando al lector, discreto y
silencioso en el estante, la mesa de noche, o el anaquel de la
biblioteca, presto a satisfacer nuestras necesidades
cognoscitivas en cualquier momento, dispuesto a entregamos sus
secretos sin ponernos ninguna condición; ajeno por completo, en
su aparente quietud y mansedumbre, a las motivaciones que nos
empujan a tomarlo en nuestras manos y hojear cada página
buscando lo que anhelamos encontrar, deteniéndonos en el pasaje
clave, en las ideas fundamentales, deleitándonos con los
primores de un estilo o las genialidades de un escritor.
El libro se convierte así en consejero prudente en el amor, el
poder político, las relaciones económicas, las creencias
religiosas y el comportamiento moral. La Biblia
ha sido, por ejemplo, el libro sagrado del pueblo hebreo y la
obra fundamental del cristianismo durante milenios, guía de
creyentes en cosas humanas y divinas. Pero hay casos en que el
libro es un temible agitador, un incendiario que desencadena las
enormes marejadas de la voluntad popular galvanizada en torno a
unos cuantos ideales y aspiraciones. Recordemos los efectos
políticos que tuvo el Manifiesto comunista de Marx y
Engels sobre la sociedad europea en la segunda mitad del
siglo pasado. Publicado en 1848, este breve panfleto dirigido a
estimular la lucha obrera contra la burguesía en el poder, bajo
el lema: “Proletarios de todo el mundo, uníos”, transformó por
completo la configuración ideológica, política y social del
mundo en menos de un siglo.
A veces el libro se muestra como un sabio maestro, portador de
todos los conocimientos y todas las soluciones, un salvador que
viene a resolver los problemas apremiantes y a contestar las
preguntas difíciles; es el caso de los libros escritos por esa
amplia gama de seres providenciales, místicos o no, que
pretenden sacarnos de las tinieblas para llevarnos a una zona
luminosa.
En otras ocasiones, el libro cumple una función trastornadora,
inquietante, provocativa. Hace tambalear nuestras creencias más
firmes y nos pone al borde de cataclismos espirituales que somos
incapaces de evitar. En el instante menos esperado se produce un
vuelco interior, el chispazo del alumbramiento, y el libro llega
a provocar en el lector una portentosa mutación espiritual y
mental. Y todo esto con palabras. ¿Cuántas personas han cambiado
su modo de ver el mundo después de la lectura de obras como
El paraíso perdido de Milton, El Príncipe de
Maquiavelo, o El arte de la prudencia de Gracián? ¿O, más
modernamente, La rebelión de las masas de José Ortega y
Gasset, y Tiempo nublado de Octavio Paz?
Pero el libro también es fiesta, diversión y regocijo que hace
reír a carcajadas, o sonreír discretamente mientras induce a
pensar en las cosas más graves que acontecen en nuestras vidas,
como ocurre en las obras de Lewis Carroll o Mark Twain. El
libro, en su sólida estructura de páginas y tapas ilustradas,
también recrea el espíritu al tiempo que sondea y refleja la
condición humana. Amigo silencioso, consejero fiel, soldado de
las buenas causas, taumaturgo del saber, el libro es la mejor
compañía en los momentos de soledad y de ocio bien empleado.
2.
El problema de la lectura
Un serio problema del proceso educativo nacional que se refleja
en toda su crudeza durante los años universitarios, es la
resistencia de los estudiantes a la lectura de textos de índole
filosófica, histórica, sociológica o literaria que resultan
indispensables para una buena formación académica. Sin una
sólida base humanística, queda siempre trunca y deformada la
carrera del profesional de las ciencias y la tecnología. Ese
profesional obtiene
su titulo al cabo de un lapso de cuatro o cinco años de
esfuerzo, pero seguirá siendo un analfabeto funcional en
muchas dimensiones de su vida. Aunque maneje los instrumentos de
trabajo de su especialidad, carece de visión para aplicar
correctamente sus conocimientos, se muestra incapaz de
relacionarse en forma adecuada con su medio social y cultural, y
no puede retribuir a la sociedad lo que ésta invirtió en su
formación. Sé de muchos diplomados en la universidad que nunca
leen un libro, ni siquiera revistas o periódicos para enterarse
de lo que pasa en sus profesiones o en el mundo.
