P R O J E T O   E D I T O R I A L   B A N D A   H I S P Â N I C A

 

 

J O R N A L   D E   P O E S I A   |   F O R T A L E Z A l C E A R Á l B R A S I L
COORDENAÇÃO EDITORIAL   |   FLORIANO MARTINS
2001 - 2010
 

 

 

AGULHA HISPÂNICA | REVISTA DE CULTURA | 02

Vicente Rodríguez Niezsche

Vicente Rodríguez Nietzsche o el lenguaje de la pasión, en Que canten en verdad lo que te quiero | David Cortés Cabán | Ensayo

No existe pluma
capaz de volar
más alto
que nosotros

V. R. N.

 

Que canten en verdad lo que te quiero es una antología compuesta por cuarenta y nueve poemas que pertenecen a libros que fueron publicados en distintas épocas. De ahí que el lector encuentra poemas escritos en 1965, cuando el poeta apenas tenía veintitrés años, y poemas que comprenden una etapa de mayor madurez, es decir, cuando la vida del poeta se ha llenado de otras experiencias (espirituales y amorosas) que lo han marcado y aún continúan siendo una presencia viva en su obra. Me propongo, en este trabajo, señalar cómo el sentimiento del amor se proyecta en esta antología y cómo ha ido intensificándose en su escritura a través de todos estos años. Ya en 1978 el crítico puertorriqueño Marcelino Canino había señalado el sentimiento amoroso como un motivo esencial en la poesía de Vicente Rodríguez Nietzsche. Y reconoció con gran acierto en el prólogo a Amor como una flauta (San Juan: Instituto de Cultura Puertorriqueña, 1978)  que “la amada, la naturaleza y las palabras mismas forman una indisoluble unidad poética...” (1). Desde los poemas iniciales hasta el presente, la imagen del amor entrelazada a símbolos de la naturaleza será una constante en el estilo y configuración de la poesía de Vicente Rodríguez Nietzsche. El resultado es que vamos a entrar a un universo donde esta imagen se transforma y nos descubre otras posibilidades de sentir el amor, y un cuerpo en cuyas profundidades el poeta parece encontrar su razón de ser. Por eso es importante notar que la ordenación y ubicación de los poemas obedecen al orden cronológico de la aparición de sus primeros libros. Esto no sólo sugiere la red de correspondencias que existe en cada sección, sino también destaca (consciente o inconscientemente) ese mismo sentimiento amoroso que configura la imagen central de Que canten en verdad lo que te quiero.  Así toda la visión poética del libro se organiza en torno al amor,  y siempre irá integrada a una simbología que proyecta sobre sí misma la personalidad, las vivencias y los deseos del hablante poético. Ya de entrada el título mismo es significativo porque nos sugiere la idea del amor como una especie de cántico. Pero éste no es un cántico al sentimiento frívolo y monótono que enciende su llama en los quehaceres cotidianos ni en la privacidad de las habitaciones. Por el contrario,  éste es un canto jubiloso de quien vive por y para el amor. De un amante que encarna en el lenguaje y el cuerpo de la mujer amada el sentido de su propia vida, la intensidad de su propio ser. El primer poema del libro cristaliza esa relación intensa entre el lenguaje y la pasión:

   Sin palabras,

 sólo a impulsos,

 te daré el amor que me ahoga plenamente.

 

 A latidos continuos

 se inventará mi corazón

 un lenguaje de panes y almendras

 para fortalecer tu pecho amortiguado.

 

 A fuerza de sangre

 dilataré la angustia que te acaba.

 

 A golpes naturales de corazón

 te cantaré una canción constante

 y sin palabras…

Guillermo CenicerosEl amor a veces nace del contacto sutil de las miradas y, otras, a través de acciones físicas y la búsqueda expresiva de un lenguaje capaz de revelar esa intensidad amorosa. Por eso, cuando el poeta se dirige a la amada sentimos el tono diáfano, silencioso, casi sublimado que caracteriza la mayoría de los poemas del libro: “Pongo la primera sílaba en tus ojos / porque tienen un tono claro de gaviotas”, nos dice en estos versos; y,  en otros: “Pero mis palabras no dan para este canto, /  Son flacas como las hojas amarillas, / como culebras argentadas resbalan.”  La integración  de la flora es un elemento esencial entre el yo lírico y la creación poética. El poeta reconoce que para manifestar su amor tiene que dejarse llevar por la fuerza arrolladora de las palabras y por la naturaleza que le rodea.  Es en esta naturaleza que  busca y encuentra un punto de apoyo. Pues la escritura,  los símbolos y la proyección de su imagen amorosa destacan la presencia en un yo que busca su plenitud en el cuerpo de la mujer amada:

    Yo,

que he probado tus delicias

y comparo tu silencio al de los pájaros,

grito, juro y certifico:

Hay algo de ti que está innombrado;

hay una ternura extensa en tus adentros

que no tiene medida en el espacio,

que mis manos, perdidas en tu cuerpo,

no han podido llegar a descifrarlo.

