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Lo popular es quizás la máxima expresión de lo nacional.
Cuando ha habido una consideración peyorativa de lo popular
[…] hay una ponderación inexacta de los valores nacionales.
Bruno Rosario Candelier
Los
pueblos poseen un inmenso y valioso caudal de sabiduría en sus
refranes, sus dichos, sus bailes, sus leyendas, sus mitos…
Profundizar en ellos significa penetrar en su tradición y en su
peculiar idiosincrasia. Tiempo atrás se había desdeñado este
antiquísimo legado cultural, bajo un solapado prurito clasicista
o clasista, alegando su primitivismo. En el fondo significaba
que la denominada “alta cultura” era la que realmente se
justipreciaba dentro de la identidad nacional, ya que lo demás
se juzgaba como del “vil populacho”. Afortunadamente en nuestro
tiempo se ha revalorizado esta cultura popular, a pesar de que
aún ciertos “intelectuales” persisten en ignorarla.
Las leyendas nacionales y regionales son realidades vivientes en
el pueblo que las preservan y las consideran un elemento muy
valioso de su acervo cultural. Por esta razón, para la gente no
son meras narraciones de infinidad de historias o sucesos, sino
ciertas verdades con las cuales se vive y se convive. Este hecho
lo ilustra el destacado intelectual dominicano Manuel Mora
Serrano cuando advierte que el pueblo no sólo conserva
determinados relatos, sino que cree en ellos “a pie juntillas”:
“En nuestras investigaciones por todo el país comprobamos que el
mito de Las Indias de los Charcos existe aún. Hay personas que
sostienen ‘haber visto indios’, otros dicen que ‘viven indios en
una cueva que hay en ese charco, no ve que no tiene fin’ y esta
leyenda la he escuchado en todas partes, en llanos y montañas.”
[01]
Estas relaciones orales están vinculadas con el pasado y tienen
la función de reforzar y enriquecer la tradición nacional. El
estudio de nuestras leyendas, mitos, tradiciones… es cada día
más indispensable para el conocimiento de nuestra particular
forma de pensar y nuestra conciencia colectiva, de manera muy
particular por los cambios acelerados de la sociedad
contemporánea. Ante las transformaciones vertiginosas de los
pueblos, resulta imperioso rescatar y profundizar estas
narraciones y creencias, cuya larga permanencia en la tradición
e ideas populares tienen un significado muy importante para
penetrar y comprender el alma de los mismos. La perennidad de
dichas creencias motivó el que Mora Serrano cuestionara: “Cabe
entonces preguntar: ¿por qué se han mantenido con tanta fuerza y
tan vivas las leyendas nuestras? si se dice que nuestro pueblo
es olvidadizo. ¿O acaso prueba la persistencia de estas
leyendas, que la ‘mala memoria’ dominicana, no es tan mala?” [02]
Manuel Mora Serrano es un poeta y escritor dominicano que ha
consagrado gran parte de su vida a rescatar y estudiar las
leyendas y los mitos de su país. Ha indagado sobre ello en
bibliotecas, ha entrevistado a prominentes intelectuales y,
sobre todo, ha conversado con el pueblo sencillo, tanto de la
República Dominicana como de Haití, donde todavía se mantienen
vivas dichas creencias y narraciones. Parte de su trabajo está
contenido en una conferencia que dictara en septiembre de 1973
en la Universidad Católica Madre y Maestra. Dos años más tarde
se publicará en la revista de dicha universidad. Sin embargo, lo
más asombroso para mí es que ese mundo legendario que explicara
en el mencionado trabajo cobra vida en su novela Goeíza,
publicada en el año 1980 y galardonada con el Premio Siboney
1979. En ella asistimos al fabuloso mundo de las ciguapas,
conocemos a las hermosas Indias de los Charcos y sus costumbres,
descubrimos a los bienbienes… En fin, el discurso académico se
transforma en una creación artística para deleite e ilustración
de los lectores.