Cuesta mucho vencer la esclerosis mental de los alumnos que
ingresan a las aulas universitarias y es preciso un esfuerzo
titánico para estimularlos a leer. La primera dificultad
consiste en la falta de motivación, la ignorancia y el
paupérrimo vocabulario, que en un estudiante de último año de
bachillerato se reduce a unos cuantos centenares de palabras.
Los textos se convierten entonces en una abstrusa red en la que
es imposible penetrar, un complicado amasijo de palabras de
difícil comprensión. El estudiante, desalentado ante tantos
términos raros, sin ninguna práctica en el uso sistemático del
diccionario, termina dejando la lectura en las primeras líneas
del texto. Imaginemos la tortura que debe padecer un estudiante
de literatura española cuando se enfrenta con un poema de
Góngora o un drama de Calderón de la Barca. Sin embargo, las
dificultades léxicas del autor de las Soledades pueden
ser vencidas con un buen procedimiento para acceder a la esencia
de sus versos. De igual modo, la profundidad existencia1 de una
obra como La vida es sueño puede llegar a
convertirse en un desafío apasionante.
El segundo escollo es la incapacidad para determinar qué es lo
esencial, cuáles son las ideas motrices, cómo se articulan con
las secundarias. En este punto, lo más complicado es
precisamente aprehender lo fundamental donde todo parece
importante. Esta barrera, más que de simple lógica, proviene del
poco entrenamiento para seguir la línea temática en un texto,
poniendo cada cosa en su lugar hasta llegar a distinguir entre
lo básico y lo complementario.
En tercer término está la extensión de las lecturas. Hay un
verdadero pánico a cualquier texto que exceda un cierto número
de páginas, y la pregunta que de inmediato surge cuando un
profesor asigna un texto no es sobre el contenido o los aspectos
formales, sino acerca de su amplitud. En lugar de acudir al
original de El Quijote – libro
que muchos proclaman como fundamental, sin haberlo leído nunca-,
el estudiante se contenta con un resumen que degrada y traiciona
el espíritu de la obra.
A
propósito de ese libro verdaderamente prodigioso y fundacional
que es El Quijote, deseo precisar algo sobre las obras
maestras de los grandes clásicos universales. Cuando un libro
tiene varios siglos de escrito (y Cervantes escribió su obra
cumbre entre 1606 y 1616, es decir, hace casi cuatro siglos),
nos enfrenta a dificultades de lectura particulares que de
ningún modo resultan insalvables. Ha habido un cambio en el
lenguaje, porque la lengua es dinámica y se transforma
constantemente. Pero la grandeza de un libro como ése, e igual
ocurre con los dramas de Shakespeare, llámense Hamlet,
Otello, Macbeth o El Rey Lear, reside precisamente en
vencer las adversidades del tiempo. Hay valores universales
inmanentes, como el bien, la justicia, la solidaridad, la
libertad, que logran traspasar las fronteras epocales,
deslizándose por encima de las huellas que dejan a su paso las
mutaciones generacionales.
No es cierto que un clásico antiguo, por el hecho de haber
escrito un libro o haber compuesto música hace cientos de años,
pierda su atractivo para el lector o el oyente contemporáneos.
Si nos trasladamos al campo de la música encontramos, por
ejemplo, que Johann Sebastian Bach es hoy más moderno que nunca,
e incluso algunos críticos han llegado a considerarlo como un
romántico, habiendo sido, con toda propiedad, el gran maestro
del barroco. Bastaría sólo con mencionar El clave bien
temperado, auténtico producto de su genio, para colocarlo
entre los padres de la música universal. El caso de Beethoven es
otro ejemplo contundente de actualidad. Fue un revolucionario en
su tiempo y sigue siendo un modelo para cuantos acuden a su obra
en busca de rigor, perfección e innovación constante. Sus
sinfonías, sus sonatas para piano, y en especial sus cuartetos
para cuerdas, prueban con creces la actualidad de su legado
musical.