   Por otra parte, no se trata de un yo que desea simplemente decir las cosas del amor, de idealizarse o de revelársenos a través de un marcado sensualismo, sino de un yo  que busca descifrar la presencia del amor, de sentirlo casi como una experiencia mística,  como reconciliación del espíritu y la carne pero desde un punto de vista terrenal, dentro del espacio de la cotidianidad y no como la fusión mística que anhelaba San Juan de la Cruz. Por otra parte, no creo que las imágenes en la poesía de Vicente Rodríguez Nietzsche sugieran tampoco la crudeza de un descarnado erotismo. Al menos hasta donde hemos podido observar, sus poemas están estructurados sobre imágenes de una silenciosa y delicada ternura. Su lenguaje reconoce en el cuerpo de la mujer amada una especie de armonía, una unidad espiritual y humana que  ayuda al poeta  a trascender su propia realidad.  La siguiente imagen se corresponde muy bien con lo que he mencionado:

Es muy dulce

contemplarse en unos ojos,

escuchar las sílabas que ayer hemos pensado,

aceptar, en paz,

la tibieza de otro cuerpo que rozamos,

la dureza de la almohada 

donde vamos a dormir

cuando muramos.

Ni exuberancia verbal, ni exaltado impulso de las pasiones, ni búsqueda del placer fugaz. Lo que encontramos en Que canten en verdad lo que te quiero es un lenguaje que evoca una continua experiencia amorosa que transforma todo en la mirada. La siguiente imagen del poema “A ti, criatura natural” encierra  también esta idea:

Me dices tú, mi esposa, si te amo?

Encuéntralo en mis ojos y en mi pecho,

destroza esta cubierta de mi alma.

soy tuyo desde adentro desde el fondo

que yo no sé de mí te pertenezco.

Descansa mi mujer. Oye mi canto.

Rebusca en mis palabras verticales.

Las imágenes del poema profundizan e iluminan la situación del yo lírico.  Nos revelan abiertamente y sin contradicciones  el sentimiento de un hablante que busca despojarse a sí mismo hasta fundirse en el cuerpo de la mujer amada. De ahí que para expresar sus sentimientos insista una y otra vez  en reafirmar su presencia a través de un lenguaje que exprese sus ansias y deseos más secretos:

Guillermo Ceniceros  No me destierres de tu amor.

 

  No podría dormir sobre la noche,

  si mis ansias, que conocen tu alma

  y tu cuerpo florecido,

  las perdieran para siempre.

 

  Como ahora, que soy en ti,

  el que puebla y ordena...

  déjame ser como ahora

  que me alegro en descansar

  sobre tu piel

  mi ardiente sueño...   

El hablante busca una entrega total en un lenguaje capaz de asegurarle un lugar en la vida y en el corazón de la amada y, además,  la certeza de ser correspondido. El amor es el centro pero también la superficie donde se mueven las palabras que lo confortan. Sin amor, el hablante no tiene asidero para sostener no sólo su yo  sino también la imagen que crean sus palabras. El amor es un sentimiento que domina todo, que exalta la belleza y las cualidades de la amada mostrándola como idealizada o elevada a un nivel angelical, casi incorpóreo que nos recuerda a veces cierto tono becqueriano: “Se estremece este bosque / cuando lo nombras. / La noche corre al llano. /  Eres la aurora!”.

Atraído por la belleza, el poeta ve el amor como un acto que proyecta su vida y la de la amada por encima de toda mezquindad humana. Si la felicidad está en la entrega y fusión de los cuerpos, también está en la espiritualidad y la plena conciencia de las obligaciones de una vida compartida. Bastante explícito nos los dice en el poema en prosa y además título de uno de sus libros,  “Del dulce pie tu caminar tranquilo”:

Por nuestro amor y el de tus hijos  por nuestro amor y el de

 los míos  por la seriedad con que vamos a establecer nuestra

 relación de humanos    por nuestra fuerza unida contra la

 avaricia   por nuestro compartir la vida   la luz de la misma

 lámpara  el  aire del mismo aposento  la música del  mismo

 disco el arroz  del mismo caldero la intención  hacia el mismo

 Salvador  con nuestro mismo vivir juntos  se conformará

 nuestra unidad opuesta  la unidad  hombre-mujer  mía y

 tuyo seremos hasta el día de la suprema sombra...

