P R O J E T O   E D I T O R I A L   B A N D A   H I S P Â N I C A

 

 

J O R N A L   D E   P O E S I A   |   F O R T A L E Z A l C E A R Á l B R A S I L
COORDENAÇÃO EDITORIAL   |   FLORIANO MARTINS
2001 - 2011
 

 

 

 

AGULHA HISPÂNICA | REVISTA DE CULTURA | 07

Antonio Paredes Candia

Dos veces Antonio Paredes Candia | Victor Montoya | Ensayo

1. La infortunada Patria de Antonio Paredes Candia

La muerte de Antonio Paredes Candia (La Paz, 1923-2004), como suele ocurrir con los investigadores y escritores de fuste, ha dejado un enorme vacío en la vida cultural de Bolivia, una Patria que él supo amar con todo el furor de su alma, aunque la consideraba infortunada por la desidia de sus gobernantes, pues siendo rica en recursos naturales es víctima de la pobreza y siendo rica en cultura tiene tan pocos cultores; no al menos como lo deseaba este hombre que dedicó su vida a la investigación y la escritura, guiado por el sentido común de que el ser humano debe ser útil y productivo para el bien de su colectividad.

No cursó estudios superiores, pero tenía una formación intelectual autodidacta, que le permitió sentir el espíritu de un pueblo desde lo más hondo de su esencia. Así, a modo de rescatar la memoria colectiva, recorrió el país para observar las costumbres de las distintas regiones, en afán de documentarlas, sistematizarlas y transmitirlas a través de sus obras. Él, más que ninguno, fue el yatiri (adivino y sabio) andariego que, en su contacto directo con la gente, recogió en su wallqepu (talega de lana) las leyendas, los mitos, las tradiciones, los sabores y los colores del acervo cultural boliviano.

Antonio Paredes Candia, nacido en el seno de una familia que estimuló sus inquietudes por el arte y las letras, fue titiritero en su juventud, fundador de la Editorial Isla y de la Sociedad Boliviana de Bibliografía. Asimismo, aparte de impulsor infatigable de las ferias populares del libro, fue gestor de la Asociación de Libreros que lleva su nombre. Era un verdadero artesano de la palabra escrita, amaba los libros como un niño ama sus juguetes, le atraía la tinta fresca de la imprenta y el fajo de papeles empastado en forma de libro. Su pasión por la literatura era tan genuina y tan grande que, ajeno a los escritores promovidos por el marketing editorial, él mismo vendía sus libros -y la de otros autores- en su quiosco, primero frente al monoblock de la UMSA y después en el Paseo Núñez del Prado.

Por otro lado, y para asombro del lector, fue un apasionado coleccionista de obras de arte; reunió pinturas, esculturas y piezas arqueológicas, actualmente expuestas en el Museo de Arte Antonio Paredes Candia, instalado en la Ciudad Satélite (El Alto), donde también descansan sus restos desde el 14 de diciembre de 2004, luego de que una muchedumbre asistiera a su sepelio entre llantos y comentarios ponderativos sobre su vida y su obra.

Vergüenza debía darnos por la ignorancia y el escaso interés por la cultura en nuestro país, donde no siempre se valora a tiempo a quien se lo merece ni se reconoce la labor de quienes, avanzando contra las corrientes oficiales, se dedican con tesón al rescate de la cultura nacional. He aquí el ejemplo, sólo cuando Paredes Candia yacía en la cama en el ocaso de su vida, el Congreso Nacional le confirió la Orden Marcelo Quiroga Santa Cruz, y el Gobierno le otorgó la Medalla al Mérito Cultural. Y, lo que es peor, sólo después de su muerte, el canciller de la república, Juan Ignacio Siles, reiterando su homenaje al “ilustre boliviano”, entregó la medalla Simón Bolívar a los familiares de Paredes Candia, como una forma de descargarse el peso de la mala conciencia y evitar las críticas de los “trabajadores de la cultura”.

Milagro HaackLos señores del poder, acostumbrados a la demagogia y la palabrería amañada, creían haber cumplido de este modo su deber de reconocer a quien, sólo al final de sus días y después de su muerte, fue considerado “ilustre personaje”, acaso sin darse cuenta de que el reconocimiento del patriarca paceño fue tardío en un país que le debe mucho, muchísimo. No en vano su hermana Elsa, criticando la indiferencia de las autoridades por los asuntos de la cultura y sus promotores, dijo acertadamente: "las distinciones hubieran tenido más valor si hubieran sido conferidas en vida".