En lo que a la literatura se refiere, una obra debe explorarse
con ojos nuevos y prestos a descubrir los secretos que ella
encierra. Si la maestra o el profesor son buenos guías y saben
motivar y conquistar, porque son también buenos lectores y aman
los libros y las palabras, no habrá quien se resista a la pasión
de leer.
Sin embargo, desalentados por su incapacidad para enfrentarse a
cualquier tipo de lectura, el estudiante vive atormentado y la
frustración no tarda en aparecer, conduciéndolo no pocas veces
a la deserción y al fracaso.
Me he preguntado muchas veces si la causa de esta indisposición
y desintereses provocada por la invasión de los medios
televisivos en los hogares y en el creciente uso de juegos que
envician al espectador, encadenándolo a un aparato, sin darle
tregua para dedicarse a la lectura, actividad que requiere una
postura nada pasiva. No descarto que, en algunos casos, la
distracción causada por la televisión y los juegos sea la
causante de los bajos rendimientos escolares, no sólo de niños,
sino también de jóvenes y adultos. Pero creo que la causa
fundamental de este rechazo hay que buscarla en la educación
básica y los niveles siguientes, que es donde se forman los
hábitos y se estructura la disciplina que debe poseer todo
estudiante para conducir sus asuntos con un mínimo de
eficiencia.
Durante sus primeros cursos, el niño lo único que hace es copiar
y memorizar. Allí aprende a recitar muy mal los resúmenes y las
tareas, sin penetrar demasiado en el núcleo del conocimiento. Es
un saber fragmentario, atomizado, que el infante es incapaz de
aplicar debidamente en el desarrollo de un hábito de lectura que
le ayude a consolidar su formación. En los cursos que van de
quinto a octavo (segundo ciclo del nivel básico) continúa la
situación, coloreada de anecdotarios, moralejas y simples
recuentos, sin que el joven sepa que lo verdaderamente
importante es amar las palabras, aprender a manejarlas, adquirir
fluidez en la lectura y la escritura, que constituyen
instrumentos primordiales en el proceso de comunicación. Nunca
llega a hacerse realidad la bella frase de Margarite Yourcenar:
“El verdadero lugar de nacimiento es aquel donde por primera vez
nos miramos con una mirada inteligente: mis primeras patrias
fueron los libros”. [3]
La enseñanza de la literatura, a mi entender, no constituye en
muchos casos un ejercicio de aventura y descubrimiento de otros
mundos a través de los libros, sino la odiosa memorización y
repetición de esos directorios telefónicos que son los
manuales de historia literaria. El estudiante es condenado a
aprender, siguiendo una secuencia inflexible, los movimientos,
escuelas, tendencias, figuras y obras, pero no lee de principio
a fin una sola novela, un solo poema. Conoce todos los títulos
sin haber leído el contenido de ninguno. Ahora existen las
versiones las versiones simplificadas de obras, que traen en
unas cuantas páginas lo que deseamos saber del argumento, el
estilo del autor, las características de los personajes y otras
cosas, pero dejan al estudiante tan ignaro como antes de
consultarlos. Eso sí, la tarea escolar se cumple y el muchacho
obtiene una nota. Creo que la enseñanza de la literatura siempre
ha tenido la deformación de abarcar demasiado – todo
superficialmente -, cuando lo importante es leer un puñado de
obras capitales que nunca olvidaremos,-que ampliarán nuestro
vocabulario y van a enseñarnos cómo resolver las dificultades de
la lectura.
Pero también ocurre que los propios profesores de literatura
desconocen las obras y se protegen obligando al estudiante a
embotellarse una serie de informaciones inútiles. En
consecuencia, se aprende a detestar la literatura y la lectura
se convierte en una pesadilla. El estudiante vive preguntando
para qué le servirá todo eso que lo fuerzan a leer, porque no
sabe todavía que la literatura es un modo de conocimiento único,
maravilloso, una forma de enriquecer el intelecto y adquirir una
apreciable capacidad analítica y habilidad en el manejo del
lenguaje.