En una forma directa, y en un lenguaje que rechaza todo hermetismo, el hablante manifiesta su amor en imágenes evocadoras de una gran ternura, casi siempre trenzadas a símbolos relacionados con la naturaleza. Símbolos que se proyectan a través de una flora que encierra las claves de esta poesía. Por todo el libro encontramos palabras como “amapola”, “geranio”, “rosales”, “girasol”, “bosque”, “jazmines”, “tallos”. Y adjetivos tales como “última primavera”, “flor salada y sutil”, “roja azucena”, “densa arboleda”, “árbol enfermo”.  Todos ofrecen una visión clara y concisa de los elementos que caracterizan este lenguaje y de la profundidad de ese sentimiento amoroso:

Guillermo CenicerosFuera de mí

los árboles

en su quietud

parecen comprender

que estoy pensándote.

O, por ejemplo:

Mido tu desnudez y siento un gozo

comparable al de oler flores y frutos.

 

Flor salada y sutil.

Ámame en estos días como si fuera

marzo o abril.

La flor, símbolo central de esta poesía aparece de entrada en siete de los subtítulos de las nueve secciones en que está dividido el libro. Y cristaliza no ya la imagen de la brevedad de la vida,  sino el esplendor del amor y sus atributos. Es decir, la belleza de lo que permanece, lo que hace posible que el poeta realice su vida, lo que motiva y aviva la esencia de su obra poética: “Por flores, no por espinas, / se mueve mi corazón”, nos dice en uno de sus versos; y, en otro: “...te daré un camino en flores / que llega hasta dulce vera.”  Y en el poema “Dedicatoria”, la imagen de la flor encubre la soledad de un hablante cuya nostalgia no puede ser notada por la amada. La flor misma se convierte además en un símbolo donde convergen la esperanza y la ilusión, la pasión y el deseo, la búsqueda y la idealización del amor:

Cuando te llamo Amor

se me presenta

un aluvión de rosas

contra el pecho,

pero no puedes notarlo

porque tus ojos ven

sobre mi sombra

tan sólo 

un montón de penas

y un gran hoyo...

La voz del poeta se impregna de los elementos de una naturaleza que sugiere los rasgos que caracterizan a la amada. Un cuerpo que en las varias facetas de esta poesía pierde su carnalidad y se transforma adquiriendo, a veces, dimensiones cósmicas. Se convierte en el sostén y en lo que llena el vacío y la vida del poeta. Por eso, en el poema “Plena amada” observamos, en cierta forma, la imagen de una amada fundida con la tierra, en los frutos, en la flora y la luz. Los mismos elementos que se reiteran a través del libro se entrecruzan y se convierten en un paisaje que es cuerpo, que es isla, que es flor.  Por otro lado, Rodríguez Nietzsche elabora un lenguaje que reniega de toda ambigüedad. Su poesía está matizada por elementos que les son familiares al poeta y al lector. De ahí que el énfasis y el sistema de referencias de este lenguaje lo encontramos en la flora y en el cuerpo de la amada, en la coherencia de una sintaxis que evoca la continuidad. Es decir, un viaje amoroso (¿por qué no?) hacia la interioridad, hacia la búsqueda del ser, hacia la unidad y plenitud del amor, hacia lo que permanece.  Y lo que permanece es el amor. El  amor que en algunos poemas se siente como una fuerza arrolladora y otros como una forma de reflexión; una manera de sentir la vida y las cosas que le rodean. Una manera de adaptarse a la soledad o de sentir la pasión, o mejor, una manera de reencontrarse: “Donde quiera que estés / recibe mi esperanza...”, dice en estos versos. “Me regala tu amor / estas palabras”, nos dice en otro poema. Y es que el amor no solamente le devuelve al poeta su universo, sino también el lenguaje de la pasión. Sólo importa el amor, las cosas que miran sus ojos, las cosas que nombra; palabras que resplandecen  iluminando  el silencio,  palabras que copian el cuerpo y la plenitud del instante amoroso:

La palabra de hoy es tu sonrisa,

tu mirada

que empuja placeres

como luces,

como estrellas redondas

o lunas empuntadas.

Es tu grave,

melodiosa voz

que mueve piedras

y polvo sin cenizas.

 

El motivo de hoy

nace en tus dientes,

es tu pelo

hilachado de colores,

es tu nariz

mediana como un arco...

 

La sorpresa va

por tus rodillas,

en la punta de tus pies

que están cubiertos

y el peso de tu sombra

que ahora ocultas.

 

Hoy eres tú

quien domina mis sílabas.