Supe de esta valiosa novela, gracias a la obra de Bruno Rosario
Candelier, Tendencias de la novela dominicana. [03]
Por sus valores literarios y culturales, la estudiamos en el
curso graduado sobre la novela antillana en el Recinto
Universitario de Mayagüez. Posteriormente presenté la ponencia “Goeíza:
un texto de arqueología aborigen en la narrativa dominicana” en
el Encuentro Hispánico Internacional celebrado en la Universidad
de Puerto Rico en Arecibo, que apareció en las Actas del
Congreso. [04]
En abril de 2009, tuve el privilegio de conocer a Mora Serrano
en el Ateneo de Puerto Rico durante unas jornadas sobre el
prócer puertorriqueño Alejandro Tapia y Rivera. Me confesó que
siguió el consejo de Juan José Arrom de proseguir investigando
sobre estas inestimables leyendas; de hecho esta nueva novela
está dedicada, entre otras personas, a la memoria de este
distinguido intelectual cubano. Como consecuencia, ese año
aparece la versión definitiva de su Goeíza con el poético
y acertado título El Ángel Plácido. Dicha versión es más
abarcadora y explícita, ya que de las treinta relaciones de la
primera, la nueva comprende cuarenta y dos. A modo de ejemplo,
la vida y muerte del Maestro Rymer que en la primera edición
aparece en la octava relación, en la nueva abarca las octava y
novena. Se amplía el encuentro y vínculo de Verania y Diómedes,
la amistad de Tronilo y Plinio, los amores prohibidos de la
ciguapa Aurelia y Plinio, así como la intimidad entre Tronilo y
Rogaciones, la bella india de los charcos. Esto le ha permitido
al autor abundar más en determinadas leyendas y esclarecer mejor
ciertos episodios del relato. La lectura fluye mucho mejor y
quedan más definidos los personajes centrales; en particular, el
de algunos caracteres femeninos, como los de Malotea y Necemia.
Especialmente en la escena en que ambas van a cobrar venganza
por la muerte de Néstor, para mí uno de los momentos más
dramáticos y logrados de la narración. Ante la indecisión de la
madre, conmovida por las súplicas de los padres del asesino, de
prenderle fuego a la casa y a la familia de éstos, la novia la
increpa exigiéndole la venganza:
Juro que contigo beberé la sangre del asesino de Néstor y junto
a ti comeré su corazón venenoso y junto contigo arrasaré de la
tierra la raza que produjo a Ulises Encarnación.
… … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … …
Tú dijiste que teníamos que vengar a Néstor. ¡No te amilanes! Ha
llegado la hora de los cuchillos largos. Ha llegado la hora.
¡Hazlo conmigo, madre! ¡Sigan mi ejemplo mamá Malotea y pueblo
de Las Galeras!.
Toda la familia, menos el asesino, perece en el fuego. Ellas
alcanzan las dimensiones heroicas de algunas mujeres de la épica
griega.
Considero muy acertado el cambio de título. En la primera
edición se utilizó un vocablo aborigen que significa el nombre
dado al espíritu de una persona mientras está viva, según
explica el personaje Venerando: “[…] se refiere al espíritu.
Al alma de los vivos según nuestros antepasados taínos.” [05]
Sin embargo, en la aldea de Las Galeras se ha elegido este
nombre para designar la búsqueda de la verdad. Dice el maestro
Venerando: “En otras palabras, creamos la goeíza como
una aventura maravillosa que servirá para despejar los misterios
que esconden las tradiciones y creencias de nuestro pueblo”.
No se debe perder de vista el simbolismo que el autor le da a
esto, ya que al insistir en la búsqueda de la verdad, se
propugna que con ello se alcanza la libertad. Por esta razón
vemos que en la narración se combate a la ignorancia. [06]
La acción novelesca gira en torno a la Goeíza de Néstor
Aldebarán. Este personaje, tanto en vida como después de
muerto, es quien sirve de cohesión a los diferentes episodios.
En la versión final se alude a él como el Ángel Plácido.
La ejemplaridad de su vida y su manera de ser son comparables a
las de una criatura angélica con un carácter apacible, lo cual
describe muy bien a la figura que sirve como hilo conductor a la
trama. El nuevo título enfatiza, por consiguiente, al personaje,
no a la acción que se va a realizar en su honor, como en la
primera edición. Además, según he indicado, este título posee
una mayor carga poética.
El ritual de Néstor Aldebarán al llegar a la hombría, o sea a
usar “los calzones largos” nos recuerda la unción del joven
David por el profeta Samuel para designarlo elegido de Dios.
Néstor es el elegido por los sabios y el pueblo para guiar a Las
Galeras en la misión educadora emprendida por el Maestro Simón
Rymer, pero los celos y la envidia de Ulises Encarnación
tronchan este designio, al asesinarlo. Se plantea, por
consiguiente, la lucha entre la luz y las tinieblas, de la
verdad y la libertad contra la ignorancia y la tiranía. La
preparación de su cadáver para el entierro, remeda el ritual que
se siguió con Patroclo. De hecho, el Maestro Rymer confiesa que
lo amaba como Aquiles a Patroclo. Lo clásico y lo bíblico, por
consiguiente, se funden en el maravilloso mundo novelesco. [07]
Simón Rymer llegó a Las Galeras desterrado por orden del tirano
Macabón Anderson, lacayo del General Lilís. En esta pequeña
aldea, los habitantes vivían primitivamente, pero mediante la
educación, Rymer reforma radicalmente al pueblo. Como explica
Venerando: “El único crimen insoportable para un habitante de
este pueblo y de sus lugares aledaños es el de la ignorancia”.