Así, un día, huérfanos de lecturas, los jóvenes ingresan a la
universidad. Comienzan entonces a “pasar trabajo” con sus cursos
de historia, sociología o letras, para desesperación de sus
profesores. A los dieciocho años, sin embargo, se está a
tiempo todavía para cambiar el rumbo. Lo único que se necesita
es un poco de orientación para encontrar el valioso significado
de los libros, voluntad para hacer hábito de lectura, tesón para
continuarlo y libros. En este proceso, el hogar y la escuela
tienen mucho que aportar a la formación integral de las nuevas
generaciones.
3.
Recomendaciones para una biblioteca personal
Han sido muchos los esfuerzos educativos realizados a través de
nuestra historia contemporánea para estructurar bibliografías
esenciales que contribuyan a una formación personal amplia,
independientemente del rumbo profesional que cada individuo
decida tomar. Entre nuestros pensadores y maestros, el más
ambicioso intento corresponde a Pedro Henríquez Ureña, quien
emprendió la ingente tarea, cuando vivía en la Argentina, de
reunir, por encargo de una prestigiosa casa editoria, las cien
obras clásicas de la literatura universal, destinadas a
estudiantes de segunda enseñanza, con prólogos y notas escritos
por él. Dicha colección abarcó buena parte de los clásicos de
siempre, pero quedó incompleta. En materia editorial, el país ha
contado con esfuerzos loables para reunir y difundir los valores
de nuestras letras, desde la Colección Pensamiento Dominicano;
que llenó una época inolvidable, cuando los libros eran baratos
y leer constituía una actividad básica en el hogar, hasta la
Biblioteca de Clásicos Dominicanos, en la que se pretende
recoger nuestras obras fundamentales a partir del siglo XIX.
Para cualquier educador es un verdadero rompecabezas tener que
realizar una lista, limitada o extensa, de autores y obras que
deben ser leídos y estudiados, para que los educandos adquieran
una formación adecuada en materia literaria y otras disciplinas,
que luego les permita acceder a niveles profesionales
satisfactorios. En el mundo tecnológico de hoy, la formación
humanística adquiere una indiscutible validez: no se puede ser
buen profesional, si no se tiene una visión global del mundo y
sus conquistas culturales; si no se posee un instrumental mínimo
con el que podamos 'trascender los límites de la
especialización. Para preparar de manera integral a quienes
cursan niveles intermedios de la educación, debería crearse un
plan de lecturas graduales y supervisadas que vayan echando la
zapata de ese edificio inmenso que constituye el conocimiento
humano.
Mientras se van asimilando las lecturas de los grandes maestros
universales de todos los tiempos, en ediciones comentadas y
prologadas por autoridades en la materia -existen colecciones de
todos conocidas en la actualidad, como Cátedra, por ejemplo, que
hace énfasis en los clásicos españoles, a partir de los místicos
del Siglo de Oro-, conviene ir penetrando en esa riquísima
cantera de autores y obras de Hispanoamérica y la República
Dominicana. Junto a la impresionante obra de José Martí y Rubén
dos maestros fundacionales de la poesía en lengua española, cuya
impronta modernista se impuso en todo el ámbito del idioma, es
necesario conocer también los mejores libros de Gabriela
Mistral, Pablo Neruda y César Vallejo, tres grandes poetas
hispanoamericanos del siglo veinte que toda persona que se
precie de instruida debe leer. A través de sus poemas no sólo
accederemos a una nueva visión de nuestro hemisferio, sino
también a una sensibilidad y un decir completamente distintos de
los que prevalecieron durante el romanticismo decimonónico,
época de autores importantes que buscaban nuestras esencias por
caminos distintos, como José Hernández, Domingo Faustino
Sarmiento, Jorge Isaacs, Manuel de Jesús Galván y Juan Zorrilla
de San Martín.