Guillermo CenicerosEl último verso, “Hoy eres tú / quien domina mis sílabas”, encarna sin lugar a dudas el motivo que funde al yo poético con su escritura. Enfatiza la exaltación del amor no simplemente  como eroticidad sino como la experiencia creadora del lenguaje mismo. De un lenguaje que, a veces, tiende un puente entre un marcado lirismo y un tono coloquial, pero sin comprometer la intensidad de ciertas imágenes. Este poeta del amor no tiene más salida que entregarse plenamente a la pasión que marca y matiza  el rumbo de sus versos; dejarse ir sobre las olas relampagueantes de un lenguaje dominado siempre por la presencia de la amada: “Toda esta emoción soy cuando me amas, / cuando aceptas  mi amor en fuego ardiendo / y este darme sin fin por lo que entrego”, señala en estos versos. Es como si la cercana presencia del amor lo atara al inagotable fuego que lo consume: “Poseo por ti una alegría / que no cabe en el espacio de la forma”, enfatiza en el poema “Plena amada”.  Porque el amor es para él placer y esplendor, entrega y búsqueda, conciencia y lenguaje de una realidad que  llena todo su ser: “Te espero hace más tiempo del que puedo...” nos dice en un lenguaje que reitera siempre esa necesidad de entrega y pasión. Y cristaliza además una conciencia del tiempo que deja su huella inmarcesible en el esplendor de la carne, un tiempo que  impone sus leyes a una experiencia amorosa que salva al hablante, que lo sostiene, que alimenta su vida, y que impide que caiga al vacío. Por tal razón el poeta ha buscado palabras,  símbolos e imágenes que justifiquen no sólo su lenguaje sino el sentimiento amoroso que expresa en sus versos.  Es decir, una comunicación que brota de la espontaneidad de un sentimiento amoroso cuyo fin es la permanencia, la nitidez, la profundidad. De ahí que el poeta haya elegido símbolos e imágenes reconocibles que encarnan, en cierta forma, la idea del placer y la sensualidad, la pureza y la unión, la plenitud y la exaltación del amor. Por otra parte, la inserción de los dibujos del pintor cubano Roberto Fabelo revelan las relaciones de parejas, simbiosis de seres alados,  ángeles o pájaros extraños cuyos rostros y cuerpos exaltan la sensualidad y la contemplación, la imaginación y el deseo. Son figuras que presentan una imagen visual de la naturaleza de esta poesía. Una especie de alianza entre la palabra y la imagen plástica, y como bien lo señala el crítico puertorriqueño Marcos Reyes Dávila parece “como si los rostros emocionados tuvieran atributos insospechados”, (2) crean otra “realidad alucinante’; una realidad donde los cuerpos sufren una especie de metamorfosis, se revisten de un lenguaje que inventa otras posibles vías para conocer y sentir al amor. Por eso pienso que para Rodríguez Nietzsche el amor es el centro y el paisaje de un universo cuya expresión poética nos revela su propia humanidad. Un sentimiento amoroso que descubre en el cuerpo de la mujer amada la plenitud y el esplendor del mundo; en otras palabras,  un lenguaje que le devuelve el verdadero sentido de la vida.

 

NOTAS

1.  Vicente Rodríguez Nietzsche, Amor como una flauta, San Juan, Instituto de Cultura    Puertorriqueña, 1978, p. 12.

2. Véase, “Prólogo” de Marcos Reyes Dávila, p. xvii.

David Cortés Cabán (Nació en Arecibo, Puerto Rico, 1952). Reside en Nueva York desde 1973. Se desempeña como maestro de escuela pública y como profesor adjunto en el Colegio Eugenio María de Hostos of the City University of New York. Ha publicado los siguientes libros: Poemas y otros silencios (Río Piedras, Instituto de Cultura Puertorriqueña, 1981); Al final de las palabras (New Jersey, SLUSA editores, 1985); Una hora antes (Madrid, Editorial Playor, 1990); El libro de los regresos (Madrid, Editorial Verbum, 1999); y, Ritual de pájaros: Antología personal 1981-2002 (Mérida, Venezuela, El otro el mismo, 2004). Sus poemas y reseñas literarias han aparecido en revistas de crítica y poesía en Puerto Rico, Estados Unidos, México, Venezuela, Argentina, Brasil y España. Fue cofundador de la revista Tercer Milenio. Texto leído para la presentación de la antología Que canten en verdad lo que te quiero, del poeta puertorriqueño Vicente Rodríguez Nietzsche en Hunter College, 26 de abril de 2001.  Contacto: dcortes55@live.com. Página ilustrada con obras del artista Guillermo Ceniceros (México).

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