Y como Rymer era un utópico, los habitantes se transformaron en
un pueblo de la Grecia heroica. Tenían nombres griegos, leían a
los clásicos y celebraban veladas culturales en determinadas
fechas. Y cuando desapareció Rymer, Venerado continuó “[…] la
utopía clasicista del Maestro […]”. Asimismo, toda la historia
novelesca está estructurada según la epopeya tradicional.
Alguno podría pensar que esta ambientación clásica de la novela
carece de sentido en un relato cuya finalidad es presentar las
tradiciones dominicanas. Desde mi punto de vista, esto tiene su
razón de ser. Considero que Mora Serrano, por un lado, ha
presentado artísticamente con ello su concepción sobre el género
novela y la función social del novelista, en vez de utilizar
conceptos de la preceptiva. Entrevistado por Rosario Candelier,
explica: “Para mí, la novela […] ha sustituido a la epopeya
tradicional. El lugar de la épica lo ha ocupado la novela […] En
cierto modo, la gran novela universal tiende al calco épico […]
la novela debe ocupar el vacío producido por la ausencia de
poetas épicos; cada novelista debe actuar en función de poetas y
estructurar sus símbolos y sus materiales con estas premisas.” [08]
Por otro lado, no perdamos de vista que la epopeya implica la
emulación de los héroes y tiende a lo didáctico. Al ser la vida
del pueblo Las Galeras una incitación a la heroicidad de los
ancestros y a la incesante búsqueda de la verdad, el novelista
está indicándole el derrotero que debe seguir el pueblo
dominicano, o bien cualquier otro pueblo: la imperiosa necesidad
de educarse y el esfuerzo que debe realizar cada cual por su
país. Hecho que confirma Simón Rymer cuando expone: “[…] los
pueblos necesitan epopeyas”. En la investidura de su
hombría, el padre le dice a Néstor: “Como hombre, debes hacer
cosas que te honren y nos honren”. A lo cual le responde el
hijo: “[…] llevaré estas ropas, símbolo de dignidad y decoro
humanos, como un varón con aspiraciones de fundar una estirpe de
héroes’. De aquí la recreación de ese mundo griego que se
describe. Esta idea la podemos corroborar con las palabras del
Maestro Venerando: “Hemos seguido fieles a la epopeya clásica
[…]”. De esta forma el novelista traza las pautas del género y,
a la vez, expone el objetivo de su obra en forma estética.
Pero si maravilloso resulta presenciar el mundo clásico en Las
Galeras, más maravilloso aún es el fantástico mundo que se
recrea con la goeíza que realizan Diómedes y Plinio, la cual
revelan ancestrales tradiciones que se conservan tanto en la
República Dominicana como en Haití, ya que, según explica Mora
Serrano: “En la literatura haitiana hay constancia de que muchas
de nuestras leyendas viven también allí y eso prueba la
antigüedad de las mismas […]” [09] A nuestro autor le
interesa dar a conocer lo que distingue a su patria. En sus
palabras: “Primero como siempre, me ha importado lo nuestro,
tratar de expresarlo […] Creo que se conoce poco de nuestro
pueblo, de este país singular, el único mulato del mundo […]” [10]
Debido a esta realidad, Venerando expone la necesidad de
trascender el mundo que han vivido hasta ahora para conocer y
poder identificarse mejor con la cultura propia o su identidad
colectiva: “Ustedes se han criado como discípulos del
Renacimiento según la religión de Simón Rymer; educación buena y
elegante, pero incompleta. Falta el misterio para completar sus
conocimientos. Para que complementen la otra parte del ser de
ustedes, es importante que conozcan ahora un poco de la grandeza
de los negros (269). Por consiguiente, el mundo clásico que
ellos habían conocido a través del contacto con los europeos
desde el siglo XV, se deberá coronar ahora con el mundo de los
aborígenes y de los africanos con los cuales se conjuga la
dominicanidad. A fin de cuentas, la característica fundamental
tanto de la República Dominicana como del Caribe y América es el
mestizaje racial y cultural. Lo que Mora Serrano denominó:
“nuestro pueblo mulato”. Según se puede apreciar, el novelista
formula así una afirmación ontológica.
A pesar de todo el andamiaje clásico, esta novela es
esencialmente dominicana. El lenguaje es el de la República,
incluso en algunos casos se torna regionalista. Aparecen sus
refranes y dichos, sus ensalmos y resguardos, sus creencias y
costumbres, sus platos típicos, sus bailes… Esta parcela griega
es esencialmente dominicana y si alguno tuviese duda de ello, se
mencionan a figuras y hechos históricos del país. Todo esto lo
podemos apreciar a través de la acción novelesca.
