|
El
poema es una cosa que será,
declara seminalmente Altazor. Con ello deja claro que el poema
no es una realidad terminada, finita y cifrada, sino una una
criatura que se abre y cambia, creada con una intencionalidad
que su inventor, acaso, desconoce o traiciona.
Siguiendo esta línea, pueden observarse proyectos poéticos
coherentes que, a partir de su lectura como corpus
entero, proporcionan una clara idea de cómo un autor puede
(nunca debe) ser leído e interpretado. Dicho proyecto
será, como los poemas mismos, una propuesta personal salida de
la interacción del poeta con el mundo extratextual y con su
tradición literaria, a los cuales consiente o inconscientemente
responde.
El poeta venezolano Arturo Gutiérrez Plaza [1] tiene un
proyecto literario coherente que deja ver su poética, es decir:
su idea de lo que la poesía es, y de la función de la misma.
Este proyecto, por supuesto, también define y aclara la función
del poeta como Ser en el mundo. El presente trabajo busca hacer
esa lectura interpretativa y dilucidar lo que para Gutiérrez
Plaza son la poesía, el poema y el poeta.
Aunque pretendo una visón panorámica de la obra de Gutiérrez
Plaza, en este trabajo me refiero principalmente a su libro
Principios de contabilidad (2000), dado que en él, a mi
parecer, mejor se expresa su poética de la revelación,
que leo como resultado (aunque parcial) de su obsesión por el
paso del tiempo, y de la manera en que éste afecta al fenómeno
poético. Sin embargo —y para sustentar mi visión de esta
poética de la revelación como proyecto o directriz en su
obra— voy a referirme a otros poemas o libros suyos cuando lo
considere necesario.
La mayor pista para emprender mi lectura ha sido dada por el
poeta Eugenio Montejo en un breve texto titulado Cifras de
poemas futuros, [2] donde esboza una estilística de
Gutiérrez Plaza, a partir de los nexos (antitéticos) que su
poesía mantiene con la del maestro venezolano Juan Sánchez
Peláez. Tomando su terminología (que yo conservo) de un poema
del propio Gutiérrez Plaza, Montejo dice lo siguiente:
No obstante, en la observación acerca de la poesía “objetiva”,
incorporada a los versos que dedica a Sánchez Peláez, parece
hacer un guiño mediante el cual el autor marca el terreno de su
propia estética, más ceñida a cierto objetivismo, es decir,
menos proclive a arropar sus palabras “con el tacto de un
animal nocturno”. Tal inclinación objetiva, que encuentra su
centro privilegiado en la mirada, propende a registrar en el
poema los datos de la existencia cotidiana, ya de forma directa,
ya transfigurada en sus versos.
Montejo revela un dato fundamental: el poeta está consciente, y
aún declara los principios de su propia estética objetiva,
siendo posible equipararla con su retorica objetiva se entiende,
según esta lectura, como el acto de registrar en el poema datos
cotidianos con un lenguaje directo que se opone a la retórica
surrealista, imaginativa, de Sánchez Peláez. Pero Montejo no se
queda aquí, y aun aclara que:
es el ojo el que en sus poemas casi siempre asume el privilegio
de ordenar las palabras en la página blanca. Es verdad que no
resulta fácil deslindar del todo en una obra de arte lo que
reconocemos como subjetivo de aquello que creamos su opuesto. El
objetivismo por lo demás, no niega los elementos subjetivos
implicados en una escritura artística, sino que los subordina a
sus componentes representativos.
La aclaración es perspicaz: lo objetivo y los subjetivo siempre
aparecen juntamente en el poema pero, en la retorica de
Gutiérrez Plaza, los elementos subjetivos (es decir,
subjetivamente expresados) se subordinan a los objetivos (o sea:
a las expresiones directas), que son los representativos de su
estética.
Siguiendo esta dinámica puede decirse que, hasta donde va de su
obra publicada, la retorica de Gutiérrez Plaza es mayormente
(aunque no exclusivamente) directa, objetiva, conversacional.
Podemos agregar que sus motivaciones, sus motivos poéticos, son
asuntos u objetos cotidianos: es un poeta circunstancial,
exteriorista, que se expresa con la intención de comunicar,
no de oscurecer, una verdad poética, entendida ésta como
mensaje, y no como código. Con clara intuición Luis Enrique
Belmonte dice, en el texto que sirvió de presentación de
Pasado en limpio:
Y es que la poesía de Arturo Gutiérrez Plaza parece impulsada
por un afán de transmitir mensajes, mensajes que más que
funcionar como algo que deba ser descifrado parecen más bien las
huellas, los recados, las señales demoradas de alguien que pasa.
Señales a su vez que apuntalan historias ínfimas, zonas ocultas
de lo cotidiano que nos remiten a algo que está ausente o algo
que sobra o que se queda ahí, en los resquicios del tiempo, en
los calendarios que amarillean.