Por suerte, Antonio Paredes Candia, a pesar de las condecoraciones oficiales y los discursos rimbombantes pronunciados en su honor, jamás dejó de enfrentarse a la soberbia de los dueños del poder ni a la incultura de las autoridades ediles. En más de una ocasión, y en su afán de mantener la Feria de Libros en el Prado y defender su derecho a vender sus libros en la calle, mandó a la mierda las ordenanzas municipales y carajeó a más de un concejal o intendente que, amparado en su función de “autoridad”, quería salir con las suyas.

Otro mérito de don Antonio Paredes es que se mantuvo con dignidad al lado del pueblo y de los humildes. Era uno de esos autores que no necesitaban del “reconocimiento oficial” para difundir sus obras, pues él mismo era el todero de su producción literaria: el escritor, investigador, tipógrafo, compaginador, editor, distribuidor y vendedor ambulante. ¿Ambulante? Sí, cuántas veces no se lo vio cargando sus libros como un eqeqo (dios aymara de la abundancia), con el propósito de llevar el saber popular hasta los sitios más recónditos de su infortunada Patria. No es exagerado aseverar que la conocía palmo a palmo, por dentro y por fuera, y por eso la amó entrañablemente, pues “sólo se ama lo que bien se conoce”, decía él mismo con la sabiduría que le concedieron los años.

No le interesaban las cofradías académicas ni los finos salones literarios. Vivía aferrado a la convicción de que el escritor es un obrero más dentro de la sociedad y no un privilegiado que está sentado en un altar de barro. Por eso mismo, consideraba que “el escritor, más que cualquier otro debe ser el que transmita su pensamiento, el que guíe en cierto modo a la sociedad”.

Con todo, Antonio Paredes Candia fue toda una institución cultural y un personaje que sobrevivirá al tiempo a través de sus obras y del Museo de Arte de la Ciudad Satélite (El Alto), que afortunadamente lleva su nombre y reúne todo el material historiográfico y artístico que acumuló a lo largo de su vida. Todo un monumento nacional para un pueblo que no siempre sabe reconocer a tiempo a sus hijos de mente lúcida y labor ejemplar.

¿Culpa de quién? ¿De los politiqueros o de la ignorancia? Quién sabe. Pero de una cosa sí estamos seguros: Antonio Paredes Candia, a diferencia de los cazadores de fama y fortuna, no necesitaba “reconocimientos oficiales” para permanecer en el corazón de la gente humilde, de esos niños y esas gentes que tanto amó en su infortunada Patria.

Como todo investigador prolífico, dedicó su tiempo y su existencia al acopio de datos concernientes al costumbrismo. Encontró en el folklore y las tradiciones bolivianas una veta rica que los orfebres de la palabra podrían trocarla en un precioso cofre literario. Pero el desprecio por lo propio es tan grande y tan grande la admiración por lo ajeno, que los investigadores y escritores se alejaron del folklore nacional. De ahí que su preocupación y su crítica se sintetiza en la frase: “Bolivia es el paraíso del folklore con unos pocos fokloristas”.

Antonio Paredes Candia fue defensor incansable del folklore y sus asuntos. No admitía la acepción peyorativa del término ni que se lo usara con la ligereza propia de quienes, alienados a la cultura occidental, tratan de “folklorismo” cualquier manifestación profunda y ancestral del pueblo, sobre todo, en algunas capas sociales en las que, con hondo desprecio por lo nacional, miran con desdén la sabiduría popular.

Él sabía que, en una sociedad discriminatoria y de profundos prejuicios sociales y raciales, no es fácil establecer una disciplina cultural como el estudio serio del folklore, consistente en la investigación valorativa de la cultura popular. Más todavía, consciente de que el folklore es un elemento vivo y no una arqueología, refutó las opiniones tendenciosas de quienes criticaban la labor de los investigadores dedicados a configurar la imagen cultural del país a partir de sus elementos más peculiares como son el folklore y la tradición. Por eso en su crítica a Miguel de Urioste, sub-jefe del Partido Movimiento Bolivia Libre (MBL), afirmó categórico: “Folklore no es lo feo, ni lo ordinario, ni lo ridículo de un pueblo. Tampoco es ‘pintoresquismo’, ni mercadería para turistas ávidos de encontrar en un país cosas y hechos exóticos que en el propio ya no existen o pertenecen a su pasado. Hay términos, señor Urioste, que no deben usarse alegremente” (Antigüedad y vigencia del vocablo folklore en la cultura boliviana, 1999, p.159).