Al principio, la narración señala diferentes leyendas y mitos
que se conservan en la tradición pueblerina y que podrían servir
para una goeíza, para esa incesante búsqueda de la verdad. Entre
éstos: el de las grandes culebras que cuando bajan a beber,
dejan en la playa unas piedras preciosas que guardan bajo la
lengua. El de las Indias de los Charcos, mujeres aborígenes muy
hermosas que salen desnudas las noches de luna llena a peinar su
larga cabellera con peines de oro macizo. La leyenda de la flor
del bambú que es de oro puro y sólo el Viernes Santo a la
medianoche se puede apreciar, pero hay que llevar un resguardo
contra el demonio. El carbón mágico que está en las raíces de
los cardosantos. El carbón que guarda en su nido el carrao
sabanero que es una piedra preciosa. Las ciguapas con sus pies
invertidos y sus jupidos. El tesoro del pirata Cofresí… Indagar
sobre todo esto significará, pues, abundar en la esencialidad
del dominicano.
Nuestro autor expone la base de estas creencias: “El pueblo no
crea por diversión, crea por ignorancia quizás, para explicar
fenómenos que no pueden comprender, como el niño; pero siempre
con un alto sentido de la belleza o de la filosofía, y sus seres
arrancan de algo posible, tienen una base real.” [11] Esa
necesidad de exclarecer lo ignoto, permitió que los clásicos
idearan su mitología; a fin de cuentas, era una forma de
interpretar su entorno y comprender sus circunstancias vitales,
con lo cual nace su literatura. De esto se hace eco Simón Rymer:
“[…] las profecías, los mitos y las leyendas en las cuales
fundamentan los pueblos sus más grandes esperanzas, no es más
que testimonios de la perennidad del poema”. Porque todos estos
relatos son auténticos poemas, auténtica literatura que se
conserva intacta en el alma pueblerina.
Entre todas estas leyendas que el pueblo atesora y cree en su
existencia, la novela recrea: la de la flor del bambú; las
hazañas de Mayobanex, la de la india Catalina que tiraba
flechas, la de la bella Onaney, esposa del cacique Manocatex; el
fascinante mundo de las ciguapas que cantaban en lengua taína
leyendas y areytos; las bellas Indias de los Charcos y su
sociedad matriarcal y el tenebroso mundo de los dundunes. De
todas estas relaciones, la más popular y extensa es la de las
ciguapas. De hecho, el escritor confirma este dato: “Realmente
me asombra la cantidad de referencias escritas y orales que
tengo de las ciguapas […]” [12]
Acertadamente el autor ubicó su novela en una pequeña aldea de
pescadores, alejada de los grandes centros urbanos, porque al
ser una comunidad pequeña ha conservado mejor la tradición y las
creencias. Según explica el Maestro Rymer: “Este aislamiento
preservó algunas de nuestras costumbres típicas, tanto indígenas
como africanas […]”. No olvidemos que nuestro autor es oriundo
de una comunidad del interior de la República. Resulta
sorprendente el espíritu de solidaridad que prevalece entre los
habitantes de Las Galeras, quienes viven como si todos fueran
familia en un ambiente de auténtica democracia, lo cual es una
forma de mostrarle al lector que la hospitalidad y hermandad
características del pueblo dominicano aún se conservan en los
pueblos pequeños. Asimismo, la importancia de la democracia en
la vida de los pueblos.
Mora Serrano, al rescatar estas relaciones, ha contribuido o
fomentado una valorización de la dominicanidad, porque ha ido al
pueblo llano donde se conservan vivas dichas leyendas. No son
meros relatos que permanecen hieráticos en las bibliotecas, sino
que permean la conciencia colectiva del país. Los mismos tienen
una razón de ser, se originaron por algún hecho histórico y la
imaginación popular los adaptó a sus circunstancias
existenciales. [13] Ellos responden a esa particular
visión del mundo que sustenta el pueblo.
Estas leyendas encierran una sabiduría popular que no podemos
soslayar. Estúdiese con atención cada una de ellas y se
percibirá que plantean los eternos temas del amor, la amistad,
el odio, la ignorancia, la solidaridad… resueltos con increíble
sentido de justicia. No en balde, el misterioso Aparicio el
Desandador puede decir: “Yo disfruto más a los analfabetas
viejos que a los jóvenes letrados. Los viejos sin letras me han
enseñado más de la vida y sus misterios que muchos charlatanes
que sólo saben repetir las peores cosas de malos libros”. Y
prosigue en su defensa de los iletrados que tienen la sabiduría
que les ha dado la vida: “Cuando habla ese que uno cree
ignorante, si es humilde y sincero, de su boca salen
experiencias y una experiencia verdadera es como un traje que le
sirve a todo el mundo. Cuando un parejero la abre sólo
brotan disparates, como si salieran retazos locos con los que
nadie se puede hacer una remuda decente”.