Y como la poesía es el área fuerte de las letras dominicanas, es
preciso que los planes de lectura contengan las obras cimeras de
nuestros vates principales. Tenemos por lo menos una docena de
figuras muy sólidas cuya poesía es el mejor camino para
conocernos a fondo. No es cierto que la poesía sea
incomprensible ni esté pasada de moda, pues mientras haya
imaginación y sentimiento habrá poesía, sino que nos faltan
estímulos para penetrar en sus secretos, y seguramente tiempo
para sentarnos con calma a disfrutar de ella.
Como he dicho en otra parte, nuestra poesía recorre el siglo que
ahora termina y deja un perdurable legado de voces y obras.
Hecha de palabras y de ritmo, de imágenes y metáforas, ella es
la interpretación, oral o escrita, grande o pequeña, de nuestras
esencias. Todo lo que somos y hemos sido; las verdades soñadas y
las vividas; el mito, la fe, las creencias; el deseo, el amor, y
la muerte; las palpitaciones del ser y los laberintos de la
conciencia; las conmociones sociales y las incógnitas del
porvenir; todo, en fin, se encuentra en nuestra poesía.
Creadores de la talla de Salomé Ureña, Domingo Moreno Jimenes,
Manuel del Cabral, Pedro Mir, Tomás Hernández Franco, Héctor
Incháustegui Cabral, Franklin Mieses Burgos, Freddy Gatón Arce y
Manuel Rueda, para sólo citar a unos cuantos, constituyen el
punto de partida de cualquier
indagación sobre nuestra idiosincrasia. Ellos han dicho sobre
nuestro pueblo, en unos cuantos libros indispensables, lo que ha
requerido miles de páginas de historia nacional,
Vivimos en la época de los apresuramientos, y se dice que no hay
tiempo ni “juicio” para leer. Me parece que una magnífica
entrada al universo de la literatura
podría realizarse a través del cuento, genero breve, intenso,
maravilloso, capaz de conmovernos y llevarnos a
reflexiones profundas. Surgen de inmediato los nombres de
Horacio Quiroga, Juan Bosch, Juan Rulfo, Jorge Luís Borges,
Adolfo Bioy Casares y Julio Cortázar, grandes maestros del
género en este siglo, a los que añadiría los nombres de Mario
Benedetti, Augusto Monterroso, Julio Ramón Ribeyro y José Luís
González.
La lectura de una novela corta puede convertirse también en una
autentica aventura. Hay novelas que, precisamente por ser obras
maestras, no tienen ningún desperdicio. La invención de Morel
de Boiy Casares, El túnel de Ernesto Sabato, El acoso
de Alejo Carpentier, El astillero de Juan Carlos Onetti,
Pedro Páramo de Rulfo, Casas muertas de Miguel
Otero Silva, Papeles de Sara de Manuel Rueda, Crónica
de una muerte anunciada de Gabriel García Márquez,
Coronación de José Donoso, Aura de Carlos Fuentes, y
La ciudad y los perros de Mario Vargas Llosa, forman una
selección de la mejor narrativa hispanoamericana de este siglo
que ningún universitario debería desconocer.
La formación literaria no estaría completa sin la lectura de
ensayistas que han marcado el rumbo en diferentes momentos de
nuestro devenir histórico. Así, de la mano de Martí conoceremos
el fervor del poeta que también fue un gran patriota, ofrendando
su vida por la independencia de Cuba, su amada patria, y que
dejó semblanzas de otros héroes, como Bolívar y San Martín, que
están llenas de vida y amenidad. En la lectura de Ariel
de José Enrique Rodó seremos alertados del peligro que
representaba el avance norteamericano en América Latina en las
primeras décadas del siglo.
Pedro Henríquez Ureña y Alfonso Reyes, las voces más altas en el
México posterior a la revolución, nos ponen en contacto con un
ideal humanístico que exalta los ideales de justicia y belleza
en una época de convulsiones sociales y políticas. No olvidemos
tampoco a Borges, paradigma de perfección en sus cuentos y
ensayos, pero ante todo dueño de una mirada aguda y de un decir
inigualable que le permite fabular y pensar, habiendo dejado una
serie de ensayos literarios que descubren valores ocultos y
descifran claves.