Para la pregunta obligada: ¿De por qué Bolivia no formó a más investigadores que recogieran el folklore y lo dieran a conocer al mundo? Paredes Candia tenía dos respuestas: “Una, que siempre hemos estado gobernados por individuos estultos, para quienes ha tenido más valoración una carrera de caballos que una actividad cultural. Y otra, que nacía del prejuicio social y racial de nuestras capas sociales, alta y media, que calificaban al indio de un ser inferior y al mestizo de un individuo despreciable; y que solidarizarse con los afanes que apasionaban a ellos, era negar el porvenir de la Patria. Pose absurda, y hasta hilarante, que no era sino un rasgo hipócrita de una sociedad que idénticamente al indio, a quien miraba con desdén, creía en las supersticiones, en los embrujamientos, y prefería curar sus dolencias con yerbas que aconsejaban los curanderos nativos” (Antigüedad y vigencia del vocablo folklore en la cultura boliviana, 1999,  p.15).

Antonio Paredes Candia nos presentó un amplio registro de su labor de investigación y sistematización de la cultura boliviana, compendiada en más de una centena de obras que él supo canalizar, por medio de la Editorial Isla, hacia el público en general. Algunos de sus libros constituyen textos oficiales de estudio en escuelas, colegios y universidades, por cuanto es raro encontrar a un lector boliviano que no haya leído al menos un libro de su cuantiosa producción bibliográfica.

Nadie más ni mejor que él se dedicó a investigar el origen de los mitos y las leyendas, el pasado milenario de los quechuas y aymaras, las creencias y las supersticiones populares, el mestizaje y el sincretismo cultural de la colonia, las costumbres de los habitantes del campo y las ciudades, el arte culinario y pictórico en sus diversas manifestaciones, la importancia de la tradición oral en la literatura nacional, la indumentaria y los códigos lingüísticos propios de un país multicultural y plurilingüe.

Milagro HaackContrariamente a lo que muchos se imaginan, casi siempre mantuvo una actitud crítica ante las autoridades gubernamentales y municipales, a quienes se enfrentó abiertamente en repetidas ocasiones, acusándolos de corruptos y neófitos. Tampoco dejó de ridiculizar a los tránsfugas y oportunistas que, en su afán de buscar el poder y las prebendas económicas, eran capaces de cometer cualquier estupidez para alcanzar sus propósitos. Es más, estaba convencido de que “los políticos bolivianos, además de ser corruptos en porcentaje que asusta, también cometen payasadas de circo, que en cualquier lugar del mundo atrasado, daría lugar a reír a mandíbula batiente”.

Aunque los señores del poder le tenían tirria porque les cantaba las verdades en la cara, nunca escondió su admiración y sus simpatías por quienes, sin doblar la cerviz ni venderse al mejor postor, se enfrentaban al poder con una actitud digna de encomio. Así, en su libro “Anécdotas de gobernantes y gobernados”, refiriéndose a la conducta insobornable del líder trotskista boliviano, dice: “Guillermo (Lora), en la actualidad nacional, es el único político que merece respeto; los otros, sin excepción, son politiqueros corruptos sumergidos en el estiércol de su inconducta” y, para darle fuerza a sus palabras, recoge la siguiente anécdota: “Lora es inflexible y sus desplantes son proverbiales. No importa cuánto poder tenga el que se le ponga enfrente. Y, esto lo sabe el ex Ministro de Hidrocarburos -un ex Urista- del gobierno del Acuerdo Patriótico, que se encontró con él en la calle y tuvo el desafortunado gesto de cruzar la calzada para saludarlo. Su seguridad iba por detrás y hacía pocos días que había sido posesionado en el cargo. El Ministro le extendió la mano en gesto amistoso y alcanzó a decirle un agradecido “maestro”. Lora lo paró en seco y le dijo: ‘¡Retírese carajo, yo no le doy la mano a ningún traidor!’ Le recordamos el episodio y él lo confirmó: El Ministro era Hebert Müller. ‘Yo no le di la mano ni nada. A un traidor yo no puedo darle la mano’. Son lecciones que nos dan sólo los políticos de la dimensión de Guillermo Lora” (p. 84).