Un adagio popular afirma que “La vida es el mejor maestro del
individuo” y de ello se infiere que quien ha vivido mucho, mucho
sabe. El Maestro Simón Rymer así les había enseñado a los
habitantes de Las Galeras. Esa sabiduría de vida es semejante a
la que se conserva en los libros. Por eso Venerando concluye:
El venerable Simón Rymer decía que lo único que importaba era la
profundidad. Nada que fuera superficial podía ser hermoso.
Escuchen de ahora en adelante a las gentes que no saben de
letras con mayor respeto. El Maestro decía que
cuando se moría un anciano analfabeta parecía que se
quemaba una biblioteca. Lo pueden jurar. Es verdad”.
Nuestro autor se lamenta de que algunos compatriotas suyos con
escolaridad desdeñen la ancestral sabiduría del pueblo. En sus
palabras: “[…] me aterra al ver la indiferencia con que los
llamados ‘intelectuales dominicanos’ ven estos cuentos, estas
sagas campesinas.” [14]
Tras el ajusticiamiento de Ulises Encarnación por haberle dado
muerte a Néstor Aldebarán, toda la aldea se transforma en
ciguapos y ciguapas. De una sociedad griega se llega al
primitivismo, el presente se transforma en un pasado. Es como
volver a la semilla o a los orígenes. Diómedes explica la
finalidad de esta situación, ya que con ella se busca “[…]
recuperar nuestras viejas tradiciones y creencias”. Constituye
este gesto una vuelta a las raíces patrias de los dominicanos.
Prosigue: “Ahora cuando decido irme a las montañas a vivir la
vida auténtica te voy a decir un secreto [a Venerando]. Maldigo
a Simón Rymer y a su loca utopía del sueño de una sociedad
perfecta. Me voy hacia la pureza verdadera. Ahora amo lo
deforme”.
Este gesto simbólico es un llamado del novelista al pueblo para
que sepa aquilatar y no reniegue de sus raíces ante la utópica
idea de que el bienestar de los pueblos es producto de los
adelantos tecnológicos y económicos, de que éstos traen la
felicidad colectiva. El autor está afirmando que sólo en la
medida en que los pueblos sean fieles a su conciencia de ser, se
puede alcanzar el sosiego existencial. Resulta un llamado a la
autenticidad y tiene una fuerte carga existencialista. Este
hecho se lo explica Venerando a Domitila, la reina de las
ciguapas: “Todo ha concluido. La epopeya ha muerto. Se inicia el
idilio arcaico. Irán desde la decadencia del clasicismo al
epinicio de las leyendas. Al fin y al cabo lo legendario
alimenta y nutre lo clásico, siendo el universo circular, se
cierra el anillo y empieza un nuevo ciclo”. Por esta razón, la
novela concluye con las palabras de este personaje a la ciguapa:
“Ni tú ni los demás seres de la imaginación popular pueden
morir”. Esta misma idea le sirvió al novelista para concluir su
ponencia universitaria:
Respetemos éstas y las otras leyendas, como son lo que son,
parte del pueblo, fruto del auténtico pueblo dominicano; amemos
a ese pueblo llano, simple; no nos burlemos de sus creencias,
aprovechemos sus sagas, sus consejas, sus cuentos, sus leyendas,
porque está demostrado que el único creador auténtico es el
pueblo. Respetemos ese pueblo llevando al arte culto sus
leyendas.
[15]
Y eso mismo ha hecho él como novelista, ha logrado desentrañar
mitos y leyendas ancestrales de su país, con lo cual pretende
revitalizar las esencias patrias. La oralidad de costumbres y la
mitología taína, así como las creencias de los negros africanos,
se conjuga con la cultura hispánica, decantando de esta forma la
identidad nacional. Esta obra es un canto a la dominicanidad y
una exaltación del ser nacional. A su vez, ha demostrado la
importancia que tiene, tanto para la cultura como para el
quehacer artístico, el rescatar y estudiar estos relatos. ¡Ojalá
que se logren conservar éstas y otras relaciones que el pueblo
ha conservado durante siglos! No sea que la modernidad, en una
falsa valoración de la novedad y la tecnología, olvide la
trascendencia de estos mitos y leyendas.
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[seguido
de] |
El Cofresí de Roberto
Fernández Valledor y mi Cofresí en Samaná
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Manuel Mora Serrano
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Ensayo |
Aunque
del pirata boricua Roberto Cofresí Ramírez de Arellano
(1791-1925), se han escrito muchos libros históricos y
novelados, el trabajo realizado por el profesor Roberto
Fernández Valledor (1929, Las Tunas, Cuba; en Puerto Rico desde
1961, casado con boricua y residente en la ciudad de Moca), en
dos volúmenes, uno sumamente abarcador con el título de El
mito de Cofresí en la narrativa antillana (Editorial
Universitaria, Universidad de Puerto Rico, 1978) y el otro
reducido a una encuesta en la isla, El pirata Cofresí
mitificado por la tradicòn oral puertorriqueña (reducido
sencillamente El pirata Cofresí, editorial Casa Paoli,
Ponce, Puerto Rico, 2006), me parece fundamental para conocer a
este personaje que alcanza la estatura de la magia.