Pero de todos los ensayistas de nuestra América en los tiempos
que corren, debo señalar la importancia de Octavio Paz,
excelente poeta y grandioso pensador que ha sabido esclarecer
los enigmas del mundo actual en una prosa que impacta por su dad
y su belleza, su hondura conceptual y su diversidad de enfoques.
Puede convencer al lector, haciéndolo partidario de sus
posiciones; o logra provocar en él una reacción de desconcierto
y escándalo, pero jamás lo deja indiferente. Sabe ser polémico y
seductor a un tiempo, introduciéndonos con sutileza en los
vericuetos de sus demostraciones, o convirtiendo en apasionada
discusión un tema que sólo él sabe reiterar con palabras cada
vez distinta. Es un disidente consumado y ha hecho de la
controversia su principal instrumento analítico. Desde hace
muchos años, Octavio Paz es el escritor hispanoamericano de
mayor resonancia continental, no sólo por la vastedad de su
obra, sino por sus decisivas contribuciones a la clarificación
de los problemas de nuestro tiempo, a partir de la publicación
de su obra inicial El laberinto de la soledad.
Por último, hay un campo lleno de atractivos para quien se
inicia en la lectura. Se trata de las biografías y memorias, que
nos ponen en contacto con la vida y experiencias de autores
diversos, dejando en nosotros una serie de enseñanzas. Cuando
era un muchacho, ése constituía para mí un filón de motivaciones
y estímulos intelectivos. Recuerdo haber leído con gran interés
algunos tomos de las Vidas paralelas de Plutarco, unas
cuantas biografías de Emil Ludwig, de quien no olvido la de
Miguel Angel; y luego, en una sucesión interminable, las de
Jesús, Leonardo da Vinci, Napoleón, Tomas Alva Edison, Ruben
Darío, o la serie de los grandes músicos, entre muchos otros, y,
ya más adulto, haberme deleitado con las memorias de Graham.
Greene, Tennessee Williams, Marguerite Yourcenar, Alberto
Moravia. En cada uno de esos libros esta de cuerpo entero la
figura artística, el pensador o el heroe, con sus luces y
sombras, dejando en los lectores un sedimento de vivencias e
ideas que servirán para guiarnos en nuestro camino por el mundo.
Finalmente, si me piden recomendar algunos libros de este tipo
para los lectores hoy, no podría omitir cuatro o cinco libros
que me parecen esenciales. Me refiero a Confieso que he
vivido de Pablo Neruda, cari un poema en prosa sobre su
vida; el desgarrador testimonio de Isabel Allende contenido en
Paula, libro autobiográfico que puede considerarse su
mejor obra hasta el momento; El pez en el agua de Mario
Vargas Llosa, en el que establece un contrapunto entre su vida y
sus ideales políticos; y Adiós, poeta de Jorge Edwards,
lleno de nostalgia y sin las espinas de su Persona non grata.
Deseo concluir con una cita Gianni Rodari, de su libro
Gramática de la fantasía, incluida por Fernando Savater en
un libro sobre la educación: “El encuentro decisivo entre los
chicos y los libros se produce en los pupitres del colegio. Si
se produce en una situación creativa, donde cuenta la vida y no
el ejercicio, podrá surgir ese gusto por la lectura con el cual
no se nace, porque no es un instinto. Si se produce en una
situación burocrática, si al libro se lo maltrata como
instrumento de ejercitaciones (copias, resúmenes, análisis
gramatical, etc.), sofocado por el mecanismo tradicional
‘examen-juicio’, podrá nacer la técnica de la lectura,
pero no el gusto. Los chicos sabrán leer, pero leerán
solo si se les obliga. Y fuera de la obligación, se refugiaran
en las historietas – aun cuando sean capaces de lecturas más
complejas y más ricas-, tal vez sólo porque las historietas se
han salvado de la 'contaminación' de la ‘contaminación’ de la
escuela”. [4]

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NOTAS
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