Debo acotar que su libro “Anécdotas de gobernantes y gobernados” (La Paz, 2000), aparte de convocarme a la  reflexión y hacerme gozar un buen rato, traía una dedicatoria escrita con su puño y letra: “A través de las anécdotas muestro la degradación en que nos hacen vivir los políticos. ¡Qué feliz es usted que está tan lejos de este basural!...”. Sus palabras, sin lugar a dudas, denotaban su preocupación por el destino del país y el asco que le producían los politiqueros pro-imperialistas que, una vez encaramados en el Palacio Quemado, se aprovechaban de las arcas del Estado en beneficio personal y en desmedro de las mayorías empobrecidas.

En su criterio, por demás justificado a la luz de los acontecimientos históricos, los politiqueros eran los destructores de su infortunada Patria. Con ellos afloraba la corrupción institucionalizada y ellos, en uso y abuso de sus atribuciones, cometían desmanes a espaldas del pueblo. Quizás por eso, en el mensaje que me envió el 4 de julio de 2003, exhortando a los paceños a oponerse a las autoridades ediles que pretendían modificar las efemérides del 16 de julio, decía en tono de arenga: “¡Paceños despierten! Sólo los pueblos castrados soportan que los traten como a esclavos y agradecen los latigazos que reciben en sus espaldas. Ha pasado el límite de aceptar que los politiqueros apátridas manoseen a este pueblo. Si La Paz se ha caracterizado por ser cuna de la libertad y tumba de tiranos, cuál es la razón para que ahora como mujerzuelas de burdel aceptemos que hasta el símbolo de nuestro orgullo nacional quieran seguir pisoteándolo (...) Si el apátrida de Tuto Quiroga (ex presidente de Bolivia) cometió el crimen de lesa historia, cambiando las efemérides cívicas de cada departamento; aún es tiempo de que los paceños nos levantemos si el actual gobierno persiste en la estupidez”.

En su actitud de visionario, creía en la universalidad de la literatura folklórica y popular. No es casual que en una de sus cartas, fechada el 30 de octubre de 1998, además de valorar la labor de algunos bolivianos en Europa y el “afán patriótico de hacer conocer lo que produce Bolivia en el campo intelectual y artístico”, me sugirió que, de ser posible, se tradujeran al sueco (“idioma endiablado”, según su opinión) algunas obras de autores nacionales, puesto que “lo que necesitamos es que otros pueblos nos conozcan en sus propios idiomas. Pienso que por los muchos años que radican allí, ustedes ya tienen dominio de la lengua. Así la labor de ustedes sería excelente y de profundo agradecimiento de parte de esta infortunada Patria. Tenemos autores que realmente merecen tomarse en cuenta: los novelistas Wolfango Montes Vanucci y Néstor Taboada Terán, que son excelentes, y así como ellos hay trabajadores de primera en todos los campos intelectuales. Mientras éstos se esfuerzan en forjar un país, los otros, los politiqueros, bellacos y rufianes, están hundiendo en una cloaca de heces y miasmas, a esta infortunada Patria...”.

Sé que fue un lector afanado de mi modesta producción literaria, a la cual tuvo acceso por diversos medios. En su carta del 13 de septiembre de 2002, a modo de agradecerme la recepción de mi libro “Cuentos de la mina”, escribió: “Esté seguro que lo comentaré con el afecto que se debe a un boliviano, quien viviendo tan lejos de la madre común, la enaltece con su obra y su conducta (...) En paquete aparte le envío las dos últimas publicaciones mías. La una es un pequeño ensayo histórico sobre el folklore en Bolivia; la otra, la realidad espantosa de la politiquería en que bambolea la Patria. Los únicos que se callan  o miran indiferentes la realidad nacional son los escritores y artitas. Sorprende esta actitud...”.

En otra ocasión, luego de leer mi crónica sobre “Una visión de la tortura Medieval”, me solicitó expresamente que procurara conseguir en Suecia más datos e imágenes sobre el castigo y la tortura, según me reiteró entonces, para documentar e ilustrar su libro en preparación: “El castigo - Trabajo y folklore”, que poco después fue editado, como siempre, con sus propios recursos.