Fernández Valledor ha vuelto a los orígenes de la palabra
historia (encuesta) en El pirata Cofresí, completando
magistralmente su investigación de 32 años atrás.
Naturalmente nos vamos a referir al segundo de los libros, no
sólo porque nos cita (P. 114 in fine, nota 38 y en la
bibliografía nuestra novela Goeíza, sino también a otros
escritores nuestros como el poeta José Bretón y el novelista
Julio González Herrera, lo que indica cuan prolija y profunda ha
sido su encuesta, que no se limita a lo oral.
Se trata de un estudio valioso, bien traído, sobre lo que
personas entradas en años, de diferentes lugares de la isla,
mejor dicho, de los cuatro puntos cardinales, le refirieron
sobre las leyendas que permanecen en la memoria popular.
Mi aporte a su encuesta sobre la oralidad es mínima, pero
coincide a veces con por lo menos una de las boricuas.
En Puerto Plata existe la famosa playa de Cofresí donde hay un
restaurante y un hotel. Se decía que allí había enterrado ‘su
tesoro’. Porque, aunque en República Dominicana no se hable en
plural, en cada sitio donde se piensa o existe una tradición de
que él enterrara algún cofre o baúl, se dice ‘el tesoro’ y no
uno de los tesoros.
Sin embargo, la persona que nos me habló de un Cofresí
contemporáneo, vivo y haciendo fechorías a fines del siglo
pasado, fue un señor llamada Salvador Ortega de San Francisco de
Macorís. Tarzán, como le llamaban por su afición de andar por
los montes, a veces cn grupos de Boys Scouts, conoció, según me
dijo, a una señora llamada Peixineta, una vieja de las riberas
del mar en Samaná que le contaba que ella conoció a Cofresí, y
que Petitón, su marido, había sido un gran amigo suyo, cuya
misión era enarbolar una bandera roja si había peligro y blanca
si “no había moros en la costa”.
Yo había leído la obra de Alejandro Tapia y Rivera, y la leyenda
de Cayetano Coll y Toste, dos clásicos tradicionales, y había
quedado con “hambre cultural” de saber más del mencionado pirata
caribeño.
Estos dos libros colman nuestra curiosidad y se lo agradecemos
al doctor en Filosofía y Letras de la Universidad de Puerto
Rico, Recinto de Río Piedras, catedrático retirado del
Departamento de Estudios Hispánicos del Recinto Universitario de
Mayagüez y Académico de Número de la Academia de Artes y
Ciencias de Puerto Rico, que además ha publicado Del
refranero puertorriqueño en el contexto hispánico y antillano
(1991), Iidentidad nacional y sociedad en la ensayística
cubana y puertorriqueña (1920-1940) 1993, títulos ambiciosos
y trabajos consagradores, que nos informan de una persona
estudiosa y dedicada, que abarca estudios antillanos en español,
tanto de su patria adoptiva como de la natal y la vecina Santo
Domingo.
Si en la tradición oral dominicana no hubiera existido esta
leyenda de Peixineta, situando el mito a fines del siglo XIX, no
hubiera podido cometer el anacronismo impunemente.
Sin embargo, dos de los entrevistados le dan la razón a
Salvador. La primera es doña Rosa Hernández de Aguadilla, de 74
años cuando fue entrevistada, que declaró: “Cofresí era un
pirata que vivió para fines del siglo pasado y principios de
este.” Como veremos lo pintamos vivito y singlando en su barco
exactamente a fines del XIX.
El otro fue don Enrique Cardona, de San Germán, de 78, que dijo,
luego de hablar del misterio que rodeaba sus tesoros, que:
“Cofresí, pues él era brujo. La gente de antes cuenta esto
porque cuando lo iban a matar, mejor dicho cuando lo mataron,
dicen que resucitó, porque siguió haciendo de las suyas en el
mar. Se cuenta que no lo mataron nada, sino que fue un aguaje,
porque bregaba con lo malo.”
Perfectamente, los mitos y las leyendas no mueren. Dentro de
unos años serán dos siglos y el pirata sigue vivo. Nuestro autor
demuestra que lo siguen amando.
Estos dos libros son fundamentales para conocer mejor a nuestro
pirata. Como un aporte complementario de El mito de Cofresí
en la narrativa antillana, vamos a copiar lo que él cita de
nuestra novela Goeíza, que actualmente aparece en las
páginas 251 a 253 de El ángel plácido, Editorial
Santuario, Santo Domingo, 2009, donde se relatan los pasajes
donde aparece el pirata, como lo idearon doña Rosa y don
Enrique, a fines del siglo diez y nueve y haciendo de las
suyas en la mar:
“Amistad hube con Simón Rymer de memoria venerable y con Néstor
el hermano de ustedes y sus familiares y con Roberto Cofresí y
su lugarteniente Petitón, que con Pexineta, su esposa, habitó no
lejos de aquí.”