Todo está claro, en cuanto al estilo: Gutiérrez Plaza no
pretende ser oscuro, sino hacer poemas que revelen un mensaje,
un evento-objeto que es, propiamente, la poesía: su poema ofrece
una revelación. Tal es la intención y explicación de su estilo.
Poética de la revelación
La mayor parte de los poemas de Gutiérrez Plaza son objetivos
porque suponen la existencia de una poesía exterior que
necesita ser revelada. Así, la poesía propiamente dicha es el
evento extratextual, el acontecimiento cotidiano que ha sido
re-creado en el poema. La poesía está allá afuera, por
ello el poema mismo no necesita oscurecerse, caer sobre sí mismo
sino que señala, precisamente, hacia fuera de él.
Hacer poesía para Gutiérrez Plaza no es una forma de
conocimiento sino de aprehensión, por eso mismo no funda
el ser a la manera Heideggeriana, sino que lo da por existente,
por ya fundado, y lo revela desnudando una realidad, un
ángulo del objeto que, antes del poema, pasaba desapercibida.
Es claro que no estamos ahora frente a un poeta adánico que
nombra por primera vez las cosas para dejarlas siempre
primigenias dentro del poema, sino frente a uno que asumiendo
que las cosas tienen nombre desde antes, sabiendo que existen
fuera del texto, y que allí, afuera, es donde realmente
están, las observa, les cambia el significado y luego construye
el poema, que es un camino que sale del hablante hacia la cosa
misma, ya percibida diferentemente. El final de este proceso es
lo que yo denomino revelación.
A manera de ejemplo de lo anterior podemos mencionar título de
su segundo libro, principios de contabilidad, título en
el cual el discurso poético se nos revela como si —en palabras
de Eugenio Montejo— [E]l autor aspirase a crear desde
el espacio lírico un minucioso registro, un recuento de los
hechos del mundo que han acompañado su vida… y esto es
precisamente lo que vemos en el libro, poema por poema: un
inventario de objetos-evento que se han querido visitar desde un
ángulo determinado, para salvarlos del tiempo y del olvido.
Aquí me atrevo a hacer una observación que ilustra la hipótesis
de Montejo: el titulo mismo del libro no es fruto de una
creación, sino de una re-creación poética, ya que se ha tomado
un título común en otros ámbitos, para hacerlo material poético.
La misma estrategia será visible cuando se publique su hasta hoy
inédito Cuidados intensivos, libro fiel al proyecto
poético de Gutiérrez Plaza, aunque contiene cierta diversidad
retorica, hasta ahora inédita.
Para ilustrar cómo esta poética de la revelación
trasciende los títulos de los libros y se mantiene
consistentemente en los poemas, cito un fragmento del poema
Telarañas:
Las telarañas desconocen
su propia geometría.
Una moneda que pasa de mano en mano,
el vaso compartido con la boca anónima e indecisa,
el departamento que custodia celoso
las manías de antiguos inquilinos,
las comunes páginas de los libros,
el poema leído, a una misma hora, en distantes latitudes.
Como puede verse, los objetos cotidianos son ellos mismos: el
poeta ha variado solamente en ángulo con que son percibidos y
nos dirige, a partir de esta mirada suya, hacia ellos.
Ahora bien, si la poesía radica en el evento
extratextual, por esto mismo es susceptible al tiempo y al
olvido: es el instante. La labor del poema es apresar lo
efímero. Congelar el vuelo del insecto —y no al insecto mismo ni
a su esencia— en el ámbar verbal, es su función primordial.
Explico más claramente: la poesía de Gutiérrez Plaza no busca
eternizar la esencia del objeto, sino congelar un solo
instante del objeto en uno solo de sus ángulos, que ha
seleccionado por el hablante lírico.
Esta concepción del poema como “ámbar verbal “ surge porque el
poeta está consciente de que todos los fenómenos son
contingentes y de que el poema, al hablar de ellos, se refiere
solamente a alguna de sus manifestaciones, a uno sólo de sus
ángulos, porque no puede hacer otra cosa. El breve poema Las
cuatro esquinas del horizonte es un ejemplo claro de esta
intención de atrapar el instante. Lo cito entero:
A saber, son cuatro los puntos cardinales:
el espejo de enfrente,
el grabado de Picasso —Los
amantes,
reflejados en él—,
los libros apilados a la derecha de esta cama
y tú, recostada a mi lado
anunciando el amanecer.
En su primer libro, Al margen de las hojas, un Arturo
Gutiérrez Plaza que ya sentaba las bases de su proyecto poético,
expresaba de este modo su preocupación por el paso del tiempo:
Recuento
El hecho es que estoy vivo
en este instante y no en otro,
que ahora miro a la luna en cuarto menguante,
presidiendo la ciudad a través de mi ventana.
Que hace tan sólo cinco minutos,
sin saber porqué, dejé sobre mi cama
un libro en la página 39.
el hecho es que la nevera no estaba vacía
ni los zapatos en su lugar
y que ahora escribo en vez de mirar al cielo
y sonrío y me miro en el espejo,
contando de nuevo cada minuto
como si la vida fuera un gran libro
y cada página una cifra más.