El último recuerdo que conservo de él es la tarjeta navideña que me envío hace un año, en cuyo reverso escribió; “He leído sus libros. Lo felicito; me han gustado. Veo que usted ama a la Patria como yo la amo”. Palabras que, además de devolverme mi bolivianidad, fueron suficientes para tenerlo y sentirlo como a un verdadero amigo.

 

2. Un libro audaz de Antonio Paredes Candia

Milagro HaackEl libro de Antonio Paredes Candia, De rameras, burdeles y proxenetas (Ediciones Isla, La Paz, Bolivia, 1998), está lleno de datos sugerentes y anécdotas inverosímiles. Se trata de un libro audaz que tiene la facultad de ayudarnos a observar la cara oculta de un país, donde existen historias clandestinas de las que todos saben algo pero de las que nadie quiere hablar. “De rameras, burdeles y proxenetas”, lejos de la mojigatería y la doble moral de los epígonos de la sociedad conservadora, es la radiografía de una urbe cuya vida nocturna, galante y desenfrenada, está censurada por los padres de la Iglesia y castigada por la ley.

Paredes Candia, sin asumir la pose del fraile florentino, observa con tristeza cuán repulsiva es la sociedad y el hombre que, a pesar de guardar las apariencias, esconde en el fondo del alma una doble personalidad que lo revela con sus defectos y debilidades, pues en todas las épocas y sociedades han existido proxenetas, prostitutas, ninfómanas, violadores y todas las variedades inherentes a la condición humana; y que Bolivia, como cualquier otro país, forma parte de ese conglomerado humano cuya actividad sexual justifica su existencia como especie sobre la faz de la Tierra, a pesar de los tabúes y los prejuicios propios de nuestra cultura. No en vano Paredes Candia advierte en la nota de introducción: “No hay por qué asustarse ni poner cara de monja boba al leer este librito, que presumiblemente, sólo completo, podrán leerlo los lectores del año 2050. Antes no podría publicarse, debido a que la mentalidad del boliviano aún es aldeana, prejuiciosa, y con todas las limitaciones que calca la provincia en el alma humana" (p. 12).

El libro, dividido en dos partes, rescata las calles, los callejones y los burdeles que sucumbieron bajo el impulso renovador de la urbanización moderna, pero que son memorables por su pasado lleno de encanto y alegría, como la calle Ch’ijini, el callejón Condehuyo, la calle Sucre, el callejón Topater, la calle Coroico, Uchumayo, Sajama y la Jenaro Sanjines; calles y callejones serpenteantes, sin aceras, de tres metros de calzada y unos doscientos metros de largo, donde se ampararon las prostitutas de tierra adentro, como la Muda, la tuerta Pastora, la negra Victorina, la Polaca, la ch’aja Rosa, la Caballo, las Mutinchas; y, por supuesto, las prostitutas de origen extranjero, como “las limeñas” o “las chilenas”, integradas por mujeres cuyos atributos hacían perder la cabeza no sólo a los parroquianos del vulgo popular, sino también a más de un personaje notable de la ciudad. En los prostíbulos más cotizados se dieron cita los hombres influyentes del Estado boliviano, mientras una orquesta, generalmente compuesta por piano, batería y bandoneón, interpretaba tangos o un fax-trot alegre y picaresco. Eran burdeles que, según los datos registrados en la obra de Padres Candia, durante mucho tiempo dieron celebridad a la vida galante de la ciudad de La Paz.

Las “casas de citas” se propagaron también en la ciudad de Sucre, Potosí y Oruro, donde concurrían jóvenes y viejos -de los más diversos estamentos sociales-, con el fin de aplacar sus impulsos naturales y poner a prueba sus fantasías eróticas. De otro lado, resulta interesante anotar que el nombre oficial de las prostitutas se encubría generalmente detrás de los apodos que les ponían las “mama grandes” o proxenetas, para protegerlas de los agravios y la mentalidad aldeana de los vecinos, quienes no siempre estaban dispuestos a tolerar el funcionamiento de un “antro de perdición y depravación” al lado de sus hogares, aun sabiendo que los hombres solteros, de no existir estas “mujeres de mal vivir”, estarían reducidos a consolar sus deseos íntimos con la “María Manuela” (término popular de la masturbación, que Paredes Candia rescata del habla coloquial). Más todavía, el autor reflexiona sobre la falta de tolerancia, la censura moral y el rechazo a la pasión carnal, y dice: “Las autoridades y el pueblo sensato tienen que entender y aceptar el funcionamiento de burdeles si no quieren cobijar una juventud aberrada” (p. 70).