Aproveché el primer silencio que hacía en su exposición porque
había nombrado a Roberto Cofresí el pirata boricua para
indicarle que precisamente por culpa del alfanjillo de bronce,
su amigo era cadáver. Entonces aclaró:
“Presente estuve cuando Roberto le entregó ese
alfanje fatal. Desconciertan extrañas coincidencias: Fue el
premio por la muerte de otro verraco que debió ser un
ascendiente del Kimbro; esa joya ha salvado la vida a
éste y ha sido instrumento inocente para lo que parece una
venganza maestra de la naturaleza.”
Frente a estas palabras todos nos acercamos al tronco en el
cual el vibrante orador de momentos antes se convertía en un
simple mortal evocando su querido compadre muerto.
Nos hizo señas de que nos sentáramos junto a él sobre los
miembros dispersos del espléndido roble abatido, continuando su
relato:
“Alcanzamos la amistad y la confianza de aquel bravo y
esquivo boricua por su afición a la comida silvestre. Le
fascinaba, como buen bucanero, el puerco cimarrón asado en puya
sin sazón alguno y gozaba lo indecible viendo pleitos de
monteros contra animales feroces.
Mi compadre Leonardo y yo teníamos fama de ser los mejores
monteros en esta más ínsula que península, y como Cofresí era
socio de Petitón y éste amigo nuestro, nos invitaron a algunas
correrías y en una de ellas le prometimos un pleito de verdad
contra un puerco cimarrón.
Las buenas peleas, sea entre gallos o entre hombres, se dan
cuando hay uno que sale con el otro; los pleitos disparejos no
excitan. Los buenos pleitos con verracos, como ustedes saben, no
se hace en todo tiempo ni contra cualquier animal, sólo se dan
cuando aparece un buen montero y un verraco con fama y
nombradía.
Aunque manteníamos la promesa, esperábamos que se dieran las
condiciones precisas y nos divertíamos buceando en los arrecifes
fisgando bogavantes que comíamos crudos o apenas cocidos, bien
rociados con zumo de limón, cazando jabatos y chivitos y oyendo
los cuentos sangrientos de aquel pirata de nombradía legendaria
en el Caribe.
A sus arribos se corría la voz por las serranías. Cofresí traía
mercancías que adquiría en sus travesuras marinas. Venía más
como mercader que como pirata. Nos ofrecía lo que necesitábamos:
cuchillos y otras armas, principalmente, además de joyas, y en
cambio llevaba cacao, café, tabaco, cera, miel, cueros, sal de
mina, cecinas y tocinos, mármoles y otras piedras de colores
cuyos nombres ignoraba la mayoría, pero no yo, que distinguía la
diferencia entre lapizlázuli y turquesas.
Muchas veces lo acompañamos hasta Turquilandia o le preparamos
cacerías cuando visitaba a su compadre Petitón. Cuando este ya
no podía acompañarlo, Pexineta mantenía la costumbre de
avisarle enarbolando una bandera roja si había peligro o una
amarilla si no había
moros en la costa.
Una vez hizo un viaje de descanso; hoy se diría que se tomó
unas vacaciones. Vino a pasar esos días con su compadre en
nuestra abrigada bahía secreta, a lo mejor rehuyendo
persecuciones.
En esos días se hablaba de las acciones de un verraco
fiero y devastador al que llamaban Huracán.
Su fama sólo es comparable a la del
Kimbro este. Cofresí oyó de Petitón las hazañas de aquel
invicto capitán de manada que sembraba el terror con sus
colmillos, asolando cuantos conucos y plantaciones cruzaba. Se
decía que tenía dos monteros en su haber, y hasta un toro,
contra el cual peleó en las sabanas del Valle.
A Cofresí le fascinó ese verraco. Disfrutaba escuchando
sus fechorías. Al fin y al cabo, lo veía como un colega
terrestre. Todo cambió cuando Petitón le dijo que
Huracán hozaba en la playa.
Por su reacción defensiva, nos dimos cuenta de un cambio en su
actitud. Pensamos que a lo mejor pudiera tratarse de sus míticos
tesoros. Cambió la admiración por un odio implacable y nos
pidió que la cacería que le debíamos fuese contra ese verraco.
Cualquier montero sabe que quien encuentra el rastro es
dueño del animal. Mi compadre, que entonces estaba en la alta
flor de su edad, tuvo esa suerte que no le envidiaba por nada
del mundo. A él le tocó dar el pleito en la playa, cuyo nombre
me está vedado revelar por juramento sagrado. Nos ofreció una
pelea espectacularmente sangrienta, que nos erizó los pelos y
nos heló la sangre.