Podemos leer que los objetos-eventos, como hemos dicho antes, no
han sido transformados en su esencia. Aquí puede rastrearse algo
de la tradición literaria de Gutiérrez Plaza: su creencia
(legible en su poesía) de que todos los fenómenos, objetos en el
mundo, tienden a una realidad inmediata y primigenia,
irreductible, que los ata a la naturaleza misma, y la certeza de
que esta realidad es por sí misma poética, está presente en
Eugenio Montejo, poeta conocido, admirado y estudiado por
Gutiérrez Plaza, que hermosamente llama terredad a esta
naturaleza primaria y última, terrena, de las cosas.
Sin llamarle terredad, el poeta que aquí analizo busca
también referirse a esa primera naturaleza de las cosas. Lo hace
sin embargo, con conciencia de que solamente puede apresarse el
instante, lo efímero, en el poema. Asistamos a dos fragmentos
del poema Las piedras:
De las piedras se habla con envidia,
quizás, porque ellas no hablan.
No fruncen el seño
y aparentan desatender
lo que a su alrededor acontece.
Obviamente, todo esto es mentira.
(…)
Si se agrupan lo hacen
como gesto fraterno, pues odian la soledad.
De ellas se escribe siempre
para hablar de otra cosa.
Su aparente mudez
es tan sólo una licencia que Dios les da,
pues así nos interroga.
Pasar en limpio: las reescrituras
Hablando de los objetos, no puede olvidarse que poema es también
un objeto en el mundo, y como cualquier objeto es susceptible al
tiempo y al olvido. Ahora bien, como cualquier objeto, de nuevo,
puede ser visto y resignificando por el poeta. Esta es la
explicación que propongo a la costumbre, casi obsesión, que
tiene Gutiérrez plaza de regresar a sus poemas ya publicados e
incluirlos en otros libros: inquieto por la idea de que su
poesía y los objetos-eventos que ella contienen sucumban ante el
tiempo, regresa doblemente al texto (que ya es un objeto) y al
objeto-evento al que el texto apunta, y los varía. Por ello su
obra poética parece estar compuesta por varios libros que
semejan ser capítulos de un libro mayor. Sus poemas y aún sus
libros completos son, para utilizar la frase de Eugenio Montejo,
cifras de poemas futuros.
Por ejemplo su último libro, antología en la que incluye textos
de sus dos libros anteriores, junto con otros nuevos, ya desde
el título, Pasado en limpio, hace alusión tanto al tiempo
pasado, como al acto de “pasar en limpio “ un borrador o idea:
todo poema es un borrador que puede ser corregido, del mismo
modo que el tiempo pasado es un texto que puede ser alterado. En
conclusión, no hay textos ni objetos definitivos y el poema es,
en este sentido, una forma de memoria. Incluso los epígrafes [3]
de este libro dejan clara la obsesión de rescate/corrección que
hace Gutiérrez Plaza de sus propios textos, ya como objetos en
el mundo.
Dicho lo anterior, nos falta solamente esclarecer lo que, en la
poesía de Gutiérrez Plaza, es la función del poeta. He dicho ya
que en ella la labor de poeta no es fundar al ser
ni descubrir su esencia, sino revelarlo en alguna de sus
efímeras facetas. Por lo anterior, el poeta queda establecido
como un observador que, en su labor contemplativa, resignifica
el objeto para más tarde construir el poema que sirve al lector
como camino al nuevo mismo objeto (o sea, a la poesía) a través
de la lectura-mirada del hablante. En Gutiérrez Plaza el poeta
es quien puede observar y ofrece, por medio del poema, una
revelación inédita de las cosas cotidianas.
Arturo Gutiérrez Plaza es un poeta que responde coherente y
consistentemente con su propio proyecto estético, que según mi
lectura puede ser explicado dentro de una poética de la
revelación en la cual el poema es una forma de memoria.
En esta poética, la poesía propiamente dicha es la realidad
extratextual, el evento-objeto visto en uno sólo de sus ángulos
posibles, al cual el lector es dirigido mediante el poema, que
es una suerte de medio, un camino construido por el poeta
quien es, en esta dinámica, el revelador de los objetos en el
mundo. Tales son las definiciones de cada una de las partes de
este sistema poético. Ahora, a partir del entendimiento cabal de
esta estética puede explicarse el porqué de su tono coloquial,
objetivo, y su temática circunstancial, exteriorista, sin hacer
solamente una descripción de estilo.
Debo decir, sin embargo, que en varios momentos de la poesía de
Gutiérrez Plaza, mi propuesta es rebasada, pues el poeta varia
su retorica guiado por intenciones distintas. Hablo solamente de
los rasgos generales de su obra, que es, por ser poesía, una
cosa que será. No queda más que estar pendiente del rumbo
que más tarde tome la coherente, verdadera y clara poesía de
Arturo Gutiérrez Plaza.
NOTAS
|