Hasta aquí se entiende perfectamente el planteamiento y la intención del autor, quien, sin embargo, sorprende cuando trata de “repetición común, vulgar y popular”, la afirmación de que la prostitución sea “el oficio más antiguo de la humanidad”. Por el contrario, considero que la crítica de Paredes Candia induce a creer que la prostitución es un fenómeno social propio de las ciudades modernas de los últimos siglos y no la profesión femenina más antigua conocida en los anales de historia, pues prostitución hubo en la antigua Babilonia, Grecia y Roma, y de la prostitución se da cuenta incluso en las Sagradas Escrituras. No es casual que la prostitución sea también antigua en Bolivia. Ahí tenemos a Jiménez de Espada, quien, en sus “Relaciones geográficas”, informó que en la Villa Imperial de Potosí, en el año 1603, habían 120 prostitutas españolas y muchas indígenas dedicadas al “ejercicio amoroso”. Otros cronistas señalan que en 1545, tras el descubrimiento del “cerro que manaba plata”, se concentraron, junto a virreyes y capitanes generales, cientos de tahúres profesionales y prostitutas célebres, a cuyos salones lujosos acudían los conquistadores que no sabían cómo derrochar su fortuna.

La prostitución ha sobrevivido a lo largo de los siglos y ha formado parte de una que otra contienda bélica que Bolivia sostuvo con los países vecinos. Paredes Candia revela, por ejemplo, que el gobierno de Daniel Salamanca decidió que era conveniente proporcionar prostitutas profesionales a los oficiales y soldados destinados a la Guerra del Chaco (1932-36). “Se organizaron tres regimientos de prostitutas, a las que transportaban a la línea de fuego y a puestos avanzados, con la finalidad de tranquilizar sexualmente a oficiales y soldados (...) En Villamontes, en el tiempo que duró la contienda, se instaló un prostíbulo de mucha fama; se lo conocía por ‘La casa blanca’, donde una hermosa prostituta apodada ‘La Marihuí’, sólo aceptaba comercio sexual con aviadores. En tono jocoso le decían que era especialista en servir a las fuerzas aéreas. En la misma casa, otra prostituta apodada ‘Mis Chawaya’, servía a suboficiales y grados superiores, nunca a los solados. Ese menester dejaba que cumpliera otra prostituta apodada ‘La mira quien viene’” (pp. 72-73).

El libro entrega, como dato curioso pero útil para el lector, una lista de nombres vulgares usados por proxenetas y prostitutas en las diferentes regiones del país, además de los dos “Reglamentos de las casas de tolerancia”, dados a conocer a principios del siglo XX, aunque el primer burdel oficial de Bolivia data de 1875, instalado en la ciudad de La Paz, con el conocido nombre de “La casa de las limeñas”, debido a que las mujeres que ejercían el viejo oficio provenían de la vecina república del Perú. Luego se instaló “La torre de oro”, compuesta por mujeres de origen chileno y regentada por la Blanca, “una chilena que hacía honor a su nombre porque era una mujer de blancura alabastrina y hermosos ojos verdes; de porte alto que parecía una walkiria” (p. 41). No es menos célebre el caso de doña Ana Ramírez, quien supo administrar uno de los burdeles más afamados de principios de siglo XX. Según refiere Paredes Candia, la prostituta Ana Ramírez “era una chilena bella, de cuerpo bien formado que lo mantenía aun estando madura, y tenía de costumbre, después de engurgitarse unas copas, desnudarse completamente y caminar por el salón sentándose en las rodillas de todos los hombres que le caían bien y pidiéndoles que le hicieran cosquillas en el clítoris. En su tiempo fue la proxeneta de mayor categoría y su burdel el mejor de la ciudad. Murió en un accidente aéreo, cuando regresaba de Chile trayendo una cantidad de nuevas pupilas para su casa” (p. 48).