Cuando lo mató, bajamos a la playa y lo encontramos ileso.
Entonces, llenos de admiración, lo aclamamos junto a la bárbara
tripulación marinera acostumbrada a ver la muerte cara a cara.
Cofresí lo nombró Príncipe
de los Monteros del Universo, título que llevó siempre
con orgullo. Quien quisiera halagarlo y verlo contento, sólo
tenía que llamarlo así. Por eso dejé de decirle compadre y
terminé llamándolo sencillamente Príncipe.
Hubo una ceremonia en cubierta para festejar a mi compadre por
su triunfo y para celebrarlo dignamente Roberto ordenó
desenterrar unos cofres.
Intentamos alejarnos, pero él lo impidió, tanta confianza nos
tenía, que permitió que estuviéramos presentes cuando los
sacaran. Eso nos honraba.
Trajeron dos arcones de cedro, abrieron uno después de largas
libaciones, mientras comíamos la carne de
Huracán asada en puya sin sal, de acuerdo a la receta
bucanera, después de cortarle las enormes vergüenzas para evitar
la peste verraquera, y entonces sacó la joya fatal de un estuche
nacarado, diciéndole:
“Te llamaré
Príncipe de los Monteros del Universo por este triunfo; te
entrego esta prenda preciosa que me dieron a mí cuando luché
contra tres matarifes en Turquilandia y me nombraron
Príncipe de los Piratas; rindo honores a los cojones del
hombre que se arriesga y tú, al luchar contra Huracán y
matarlo limpiamente, te la has ganado demostrándome que eres tan
o más valiente que yo.
Quédense conmigo esta noche. Ahora abriremos una barrica de
ron de Jamaica.
Cuando terminemos de comer la carne del verraco, les mostraré
algo que alumbrará eternamente sus recuerdos.”
Y así fue, nos quedamos, celebramos libando el fuerte licor del
Caribe y en medio de la oscuridad más grande, cuando la
medianoche estaba cerrada en su duelo con las sombras,
disfrutamos un espectáculo único en el mundo cuando Roberto
ordenó que bajaran los cofres a la playa y los abrió para
alumbrarnos con el resplandor que despedían los diamante, los
rubíes, las esmeraldas, las perlas y otras piedras preciosas.
Cofresí no enterró delante de nosotros los baúles, pero es
seguro que cerca de donde se libró el combate estén todavía.
Nos hizo jurar frente a su tripulación, que nunca diríamos a
nadie dónde estaba y que jamás caeríamos en la tentación de
desenterrarlo.
Estábamos ebrios en verdad y hartos e hipantes del verraco, pero
juramos con sinceridad por las cosas más sagradas para cada
cual. Ese secreto morirá conmigo. Ahora que sólo quedo yo, me
pueden asar vivo y no me sacarán palabra.
Después que Roberto fue pasado por las armas, ningún pirata ha
vuelto por estos lares y mucho menos mi compadre y yo volvimos a
hablar de esas cosas ni nos pasó por la mente regresar a hoyar,
a pesar de lo mucho que nos gustaba bañarnos en aquella playa.”
De modo que si bien existe la novela del puertoplateño residente
en Puerto Rico Francisco Carlos Ortea, El tesoro de Cofresí,
y las de los autores citados, nada sobre la prisión y la
espectacular fuga de Cofresí en la cárcel de Santo Domingo, ni
la mención de los que le acompañaron en su acción, ha sido
novelada.
Por nuestra parte, contribuimos a mantener viva la leyenda y el
mito del intrépido pirata, magnificado por el pueblo y vivo
todavía en la memoria y en el cariño de un Caribe tan rico en
piratas de alta alcurnia, pero tan pobre en profesionales de
este oficio caballeresco de la mar.
Y con ello, al coincidir con dos entrevistados puertorriqueños,
nos sentimos tranquilos luego de la osadía de cometer ese
pequeño crimen cronológico, que Roberto Fernández Valledor, con
su encuesta, ha logrado aligerar y hacerlo insignificante.
Como una curiosidad, agregaré que en Pimentel, mi pueblo natal,
vivió por poco tiempo un señor llamado Julio Ramírez, oriundo de
Cabo Rojo, que se dijo familiar de Cofresí, casado con doña
Wilfrida Álvarez, con quien procreó un hijo de nombre Abigail,
me decía con gran convencimiento y mucho orgullo que era
familiar de Roberto Cofresí, confirmando mutatis mutandis lo que
dice el autor comentado de sus familiares boricuas.
Sin duda alguna, Roberto Fernández Valledor, pese a su gran
modestia, es un formidable investigador y un ensayista de altos
vuelos. Esos cinco libros lo demuestran, aparte de la amenidad,
la claridad expositiva y el rigor académico que son prendas
personales de su estilo.
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