Milagro HaackSe sabe también que estos establecimientos, con o sin el consentimiento de la población civil, fueron aceptados por las autoridades municipales de la época, y cuya reglamentación, dividida en 9 capítulos y 47 artículos, fue firmada por el Alcalde, el Presidente del Concejo y el Oficial Mayor, el 15 de junio de 1906. El segundo “Reglamento de prostitución” es de 1928 y contempla, entre otros, los siguientes artículos: “2.- Se prohíbe el establecimiento de dichas casas en el centro de la ciudad, así como en las cuadras donde existan iglesias, escuelas, colegios, etc., no pudiendo situarse dos en una misma cuadra… 18.- Las regentes están obligadas a proporcionar la atención médica a las prostitutas que sufran de afecciones que no sean venéreas ni otras de carácter infecto-contagiosa e impedirán el trato de las que estén embarazadas o en la época menstrual… 30.- Toda prostituta está obligada a tener en su habitación: agua en abundancia, un bidet, un irrigador de colgar, toallas limpias, jabón antiséptico, saliveras y soluciones antisépticas tituladas…” (pp. 99-105).

Al cabo de cerrar las tapas del libro, y sin la menor intención de moralizar, me reservo la duda de que la prostitución sea un mal necesario y un “dulce oficio”, sobretodo cuando pienso que la drogadicción y el alcoholismo están presentes en más de la mitad de las prostitutas, quienes, a su vez, han sido víctimas de abusos físicos y agresiones sexuales en la infancia. Los otros aspectos de este tema controvertido corresponden a la historia: si en la sociedad esclavista se establecieron las bases de la prostitución, en la sociedad capitalista se las consolidó y legalizó, y no porque la mujer haya elegido voluntariamente este oficio, sino porque su situación social y económica la obligó a vender su cuerpo para sobrevivir a su tragedia personal y, en muchos de los casos, para dar de comer a sus hijos.

En la actualidad, la prostitución no sólo se ejerce de noche, en los burdeles y las calles a media luz, sino también a plena luz del día. Las prostitutas han abandonado los burdeles clandestinos para invadir las calles céntricas de la ciudad. Y, así las autoridades pertinentes prohíban y castiguen la prostitución ilegal, las proxenetas, que viven de este oficio rentable, siguen ofreciendo sus servicios al mejor postor, sin importarles que sus “pupilas”, aparte de estar desposeídas de los más elementales derechos humanos, estén expuestas al contagio de enfermedades de transmisión sexual. Por lo demás, la prostitución, al no ser un fenómeno caído del cielo como castigo divino, es el reflejo de una sociedad decadente y una de las manifestaciones más denigrantes de la dignidad humana, al menos, mientras la mujer esté obligada a ofrecer su cuerpo a cambio de dinero. 

Víctor Montoya (Bolivia, 1958). Escritor, periodista cultural y pedagogo. Es miembro de la Sociedad de Escritores Suecos y del PEN-Club Internacional. Dictó conferencias en China, España, Alemania, Suecia, Francia, México, Venezuela y Estados Unidos. Entre sus libros, que abarcan el género de la novela, el cuento, el ensayo y la crónica periodística, destacan: El laberinto del pecado (1993), El eco de la conciencia (1994), Cuentos de la mina (2000), Entre tumbas y pesadillas (2002), Poesía boliviana en Suecia (2005), y Cuentos en el exilio (2008). Contacto: montoya@tyreso.mail.telia.com. Página ilustrada con obras de Milagro Haack (Venezuela).

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El Proyecto Editorial Banda Hispánica crea su propia revista para atender la necesidad de circulación periódica de ideas, reflexiones, propuestas, acompañamiento crítico de aspectos relevantes en lo que se refiere al tema de la cultura en América Hispánica. Agulha Hispânica tratará de temas generales ligados al arte y a la cultura, constituyendo un forum amplio de discusión de asuntos diversos, estableciendo puntos de contacto entre los países hispano-americanos que  posibiliten una mayor articulación entre sus referentes. Revista de circulación bimestral, invitará en cada edición un artista plástico para ilustrar integralmente sus páginas. Las materias a ser publicadas dependerán con exclusividad de la invitación de la coordinación general. Comentarios de lectores y  colaboradores deben ser encaminados a bandahispanica@gmail.com.
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